• Vamos a misa de 12. Un domingo entre la fe y el comercio en la Basílica de Guadalupe

  • Miles de personas llegan al Tepeyac para rezar, agradecer y pedir un milagro. Entre peregrinos, vendimia y agua bendita, la Basílica es retrato de todo lo que ponemos en nombre de la fe.
Ciudad de México /
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DOMINGA.– Una de las cosas que hace la gente los domingos –una costumbre ya centenaria y llena de profundo simbolismo, por no decir religiosa y acaso nacionalista, pero también esperanzadora– es acudir a misa de doce a la Basílica de Guadalupe.

Así que en domingo tomo un Uber que me acerque a uno de los grandes santuarios religiosos del mundo: el segundo más visitado, después del Vaticano, según un anuario de turismo de la Ciudad de México, dato que al final no pude verificar. En cualquier caso, ese día hay tantos coches sobre la avenida Montevideo que le pido al chofer que me deje unas cuadras antes, desde donde puedo ver la enorme tienda circular de cobre verde que parece flotar sobre el paisaje, suspendida como una nave espacial a punto de tocar tierra o, en la visión de sus arquitectos, como un manto protector sobre la nación.

Todo alrededor cae en la órbita gravitacional de la Basílica de Guadalupe: tiendas religiosas y puestos de comida, pero también baños públicos, un puesto de ropa interior, uno de jugos y otro de juguetes, incluso uno que vende figuras de cerámica pintada que representan a dos dulces viejecitos en un columpio.

La Basílica de Guadalupe es el segundo santuario más visitado del mundo. | Especial

Rodeo el perímetro para darme el gusto de entrar por la puerta del monumental Atrio de las Américas que mide como cuatro canchas de futbol. A mi izquierda está la “nueva Basílica”, construida por los arquitectos Pedro Ramírez Vázquez, Alejandro Schoenhofer y Gabriel Chávez de la Mora, entre otros. Sus admiradores la honran por su eficacia, por el espacio interior circular sin columnas para que veas a la guadalupana desde cualquier lado; sus detractores, la han criticado desde su inauguración porque parece más un auditorio o terminal de autobuses. Me atengo a lo que dice Gabriel, que me acompaña ese día y tiene opiniones firmes sobre arte y arquitectura: “funciona”.

Frente a nosotros están la antigua basílica y la parroquia de las Capuchinas, los templos novohispanos. A nuestra derecha está el campanario y, al pie de éste, una tienda blanca que acoge una feria del libro católico que francamente no voy a visitar.

Camino, en cambio, hacia el parque que está detrás de todo esto, hacia el sendero que me llevará a la capilla del Cerrito de los Ángeles, en la parte más alta del Tepeyac; es decir, al teatro de los acontecimientos milagrosos que originaron todo esto y que son tan conocidos que no vale la pena repetirlos. Pero apenas uno sube unos cuantos escalones, un conjunto escultórico con figuras de tamaño natural en medio de cascadas y fuentes, te recuerda el relato: Juan Diego, las flores, el ayate, fray Juan de Zumárraga y la imagen de Guadalupe, en el momento mismo de la dominación española de México-Tenochtitlan.

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Esta es una nueva entrega de “El Día del Señor”, una serie de relatos quincenales sobre lo que hacemos los chilangos cada domingo, un homenaje a la escritora Elena Poniatowska y al artista Alberto Beltrán, quienes trabajaron juntos en una crónica dominical que publicaba el periódico Novedades.

Unas tortas y aguas frescas arriba en el Tepeyac


Subimos por esta escalinata cientos de personas. Su trazo original fue obra del arquitecto novohispano Francisco Antonio Guerrero y Torres, pero una remodelación moderna la dotó de una rampa por la que esta mañana asciende una abuelita en silla de ruedas, empujada a toda velocidad por sus nietos, quienes no dejan pasar la ocasión de vivir un momento trepidante. La escalera está cruzada por estructuras metálicas de las que cuelgan enredaderas. Otra decisión afortunada fue instalar en los descansos a los fotógrafos ambulantes, que te toman una imagen digital junto a un caballo, una virgen, un sombrero charro y un Juan Diego de utilería, y la imprimen ahí mismo. Son los herederos de aquellos fotógrafos de “cinco minutos” que, con las primeras “cámaras de cajón” que permitían revelar fotos analógicas in situ, retrataron a los peregrinos en el santuario en los albores del siglo XX. Una digna alternativa a la selfie.

Fe, tradición y la vida cotidiana en la órbita de la Basílica de Guadalupe. | Especial

Otra buena decisión es que en la cima del cerro del Tepeyac haya puestos de tortas y aguas frescas para contemplar sin apuros la vista de la ciudad. Los botes de basura, por cierto, están cubiertos de abejas que buscan la fruta y el jarabe de desecho. La capilla del Cerrito es un sitio oscuro y apretado que guarda un secreto extraordinario: los murales de Fernando Leal, Milagro guadalupano, pintados a finales de los cuarenta. A la entrada hay un aviso que dice claramente que en el interior no se pueden tomar fotos con flash y, sin embargo, había una decena de personas violando la advertencia.

Cuando bajas del cerro del Tepeyac por la escalinata oriental, te vas a encontrar con otro conjunto escultórico más impresionante. La Ofrenda está en medio de fuentes más grandes y cascadas más caudalosas: lo forman una docena de figuras de bronce monumentales: indígenas que ofrecen maíz y flores, además de los ya conocidos protagonistas de la historia que forman una especie de nacimiento a lo bestia.


Al final de todo el recorrido están las oficinas del Fideicomiso del Cerro del Tepeyac, creado para administrar una parte del conjunto histórico que rodea la Basílica. Alguien del fideicomiso mandó poner unas placas que ofrecen una interpretación peculiar de la historia de México, como se lee en un letrero: “1531. Después de las apariciones de la Santísima Virgen se evangeliza rápidamente toda la nación y reina la paz”. El resto de las placas está dedicado a distintos presidentes mexicanos. Nos enteramos de que el liberalismo, tan anticlerical, también tiene un anecdotario guadalupano. Bajo la figura de Juárez se lee: “El 4 de marzo de 1861 fue saqueada por unos exaltados la Colegiata de Guadalupe y arrebataron del altar hasta la custodia con la Hostia Consagrada. Indignado, el presidente castigó severamente a los ladrones”.

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Como se acerca la hora de la misa, corro de nuevo hacia la Basílica. El santuario está llenísimo y cuesta trabajo hacerse un camino para no quedarse en la puerta. Por el pasillo central entra una peregrinación de locatarios de un mercado que cargan en hombros una imagen de la Virgen Morena. Reina la expresión solemne de los feligreses. El altar mayor, semicircular, en varios niveles y revestido de mármol, está lleno de flores. Los músicos del coro comienzan a tocar y desde el fondo sale el cardenal Carlos Aguiar Retes con un báculo, acompañado de tres o cuatro diáconos que, luego de una caminata solemne, se acomodan en unos asientos frente a la congregación.

Miles de personas llegan al Tepeyac para rezar, agradecer y pedir un milagro. | Especial

Hay una cantidad inusual de gente en silla de ruedas, abuelitos y abuelitas conectados a tanques de oxígeno, a quienes sus familias trajeron para un último –o penúltimo– contacto con la imagen milagrosa. También hay muchos peregrinos a la entrada del templo que visten la camiseta conmemorativa de ese día y duermen recargados en una columna. Hay familias enteras que se reúnen en grupos para orar con la cabeza agachada: padre, madre, hijos, niños en carriola. Está el cholo pero también la vieja que entra al templo de rodillas, pagando con el desgaste del cuerpo la deuda contraída con el cielo. En fin, parecería que aquí hay una plegaria de cada mexicano.

Un río de almas para ver de cerca a la Virgen de Guadalupe


Entre cantos y rezos transcurre, lenta y solemne, la misa. La segunda lectura es un pasaje de la “Epístola a los Romanos” del apóstol San Pablo. Siempre me fascinó lo lejos que quedaba todo eso de mi realidad de niño mexicano de la colonia Condesa: Judea, Galilea, Éfeso. El Evangelio de hoy es un pasaje de San Mateo. Pienso en lo fantástico e improbable que resulta que una religión nacida en un extremo del mundo antiguo haya llegado a convertirse en uno de los lenguajes centrales de la identidad mexicana. Y esa virgen, encerrada en un marco dorado que se erige imponente frente a todos nosotros, es la figura mediadora entre esos dos mundos.

Aprovecho el momento de la comunión para colarme entre los cientos de personas que bajan por una rampa al costado del templo para admirar a la virgen desde abajo. Subido en una banda móvil va este río de almas, como llevado por una fuerza invisible: rostros alzados, rezos en los labios, ojos llorosos y la luz del sol que entra por un tragaluz y le da a toda la experiencia un resplandor especial.


De regreso en la nave principal de la Basílica, termina la misa:

–El Señor esté con ustedes –dice el cardenal–. La bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre ustedes. Que tengan un buen domingo.

Miles de personas llegan al Tepeyac para rezar, agradecer y pedir un milagro. | Especial

–Gracias, igualmente –responden a coro los feligreses, con una cortesía que me sorprende.

Luego, la gente sale al Atrio de las Américas para arremolinarse frente a la Capilla de las Bendiciones, donde un sacerdote rocía a los peregrinos con agua bendita, o se mete en la Colecturía de Artículos Religiosos para llevar a casa algún rosario, un escapulario, una medalla o una estampa: el recuerdo que prolongará el milagro de este día en la Basílica de Guadalupe.


GSC


  • Guillermo Osorno
  • Guillermo Osorno es escritor y periodista. Es autor del libro Tengo que morir todas las noches. Hoy conduce el programa Por si las moscas que se transmite en Canal 22.

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