DOMINGA.– Para ser llamado el Valle del Silencio, este paraje natural entre la Ciudad de México y Toluca suele ser los domingos un sitio bastante ruidoso. Si cierras los ojos, escucharás: los gritos de los jugadores en un partido de vóleibol, el rasgar del cable de una tirolesa, el motor de las motos de cuatro ruedas que corren incesantemente por una pista, el clip-clop de unos caballos, un corrido norteño que sale de una radio, los autos que pasan por la carretera, por poner unos ejemplos.
Si abres los ojos, te encontrarás con la imposibilidad mexicana para el vacío. Por supuesto, están las verdes montañas, un recuerdo del paraíso que debió haber sido esta tierra de pinos y oyameles, cuando la cruzaban las comunidades otomíes y matlatzincas que vivían en esta tierra fría y húmeda; cuando se estableció la hacienda que perteneció a Juana de Zúñiga, esposa de Hernán Cortés, marquesa del Valle de Oaxaca; y cuando el cura Miguel Hidalgo la cruzó para vencer a las fuerzas realistas en la batalla del Monte de las Cruces.
Pero si bajas la mirada, te encontrarás con lo que nos ha dejado el desarrollo de la segunda mitad del siglo XX; un estacionamiento lleno de autos; cabañas de diversos estilos arquitectónicos, llantas pintadas de colores para marcar el límite de la pista de las cuatrimotos; una torre de bloques de concreto gris desde donde se lanza la gente en la tirolesa; la resbaladilla en forma de pterodáctilo, un Hulk pintado de verde chillón encima de un pedestal de rocas; o las crines y las colas de unos pobres caballos, pintadas con una tinta rosa fosforescente, como para aumentar el atractivo de la cabalgata por este sitio conocido como La Marquesa.
Yo, por supuesto, me he subido a uno de estos caballos para vivir la experiencia completa. Me cuesta trabajo calcular lo ridícula que se ve mi estampa regordeta y totalmente urbana sobre este animal. La rienda del caballo la lleva Pedro, vestido con botas, pantalón café, camisa azul y sombrero. Pedro es un joven comunero de San Pedro Atlapulco, la comunidad que es dueña de estas tierras sobre las montañas que separan el Valle de México y el Valle de Toluca, a más de 3 mil metros de altitud. Pedro lleva apenas unos meses enfocado en este servicio turístico. Antes se dedicaba a la tierra, como muchas otras generaciones anteriores a él.
Esta es la nueva entrega de “El Día del Señor”, una serie de relatos quincenales para DOMINGA que rinden homenaje a la escritora Elena Poniatowska y al artista Alberto Beltrán, de cuando trabajaron juntos en los años cincuenta en un proyecto decididamente costumbrista: una crónica cada domingo en el diario Novedades.
Festivales medievales y hombres armados en La Marquesa
Durante siglos, la comunidad de San Pedro Atlapulco se organizó alrededor de actividades agrícolas, forestales y ganaderas, sustentadas en formas de propiedad comunal heredadas de tradiciones indígenas y coloniales. El presidente Lázaro Cárdenas decretó en estos terrenos el Parque Nacional Miguel Hidalgo y Costilla en 1936 para proteger los bosques y el entorno histórico de la batalla del monte de las cruces. Allí comenzó una etapa de intervención estatal y desarrollo recreativo
El crecimiento metropolitano de la Ciudad de México y Toluca hizo el resto. La construcción de carreteras transformó La Marquesa en un espacio recreativo para millones de visitantes. A partir de mediados del siglo XX, el turismo comenzó a desplazar gradualmente las actividades tradicionales para convertirla en este dudoso paraíso de fin de semana.
Subido en el caballo que jala Pedro, me imagino que soy un soldado del Ejército Insurgente observando cómo son las batallas de este siglo XXI. Están las justas a caballo del festival medieval que sucede aquí desde hace años (el festival cuenta con campamentos que recrean cómo se vivía en el medievo en los reinos franceses, españoles, escoceses, vikingos, alemanes y árabes, además de desfiles de fantasía, shows nocturnos, comida y un mercado de chácharas).
Está también el reciente asalto que sufrieron unos motociclistas cuando un vehículo Volkswagen Jetta les cerró el paso en el camino de terracería. Un hombre salió del auto caminando y con un arma de fuego apuntó hacia los motociclistas y les exigió tirar sus unidades. Todo esto fue grabado y viralizado en YouTube. También el video de cuando dos hombres llegan armados con palos y comienzan a golpear la camioneta donde se encontraban unos turistas. Está la noticia fatal del niño de once años que libró su última batalla en un cuatrimoto, luego de que perdió el control del vehículo y se volteó perdiendo la vida.
Pedro me lleva por un camino de tierra que pasa frente a negocios de comida al interior de cabañas de dos o tres pisos, tapizadas de telas, banderines, sombrillas y emblemas fosforescentes para llamar la atención de los paseantes, un esfuerzo extra para no pasar desapercibido.
Rodeamos un lago, un pozo excavado en una hondonada, donde navegan dos botes atiborrados de gente. En medio del lago se erige la figura de un dinosaurio de tres metros de alto por diez de largo, pintado de blanco y negro. Desde el ángulo donde estoy, se percibe a lo lejos el puente de treinta metros de altura, por donde pasa en este preciso momento el recién inaugurado tren El Insurgente que conecta Toluca con Santa Fe y el poniente de la capital.
Un dinosaurio en el lago de La Marquesa
Luego del paseo a caballo, me meto a una cabaña atraído por el olor de los fogones de leña. La quesadilla era lo que esperaba: masa de maíz azul recién molido, queso derretido, hongos y una salsa roja que pica y acaricia al mismo tiempo. Son cerca de las cuatro de la tarde. El viento pega sobre la superficie del lago y levanta olas pequeñas que reflejan la luz del sol y envuelven al dinosaurio.
A pesar del caos circundante, la tarde me regala un momento luminoso. Junto a mí hay una mesa de tres personas. Uno de ellos está tirado sobre una banca; frente a él, una pareja está sumida en sus vasos de cerveza. El jardín a nuestro alrededor está rodeado por setos cortados con precisión milimétrica. No sé cómo o por qué pero en este instante he dejado de pelear contra La Marquesa.
GSC