DOMINGA.– Esmeralda vive en Santa Fe. Ahí, como en muchas otras zonas de la Ciudad de México, el maltrato animal es visible sin importar hacia dónde voltees. Cada semana me cuenta una historia diferente. Vecinos que tienen a un perro raquítico amarrado en la azotea, desnutrido y con pérdida de músculo. Del llanto de unos cachorros. No sabe quién les hace daño pero tiene que poner música para poder dormir. Pregunta a sus vecinos por qué los lastiman pero nadie sabe qué responder.
Hace semanas encontró a una perrita pequeña, blanca y de pelo chino en la parada de un camión. Parecía un trapo sucio. La nombró Lana. Por suerte alguien le prestó dinero para llevarla a un veterinario. Resultó que tenía más de diez años y piedras en la vejiga. Había estado sufriendo tanto que casi entra en paro. Otro día encontró a Confite. Estaba tirado en la calle. Tenía mucho pelo. Algunas partes estaban manchadas de sangre. Fue por unas tijeras para cortar mechones y entender qué pasaba. Se dio cuenta de que tenía un corte en la espalda, profundo, que llevaba tanto tiempo que larvas se movían en los márgenes de la herida.
Un día, hace tiempo, la escuché decir: “durante muchos años he ido por la calle tapándome los ojos para no ver”. No es que no le importen los animales. Todo lo contrario: le importan tanto que no poder hacer algo más por ellos la atormenta.
Llevo semanas pensando en lo que dice Esmeralda y en lo que dictan las leyes en esta ciudad. Datos de 2023 muestran que el número de perros y gatos en situación de calle asciende a más de un millón sólo en Ciudad de México, de acuerdo con una proposición presentada por la diputada Ana Jocelyn Villagrán Villasana ante el Congreso local en 2023. Y más del 60% de los hogares tienen una mascota.
La Constitución capitalina establece que toda persona tiene el deber ético y la obligación jurídica de respetar y proteger la vida y la integridad de los animales. Y la Ley de Bienestar y Protección de los Animales dicta que quienes tengan animales de compañía tienen la obligación de proporcionar atención médica veterinaria inmediata cuando se presente alguna lesión o enfermedad.
Soy abogada y tengo una maestría en políticas enfocadas en justicia criminal. Fundé Rescatalandia en 2021, un proyecto para rescatar animales vulnerables que a veces están en las calles, a veces en azoteas o patios y a veces en los antirrábicos mal llamados ‘centros de bienestar animal’. Hemos atendido, rehabilitado, curado, cuidado y recolocado a más de 700 perros, gatos, tlacuaches, patos, gallinas, ratas y ratones, codornices, ardillas, conejas, tortugas, cerdos, pájaros y palomas. Pero pronto entendí que en una ciudad donde las cifras de animales que la pasan mal es de millones, rescatar no es más que un paliativo.
Con eso en mente decidí fundar una segunda organización, Para Resonar, que se enfocara en algo adicional: hacer investigación y difusión académica centrada en los derechos de los animales y su bienestar, y llevar a cabo proyectos de consultoría e incidencia política para analizar los instrumentos jurídicos que existen y plantear las modificaciones que se necesitan en este país.
Durante este tiempo he participado en decenas de conversaciones, congresos, cursos, foros y juntas para discutir las problemáticas alrededor del maltrato y abandono animal. Y en casi todas una opinión se repite: para que los animales tengan vidas dignas es necesario que las personas cambien: que se cultive la empatía y se desarrolle la sensibilidad. Es un paso al que hay que llegar. Pero hay otros antes.
¿De qué sirve que las personas quieran hacer algo por los animales, si no hay suficientes lugares accesibles a los que puedan llevarlos para que los atiendan?
He tenido contacto con más de 800 perros y gatos que han necesitado atención veterinaria y con muchas personas que han buscado ayudarlos. Una de mis mayores frustraciones es el cúmulo de historias de terror que existen alrededor, como los individuos que se hacen llamar veterinarios sin tener cédula profesional.
He visto a decenas de perras que son esterilizadas por medio de una cirugía mal hecha y que agonizan durante días por una infección o sangrado hasta que mueren; gatos que son tratados con medicamentos que no deberían ingerir y que mueren envenenados; cirugías ortopédicas que se parecen más a un proceso de tortura, y tumores y consecuencias de infecciones virales que pudieron haberse curado con el tratamiento adecuado, pero quien se dice veterinario no sabe ni diagnosticar.
A pesar de todo, hay que decirlo, estos lugares son muy socorridos porque son todo lo que existe en muchas zonas.
Hace poco conocí a Ova, que tiene problemas de conducta; Moro, que sobrevivió a una manada de perros, y Rima, que pelea contra el cáncer. Sus historias pasan por el Hospital Público Veterinario de la Ciudad de México. Y parada entre sus pasillos terminé de entender la necesidad y urgencia de que las veterinarias públicas existan: poder cuidar a un animal no debería depender del dinero que se tenga ni de la zona en donde se viva.
La desigualdad económica también afecta a los animales
Las negligencias que he visto varían pero lo que no suele cambiar es el contexto: en cada una de las tragedias y malas prácticas, de la tortura y agonía, la falta de lugares veterinarios accesibles y de calidad ha sido determinante. Porque las fatalidades afectan de manera desproporcionada a ciertos grupos.
Las comunidades que sufren pobreza, desventajas socioeconómicas, aislamiento geográfico o dificultades de transporte son las que tienen más dificultades para encontrar opciones para atender a los animales con los que conviven. Las consecuencias directas incluyen que millones de perros y gatos no reciban medicina preventiva, tratamiento de enfermedades ni cuidado profesional en situaciones de emergencia. Esto deriva en una de las mayores crisis en términos de bienestar animal en Estados Unidos, según documentan revistas científicas como Frontiers in Veterinary Science o Journal of the American Veterinary Medical Association.
En respuesta han empezado a surgir modelos, como la veterinaria Tufts at Tech Community Veterinary Clinic, en Worcester, Massachusetts. Su labor consiste en prestar atención subsidiada a personas de bajos ingresos. Si bien no es una clínica gratuita, sus costos son significativamente reducidos para quienes acreditaban vivir en zonas determinadas o tener bajos ingresos económicos. La revista Preventive Veterinary Medicine documentó que los animales que fueron atendidos ahí durante cierto periodo de tiempo tenían tasas de vacunas actualizadas, atención preventiva y uso de medicamentos necesarios mayores que quienes no la frecuentaban. La literatura llama a estos esquemas “medicina veterinaria comunitaria” y uno de sus objetivos es evitar que los traslados, la disponibilidad, la ubicación y los costos sean un obstáculo para cuidar de los animales.
Aumentar la disponibilidad de servicios veterinarios en comunidades marginadas podría reducir la sobrepoblación y aumentar el bienestar animal. En el contexto mexicano, y particularmente en la Ciudad de México, es urgente que las alcaldías con un número significativo de animales domésticos en situación de calle tengan opciones veterinarias accesibles para que las personas tengan a dónde llevarlos.
Y es fundamental que toda persona que tenga animales bajo su cuidado pueda costear sus consultas y tratamientos. En estos términos, la implementación de lugares de bajo costo podría hacer una diferencia. Un ejemplo empieza a surgir en nuestro país y es el Hospital Público Veterinario de la Ciudad de México.
Una tarde en el Hospital Público Veterinario de la Ciudad de México
Norma vive en Iztapalapa. Ha cuidado animales desde que era una niña. Desde hace dos años lleva a los muchos gatos que rescata al Hospital Público Veterinario de la Ciudad de México que está en su alcaldía. Se inauguró en 2016 y cuenta con 53 doctores. El mínimo de pacientes que recibe al día es de 80 y cubren todas las especialidades. Cuentan con veterinarios cirujanos, cardiólogos, infectólogos, ortopedistas, etólogos y hasta con facilitadores de hidroterapia para los perros que dejaron de poder caminar por causa de alguna lesión o enfermedad degenerativa.
La sala de espera es amplia y luminosa y los consultorios individuales tienen nombres de razas de perros y gatos. Si bien en la ciudad existen otras clínicas públicas, este hospital es el único que tiene capacidad hospitalaria integral, incluyendo hospitalización, cuidados intensivos, cirugía, diagnóstico y rehabilitación.
Los padecimientos que les han encontrado a los gatos que Norma lleva varían: desde problemas renales, hasta peritonitis infecciosa felina. Le pregunté cómo le fue al último que llevó: no sólo vive, está muy bien. Mientras que veterinarios particulares no habían podido ni siquiera determinar lo que tenía, los médicos de aquí le explicaron de qué se trataba, la orientaron y, junto con ella, lograron que sobreviviera.
Norma me cuenta esa historia y la de otros que ha llevado a este lugar y me da a entender que ha marcado la diferencia para que ella pueda seguir atendiendo a los gatos que va encontrando abandonados en las calles del oriente de la ciudad.
Mientras espero que me entreguen los resultados de sangre de Rima, una perrita a la que he acompañado al hospital para que la traten, me encuentro a Tonatiuh. Su perrita tiene un bozal con muchas aperturas que le cubre toda la cara. Ova tiene tres años, una pitbull pocket. Su humano me explicó que es la talla de pitbull más pequeña que hay. No se ve incómoda, más bien parece estar acostumbrada a ese artefacto en su cara.
Le pregunté por qué estaban en el hospital y me explicó que Ova había sufrido múltiples agresiones antes de llegar con él y que eso le había causado problemas importantes de comportamiento. Para que pudiera convivir con sus demás perros, decidió buscar servicios de etología en Google y encontró que este hospital los tenía. Y además, el precio era mucho menor que lo que había cotizado en otros sitios. Estos servicios, poco conocidos, atienden problemas de comportamiento de los animales. Buscan identificar las causas que los originan y, en conjunto con sus humanos, prevenirlos o corregirlos.
El doctor salió a hablar con Tonatiuh y prometió atender a Ova. Les dieron cita para dos días después. Los dos se despidieron de mí, le hice un cariño a Ova y los vi meterse al coche. El tener acceso a servicios de etología suele ser la diferencia entre que alguien decide conservar a un animal doméstico con problemas de conducta y quien decide deshacerse de él. Lo sé porque lo he visto.
A Moro lo rescataron en la calle. Tiene dos meses y medio. Nació con una colita deforme y fue rescatado de una de las odiseas que suelen vivir los gatos en situación de calle: una manada de perros. Ni los perros ni los gatos tienen la culpa de vivir esas tragedias: ni la de tener hambre y no conseguir comida, ni la de ser pequeño y no poder defenderse. Miguel lo rescató y decidió adoptarlo para darle un compañero a su otra gata: Ima. Lo llevó a revisar al hospital, lo guiaron en las cosas importantes que debía saber sobre las revisiones de Moro y la presentación con Ima. Le pidieron que fuera a comprar una prueba rápida para saber si estaba sano o tenía sida o leucemia felinos. La compró y regresó para que la misma doctora se la aplicara.
Lo que me dicen Norma y Miguel concuerda: los doctores aquí son capaces y gentiles pero al hospital le faltan insumos. Quienes trabajan ahí saben cómo resolverlo: tienen alianzas con el Hospital Veterinario Arenal que presta sus servicios de ultrasonido y con algunos laboratorios privados que hacen un descuento especial a quienes van recomendados por el Hospital Público Veterinario de la Ciudad de México. Esto sirve para que los tutores puedan conseguir pruebas, tratamientos y diagnósticos en otros lugares sin que el costo se eleve, pero la situación dista de ser ideal. Un hospital veterinario debería tener disponibles todos los materiales y herramientas necesarias para funcionar. Especialmente si es público, el presupuesto con el que cuenta debería asegurar eso.
Un faro veterinario para los animales en Iztapalapa
Conocí a Norma, Miguel y Tonatiuh una de las veces que llevé a Rima, una perrita orejona, rescatada y enferma de cáncer. Decidí llevarla a este hospital porque, con la convicción de que los hospitales veterinarios públicos son imprescindibles, quise constatar si funcionaba. A lo largo de estas visitas vi a una mamá con muchos cachorros que había sido abandonada y que ahí había encontrado refugio.
Una doctora me contó que la querían mucho y que cuando los bebés estuvieran listos, iban a buscarles un hogar. Vi también a una pareja feliz salir con su perrita anciana recién operada. Pregunté por la herida recién cosida en una de sus piernas y me enseñaron fotos de un tumor del tamaño de una cabeza humana que había sido recientemente extraído.
En otra de mis visitas me tocó escuchar a los doctores platicar sobre una amputación que estaban practicando en uno de los quirófanos. Y cuando pregunté si tenían los medicamentos necesarios, me explicaron que el presupuesto no era suficiente: usaban la parte de éste destinada a comprarlos hasta que se acababa. Después de eso les pedían a los tutores de los pacientes que llevaran ellos mismos los insumos para que el hospital pudiera realizar sus funciones.
Las conclusiones a las que llegué coinciden con las que me compartieron: las instalaciones son impecables, la atención es de calidad, los usuarios reportan que los doctores tienen profesionalismo y son diligentes. Es evidente que les importan los animales. Me tocó ver a uno de los doctores explicar que aunque ya era su horario de salida, iba a quedarse a realizar otra cirugía de urgencia. También vi cómo una doctora salió con una cobija a atender a un perro que temblaba de nervios y frío.
Al dirigirse a los animales las voces de los especialistas están llenas de ternura. Cada vez que los escuché hablar con un perro o un gato, parecían querer transmitirles tranquilidad. Los costos son significativamente más bajos que en todos los muchos otros hospitales, consultorios y clínicas que he visitado. Es prácticamente simbólico: la primera consulta de etología cuesta 190 pesos y las siguientes 89; abrir un expediente cuesta 38, la curación de una herida cuesta 128 y un electrocardiograma 381. La vacuna sextuple canina y triple felina cuestan 289 pesos, cada una. El costo más elevado es el de una cirugía ortopédica que cuesta 3 mil 172.
A lo largo de mis visitas a clínicas y hospitales de alto y bajo costo, nunca he visto una cirugía ortopédica de calidad que tenga un precio tan bajo. Pero falta una máquina que lleve a cabo ultrasonidos, faltan algunos tipos de medicamentos y algunos tipos de materiales para curar u operar. Los tutores lo dicen y los médicos lo aceptan. La buena noticia es que quizás esa podría ser una de las carencias más fáciles de remediar: sólo se necesita voluntad política para aumentar el presupuesto de un hospital que ya funciona con lo poco que tiene.
Las leyes de bienestar animal más progresistas en la CdMx
Me gustaría mucho que Esmeralda dejara de sentir la necesidad de taparse los ojos cuando camina las calles de su colonia. Me encantaría que muchas otras personas rescaten, curen, esterilicen y coloquen en lugares seguros a tantos gatos puedan, como Norma. Vivimos en una de las ciudades con las leyes de bienestar animal más progresistas del mundo. Pero no bastan. Que se cultive la empatía tampoco. Se necesitan condiciones materiales para canalizar las buenas intenciones.
Para disminuir el problema de sufrimiento animal que nos rodea es fundamental que las personas se vuelvan un factor de cambio y para eso es imprescindible tener opciones accesibles y confiables de atención veterinaria.
Escribo este artículo para resaltar la importancia de que existan instituciones públicas que brinden servicios de calidad. Son el factor determinante para que, sin importar dónde nacieron, los animales de esta ciudad puedan acceder a vidas más dignas y las personas que los cuidan puedan brindárselas.
También lo escribo porque quiero que el Hospital Veterinario de la Ciudad de México tenga todo lo que necesita para seguir atendiendo a Ova, a Moro, a Rima y a todos los que siguen en las calles. Y por último, para explicar que en un lugar en el que hay más de un millón de animales domésticos viviendo en situación de calle, es urgente que ese tipo de establecimientos se multiplique. Estoy convencida de que es nuestra responsabilidad cuidar lo que ya existe, vigilar que mejore y exigir que se implementen las medidas requeridas para que cada vez más animales con los que compartimos esta ciudad vean sus necesidades cubiertas.
GSC/ASG