En la memoria de Guadalajara hay una fecha imborrable. Las explosiones del 22 de abril de 1992 no solo partieron calles, casas y tuberías: partieron vidas. A más de tres décadas, las voces de quienes lo vivieron siguen reconstruyendo, entre recuerdos fragmentados, uno de los episodios más dolorosos en la historia de la ciudad.
Sonia, Agustín y Fernando representan tres historias de resistencia entre el dolor y la vida. A 34 años de la tragedia, los sobrevivientes continúan reconstruyendo su presente sin olvidar aquel día, relataron a MILENIO.
Esto pasó
El 22 de abril de 1992, una serie de explosiones provocadas por la acumulación de gasolina en el sistema de drenaje sacudió a una parte de la capital jalisciense, generando uno de los peores desastres urbanos en la historia de México.
Durante horas, el subsuelo del sector Reforma se convirtió en una trampa mortal: calles completas se abrieron en enormes zanjas, viviendas colapsaron y vehículos fueron lanzados por la onda expansiva.
El saldo oficial fue de más de 200 personas fallecidas, cientos de heridos y miles de damnificados. La tragedia evidenció fallas graves en la infraestructura, así como omisiones en la atención de reportes previos de olor a combustible, lo que derivó en exigencias de justicia, responsabilidades y la creación de mecanismos de protección civil más estrictos en el país.
El día en que la rutina se rompió
Sonia del Carmen Solórzano tenía 19 años cuando salió de su casa aquella mañana. Era la mayor de nueve hermanos, trabajaba como secretaria y llevaba una vida “tranquila”, como ella misma la describe. Sin embargo, desde un día antes algo no estaba bien.
“Fui la única que percibió el olor a gasolina… me decían que estaba loca”, recuerda.
La mañana del 22 de abril, el presentimiento se intensificó. Personas que apenas conocía le pedían que Dios la bendijera. Aun así, abordó el camión rumbo a su trabajo.
Minutos después, todo se oscureció.
“Me quedé en la puerta. El camión avanzó dos cuadras; en la primera oportunidad me recorrí hacia la parte trasera para bajar. Recuerdo que iba sujetándome cuando sentí un golpe muy fuerte… me tambaleé y ya no recuerdo más. Todo se volvió negro”, relata.
Cuando recuperó el conocimiento, el mundo era otro: destrucción, sangre y gritos.
“Pensé que habíamos chocado, pero estábamos dentro de una zanja… no entendía nada”.
Las explosiones habían abierto la tierra en el sector Reforma. Lo que antes eran calles se convirtió en grietas profundas. Sonia sobrevivió, pero con lesiones graves: fracturas expuestas, daños en la columna y una vida que tendría que reconstruir desde cero.
“No sentía nada. Intenté moverme y al tratar de sentarme sentí que mi brazo izquierdo se desprendía. Tenía fractura y luxación. Mi pierna estaba completamente girada, con fractura expuesta en la rodilla”, recuerda.
Los médicos le dijeron que no podría tener hijos. Hoy camina con bastón, lleva 27 años casada y es madre de dos jóvenes.
“Mis dos milagros de vida… me dijeron que no podría tener hijos, y hoy tengo un hijo de 26 años y una hija de 20”, comparte.
Un solo estallido… y todo cambió
Para Agustín Rodríguez González, mecánico con taller en la zona afectada, el recuerdo no está en múltiples explosiones, sino en un instante.
“Fue un solo tronido, un ¡pum!… y reventaron 22 kilómetros y medio”, relata. “Tenía mi taller en la calle Olímpica. Ese 22 de abril de 1992, a las 9:07 de la mañana, era semana de Pascua; aún no había clases”.
La onda expansiva recorrió desde la glorieta del Álamo hasta la Calzada Independencia. Su taller, su patrimonio y el esfuerzo de años desaparecieron en segundos.
“Perder un millón de pesos en ese tiempo era muchísimo dinero. Me quedé endeudado, con mis hijos en la escuela”.
La tragedia no solo dejó muertos y heridos; también arrasó con las economías familiares. Negocios, casas y herramientas quedaron sepultados o destruidos.
“Se hundieron carros y camionetas… y todos querían que se los pagara. ¿De dónde?”, cuestiona.
“Es un recuerdo muy doloroso. No me gusta volver a ese momento. A pesar de todo, estoy vivo. Pero tuve familiares y amigos que perdieron la vida”.
Sin apoyo suficiente, su única salida fue empezar de nuevo lejos de casa. Dejó Guadalajara y se trasladó a la costa de Jalisco.
“Dicen que nadie es profeta en su tierra… me fui a Melaque. Ahí estuve 14 años y logré levantarme otra vez”.
Correr sin saber a dónde
Fernando Mercado también tenía 19 años. A diferencia de Sonia y Agustín, estaba de visita en la ciudad cuando ocurrió la tragedia; había regresado para ver a sus padres.
Ese día, el miedo se vivió en movimiento.
“Corrías hacia un lado y se oía una explosión; corrías hacia otro y otra más. No solo se escuchaban, se sentían en el piso”, recuerda.
Con su hermana recién operada, tuvo que huir en medio del caos. Personas desconocidas abrían sus camionetas para ayudar a quienes no podían moverse.
“Había gente que decía: ‘súbanla’… así logramos salir”.
Lo que vio después lo marcó para siempre.
“Era una zanja de dos o tres metros a lo largo de toda la calle… carros volcados, algunos encima de casas. Era algo espantoso”.
Fernando permaneció varios días en la ciudad, atrapado en la incertidumbre, recorriendo calles destruidas y tratando de comprender lo ocurrido.
Bomberos caídos, lecciones aprendidas
El desastre también cobró la vida de quienes acudieron a ayudar. Sergio Herrera, director de operaciones de Bomberos de Guadalajara, recuerda que tres elementos murieron en cumplimiento de su deber.
“Tenemos tres bomberos caídos, además de varios compañeros lesionados”, señala.
Para la corporación, la tragedia marcó un antes y un después. A partir de entonces, la ciudad comenzó a construir un sistema de protección civil más sólido.
“En los años 90 se empezó a integrar la protección civil, evolucionando hacia un enfoque preventivo y de gestión integral de riesgos”.
Actualmente existen unidades especializadas en emergencias químicas, protocolos de atención y capacitación constante.
“Contamos con equipamiento, tecnología y preparación para una respuesta preventiva y operativa”.
El aprendizaje también es social. “Cualquier olor, fuga o derrame debe reportarse de inmediato”, advierte.
Vivir con las secuelas
Para Sonia, la tragedia no terminó ese día. Inició un largo proceso de hospitalización, cirugías y rehabilitación.
“Quedé sin movimiento… dependía de alguien para todo. Mi dolor es mi motor”, afirma.
Con el tiempo logró volver a caminar. Hoy utiliza bastón, tras años de terapias y tratamientos médicos. Su vida cambió por completo, pero no se detuvo.
También ha sido testigo de otra realidad: la desaparición paulatina de los sobrevivientes.
“Llegamos a ser más de 120 lesionados… hoy quedamos alrededor de 50”.
Memoria viva en la ciudad
En las calles del sector Reforma aún permanecen huellas de la tragedia: monumentos, placas y espacios conmemorativos.
Fernando menciona la llamada “Estela del Olvido”, una fuente levantada en honor a las víctimas, además de murales y símbolos religiosos surgidos tras el desastre.
Pero la memoria más fuerte sigue siendo la de quienes lo vivieron.
Cada año, sobrevivientes, familias y cuerpos de emergencia realizan homenajes. Los bomberos honran a sus caídos; la ciudadanía recuerda a sus muertos.
Entre el dolor y la resiliencia
Las historias coinciden en algo: el 22 de abril no solo fue destrucción, también marcó un punto de quiebre.
Para algunos, como Agustín, significó perderlo todo y comenzar de nuevo lejos de casa.
Para otros, como Fernando, dejó un recuerdo imborrable del miedo colectivo.
Para Sonia, fue el inicio de una vida distinta, marcada por la discapacidad, pero también por la fortaleza.
“Hay vida después de una tragedia así”, afirma.
A 34 años, Guadalajara no olvida. En cada testimonio hay una advertencia, una memoria y una lección: la de una ciudad que aprendió, entre escombros, que la prevención puede marcar la diferencia entre la vida y la muerte.
SRN