M+.- Lorena Gutiérrez nunca soñó con hacer cine. Su relación con las películas se limitaba a verlas como espectadora. Como ama de casa, llevaba una vida cotidiana hasta que la tragedia irrumpió: su hija fue asesinada. Todo cambió.
Siguieron siete años de lucha contra un sistema que, al final, no le dio justicia. Hace cuatro años, inició otro camino: el cine.
No estudió dirección ni escribió guiones, tampoco buscó festivales. Su vínculo con la cámara nació en el momento más brutal de su vida: el feminicidio de Fátima Quintana. Desde entonces, incluso su forma de mirar el mundo se transformó.
“Queríamos que se contara el caso de Fátima, pero a través del cine”, reveló a MILENIO.
Once años después del crimen, dejó de ser sólo una madre que exige justicia para convertirse en codirectora del documental Querida Fátima. La obra, nacida de la necesidad de contar su propia verdad, se presentó en el Festival Internacional de Cine en Guadalajara, donde ganó el premio a Mejor Película Mexicana.
Del dolor a la cámara
La decisión de hacer cine no surgió de una aspiración artística, sino como respuesta al silencio institucional, la indiferencia y el paso del tiempo sin justicia. Para Lorena, el cine se convirtió en herramienta de resistencia, narrativa y exigencia.
El origen del proyecto está en una relación de confianza. Años antes, Lorena y su familia conocieron al cineasta Rodrigo Reyes, quien los invitó a participar en el documental 499. Desde entonces, la idea de llevar su historia a la pantalla comenzó a tomar forma.
“Ya conocíamos al productor. Habíamos ido al Festival de Cine de Morelia y a la Feria del Libro de Guadalajara. También participamos con siluetas para alzar la voz, pero teníamos la inquietud de contar la historia en la pantalla”, explicó.
Convencerlos de hacer la película no fue lo difícil. Lo complejo vino después.
“La realidad fue muy dura. Es mucho dolor, mucho volver a recordar”.
Reabrir la herida y revivir el dolor
Cada escena implicó revivir el trauma. Cada locación, una herida abierta.
“Regresar a esos lugares, verlos, olerlos… donde desapareció mi hija, fue muy doloroso. Pero al final logramos nuestro objetivo”, relató.
Durante años, otros hablaron por ella. Esta vez, decidió sostener la mirada y apropiarse de su historia.
“Queríamos que el mundo supiera lo que pasó, pero también quién era ella: mi Fátima, una niña inocente de 12 años”.
El cine dejó de ser sólo un medio: se convirtió en una forma de recuperar el control de su narrativa.
Narrar desde la propia voz
A diferencia de otros documentales sobre violencia, Querida Fátima rompe con la lógica tradicional: la víctima no es objeto de observación, sino sujeto creador. Lorena no es personaje, es autora.
“Siempre buscamos aportar y caminar en colectivo”.
De esa visión surgió la Colectiva Varinia, donde la familia ocupa un papel central en la toma de decisiones. Para Lorena, era fundamental que la historia no fuera reinterpretada desde fuera, sino contada desde la experiencia directa.
“No somos expertos en cine; ellos lo son. Pero nosotros colaboramos en todo lo que pudimos.
“Dimos todo para que esto saliera bien. Ellos son cineastas y, además, excelentes seres humanos. Nos escucharon durante horas y aportaron grandes ideas”.
El cine como trinchera
Su incursión en el cine también responde a la necesidad de romper la normalización de la violencia.
“Quiero que el mundo deje de normalizar esto. Que en México se reconozca que vivimos una pandemia. Los feminicidios no han disminuido y necesitamos ser escuchados”.
Durante más de una década, ha tocado puertas en fiscalías, tribunales y oficinas gubernamentales. Ha marchado, denunciado y resistido. Sin embargo, la justicia sigue siendo limitada.
En ese contexto, el cine se convierte en una nueva trinchera.
“Queremos ser escuchados y, a partir de esa escucha, alcanzar la justicia”.
El sistema de justicia sigue fallando
La transformación de Lorena en cineasta no es un giro profesional, sino la evolución de su lucha frente a un sistema que —denuncia— ha fallado en múltiples niveles.
“Creí que era tiempo de mujeres, que habíamos llegado todas. No es verdad: ni es tiempo de mujeres ni llegamos todas”.
El documental también preserva la memoria de Fátima más allá de la violencia.
“Tenemos 11 años esperando ser escuchados… y no pasa nada. Nos enfrentamos a la perversidad, la traición y la infamia del sistema”.
La película surgió de la relación construida con Rodrigo Reyes, codirector del proyecto.
“Conocí a Lorena y su historia. Poco a poco construimos una relación de confianza y respeto. Ellos propusieron hacer una película sobre Fátima en un momento muy difícil. Acepté y decidimos trabajar en equipo”, explicó.
Así nació la Colectiva Varinia —en honor al segundo nombre de Fátima—, integrada por directores y la familia.
El objetivo: romper los esquemas tradicionales de autoría en el cine documental.
“Al compartir el poder creativo, aseguramos que la familia permanezca al centro, no como personajes, sino como narradores y coautores”.
Convertirse en cineasta implicó exponerse y revivir el dolor.
“Fue un proceso muy difícil… pero necesario”.
Para Lorena, contar su historia no es opcional: es una forma de sobrevivir.
“Le apuestan a que muramos en el camino sin alcanzar la verdad y la justicia. Pero aquí seguimos”.
El crimen que marcó al Estado de México
El 5 de febrero de 2015, Fátima Quintana Gutiérrez, de 12 años, caminaba de la escuela a su casa en Lupita Casas Viejas, Lerma.
“Ya me voy, mamá”, fueron sus últimas palabras.
Tres vecinos —Misael (17), Luis Ángel (21) y José Juan, alias El Pelón (26)— la interceptaron. En pocas horas la violaron, la asesinaron y ocultaron su cuerpo.
Misael cumple cadena perpetua. Luis Ángel fue condenado a más de 70 años. José Juan, en cambio, sólo pasó cinco años internado, una sentencia que la familia considera una burla.
Desde entonces, los padres han enfrentado amenazas, corrupción, negligencia institucional y desplazamiento forzado.
Aunque la Suprema Corte de Justicia de la Nación los reconoció como víctimas y ordenó reparación integral, el gobierno del Estado de México no ha presentado propuestas.
“Inicialmente prometieron respuesta pronta, pero hasta hoy no ha pasado nada”.
El eco colectivo contra la violencia femenil
Durante la presentación del documental en Guadalajara, decenas de mujeres compartieron sus historias en un círculo de escucha organizado por la Colectiva Varinia.
El dolor se volvió colectivo.
“Sabemos que no es un caso aislado. No queremos más Fátimas”.
La cinta fue la gran ganadora de la edición 41 del Festival Internacional de Cine en Guadalajara (FICG 2026), con Mejor Película, Mejor Dirección y Premio del Público.
“Necesitamos justicia real. Reformas a las leyes, investigaciones prontas y que no nos hagan vivir estos calvarios”, sostuvo.
Una exigencia que permanece
Lorena Gutiérrez no eligió ser cineasta. Pero ante el silencio, la impunidad y el olvido, no tuvo otra opción.
Hoy transforma el dolor en imagen, en memoria y en palabra.
Y en una exigencia que sigue vigente: justicia.
JVO