M+.- Ser mujer indígena implica un doble reto: superar la discriminación por género y por origen. El acceso a la educación, el empleo, la vivienda, la salud y la justicia se complica aún más para ellas, quienes crecen en entornos marcados por el machismo de sus comunidades y la falta de atención en sus lenguas originarias.
Por eso, la lucha por preservar su identidad y defender sus derechos forma parte de su vida cotidiana.
Este 5 de septiembre se conmemora el Día Internacional de la Mujer y la Niña Indígena. Para Juana Facundo Rodríguez, mujer otomí originaria de Querétaro y residente en Jalisco desde hace más de 25 años, el reconocimiento no puede limitarse a una sola fecha.
Su historia representa la de miles de mujeres que han migrado de sus comunidades hacia las ciudades en busca de mejores condiciones de vida, pero que, al llegar, se han enfrentado a nuevas dificultades para desarrollarse y mantener vivas sus raíces.
Juana llegó a Jalisco en 1999, cuando tenía apenas 12 años. Sus padres ya tenían décadas viviendo en la entidad y la migración familiar estuvo marcada por una búsqueda: encontrar mejores oportunidades de educación, salud y desarrollo.
Pero la ciudad no significó el fin de las dificultades. Al contrario, su llegada estuvo acompañada por uno de los primeros obstáculos que recuerda de su adolescencia: la discriminación por hablar una lengua indígena y portar una vestimenta distinta.
“A mis 12 años. El primer reto que viví fue vivir la discriminación por el hablar otro idioma”.
En Jalisco viven 66 mil 963 personas indígenas, de las cuales 33 mil 234 son mujeres, de acuerdo con el Censo 2020 del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi).
Entre los pueblos con mayor presencia en la entidad se encuentran los wixaritari, nahuas, cocas y purépechas, mientras que en el Área Metropolitana de Guadalajara también existen comunidades mixtecas, mazahuas, otomíes, triquis y rarámuris.
Aunque reconoce avances, Juana considera que todavía existe una deuda histórica con los pueblos originarios, particularmente con quienes han migrado y ahora tienen su vida establecida en Jalisco.
“Lamentablemente, se reconocen las comunidades indígenas solo en fechas conmemorativas”.
Para ella, uno de los problemas es que durante el resto del año las comunidades siguen enfrentando dificultades para ser reconocidas como parte de la población residente del estado.
“A veces sentimos que lucran con las comunidades indígenas, porque dicen ‘mira, apoyemos a los indígenas, aquí están las comunidades de pueblos originarios’, pero solamente fechas conmemorativas”.
Doble discriminación
La situación se vuelve todavía más compleja para las mujeres indígenas, quienes enfrentan una doble condición de discriminación: por ser mujeres y por pertenecer a un pueblo originario.
“Como mujeres siempre hemos vivido el tema de discriminación, el hecho de ser mujer, porque la sociedad en general, las mujeres, en sí nosotras vivimos la discriminación. Pero una mujer indígena vive el doble, porque, pues, el hecho de ser mujer y el hecho de ser mujer indígena”.
Desde su perspectiva, las mujeres enfrentan con mayor frecuencia la discriminación porque tienen más visibles algunos elementos de su identidad, como la vestimenta.
“Creo que es más fácil que la mujer viva la discriminación, porque la mujer es la que siempre habla la lengua. El hombre aprende a aparentar que no es de comunidad indígena”.
Brecha de desigualdad
En las mujeres indígenas, la brecha de desigualdad no solamente se mide en proporción con los hombres, sino también frente a las propias mujeres que no pertenecen a pueblos originarios. El acceso a la educación, la salud, el empleo y la justicia resulta más complicado cuando se trata de mujeres indígenas.
La Encuesta Nacional de la Dinámica Demográfica (Enadid) 2023 revela que la población indígena de 15 años y más registró, en promedio, 6.5 grados de escolaridad, frente a 10.6 grados entre la población no indígena.
En el caso de las mujeres, la brecha es todavía mayor: las mujeres indígenas alcanzaron, en promedio, 6.1 grados de escolaridad, mientras que las no indígenas llegaron a 10.5, una diferencia de 4.4 grados.
La inasistencia escolar también afecta particularmente a las niñas y adolescentes indígenas. En 2023, 24 por ciento de las mujeres indígenas de entre 3 y 17 años no asistía a la escuela, frente a 23.5 por ciento de los hombres indígenas.
Además, 24.2 por ciento de las mujeres indígenas de 15 años y más era analfabeta, mientras que entre las mujeres no indígenas la proporción fue de 3.1 por ciento.
Juana conoce de cerca los obstáculos para continuar estudiando. En su propia historia, concluyó la preparatoria apenas hace dos años, después de haber enfrentado la idea de que estudiar no era una prioridad para las mujeres.
“Lamentablemente ese machismo sigue todavía, donde la mujer la quieren seguir sometiendo a vivir el ser madre y esposa y nada más”.
Su experiencia también se ha convertido en una herramienta para impulsar a otras mujeres de su comunidad a continuar con sus estudios.
“Quiero que sean mejores que yo, porque, a lo mejor, yo en algún momento sí todavía como que vivo en esa época donde la mujer tiene que cumplir con el hogar, con el esposo, con los hijos y nada. Pero también yo tenía ese sueño de, mi sueño lo quiero cumplir”.
Actualmente, como promotora cultural, acompaña a otras mujeres que han retomado su formación académica.
“Varias compañeras se han motivado y han empezado ya a caminar junto conmigo y retomar sus estudios, porque varias compañeras tenían la primaria, ahorita ya creo que ya están cursando la secundaria, y van por la preparatoria”.
Las desigualdades también aparecen en ámbitos como la salud, la vivienda, el empleo y la justicia.
Juana señala que uno de los principales pendientes es contar con traductores de las distintas lenguas indígenas en las instituciones públicas, particularmente en los servicios de salud y justicia.
Ella misma ha fungido como traductora para integrantes de su comunidad, aunque enfrenta una limitación: la falta de certificación que le permita desempeñar formalmente esa función en determinados procesos.
La falta de un empleo formal también representa una barrera para acceder a una vivienda o a servicios vinculados con la seguridad social. Muchas mujeres indígenas trabajan en el comercio, las artesanías o actividades informales.
“Por ser comunidades indígenas y no contar con nómina, porque la mayor parte de las comunidades indígenas, pues, nos dedicamos a un empleo fijo, sino tenemos, trabajamos en artesanías, en el comercio”.
En el caso de Juana, su sustento está relacionado con una tradición heredada de su madre: la elaboración de muñecas Lele, originarias de su comunidad en Santiago Mexquititlán, Querétaro.
Una pieza puede requerir entre tres y cuatro horas de trabajo si se realiza individualmente; cuando la producción se lleva a cabo en serie, el proceso puede extenderse entre dos y tres semanas.
Su trabajo también es una forma de mantener viva su identidad en una ciudad donde las nuevas generaciones enfrentan el reto de no perder sus raíces.
Legislación, pendiente
Mientras las mujeres indígenas luchan por salir adelante, en el Congreso de Jalisco permanece pendiente la aprobación de una reforma constitucional que busca reconocer de manera específica los derechos de las mujeres de pueblos originarios y garantizar su participación en la toma de decisiones.
El presidente de la Comisión de Derechos Humanos y Pueblos Originarios, del Congreso jalisciense, José Aurelio Fonseca Olivares, informó que actualmente se trabaja en una propuesta de modificación al artículo 4º de la Constitución estatal, relacionada con las comunidades indígenas y grupos originarios.
Señaló que la propuesta busca que las mujeres indígenas no sean reconocidas únicamente como integrantes de sus comunidades, sino como titulares de derechos específicos.
“En esta reforma, la mujer indígena, lo que se propone es que la mujer indígena no debe de aparecer únicamente como una integrante de una comunidad, sino que debe de adquirir y adquirir reconocimiento en específico también de derechos”.
Entre los cambios planteados está reconocer expresamente su derecho a participar en condiciones de igualdad en el desarrollo de sus pueblos y comunidades, así como en la toma de decisiones públicas.
También contempla derechos relacionados con la educación, la salud, la propiedad y la posesión de la tierra.
“Uno de los elementos más relevantes de la propuesta final es reconocer expresamente el derecho de a las mujeres indígenas y afromexicanas a participar de manera activa, en condiciones de igualdad sustantiva en el desarrollo integral de sus pueblos”.
Fonseca Olivares aseguró que el proceso legislativo ya registra avances y que se han realizado mesas de trabajo y una consulta con pueblos y comunidades originarias.
La iniciativa contempla, además, garantizar los derechos de niñas y adolescentes indígenas, particularmente frente a la discriminación y distintas formas de violencia. También plantea fortalecer la participación política de las mujeres con paridad y el acceso a la justicia con perspectiva de género e interculturalidad, lo cual fortalece su derecho a la salud, la educación y la propiedad.
Mantener vivas las raíces
Juana tiene una hija que nació y creció en Jalisco y que está por cumplir 18 años. Para ella, mantener el vínculo con la comunidad de origen puede ser complicado cuando las nuevas generaciones crecen en un entorno urbano y tecnológico.
“Es como que un dilema, no somos ni de aquí ni de allá porque, pues, aquí vivimos, aquí residimos, pero no somos originarios de aquí, sino nuestro pueblo, pues, es allá en Querétaro”.
Frente a ese escenario, las comunidades han comenzado a impulsar talleres y actividades para que niñas, niños y jóvenes conozcan nuevamente sus lenguas y tradiciones.
“A nuestros jóvenes, a nuestras nuevas generaciones, es darles talleres, darles, este, inculcarles que vivan nuevamente las tradiciones, no pierdan sus raíces, y en estos talleres, pláticas, pues, les están inculcando a hablar nuevamente la lengua madre”.
Para Juana, conservar la cultura no significa permanecer aislados de la sociedad. Por el contrario, considera que el reconocimiento comienza cuando las personas conocen y escuchan a las comunidades.
Su pueblo, Santiago Mexquititlán, mantiene una tradición artesanal, gastronómica y cultural que incluye bordados, la muñeca Lele, el mole tradicional de guajolote y la barbacoa de pozo. La vestimenta también constituye una parte fundamental de su identidad.
La fecha del 5 de septiembre busca visibilizar precisamente la lucha, resistencia y aportaciones de las mujeres y niñas indígenas. A ello se suma el desafío de erradicar prácticas que históricamente han limitado las oportunidades de las niñas y adolescentes indígenas, entre ellas los matrimonios y las uniones a edades tempranas.
De acuerdo con el Censo 2020 del Inegi, 27 mil 800 adolescentes indígenas de entre 12 y 17 años se encontraban casadas o unidas en México, equivalente a 7.5 por ciento de las adolescentes indígenas del país.
El fenómeno ha sido documentado principalmente en comunidades indígenas y rurales y está relacionado con factores culturales, económicos y sociales.
La ONU ha señalado, además, que México se encuentra entre los países con mayores índices de matrimonio infantil a nivel mundial.
Para Juana, romper con los roles tradicionales implica abrir oportunidades para que las niñas puedan estudiar, trabajar, expresarse y decidir sobre su propio proyecto de vida.
Este 5 de septiembre, su petición no es únicamente que las instituciones recuerden que existen los pueblos originarios. Pide que sean reconocidos durante todo el año:
“Nosotros no estamos cerrados a que nos conozcan, al contrario, nosotros estamos en la mejor disposición de dialogar, de expresarnos, de que nos conozcan”.
CH