• Mujeres en manada: las vagoneras luchan por el derecho de llevar el sustento a casa

Las vagoneras lograron convertirse en asociación civil, Leonas en Manada. “Nunca habíamos estudiado qué es el feminismo, le dio nombre a todo lo que sentíamos”.

Ciudad de México /

DOMINGA.– El cónclave de los Constituyentes reunía a más de 100 activistas destacados de todo el país, con causas como los guardianes de la milpa, comunidades indígenas que luchan por su territorio o la defensa del medio ambiente. Pati se sentía muy chiquita entre ellos porque, recuerda, eran licenciados, abogados, arquitectos o ingenieros que usaban palabras rimbombantes, con un amplio bagaje cultural y social. “Yo que voy a decir si soy una simple vagonera”, se repetía en silencio.

El moderador avisó que quedaban cinco minutos.

–¿Quién más quiere pasar? –preguntó.

Entre la pena y la responsabilidad de representar dignamente a sus compañeras, levantó la mano. Un joven habló primero y se llevó tres minutos de su tiempo, dejándole a Pati sólo dos:

–Hola soy Patricia Martínez Rentería y soy vagonera del Metro.

Patricia Martínez transformó la lucha que viven las vagoneras en una organización feminista | Javier Ríos


Aquel día de abril de 2023 estaban reunidos en un jardín de Querétaro con el objetivo de formar una red y un nuevo poder ciudadano. En ese par de minutos Patricia contó muy rápido la violencia que atraviesa a las mujeres que ejercen el comercio dentro de los vagones del Metro de la Ciudad de México.

Niñas en hogares disfuncionales, adolescentes golpeadas, que se convirtieron en madres solteras golpeadas, sin redes de apoyo, perseguidas por los policías, extorsionadas y multadas, esposadas como criminales, privadas de su libertad en el Torito, sólo por trabajar para mantener a sus hijos, el motor de su vida.

Al final el moderador pidió algo simple: que cada asistente pegara un post-it con un mensaje a la causa que más le hubiera conmovido. A Patricia la llenaron toda de papelitos de colores por todo el cuerpo. “Fui la que más post-its tuvo”, revive en entrevista, con una sonrisa grande y sus ojos pintados de negro y azul plateado. “Fue algo bien bonito porque desde entonces ellos me abrazaron”.

Ese día su historia cambió. Las vagoneras lograron convertirse en asociación civil, Leonas en Manada. Ahora buscan que les otorguen las licencias de trabajo no asalariado para que desempeñen su labor.

Cuando las vagoneras descubrieron el feminismo, pudieron nombrar todas las problemáticas que las atraviesan | Ariana Pérez


“Nosotras ni enteradas estábamos de lo que era el feminismo, pero cuando lo descubrimos nos hizo mucho sentido porque es todo lo que atravesamos”, dice Pati. Ha sido vagonera durante 37 años, una madre soltera que sacó adelantes a tres hijos. Uno es ingeniero en electrónica por la Universidad Autónoma de México (UAM) y hoy trabaja en España. La manada creció y estas leonas aprendieron a impulsarse y caer hacia arriba.

La pandemia y la mercadita feminista

Eran los días de la pandemia de covid-19, la gente compraba y vendía cosas, y por seguridad se citaba en las estaciones del Metro para entregar ahí sus mercancías. Muchas mujeres entraron a los andenes y se tendieron en el piso para vender cualquier cosa que les generara un ingreso mínimo en tiempos de confinamiento.

Se cobijaban con un mensaje político: “Protesta económica. Mercaditas feministas”, para reivindicar su derecho al trabajo y a la protesta, causas fundamentales de los gobiernos de izquierda. El tendido denunciaba al Estado por no garantizar a las mujeres una vida libre de violencia económica, doméstica, institucional, física y emocional. En 2020 teníamos 11 mujeres asesinadas al día por motivos de género en el país, la cifra era y sigue siendo alarmante, no desciende.

Inspiradas por las mercaditas feministas durante la pandemia, vagoneras se organizaron para poder llevar sustento a casa | Javier Ríos


“Muchas de nosotras nos preguntamos por qué a ellas [las de la mercadita feminista] no las quitan y se las llevan detenidas como a nosotras, las vagoneras”, recuerda Patricia, conocida entre su gremio como
La Negrita, sobrenombre que le gusta porque está orgullosa de sus raíces guerrerenses, su familia es acapulqueña.

Empezaron a ver qué hacían y decían, y se dieron cuenta que portaban una cartulina, que todas tenían un nombre, el de sus colectivos, y eran varias mujeres, nunca solas o individuales. “Vamos a copiarlas”, dijeron. Las mujeres vagoneras se organizaron, unas se fueron al Metro Centro Médico, otras a la estación de Tacubaya y Patricia jaló para Taxqueña. “Toda mi vida trabajé en esa línea, está la terminal de autobuses, de ahí salen los estudiantes que van a la universidad, sí se vende”, les dijo a sus compañeras para vencer el miedo.

“Con nosotras estaba Yohana Becerril Ramírez, mexicocolombiana muy metida en el feminismo. Propuso llamarnos Leonas pero dijeron que sonaba soso. Entonces pensamos que éramos mujeres que se cuidarían entre sí, como una manada, trabajando para sacar adelante a nuestros hijos. Y Yohana gritó: ¡Leonas en Manada! y a todas nos encantó”, cuenta Patricia.

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Temerosas ingresaron al Metro, se tendieron con su mercancia, lo que normalmente vendían en el vagón, y sus cartulinas de protesta económica. Al poco tiempo llegaron los policías.

–¿Cuántas son de su colectiva?

–Somos seis.

–¿Y cuál es el nombre de la colectiva?

–Somos Leonas en Manada –respondieron.

Si estas mujeres no fueran astutas para observar antes de actuar, propio de una vagonera, que aprendió el juego de las escondidillas para vender en los vagones del Metro, no hubieran entendido la jugada. Sin un nombre las hubieran echado, detenido y multado, como les sucedía siempre.

La amenaza siguiente provino de las chicas del paradero de Taxqueña que subieron a disputarles el lugar. “Ustedes tuvieron mucho tiempo y nunca se les ocurrió, pero bueno, a todas nos afecta la pandemia, no peleemos vamos a unirnos”, les ofreció Pati, la leona myor. La colectiva empezó a crecer, llegaba gente de la tercera edad que les decía, “dame chance, no tengo ni para comer”; mujeres que no eran vendedoras pero como todas tenían necesidad. Llegaron a ser 120 integrantes, la mercadita feminista más grande de todo el Metro.

Lo que empezó con seis mujeres y cartulinas de protesta creció hasta convertirse en la mercadita feminista más grande del Metro | Javier Ríos


No faltó quien quiso agarrarse espacios gigantes, rentarlos o meter a los hombres, así que hubo necesidad de poner reglas:
Metro y medio para todas, incluida su líder, nada de torres de mercancía, no diablos, no cajas, no niños pequeños que puedan ser atropellados por el usuario que lleva prisa.

“No se puede fumar, tomar ni hacer nada indebido, y ante todo el respeto al usuario porque vivimos de él. Y por ningún motivo puede haber aquí un hombre”, recuerda Pati sus reglas. “Y todo funcionó muy bien, nunca fueron los policías ni tuvimos altercados, como sí hubo en otras estaciones”.

Un dia se les acercó una feminista muy conocida entre las colectivas, La Chompis, le decían, y las invitó a “acuerpar” a la familia de una niña que murió atropellada. “No sabíamos qué era acuerpar, pero Johana nos empezó a explicar: ‘A ver muchachas, acuerpar significa esto, el morado lo usamos por esto y el verde por aquello”.

“Cuando empezamos a ir a los primeros acuerpamientos, el ser madres y el ver todos los abusos que hay, nos hizo entender por qué las feministas luchan, por qué pintan, rayan, rompen y destruyen. Que puedes tallar una pared y volver a pintarla, pero una vida no la recuperas jamás. Nos pegó a todas porque todas somos madres, dijimos, ‘hoy fue ella y ¿si mañana es mi hija?’”, dice Patricia.

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También hubo mujeres que les pelearon su pertenencia al movimiento. En una ocasión hubo un enfrentamiento, mujeres que se sentían muy feministas no permitían que otras se tendieran. Pati intervino para conciliar, “aquí cabemos todas”, una frase literal y figurada. La respuesta fue: “ustedes ni siquiera deberían de estar aquí, es nuestra lucha, no de ustedes. Nosotras somos feministas, ustedes son ventas”.

La mujer a la que nunca habían visto en el Metro se sentía con más derecho como para correrlas, nada de sororidad, nada de apoyar a la otra. Pati se defenció: desde el momento en que eres mujer, eres feminista, y se supone que ser feministas es abrazar a todas las mujeres ¿no?”. Conoció así que hay muchas corrientes en el movimiento: feminismo “blanco”, “clasista” y “racista”, que hay feministas que sólo aceptan a las de su núcleo o nivel sociocultural, que hay quienes aceptan a todas, y otras que cancelan a las malas personas, así sean mujeres.

Al participar en acuerpamientos, las vagoneras entendieron que su persistencia por trabajar también era una lucha feminista | Jesús Quintanar


Metidas en ese entorno, las descubrió
WIEGO (Mujeres en Empleo Informal Globalizando y Organizando, por sus siglas en inglés), un organismo internacional que empezó pronto a capacitarlas. Su primer taller fue con el Instituto de Liderazgo Simone de Beauvoir, fundado en 2000 por Marta Lamas y otras académicas y activistas. “Nunca habíamos estudiado qué es el feminismo pero nos hizo mucho sentido, porque le dio nombre a todo lo que sentíamos. Empezamos a decir somos feministas, descubrimos que éramos feministas”, dice.

Aprender a cazar

WIEGO busca mejorar las condiciones laborales de las mujeres en la economía informal y es dirigida en México por Tania Espinosa Sánchez, licenciada en Derecho por la Universidad Iberoamericana y maestra en Estudios Legales Internacionales por la Fletcher School de la Tufts University (en Boston, Massachusetts); ha sido consejera, directora y subdirectora de derechos humanos en varias dependencias.

Entre sus múltiples contactos pudo acercar a las Leonas en Manada con el entonces senador César Cravioto y él a su vez les consiguió una reunión con el subsecretario de Gobierno de la Ciudad de México, Ricardo Ruiz Suárez. A la mesa se sentaron Pati, Tania, Ruiz Suárez y una representante del Metro.

–¿Qué quieren? –le preguntó el subsecretario a Pati.

Ella mencionó que no querían dinero ni despensas, sino que las dejaran trabajar sin ser criminalizadas. Iban preparadas con propuestas e iniciativas ambiciosas y con una carpeta de locales comerciales cerrados. “Te tienes que preparar para domar esta selva que es tan salvaje y tomar decisiones certeras, porque a otras compañeras les preguntaron lo mismo y su representante dijo ‘que nos dejen terminar de vender nuestra mercancía’. A los 15 días las sacaron del Metro”.

De los vagones del Metro a la organización legal: las Leonas en Manada fortalecieron su lucha por trabajar | Jesús Quintanar


La reunión para ellas se convirtió en el mínimo posible, 10 locales al interior del Metro para igual número de vagoneras. “Que se agradecen, pero no resuelven el problema”, dice la leona mayor

Quien realmente las enseñó a clavar sus garras y afilar sus colmillos para trepar y cazar con éxito son Tania Espinoza y Luis Fernando Fernández, director de Práctica y Laboratorio para la Democracia, otro pilar en su historia.

Con los locales vino el reto de pintarlos, arreglarlos y llenarlo de mercancía, “que son chiquitos [miden 180 por 180], pero no se llenan con 10 mil pesos”, refiere La Negrita, quien estima que ha sido detenida más de 100 veces.

Para apoyarlas, Luis Fernando hizo una recaudación de fondos y convocó a las organizaciones que apoyan el emprendimiento, como Nacional Monte de Piedad y Ashoka, entre otras. No recaudaron mucho pero llegó un donante anónimo que ofreció conformarlas en asociación civil sin costo. Luis les ayudó a juntar todos los documentos, redactar el acta constitutiva y firmar ante el notario.

Durante años invisibilizadas, las vagoneras siguen organizadas para defender su dignidad y su trabajo | Javier Ríos


Convertidas en asociación civil aplicaron a subvenciones. Se enteraron del 
Fondo Semillas, un organismo feminista que apoya proyectos que transformen la realidad de niñas, jóvenes, mujeres, personas trans, no binarias e intersex. La abogada de Práctica y Laboratorio, Josefa Gómez Morín, las ayudó a llenar formularios y cumplir con todos los requisitos. “Teníamos que calificarnos entre colectivas y decíamos: hay un montón de colectivas bien chidas y sus trabajos están bien padres, no nos vamos a quedar”.

Y sucedió. El 25 de agosto de 2024 le llegó a Pati el correo electrónico que decía más o menos así: Querida Patricia, nos complace darles la noticia que han sido aceptados para el Fondo Semillas con un apoyo de 600 mil pesos. Somos un fondo flexible donde si ustedes quieren cambiar alguna situación lo pueden hacer, ya que para nosotros lo más importante es que ustedes crezcan y se fortalezcan como colectiva.

“Quería llorar, hablé con Josefa por teléfono y le di la noticia, todas empezamos a gritar y saltar de alegría”.

Como buenas jefas de familia, estiraron el dinero y lo hicieron rendir hasta el último centavo, buscaron una abogada y contrataron a Ana Paola Bolaños, quien venía de defender a los migrantes en Ciudad Juárez; pagaron las terapias psicológicas grupales para sus compañeras y talleres de oficios, como corte y confección, plomería, electricidad, corte de cabello, para que crezcan sus opciones de ingresos, eso implicó pagar a los tutores y comprar el material para las compañeras.

El apoyo del Fondo Semillas permitió a Leonas en Manada financiar fortalecer a las vagoneras del Metro | Javier Ríos


El 10 de mayo se fueron todas a un balneario, contrataron quien les diera un masaje relajante, llevaron a una sexóloga que les dio pláticas de sexo. Se disfrutaron como mujeres vivas, autónomas, acuerpadas y en un ambiente fuera del maldito y bendito trabajo. Y pagaron el informe psicológico de Dulce, Edith y los hijos de ambas, dos madres vagoneras a quienes intentaron quitarles a sus hijos.

La demanda y el amparo

Asesoradas por su abogada Ana Paola Bolaños, las Leonas en Manada solicitaron a la Secretaría del Trabajo de la Ciudad de México sus licencias de trabajo no asalariado, una figura para que las personas que venden o prestan un servicio en el espacio público y que no tienen un patrón puedan trabajar legalmente sin ser perseguidas, como sucede con las estatuas vivientes, los boleros, los músicos y otros oficios más.

Esta Secretaría debe preguntar al responsable del territorio si autoriza o no la instalación, preguntó al Metro y este sistema de transporte se las negó, basado en el artículo 230 de la Ley de Movilidad que prohíbe el comercio en el Metro, y en el principio de seguridad que es primordial en los vagones y pasillo del Metro.

Las Leonas en Manada luchan por el derecho a llevar el sustento a casa | Especial


El 7 de mayo de 2025, las Leonas en Manada presentaron un amparo contra el Metro y la Secretaría del Trabajo por violar su derecho al trabajo. Alegaron que el comercio es una actividad lícita, que el artículo 230 se aplica de forma discriminatoria y que se vulnera su derecho al mínimo vital para vivir.

El 2 de octubre de 2025 el Juez Cuarto de Distrito en Materia Administrativa en la Ciudad de México, Oswaldo Rivera González, falló en favor de estas mujeres básicamente porque el Metro no consideró y no aplicó una perspectiva de género que atendiera sus condiciones de vulnerabilidad y les garantizara los principios de igualdad y no discriminación.

Las Leonas señalaron en su amparo que 27% de ellas tiene primaria y 27% secundaria; 55% trabaja sin día de descanso y ocho horas diarias; 83% tiene dependientes económicos; 50% lleva más de dos décadas en el ambulantaje. El juez usó estos datos para sustentar su fallo: “Su inclusión formal habría significado un avance en el derecho al trabajo digno, la igualdad y el acceso efectivo a la justicia”.

“Tenemos una sentencia histórica en la que por primera vez un juez federal reconoce a las vagoneras como un grupo vulnerable”, celebra Bolaños.

El Metro y la Secretaría del Trabajo impugnaron la resolución y tienen a su aparato jurídico trabajando en ello. Seguramente temen una solicitud masiva de licencias, pero “ese es un tema de política pública que tendrían que resolver las autoridades”, menciona la abogada.

Inspiradas por las mercaditas feministas durante la pandemia, vagoneras se organizaron para poder llevar sustento a casa | Jesús Quintanar
“Seguimos en esta lucha y seguiremos escalando hasta donde tengamos que llegar, no vamos a bajar la guardia”, advierte.

“No tienes para pagar la multa, pero sí para abogado”

Es miércoles y las Leonas en Manada se están organizando para la marcha del 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, celebración a la que no fallan desde 2020. Acuerdan quién llevará qué para comer, qué dirán sus mantas, de dónde saldrán y con qué colectivas caminarán. Días antes, La Negrita me dijo que a veces se entristece porque siente que no ha logrado nada para sus compañeras.

“El Metro es el único lugar donde a las mujeres les pegan, les quitan a sus hijos y las exhiben… Sé que no somos las únicas vulneradas, pero sí las más violentadas. ¿A qué otro gremio le quitan a sus hijos?”, dice entre lágrimas.

Pero sus compañeras cuentan cómo les ha cambiado la vida desde que entraron a la colectiva. Norma tiene 47 años y 15 de vagonera, se inició en el oficio cuando sus hijos chiquitos le pedían de comer. “Con una bolsa de paletas de menta cereza de a peso empecé a trabajar y con eso compré dos y les llevé huevo y tortillas a mis hijos”.

Un día la detuvieron y, como no pagó la multa, la mandaron a hacer trabajo comunitario, ahí otra vagonera le habló de una colectiva que estaban luchando para dignificar su trabajo y acabar con el abuso de autoridad. “Cuando escuché que había esperanza para nosotras me uní y sí me han ayudado mucho”.

“Le doy gracias a Paty por dejarme ser parte, me siento muy orgullosa de estar ahí porque nunca nadie nos había escuchado, nunca nadie había hecho algo por nosotras”, a Norma se le quiebra la voz.
“Ahora cuando me detienen llamo a mi abogada y hasta los jueces cívicos me han preguntado: ‘¿usted de qué privilegios goza o a qué grupo pertenece?, ¿cómo es que no tienen para pagar su multa y tienen para pagar una abogada?’ Ponen cara de decepción porque es una multa menos para ellos”, cuenta.
Las vagoneras encontraron en Leonas en Manada una familia para resistir y hacerse escuchar | Javier Ríos

Conozco a Isabel, sus papás no la mandaron a la escuela por ser mujer, aprendió a leer y contar cuando jugaba a la escuelita con sus amigas, ellas le enseñaron las vocales y los números. Revive y sus ojos también se llenan de lágrimas. A los 14 años se hizo vagonera, era 1985, y desde entonces le han tocado infinidad de violencias.

Pero desde que se integró a Leonas su vida cambió. “Tengo más libertad y seguridad, por fin soy escuchada y visible, nos han ayudado a crecer, a pensar y valorarnos más como personas… Ahora en cuanto me detienen llamo a la abogada y ella viene al juzgado o llama por teléfono y ya no me violan mis derechos”.
Silvana tiene 29 años, dos hijos y un esposo que también es vagonero. Antes de sus terapias, decir que era vagonera le incomodaba, “ahora me doy cuenta que sí estoy orgullosa de mi trabajo porque gracias a eso he salido adelante con mis hijos y mi familia: no me avergüenza. Ahorita que somos una colectiva nos apoyamos, si alguien tiene un conflicto, no tienen para invertir o para pagar su multa, hacemos la coperacha, nos prestamos dinero y salimos adelante. Ya nos hicimos una familia”.

Hace unos días Fondo Semilla les renovó el contrato, sin concurso de por medio. Hay Leonas en Manada para rato.


GSC / MMM 


  • Concepción Peralta Silverio
  • Periodista de investigación enfocada en temas de justicia social, derechos humanos y corrupción, egresada de la carrera de Periodismo por la UNAM y de la maestría en Periodismo y Políticas Públicas por el CIDE.

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