Antes de ver el mar, se escuchan las aves. El camino que baja hacia Mismaloya, al sur de Puerto Vallarta, Jalisco, se estrecha entre árboles y humedad. El sonido es fuerte y repetitivo: las chachalacas anuncian el amanecer con un grito que rebota, como si advirtieran que este territorio sigue vivo. El aire cambia y sobre el paisaje se abre una franja de arena y, al fondo, el mar extendiéndose sin prisa, en total calma.
Este rincón paradisíaco no solamente atrae a turistas de todo el mundo, sino también a intereses privados que encuentran en un vacío legal en su protección ambiental la oportunidad para tomar el control del territorio.
Para quienes viven aquí, la amenaza no es hipotética. MILENIO hizo un recorrido por este pueblo costero que teme por su conservación ante la amenaza empresarial y la falta de legislación que garantice su cuidado.
Biólogos, comerciantes, activistas ambientales, prestadores de servicios turísticos, mujeres que dependen del comercio en la playa, turistas, así como autoridades del gobierno municipal coinciden en una preocupación central: preservar el acceso libre y el equilibrio ecológico de un espacio que consideran patrimonio colectivo.
Riqueza natural, arma de doble filo
Su nombre proviene del náhuatl y significa “lugar donde se agarra el pescado con las manos”, una referencia directa a la abundancia natural que durante generaciones permitió la subsistencia de quienes habitaron entre la ciudad y el mar.
La historia del lugar cambió en 1964, cuando Mismaloya ganó fama internacional al convertirse en escenario de la película La noche de la iguana, dirigida por John Huston.
El rodaje colocó al pequeño pueblo en el mapa mundial y marcó el inicio del turismo en Puerto Vallarta. Aún hoy sobreviven ruinas del set que conviven con restaurantes, lanchas, palapas y senderos, y que miran hacia uno de los paisajes más reconocibles de la región: los Arcos de Mismaloya.
Frente a la costa emergen estas formaciones rocosas que parecen flotar sobre el mar.
Tres de los Arcos de Mismaloya llevan los siguientes nombres: Roca de los Arcos, Roca de la Tortuga y Roca del Diablo, pero los arcos no siempre fueron islas.
Quienes saben cuentan que son fragmentos de la Sierra Madre Occidental que, con el paso de miles de años, quedaron separados por la erosión marina. Al día de hoy se distinguen por los túneles y cuevas submarinas que hay en su interior.
Sobre los cinco islotes ubicados entre Playa Las Gemelas y Mismaloya descansan pelícanos, pájaros bobos y otras aves en su hábitat, mientras que, debajo del agua, se reproducen peces, corales, mantarrayas, ballenas jorobadas, tortugas y delfines; esto atrae al turismo local e internacional con actividades que van desde el buceo, esnórquel o kayak al amanecer.
“Es un área importante para el buceo, por toda la fauna marina que existe en esa zona, desde mantarrayas, tortugas hasta peces; es el inicio de un gran cañón submarino”, explica la bióloga Astrid Frisch Jordan, presidenta de Ecología y Conservación de Ballenas, quien destaca que las formaciones rocosas funcionan como área de anidación de aves.
Esa riqueza natural no pasó desapercibida para el Estado. El 28 de julio de 1975, el gobierno federal decretó a los Arcos como Zona de Refugio para la Protección de la Flora y Fauna Marinas, prohibiendo actividades que alteraran el ecosistema.
El decreto sigue vigente y prohíbe expresamente la explotación, alteración o afectación del ecosistema marino, así como actividades que pongan en riesgo su equilibrio natural, pero nunca fue homologado a las figuras actuales de Área Natural Protegida.
Ese vacío legal es hoy el punto más vulnerable que pone en riesgo la zona y es aprovechado por intereses privados.
Habitantes y comerciantes se unen contra el despojo
En los últimos años, los habitantes comenzaron a notar un patrón: compra de predios estratégicos, cierre de accesos, colocación de mallas y letreros de propiedad privada en zonas que históricamente fueron de libre tránsito.
El objetivo, denuncian, es controlar el corredor completo: playa, mirador, rutas marítimas y experiencia turística.
En el trasfondo aparecen nombres. Uno de ellos es Fernando González Corona, empresario jalisciense con trayectoria en el sector inmobiliario y turístico y con paso por la política; fue diputado federal y precandidato a la gubernatura de Jalisco. En la Cámara de Diputados se desempeñó como presidente de la Comisión de Turismo.
Llegó a Puerto Vallarta en la década de los 80 y trabajó inicialmente como comercializador de tiempo compartido, donde creció hasta convertirse en desarrollador turístico, según se lee en una biografía en internet.
En la manifestación que estalló a mediados de enero, cerraron parcialmente la carretera y exigieron la intervención de autoridades. No surgió de la improvisación. Fue el punto de quiebre tras la colocación de letreros de propiedad privada.
Entre las voces que tomaron la palabra estuvo la de Lili Guzmán, activista ambiental y mismaloyense, criada —dice— entre el río y el mar. Su vínculo con Mismaloya es cotidiano y heredado. Proviene de una familia local dedicada al turismo comunitario.
“Lo que nosotros decimos es que se nos garantice que el área no se va a privatizar (…) Sabemos que las playas son de la nación, pero también sabemos que se concesionan y que luego toman un poder que no debe ser, como cerrar accesos”.
Destruyen hogar de especies marinas
La bióloga Astrid Frisch Jordan señala que esta situación afecta directamente a especies protegidas como ballenas, mantarrayas y tortugas. “Se atropella más de una ballena por temporada, en su mayoría crías y madres, hembras reproductivas”.
La Bahía de Banderas es una zona de reproducción de ballena jorobada, donde las madres buscan áreas costeras para proteger a sus crías. Sostiene que el problema es mayor de lo que reflejan los registros oficiales: “Nosotros vemos sólo la punta del iceberg. El problema es muchísimo más amplio de lo que parece”.
Antes de descender a la playa de Mismaloya, el mirador es el primer punto de encuentro entre turistas y paisaje. Desde ahí se observan los Arcos, el mar abierto y, en ocasiones, mantarrayas, delfines y ballenas.
Camiones y camionetas arriban constantemente para que los visitantes tomen fotografías, mientras recorren los puestos de artesanías que desde hace más de dos décadas sostienen a varias familias del sur de Puerto Vallarta.
El motor de la lancha rompe el silencio de la mañana en Mismaloya. El mar está en calma y el sol comienza a reflejarse sobre los Arcos, ese paisaje que Fermín Guzmán Zúñiga cuida todos los días como si fuera parte de su propia historia.
A Fermín todos lo conocen como “Chipol”, y no es guía por casualidad: se crió entre el agua, la flora y la fauna de esta playa, cuando todavía no había hoteles ni carretera. “Aquí nací, fui nacido y criado en 1958, antes de todo esto, cuando era virgen”, cuenta mientras la lancha avanza.
Desde niño, su vida estuvo ligada al turismo. Recuerda que su familia comenzó vendiendo refrescos a extranjeros que llegaron a la zona durante la filmación de “La noche de la iguana”. “Vendíamos coca-colas a los americanos… una lata por un dólar, y así empezó la economía de mi familia”, dice con orgullo.
“Chipol” no sólo navega, vigila y protege el mar. De pronto alza la voz: “¡Viene una ballena!”. Sin dudarlo, le indica a su pareja el rumbo exacto. La lancha acelera apenas unos minutos y, justo donde él señaló, el lomo oscuro emerge del agua. El espiráculo se abre y exhala. La ballena aparece.
El momento confirma que “Chipol” conoce el mar porque lo ha vivido toda su vida. “El ruido bajo el agua se intensifica hasta mil 200 veces más”, explica mientras está atento a que ninguna embarcación se acerque de más.
El recorrido es también un acto de cuidado. “Iniciamos un rondín de vigilancia en el área del parque marino los Arcos de Mismaloya”, relata. Aunque cuidan la zona durante ocho horas al día, no es suficiente. “De noche llegan con compresores y en dos o tres horas acaban con el ecosistema que hemos protegido por años”.
A la defensa se suman otras voces que lo recorren de forma distinta. Alberto Hernández, fundador de Paddle Zone, observa los Arcos desde el nivel del agua, remando. Llegó a Mismaloya en 2016 con la idea de ofrecer ecoturismo de bajo impacto, llevar a la gente en kayak y paddle board hasta donde el motor no alcanza. Ha visto cómo el paisaje cambia.
Para él, la falta de protección oficial deja la puerta abierta a intereses inmobiliarios que amenazan un santuario donde anidan aves, aparece la bioluminiscencia y la fauna marina se deja ver sin ruido.
Amenaza también para la tradición comercial
En este espacio icónico trabajan diariamente ocho comerciantes que venden cuarzos, ropa y recuerdos hechos a mano. Por miedo a represalias, las entrevistas fueron realizadas bajo anonimato, una condición que se repite entre quienes dependen económicamente de este punto turístico. “Toda mi vida he sido comerciante… mi cuna viene de mis papás”, comparte.
La posible privatización ha generado preocupación entre los comerciantes. “Es un punto icónico de nuestro puerto… es de los pocos lugares ya vírgenes y representativos de nuestra ciudad que nos quedan”.
La inconformidad también se expresa de forma visible en el mirador. Ahí permanece colocada una manta blanca con letras negras y azules, dirigida a la presidenta Claudia Sheinbaum en la que se lee:
“Señora presidenta Claudia Sheinbaum, Mismaloya, Jalisco, la necesita. Usted prometió que las playas no se tocan. Son de los mexicanos. Artículo 27 de la Ley de Bienes Nacionales”.
En la orilla, Laura Gil Peña habla desde otro lugar: el del trabajo diario. Nativa de Mismaloya, comenzó a trabajar en la playa desde los 11 años y hoy vive del turismo. Su sentir no es técnico, es visceral. Bucea, conoce el arrecife y teme que el daño sea irreversible.
Para ella, la incertidumbre no es solo ambiental, es también el miedo a perder la playa, el agua y la forma de vida que durante generaciones ha sostenido a las familias del pueblo.
Autoridades garantizan acuerdos
Frente a la tensión generada por la colocación de letreros y una malla atribuida a una empresa privada en los accesos a la playa de Mismaloya, el gobierno municipal de Puerto Vallarta fijó una postura pública: los Arcos no están en venta y el acceso a la playa no se negocia.
En entrevista con MILENIO, Vincent O’Halloran, gerente de Territorio y Ciudad Sustentable del ayuntamiento, manifestó que el presidente municipal de Puerto Vallarta, Luis Ernesto Munguía González, pidió abrir el diálogo y servir como puente con la Federación.
De ese encuentro, asegura, surgieron acuerdos concretos, entre ellos el acompañamiento del ayuntamiento para dar seguimiento a un pliego petitorio ante instancias federales como Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales (Semarnat) y Procuraduría Federal de Protección al Ambiente (Profepa), autoridades que tienen competencia directa sobre la zona federal marítimo-terrestre y la carretera.
El gerente municipal fue enfático al descartar cualquier desarrollo inmobiliario en el área: “En los archivos del gobierno municipal no existe ningún proyecto aprobado para desarrollar infraestructura en esta región. Tampoco hay registro en Semarnat. Por las condiciones naturales del predio, ahí no se puede construir nada”.
Asevera que la postura del gobierno municipal es garantizar la conservación del sitio y el acceso libre a las playas, tal como lo establece la Constitución.
Como parte de las acciones inmediatas, el Ayuntamiento de Puerto Vallarta planteó impulsar un decreto municipal de protección, reforzar las labores de vigilancia ciudadana, establecer protocolos con Profepa y delimitar físicamente, con topógrafos y acompañamiento vecinal, los márgenes de la concesión municipal otorgada por la Federación en 2010 para fines de conservación.
“La vigilancia es permanente y los ciudadanos de Mismaloya están comprometidos. Nosotros estamos trabajando para que exista una atención inmediata ante cualquier situación que ponga en riesgo la biodiversidad”, indica.
Mientras tanto, en Mismaloya persiste una certeza compartida: defender los Arcos que tanto les han dado.
JVO