M+.- A los 12 años, una niña de Guadalajara llegó al Centro de Formación y Restauración Casa de María, en Ciudad de México, después de que el uso del teléfono celular comenzara a ocupar buena parte de su día.
Su caso representa el de una dependencia de estos dispositivos que forman parte de la vida cotidiana, pero cuyo uso excesivo puede convertirse en un problema capaz de romper familias.
El uso de estos dispositivos entre menores de edad ha ido al alza. De acuerdo con la Encuesta Nacional sobre la Disponibilidad y Uso de Tecnologías de la Información en los Hogares 2025, del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), 80.3 por ciento de niñas, niños y adolescentes de entre 6 y 17 años utiliza un celular de forma autónoma.
Además, 85.4 por ciento de niñas y niños de entre 6 y 14 años ya son usuarios de Internet.
La tendencia se ha incrementado en los últimos años. En 2016, 52.9 por ciento de niñas y niños de entre 6 y 11 años eran usuarios de Internet; para 2025, el porcentaje se disparó a 81.1 por ciento. En el grupo de 12 a 17 años, la cifra pasó de 85.5 por ciento a 94.9 por ciento.
Las cifras exponen la importancia de analizar el fenómeno y entender el impacto que puede generar en el desarrollo de niñas, niños y adolescentes que crecen en un entorno hiperconectado.
“Sentía mucha desesperación”
La historia de quien llamaremos Ana, para proteger su identidad, comenzó cuando tenía ocho años. Recibió un teléfono usado para jugar, pero, con el paso del tiempo, el dispositivo se convirtió en su prioridad.
“Me levantaba, desayunaba, y ya después agarraba el teléfono. No ayudaba ni a hacer los quehaceres de la casa ni nada, solamente agarraba el teléfono; máximo 12 horas con el celular”, relató en entrevista con MILENIO.
Su padre y sus cuatro hermanos salían a trabajar y ella se quedaba con su madre. Cuando regresaban, no tenía interés en convivir en familia. Después, no solamente jugaba videojuegos en el celular: también veía TikTok y YouTube. Entonces, la situación empeoró.
Cuando le quitaban el teléfono, Ana explotaba en nervios y ataques. Ya era urgente pedir ayuda. Así, dieron con el Centro de Formación en la capital del país, donde permanece internada y desde donde conversó con MILENIO.
“Me dijeron que me iban a traer aquí por la adicción, y me enojé mucho con ellos, el día que me trajeron aquí, sentía mucha desesperación por mi teléfono”, recordó.
Tuvo que dejar la rutina que mantenía alrededor del dispositivo. Ahora enfrenta los momentos de ansiedad mediante herramientas que ha aprendido en su tratamiento.
“Trato de respirar y pienso en las cosas malas que me pueden traer después, y gracias a eso me puedo tranquilizar”.
Su objetivo es regresar a casa con límites distintos para el uso del teléfono.
“Por ejemplo, no estar casi todo el día en el celular, estar solamente como dos horas y así, para no generar otra adicción”.
Después de reaccionar con molestia por su ingreso al Centro de Formación y Restauración, hoy comprende por qué sus padres tomaron esa decisión y tiene una mejor relación con ellos.
La estudiante de primero de secundaria aprovecha su experiencia para compartirla con otros jóvenes que, como ella, generaron una dependencia del celular.
Atender la adicción
Casa María, donde Ana ha estado internada durante un mes y medio, también tiene actualmente a otro joven por la misma adicción, originario de la Ciudad de México.
“(Es) el mismo síndrome de supresión que tiene un adicto a sustancias psicoactivas, (es) el mismo síndrome de supresión que tiene esta chica, es completamente lo mismo”, explicó Yahir Cárdenas, consejero en adicciones y educador en conductas antisociales del Centro, que tuvo que incorporar la atención al uso excesivo del celular tras notar un incremento de la problemática.
El espacio cuenta con tratamientos ambulatorios y residenciales. En el primero, los pacientes acuden a terapias y regresan a sus hogares; en el segundo, permanecen en las instalaciones durante un tiempo estimado de cuatro meses y medio.
La mayor parte de su población llega a través de los Sistemas para el Desarrollo Integral de la Familia (DIF) del país, principalmente jóvenes sin redes de apoyo, aunque también reciben casos canalizados por sus familias.
El tratamiento residencial incluye psicoterapia individual, terapias grupales con psicólogos y terapia de los 12 pasos de Narcóticos Anónimos. También cuentan con actividades educativas y talleres de reinserción social, como herrería, barbería y arte, entre otros.
Casa de María establece límites al uso del dispositivo para los jóvenes que se encuentran en tratamiento.
“Solamente tienen un horario para usar el teléfono. Después de ese horario, no se puede usar más. Ellos tienen una hora para usar el teléfono, y cuando salen de Casa de María, salen a trabajar, lo que recomendamos para estos chicos son los teléfonos, pues, que solamente se ocupan para usar llamadas y SMS, para que no estén incomunicados”.
El abordaje depende del diagnóstico y de las conductas de riesgo que presente cada paciente. De los 564 jóvenes que Casa de María ha atendido, entre 50 y 65 por ciento había presentado una problemática relacionada con el uso excesivo del teléfono.
La pantalla como escape
Para el consejero en adicciones y educador en conductas antisociales, el uso problemático del teléfono puede convertirse en una forma de escapar de situaciones emocionales que enfrentan algunos menores.
Cuando existen conflictos familiares o emocionales, algunos jóvenes pueden buscar en el teléfono un espacio de distracción o interacción.
Desde su experiencia, el problema no se limita al tiempo frente a una pantalla, sino a las conductas que pueden derivarse de esa dependencia.
“Desafortunadamente, no nos venden que, gracias a esa herramienta y al no tener un uso adecuado de esa herramienta, puede provocar depresión, tristeza, frustración, soledad, o, en casos muy peligrosos, pues, el suicidio o la muerte”.
Luis Arturo González Lozano, director general del Consejo Estatal de Salud Mental y Adicciones, de la Secretaría de Salud de Jalisco, explicó que el uso de la tecnología debe analizarse considerando que forma parte de la vida cotidiana, pero que su exposición excesiva puede generar distintas consecuencias.
“El exceso de tecnologización provocó un cambio en el uso, pues, diríamos, mayoritario de parte de nuestra población”.
El especialista aclaró que, en términos de comportamientos adictivos reconocidos por los manuales diagnósticos, actualmente se identifica principalmente el gaming, actividad de jugar videojuegos de forma habitual, y el juego patológico de apuestas, mientras que el uso problemático de redes sociales, celular e Internet constituye una preocupación por las consecuencias que puede generar.
“El uso problemático se debe a la falta de autocontrol en el manejo de el celular, que va a ir produciendo una serie de conductas que van a ir generando la dependencia”.
González Lozano señaló que entre las consecuencias asociadas con una exposición elevada pueden encontrarse problemas de sueño, atención escolar, desarrollo del lenguaje, memorización, actividad física y aislamiento social.
También mencionó fenómenos como violencia, bullying y chantaje a través de las pantallas, así como la exposición a información falsa.
“Es así entonces que el uso por el momento de la tecnología y cómo impactan la salud mental está más en función de algunas consecuencias derivadas de su alta exposición y de el alto uso de ellas”.
Regular y acompañar
La regulación no corresponde únicamente a las escuelas o a las autoridades, sino que también requiere acompañamiento familiar, señaló González Lozano.
“Entonces, cuando hablamos de regular, de limitar o de hacer un uso adecuado de, por ejemplo, el celular o alguna tecnología, es importante pensar lo que nos quita cuando alguien está en la pantalla”.
El especialista planteó que retirar el teléfono no debe ser la única medida, sino que las familias deben ofrecer alternativas de convivencia, interacción y actividades fuera de las pantallas.
“Es importante promover el uso del tiempo de interacción y de convivencia en la familia”.
Para González Lozano, existen modelos terapéuticos que pueden utilizarse cuando el uso de la tecnología se vuelve problemático, entre ellos técnicas relacionadas con mindfulness, respiración y estrategias para manejar ansiedad, depresión, enojo y malestar.
El objetivo, dijo, no debe ser presentar la tecnología como un enemigo, sino establecer límites y promover un uso adecuado de acuerdo con la edad.
“Es importante entonces que la regulación, vaya acompañada de las sugerencias, de las recomendaciones, que finalmente la tecnología no es un enemigo, no es algo que en sí mismo va a generar un problema de salud mental, sino que es el uso que le damos al celular, a la pantalla, y que cuando es desproporcionado, cuando es compulsivo, cuando estamos perdiendo el control en el uso del tiempo y de exposición ante ello, es algo que también podríamos trabajarlo a través de otras actividades, de el contacto social con otras personas”.
En Casa de María, Ana continúa su proceso. Sus días ahora transcurren entre actividades, juntas, comida y descanso, lejos de las jornadas de hasta 12 horas que anteriormente podía pasar frente al teléfono.
“Ahora me despierto, me baño, hago mi servicio. Estoy en mis juntas, desayuno, después de eso como, y ya luego estoy otra vez retomo mis juntas, y después de las juntas me voy a dormir”, contó.
La transición no ha sido sencilla. La menor reconoce que ha tenido días buenos y malos, así como momentos en los que aparecen nuevamente las ganas de utilizar el dispositivo.
La experiencia también modificó la manera en que observa el teléfono y los riesgos asociados con su uso.
Así, los expertos coinciden en que la regulación del celular no es suficiente para evitar una conducta adictiva.
Sin el acompañamiento familiar y los límites en el día a día, la pantalla puede pasar de ser un escape recreativo a un problema que rompe familias.