La fiesta convocada para festejar lo que sería el triunfo de la Selección Mexicana de Fútbol contra Inglaterra sobre Paseo de la Reforma estaba preparada para durar toda la semana, pero no pasó. El partido acabó, los músicos ya no tocaron, y la gente se marchó. Dejaron las botellas tapadas, las cervezas no se vendieron y los claxons no volvieron a sonar.
La barra, que aguantó firme durante el partido y bajo la lluvia, y que había alcanzado un millón 400 mil personas repartidas en las plazas públicas de la Ciudad de México, confiaba en que llegarían. Hacia el amanecer de este lunes esa afición se había esfumado.
Con los primeros rayos de luz se iluminaban las camisetas verdes que antes se habían empapado, las cornetas y banderas escurridas en los hombros de los últimos en irse, no más de 30 que, pese al resultado, nunca dejaron de celebrar ni de hacer de la glorieta del Ángel de la Independencia la cantina pública más grande de la ciudad. Pues solo venían a eso.
Con el trago en mano, esta afición se aferraba. Celebró hasta el último momento del partido, durante los últimos cuatro juegos, y que este domingo —en el quinto— vio su realidad frente a los ingleses, dándole así un final a esta jornada mundialista de 13 partidos como anfitrión.
El suspiro que nos regaló Julián Quiñones, el gol de penalti de Raúl Jiménez, no fueron suficientes. Después del 3-2 contra la escuadra inglesa se acabaron los ánimos para seguir la fiesta.
Al término del partido, a los reporteros desplegados en el estadio Ciudad de México se les preguntaba sobre los ánimos, y justo eso era lo que faltaba: ánimo de la gente. Buena parte se regresó en silencio.
El silencio se apoderó del transporte, de las calles del centro. Ya no se escuchó el tradicional "tú tú tú tú tú" de los claxons que suele acompañar las victorias pamboleras; aquel que osaba tocarlos era recibido con miradas de desaprobación o fastidio, como si el sonido doliera más que el resultado mismo.
Desde el Zócalo, los artistas invitados como la Sonora Santanera ya habían tocado su repertorio previo al arranque del partido, que inició con una hora de retraso, por lo que la fiesta posterior duró mucho menos. Tras el juego, los músicos soltaron apenas tres tamborazos, un "perreo", el Bómboro, la Boa... y vámonos a dormir. Las zonas de fanáticos habilitadas para celebrar se fueron apagando. En los altavoces invitaban a los asistentes a tomarse la fotografía afuera de la plaza.
El ambiente pasó rápido: la música, el baile, las máscaras de luchador, los sombreros charros, los imitadores de Juan Gabriel y el ya conocido "quiere volar", todo eso acabó temprano. Los ríos de gente desembocaron hacia las salidas habilitadas para ellos y ya muchos prefirieron no llegar a Reforma, directo al transporte público, "porque mañana hay que trabajar", decían entre el tumulto. Se disfrutó, pero hasta ahí. No valía la pena la falta al trabajo.
Desde las 10 de la noche, los altavoces ya invitaban a desalojar. Las megapantallas y el sonido se desconectaron antes de las 11; a las 12 ya quedaba casi nadie, y el metro cerró a la una, lo que orilló a los asistentes a cortar de tajo la verbena preparada para el quinto partido.
Ante la fiesta que acabó temprano, los vendedores ambulantes, muchos de ellos que se habían preparado para vender cientos de cervezas irregulares en las calles, remataban las latas de Victoria y Carta Blanca. Ante el final de la fiesta se rogaba para que no se quedará: "llévate tres latas por 50", cuando en días previos hasta en 100 las ofrecían.
Algunos que se envalentonaron comprando toda una botella de tequila, pero ante el cortón buscaban voluntarios para regalar un shot antes de tener que dejar el resto y subirse al metro. Mientras los puestos de comida buscaban aglomeraciones donde vender el excedente.
Otros comerciantes vieron en las latas de espuma a 20 pesos la oportunidad para darle algo en que entretener a la afición ociosa. Se vieron en la banqueta cajas y cajas de latas, decenas de vendedores de espuma emergentes que tapizaron la banqueta. Al tiempo que los asistentes hicieron del baño de espuma un ritual rumbo a las bocas del metro.
Desde media noche elementos de la Secretaría de Seguridad Ciudadana de la Ciudad de México (SSC) implementaron un operativo para peinar las zonas donde fueron instaladas las megapantallas, con el objetivo de enviar a los asistentes a sus casas. Hombro con hombro, cientos de elementos, avanzaron sobre la calle, expulsando a vendedores ambulantes y enfiestados que acudieron a esta verbena.
"Regresen con bien a casa, buenas noches, no corro, no empujo...", decían los perifoneos de la policía capitalina que empujaban a los asistentes a salir del perímetro de tolerancia.
Ya una costumbre de la barra: salir del juego, de la cantina y llegar al Ángel. Se vio la peregrinación, pero ya no llegó hasta la fiesta mundialista; los que se quedaron solo fue para recordar una vez más el eterno "jugaron como nunca" y echar desmadre.
— Venimos de bien lejos. Yo de Los Ángeles, él de San Francisco, California...
—Ganen, pierdan, empaten: ¿a celebrar?
—Obvio, yo lo vi en el Ángel. Según los mexicanos decían: "aunque perdamos hay que celebrar". Y la verdad perdimos y todos se fueron. ¿Y dónde quedó el espíritu mexicano?, se cuestiona una asistente que viene de Estados Unidos; apenas puede mantenerse en pie después de una noche de jerga, que venía exclusivamente a ver la fiesta pambolera de la capital.
La fiesta masiva se quedó en aquellos que fueron despedidos de madrugada de antros y bares aledaños. Algunos volvieron a tomar las bancas de piedra para echarse un coyotito en lo que abría el Metro. Ya no había fiesta pambolera. Ya solo era el pretexto para seguir tomando.
Antes de las 6:00 de la mañana, la Ciudad de México retomó su ritmo habitual. El transporte público sobre los corredores de Reforma e Insurgentes ofreció servicio de manera regular a los miles de trabajadores que a temprana hora se dirigían a sus oficinas, despejando la vialidad que horas antes lucía colapsada. Ya las barredoras habían pasado.
Escuchando las canciones de José José, con vasos de Bacardí y refresco en mano, los últimos rezagados se resistían a retirarse; en su mayoría, visitantes foráneos que viajaron a la capital del país exclusivamente para vivir la experiencia. Con altavoces que se desprenden de la cajuela, muchos incitaban a la fiesta pero cada vez menos parecía disfrutarlo.
En las inmediaciones, el saldo de la celebración se hizo evidente en la basura: latas de cerveza vacías, vasos rojos de plástico, envolturas de frituras y sopas instantáneas, miles de envases de espuma.
Trabajadores de limpia consultados agradecen que hoy sí saldrán temprano.
—Hoy va a estar más relax, ¿no?
—Sí, algo...
—La semana pasada estuvo pesada, creo que trabajaron 15-20 horas.
—Doble turno.
—¿Ahorita a qué horas los convocaron?
—A las 6 de la mañana. Para terminar dos o tres de la tarde.
—¿Y de basura?
—Se ve más tranquilo. El otro fin sí machín basura, ahorita está más tranquilo.
Sobre el partido, el encuentro, la afición de overol también lo gozó. Y es que jugaron como nunca. Eso no se puede negar.
—Lo dieron todo, no importó el resultado. Echaron ganas, eso era lo importante.
—A todos nos dolió, pero le echaron ganas.
—¿Qué le dice a los aficionados?
—Que no se achicopalen, habrá otra cosa que celebrar.
Otro trabajador de limpia confiesa que después de las quejas vertidas la semana pasada por una excesiva carga de trabajo hacia los trabajadores del Gremio, mejor les prohibieron dar entrevistas.
—¿Más leve la chamba?
—Sí, más leve... pero no podemos dar entrevistas. Nos dijeron que si damos entrevistas nos iban a correr, responde uno de los trabajadores, confirmando su malestar.
Las calles ya no quedaron tapizadas con la basura —14 toneladas que habíamos visto en juegos previos—; las caravanas de limpieza empezaron a recoger desde media noche. También aficionados, pero con overol guinda y chaleco fluorescente.
La queja de los aferrados que no se quieren ir, que cuestionan el discurso de la capital. Que se quedaron con ganas de seguir festejando, pero ya sin un lugar para estar.
José, enfiestado aún, reclama la necesidad para expulsarlos y cortarles la fiesta.
— Estábamos en un barcito, estaba la banda tocando. Llegan los polis, los empezaron a cerrar. Se supone que la fiesta se hizo... bueno, es el mundial. Todos estamos disfrutando, estamos bailando, ¿y por qué ahorita nos está diciendo "ya no pueden tocar, ya no pueden disfrutar"? Perdimos, pero si perdemos ya nos quita nuestra diversión.
Al final de la jornada, la fiesta se transformó en un paseo de familias enteras, hombres, mujeres, menores de edad, adolescentes que no habían experimentado el sentimiento de la desilusión, de ver jugar a los ratones verdes. Un pasaje de sentimientos encontrados, de miles que durante semanas se preguntaron: ¿Y si sí? Y que se retiraron cuestionando: ¿Por qué otra vez no?
El eterno consuelo: “México cayó de pie”, decían algunos que no recordaban que en Qatar no pasaron de la fase de grupos —la primera vez que México quedaba eliminado en esa instancia desde Argentina 1978—, que en Rusia fueron eliminados en octavos de final por Brasil, lo vivieron en carne propia, recordando la noche de este domingo como la noche del quinto partido, un nuevo aztecazo, en la que se quedaron con las botellas sin destapar y los claxons que no llegaron de madrugada.
LG