Cuando era niña, Miriam Santos Reyes, quien habló con MILENIO, cuidó a sus hermanos, luego a la pareja de su madre. Cuando acabó el bachillerato, se encargó de sus abuelos y ahora, a los 31 años, cuida a una niña extranjera para ganarse la vida.
Son las 19:00 horas y acaba de regresar a su casa después de una jornada de nueve horas y de otras dos de trayecto en tres transportes diferentes. En la sala está su hermano Arturo: alto, de cabello negro y cuerpo delgado. Sus movimientos son torpes por un problema motriz congénito. Ahora espera paciente a que su hermana se encargue de la cena. Miriam sonríe, pero sus ojos entrecerrados y su espalda encorvada revelan que está agotada.
La casa en la que vive está en Ecatepec, Estado de México. Es una construcción de tres pisos que alguna vez fue de sus abuelos y hoy forma parte de la herencia de su tío Alberto.
Hay dos entradas: ambas son puertas de metal negras con cuerdas enrolladas. Una conduce a la cocina estrecha; la otra, al comedor. Una mesa de madera desgastada rechina cada vez que alguien se sienta. Alrededor se alzan alacenas desbordadas de trastes y paredes con fotos antiguas de sus tíos, de sus abuelos, de ausencias.
Miriam, sus hermanos y su madre son los únicos que viven en la casa. Sólo utilizan el primer piso; las otras dos plantas sirven como almacén de cosas que Alberto ya no quiere o de objetos descompuestos que algún día esperan volver a utilizar. Vivir en los pisos de arriba sería un lujo que no pueden costear.
Miriam apenas pasa tiempo aquí. Llega a preparar la cena, a dormir. Cuando tiene un respiro, limpia.
De lunes a sábado se levanta a las 6:00 horas y cruza el Estado de México rumbo a la capital del país. Cruza calles, estaciones de Metro, agarra una combi. Llega finalmente a un departamento amplio, con ventanales enormes y muebles impecables del Centro Histórico.
En cuanto llega, despierta a la niña que cuida, la alista para la escuela, prepara su desayuno, se asegura de que lleve todos sus útiles y maneja una de las camionetas de su jefe para llevarla a una escuela privada al sur de la ciudad. Ya es hora pico.
Una vez que inician sus clases, tienen que regresar al departamento y atender las necesidades de ese hogar: a veces va de compras al supermercado, otras tiene que estar en alguna de las tiendas de la familia e incluso debe escuchar y aconsejar a su jefa y a su hermana con problemas del día a día.
En cuanto se acerca el fin del horario escolar, debe volver con la niña y cuidarla hasta el anochecer; se encarga de entretenerla, de alimentarla, la ayuda con la tarea, la lleva al médico si hace falta.
Al terminar su día en el gran departamento, Miriam vuelve a su realidad: camina al Metro, cambia de línea, viaja apretada, sube a la combi, camina por varias calles.
Y cuando llega a su casa, sabe que debe atender a Arturo.
Cuidar es cosa de mujeres
En México, los cuidados son cosa de ellas. Según datos del informe Movilidad social y cuidados: un vínculo inseparable del Centro de Estudios Espinosa Yglesias (CEEY), tres de cada cuatro personas que asumen la responsabilidad principal del cuidado en los hogares son mujeres, es decir, el 76 por ciento.
De acuerdo con el informe del CEEY, el hecho de ser mujer tiene un peso hasta 10 veces mayor en la desigualdad de oportunidades entre las personas cuidadoras en comparación con aquellas que no asumen labores de cuidados. En otras palabras, las personas que cuidan tienen una enorme desventaja frente a las que no.
Esto confirma que las tareas de cuidados refuerzan las brechas estructurales de género y restringen de forma diferenciada las trayectorias de movilidad social.
Miriam concentra en sí misma dos desventajas: forma parte tanto del grupo de población con trabajo de cuidados remunerado precario como del trabajo no remunerado en su hogar. En uno le pagan poco y en el otro, nada. Su salario apenas alcanza para sus gastos diarios, sin posibilidad de ahorrar o invertir en su futuro.
Ante la ausencia de un Sistema Nacional de Cuidados, dice Mónica Orozco, autora del informe Movilidad social y cuidados: un vínculo inseparable:
“Las necesidades de cuidado afectarán a toda la población en los próximos años. Sostener el cuidado en el ámbito privado será imposible.
“Además, los datos muestran que los efectos del cuidado se extienden más allá de los ingresos y la movilidad social, ya que también permean la salud mental de quienes cuidan”.
¿Quién cuidará a la cuidadora?
De acuerdo con el informe del CEEY, las responsabilidades de cuidados determinan las oportunidades de vida, al incidir directamente en las trayectorias educativas, laborales y de bienestar de las personas cuidadoras.
Según el estudio, quienes realizan tareas de cuidado tienen menor movilidad social: el 73 por ciento de las personas cuidadoras permanece en los niveles económicos más bajos, es decir, no logra ascender a grupos con mayores recursos.
La madre de Miriam Santos pasaba muchas horas fuera de su hogar trabajando en otras casas, recolectando cosas para vender, cuidando niños, en empleos esporádicos o llevando a Arturo a consultas médicas. Y terminó por pasar la estafeta de esa labor familiar a su hija.
Y ellas no son un caso peculiar, al contrario. Los datos del informe Movilidad social y cuidados del CEEY muestran que más de una tercera parte –el 37 por ciento– de las mujeres cuya madre realizaba trabajo no remunerado de cuidados directos asume hoy la misma carga, en contraste con los hombres, con apenas el 0.4 por ciento.
El padre biológico de Miriam estuvo ausente. Su padrastro apoyaba en la casa con su salario mínimo hasta que enfermó de cirrosis.
Los tíos de Miriam insistieron en que asistiera a la universidad y se ofrecieron a pagarle una escuela privada. Ella aceptó, pero en el primer semestre lo dejó: su hermano Erick fue hospitalizado por una operación en el apéndice que se complicó y le causó un tumor.
La madre no podía permitirse días libres, así que Miriam se hizo cargo. Una vez más.
Con el tiempo encontró empleo en la cooperativa de una escuela. El sueldo no era bueno, ganaba apenas 600 pesos por semana, pero le funcionaba para volver a casa temprano para cuidar a sus abuelos y, sobre todo, le daba algo que había perdido hacía tiempo: espacio para sí misma.
Todos sus trabajos han sido informales, mal pagados y con jornadas largas. Sus abuelos fueron envejeciendo y se convirtieron en enfermos crónicos; cada día necesitaba dedicarles más tiempo a ellos y menos a sus metas e intereses personales.
“Al principio no era tan difícil porque él me ayudaba mucho, pero cuando empezó a empeorar pues ya estaba más cansado”, dice Miriam Santos.
A inicios de la cuarentena de covid-19, su abuela fue hospitalizada y falleció tan solo unos días después. Su abuelo, que ya no dormía por las noches y dejó de tener movilidad, murió dos años después.
Sin tiempo para imaginarse a sí misma
Según el estudio Movilidad social y cuidados: un vínculo inseparable, la disponibilidad de servicios de cuidado en el entorno local resulta clave para experimentar movilidad social: acceder a este tipo de servicios multiplica hasta 2.5 veces la posibilidad de ascender al estrato económico más alto.
Por esto, el CEEY concluye que avanzar hacia un Sistema Nacional de Cuidados es fundamental para romper las desventajas que se heredan de una generación a otra.
La vida de Miriam Santos ha estado marcada por alarmas que suenan temprano, por medicinas que deben darse a tiempo, por recetas para alguien más, por bañar o acompañar. Ha estado tan ocupada cuidando a otros que apenas ha tenido espacio para imaginarse a sí misma fuera de ese papel.
No sabe qué le gustaría hacer en el futuro. Y, aunque lo supiera, lo tendría complicado. La falta de acceso a protección social explica el 11 por ciento de diferencias en las oportunidades que tienen las personas para salir adelante. Para quienes están en la parte más baja de la escala social, este factor representa hasta el 38 por ciento de la desigualdad de oportunidades.
Lo único que sabe Miriam Santos es que no quiere formar una familia. No quiere seguir cuidando a más personas ni heredar su historia a alguien más. Ha pensado que quizá sus primos o primas podrían cuidarla en su vejez, o que, llegado el momento, la iglesia, que es donde pasa su día de descanso, podría ofrecerle alguna respuesta.
Mientras tanto, ella sigue cuidando.
Fact checking: JRH
ksh