• Patadas, golpes y jalones: videos muestran a madre de familia violentando a sus hijos; el padre pide justicia

  • Videos a los que tuvo acceso MILENIO muestran a dos hermanitos de apenas tres y cinco años atrapados en una rutina marcada por agresiones físicas y emocionales perpetradas por quienes, supuestamente, debían protegerlos.
Ciudad de México/Toluca /

M+. Las imágenes son difíciles de mirar de principio a fin. No sólo por la violencia que contienen, sino porque retratan algo todavía más doloroso: el miedo instalado dentro de un hogar.

Videos a los que tuvo acceso MILENIO muestran a dos hermanitos de apenas tres y cinco años atrapados en una rutina marcada por agresiones físicas y emocionales perpetradas por quienes, supuestamente, debían protegerlos: su propia madre e incluso su abuelo materno.

En una primera grabación, captada por una videocámara instalada en el interior del inmueble, se observa la planta baja de una casa donde juguetes, papeles y ropa infantil permanecen esparcidos sobre el piso de loseta clara.

A la izquierda de la imagen, una pequeña casa de campaña de tela con rayas rojas y negras descansa junto a la base de las escaleras. Ahí, una niña con sudadera rosa permanece arrodillada mientras recoge objetos en silencio.

La escena de lo que parece ser la sala de la vivienda familiar es, en principio, un cotidiano espacio de juegos infantiles... pero sólo por unos segundos.

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​Después, todo cambia

Desde el fondo de la vivienda aparece la madre jalando violentamente de los brazos a su hijo, un pequeño con playera azul. Lo avienta al suelo y lo golpea en la cabeza.

El niño cae mientras ella le grita y le propina una patada en la espalda. Lo sacude una y otra vez de la cabeza, lo toma del brazo derecho y lo arrastra por el piso hasta lanzarlo contra un sillón oscuro colocado al lado derecho de la sala.

Ahí, lejos de detenerse, la mujer sujeta al menor de la pierna izquierda y lo levanta del sillón. Lo hace girar por los aires y lo arroja nuevamente sobre el mueble de descanso.

La agresión se repite una vez más. El pequeño vuelve a quedar suspendido de una sola pierna, moviéndose sin control mientras su cabeza y brazos se balancean bruscamente. La imagen se antoja propia sólo de un ring de peleadores profesionales.

La violencia ocurre a plena vista de su hermana y de una persona mayor que ayuda en el servicio del hogar.

La niña permanece arrodillada, inmóvil, concentrada en recoger cosas del piso, como si intentara no mirar lo que sucede detrás de ella. Como si el silencio fuera también una forma de protegerse.

Mientras tanto, su madre continúa golpeando al pequeño y moviéndolo violentamente de un lado a otro del sillón. Después toma un peluche con el rostro de Spiderman y con él vuelve a pegarle. Parece hablarle de forma alterada.

En un momento, le arroja un zapato; luego lo recoge y se lo vuelve a lanzar.

Ha transcurrido más de un minuto y medio de grabación y los ataques no se detienen. El niño no encuentra espacio para escapar.

La segunda agresión

En un segundo video, grabado aparentemente minutos después y desde el mismo ángulo, la madre aparece nuevamente junto al sillón donde ocurrió la primera agresión. Por la ropa de todos los presentes, se observa que se trata del mismo día.

Ahora, la señora sostiene un objeto en la mano derecha y comienza a golpear al niño al menos en tres ocasiones. Cada impacto lleva la fuerza de quien levanta el brazo extendido más allá de la altura del hombro antes de descargarlo. El menor, de apenas cinco años y cinco meses de edad, intenta cubrirse el rostro con las manos mientras se encoge sobre el mueble.

Después, ella se detiene. Se acomoda el cabello. Camina de un lado a otro de la sala. Pero segundos más tarde vuelve a inclinarse bruscamente sobre el sillón para jalar al pequeño de los brazos e incorporarlo sin cuidado alguno. Le grita. Manotea frente a él.

La señora vuelve a alejarse por unos instantes y regresa sólo para golpearlo otra vez en la cabeza. Luego se dirige hacia lo que parece ser el comedor, toma un papel y vuelve con él para limpiarle el rostro al niño. Apenas termina, reinician los golpes: ahora con ambas manos y de manera alternada.

Posteriormente, recoge del piso un peluche azul y con él vuelve a agredir al menor una, dos, tres, cuatro… hasta diez veces consecutivas.

En la grabación también aparece otra señora con chaleco de servicio que ahora ayuda a la niña, entonces de tres años y cuatro meses de edad, a recoger objetos del suelo. Mientras tanto, la madre continúa dando instrucciones y regaños al pequeño, quien finalmente sube a la planta alta de la vivienda.

Durante seis años sus hijos permanecieron viviendo con la persona que —asegura— los violentaba. (Foto: especial)

La escena termina, pero el ambiente que dejan las imágenes permanece: el de dos niños creciendo en medio del miedo, aprendiendo demasiado pronto que incluso el hogar puede convertirse en un lugar inseguro.

El abuelo materno y un caso previo

MILENIO tuvo acceso a un tercer video. Las imágenes fueron grabadas meses antes de las escenas en las que se observa a la madre agredir violentamente a su hijo.

Esta vez, los protagonistas son la pequeña de la familia —que entonces tenía apenas 2 años y 3 meses de edad— y su abuelo materno, es decir, el padre de la presunta agresora.

La grabación ocurre en la misma sala de la vivienda y desde el mismo ángulo fijo de las escenas anteriores. El hombre, vestido con una camisa tipo polo gris y pantalón de mezclilla, permanece sentado en el sillón oscuro. Del lado izquierdo de la pantalla, su nieta juega distraída sobre una pequeña mesa blanca. El abuelo observa a unos metros de distancia.

Después, la menor camina ingenuamente hacia él. El hombre golpea con la mano el sillón, indicándole que se siente a su lado. La niña obedece y se acerca lentamente mientras él no deja de seguirla con la mirada.

La pequeña lleva un objeto entre las manos, jugueteando con él. De pronto, el adulto se lo arrebata y lo arroja bruscamente al piso. Instintivamente, la niña corre para recuperarlo, pero antes de que pueda alcanzarlo, el hombre levanta la pierna derecha para bloquearle el paso y, con el mismo movimiento, la empuja violentamente de regreso hacia el sillón.

Segundos después, el adulto se abalanza sobre ella e intenta golpearla en el rostro con la mano derecha. Impulsada por sus reflejos, la menor gira la cabeza y el impacto termina ocurriendo sobre la parte trasera de ésta.

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La niña cae

Permanece boca abajo durante algunos segundos, inmóvil, mientras el hombre continúa cerca de ella. Después, él se levanta y la carga, rodeándole la cintura con los brazos. Le da un beso en la mejilla y comienza a pasearla por la sala, intentando borrar la agresión que acababa de cometer, debido a que percibe que los padres de la pequeña están por ingresar a la casa.

En ese momento, el hermanito de la menor sale de la casa de campaña colocada junto a las escaleras. El abuelo le hace una indicación al niño mientras continúa cargando e intentando arrullar a la pequeña.

La menor responde abrazándolo. Él entonces la lleva en brazos hacia lo que parece ser la cocina de la vivienda.

No se observan más agresiones. El video concluye justo cuando la madre y el padre de los menores ingresan por la puerta principal del inmueble, la cual conecta directamente con la sala.

Las imágenes no necesitan más explicaciones para resultar devastadoras.

El padre de los pequeños habla por primera vez

Marcelo Raciti es el padre de los dos pequeños y, decidido a romper el silencio, accede a hablar con MILENIO sobre lo que hoy se ha convertido en su más alta prioridad: proteger a sus hijos.

Relata que los videos fueron grabados entre 2016 y 2017; un año después, él inició un proceso legal en defensa de los derechos humanos de los menores.

—¿Qué sentiste la primera vez que viste lo que ocurría en los videos? —se le pregunta.

“Pues sentí mucho dolor, no lo podía creer, literalmente. Es algo que, si uno lo cuenta, no te lo creen... no te lo creen. Entonces, al verlo, pedí ayuda”, expresa.

Originario de Argentina y naturalizado mexicano, Raciti relata que las primeras señales de violencia por parte de su hoy expareja comenzaron tras el nacimiento de su hija.

“Pensábamos que era un tema emocional (de la madre) posterior al parto. Intenté ayudar en todo lo posible, reducirle cargas, contratar apoyo, pero las cosas comenzaron a escalar”, cuenta.

Dice que inicialmente creyó que se trataba de episodios de estrés o irritabilidad temporal, hasta que una psicóloga decidió derivar el caso con una perito especializada.

Según explica, la evaluación psicológica de la experta hablaba de problemas severos de manejo emocional en la señora, así como irritabilidad extrema y conductas violentas bajo situaciones de estrés.

Pero el momento que cambió todo ocurrió una tarde dentro de su casa.

“Llegué y encontré a mi hijo llorando despavorido. Revisé las cámaras de seguridad y vi escenas que me dejaron destruido”, recuerda.

Su tono de voz se quiebra y deja salir el eco de un trauma que ningún padre debería experimentar.

A partir de entonces, describe, comenzó a documentar situaciones, buscar ayuda profesional y acudir ante distintas autoridades.

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Ocho años, 30 procesos legales y niños creciendo entre juzgados

La historia, asegura, ha ido convirtiéndose en un proceso interminable.

Actualmente, Marcelo reporta haber iniciado alrededor de 30 procedimientos legales: juicios familiares, denuncias penales, amparos, solicitudes ante organismos de derechos humanos y hasta una petición presentada ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos.

“Esto empezó en 2018 y seguimos aquí en 2026”, explica con la voz cargada de una fatiga que no es física, sino del alma.

Según su testimonio, durante seis años sus hijos permanecieron viviendo con la persona que —asegura— los violentaba, pese a las denuncias y pruebas presentadas.

No habla únicamente del desgaste jurídico. Habla del desgaste infantil. Del miedo. De la ansiedad. De niños creciendo en medio de peritajes, declaraciones ministeriales y conflictos familiares.

“El tiempo también violenta. Porque mientras pasan los años, los niños siguen viviendo las consecuencias”, afirma.

Marcelo detalla que fue hasta mediados de 2024, mediante un amparo y posteriormente una determinación judicial de guarda y custodia provisional, cuando logró sacar a sus hijos de ese entorno.

Actualmente, asegura, los menores reciben terapia psicológica.

—¿Cómo están hoy tus hijos? —le pregunta MILENIO.

“Mis hijos hoy están realmente protegidos por mí. Estamos todos tomando sesiones de psicología para tratar de revertir todo lo que hemos pasado, sobre todo ellos, esta situación psicoemocional tan fuerte que han vivido en esos años. Pero hay procesos que son, por ejemplo, terribles, que se hacen para un niño que no sabe qué está bien o qué está mal”, señala el padre de los pequeños.

Las secuelas invisibles

Durante la entrevista, Marcelo describe escenas que —según afirma— sus propios hijos relataron posteriormente ante el Ministerio Público.

Cuenta, por ejemplo, que su hija dejó de asistir a un taller de pintura porque asociaba la actividad con dolor físico. Según explica, cuando la menor regresaba de estas clases con restos de pintura en las manos, era tallada por su madre con fibras metálicas para limpiarla.

También relata otro episodio que, asegura, ocurrió mientras la niña era peinada en una ocasión antes de ir a la escuela.

 “Mi hija manifestaba dolor por los jalones y, según declaró, su cabeza fue golpeada contra el lavabo”, cuenta.

Esto sucedió durante los seis años que la niña y el niño convivieron sólo con su madre.

Marcelo afirma que los procesos terapéuticos continúan revelando recuerdos difíciles en los menores. 

“Cada vez que avanzamos en terapia, salen cosas nuevas. Y son cosas muy dolorosas”, dice.
“El interés superior de la niñez no puede quedarse en discurso”.

Uno de los puntos centrales de la entrevista gira alrededor del sistema judicial mexicano. Marcelo lamenta que exista una enorme distancia entre lo que establece la ley y lo que ocurre en la práctica.

Para él, el calvario de ver sufrir a sus pequeños se multiplicó al ingresar a los pasillos del aparato de justicia mexicano. Hoy, en este 2026, han transcurrido ocho años de desgaste emocional, legal y económico. Ocho años en los que las instituciones encargadas de velar por el “interés superior de la niñez” han postergado la urgencia de bienestar para dos menores de edad.

“En la vida real, por lo menos en mi caso, no ha sucedido de esa manera”, sentencia con amargura.

Lo más grave, lo que más afecta a este padre, es la aparente indolencia del propio Estado. Aunque reconoce avances recientes con una nueva jueza familiar que ha atendido su caso, sostiene que durante años el sistema permitió que los menores continuaran expuestos a un ambiente dañino, al permanecer al lado de su madre gracias a resoluciones judiciales que, considera, no sólo resultan insostenibles jurídicamente hablando, sino inexplicables.

“De esos ocho años que llevamos, seis años el sistema permitió que mis hijos estuvieran con la persona que los violentaba... Imagínate, para los niños, vivir una situación como la que se puede uno imaginar viendo los videos”.

Marcelo denuncia que en ese tiempo sus hijos eran amenazados continuamente para que, cada vez que se presentaban ante el juzgado o peritos, dijeran explícitamente que querían vivir con su madre y que jamás habían sido maltratados.

“Se habla mucho del interés superior de la niñez, pero en mi caso los tiempos hablan por sí solos”, afirma.

Por ello, cuestiona la lentitud de fiscalías y ministerios públicos especializados en atención a niñas, niños y adolescentes. “Los procesos deberían ser rápidos porque los niños no pueden esperar años”, dice.

Marcelo también habla de denuncias falsas que asegura haber enfrentado durante este tiempo. Afirma que esas acusaciones terminaron retrasando procesos y desviando la atención del objetivo central: la protección infantil.

“Una denuncia falsa puede hacerse en minutos. Demostrar la verdad puede llevar años”, sostiene.

A esto se suma el peso de lo que sospecha podría ser una asimetría de poder, pues la madre de los niños labora actualmente para el Senado de la República, un factor que lleva a este padre a hacer un llamado a la transparencia: “Le pediría, por favor, a la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo y a los organismos de derechos humanos que, por favor, consideren apoyar todo lo que tenga que ver con resolver temas relacionados con el interés superior de la niñez... Pido, por favor, que haya transparencia. No vengo a acusar a nadie, simplemente pido que haya claridad, transparencia, que todo se haga conforme a derecho, de forma imparcial”.

Lo que dicen las cifras oficiales en México

El caso de Marcelo y sus pequeños —que hoy tienen 14 años recién cumplidos, en el caso del menor, y 11 años y 11 meses, en el caso de su hermanita— ocurre en un contexto nacional alarmante en materia de violencia contra menores.

De acuerdo con el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef) México, seis de cada diez niñas, niños y adolescentes en el país han sufrido métodos de disciplina violentos dentro de sus hogares o entornos cercanos.

“La violencia en la primera infancia (hasta los 5 años) suele ser a manos de padres o cuidadores como método de disciplina; esto puede afectar el desarrollo del cerebro y del sistema inmunológico, causando problemas de salud que, en casos extremos, pueden provocar muerte prematura”, advierte la organización.

Aclara que la violencia infantil no se limita a golpes severos. También incluye gritos, humillaciones, amenazas, castigos físicos y violencia emocional, todas con impacto directo en el desarrollo físico y emocional de los menores.

La violencia en casa propia

Al respecto, la Red por los Derechos de la Infancia en México (Redim), en su estudio “Violencia familiar contra la niñez en México (2010-2024)”, publicado en agosto pasado, establece que la violencia familiar contra niñas, niños y adolescentes en México sigue teniendo como principales agresores a integrantes del núcleo cercano de las víctimas.

Durante 2024, la pareja fue identificada como el principal agresor en los casos de violencia familiar contra mujeres de entre uno y 17 años de edad en el país, al concentrar casi la mitad de las agresiones registradas contra este sector de la población.

Además, otros familiares —como primos, tíos, hermanos o abuelos— fueron responsables de uno de cada siete casos de violencia familiar cometidos contra niñas y adolescentes en México.

Los datos también revelan que algún padre estuvo involucrado en 11.6 por ciento de las agresiones familiares contra mujeres menores de edad, mientras que los padrastros representaron 5.9 por ciento de los casos registrados durante el año pasado.

Por otra parte, las madres fueron señaladas como responsables de 6.5 por ciento de los casos de violencia familiar contra niñas y adolescentes, en tanto que las madrastras participaron en 0.1 por ciento de las agresiones documentadas.

En el caso de niños y adolescentes hombres de entre uno y 17 años, los padres aparecieron como los principales agresores familiares, al atribuírseles uno de cada cuatro casos registrados en México durante 2024.

Los segundos principales responsables fueron otros familiares, como primos, tíos, hermanos o abuelos, quienes concentraron también uno de cada cuatro casos de violencia familiar contra hombres menores de edad.

En tercer lugar se ubicó a las madres, identificadas como responsables de 16.3 por ciento de las agresiones familiares cometidas contra niños y adolescentes en el país.

La Redim también reportó que los padrastros participaron en 5.3 por ciento de los casos de violencia familiar contra menores hombres, mientras que las parejas estuvieron relacionadas con 2.8 por ciento de las agresiones.

“El estado en el que más víctimas de violencia familiar contra personas de 1 a 17 años se atendieron durante 2024 fue el Estado de México; en esta entidad se atendió uno de cada cuatro víctimas de violencia familiar de este rango de edad. Jalisco fue el segundo estado en el que más víctimas de violencia familiar de entre 1 y 17 años fueron atendidas en 2024: 9.7 por ciento de las víctimas se registraron en esta entidad. El tercer estado en reportar más víctimas de violencia familiar de este rango de edad atendidas en 2024 fue Guanajuato, que concentró 9.6 por ciento de los casos”, expone la Redim en su investigación.

Marcelo Raciti es el padre de los dos pequeños y, decidido a romper el silencio. (Foto: especial)

¿Qué dice la ley mexicana sobre violencia intrafamiliar y protección infantil?

En México, la protección de niñas, niños y adolescentes está respaldada por la Constitución y por la Ley General de los Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes.

El artículo 4º constitucional establece el principio del “interés superior de la niñez”, obligando al Estado a priorizar el bienestar y desarrollo integral de los menores en cualquier decisión judicial o administrativa relacionada con ellos.

La legislación mexicana reconoce como violencia familiar no sólo las agresiones físicas, sino también la violencia psicológica, emocional, patrimonial y cualquier conducta que afecte la integridad de menores dentro del entorno familiar.

Además, la ley obliga a las autoridades a actuar bajo principios de protección inmediata, prevención del daño y restitución de derechos cuando existan indicios de riesgo para niñas, niños y adolescentes.

En distintos estados del país, los códigos penales también contemplan sanciones por violencia familiar, lesiones, abuso infantil y omisión de cuidados.

Sin embargo, organizaciones civiles y especialistas señalan reiteradamente que uno de los mayores problemas sigue siendo la lentitud institucional para actuar oportunamente.

“No quiero destruir a nadie; quiero proteger a mis hijos”

Pese a la exposición pública del caso, Marcelo insiste en que “no vine a hacerle daño a nadie. Vine a proteger a mis hijos”, afirma.

Y cuestiona cómo los juzgadores han confundido la perspectiva de género, utilizándola a veces como un sesgo que termina por desproteger a las verdaderas víctimas menores: “Una de las víctimas es mi hija, es mujer. 

Si hablamos de proporcionalidad, ¿cómo se mide el nivel de vulnerabilidad entre la mamá y la hija? ¿Quién es más vulnerable? La perspectiva de género jamás puede estar por encima del interés superior de la niñez... Habría que ver por ahí cómo tal vez capacitan a los juzgadores para manejar cuando se juntan la perspectiva de género con el interés superior de la niñez”.

Afirma que ha decidido hablar públicamente sobre su caso porque considera que miles de familias atraviesan situaciones similares en silencio. Además, lo ve como un derecho de réplica tras una publicación hecha por otro medio, ante el cual la madre de sus hijos ha hablado.

—¿Qué mensaje le darías a las familias, a los padres, que se encuentran en una situación semejante a la tuya y la de tus pequeños? —se le cuestiona.

“Que no se desesperen. Que contraten profesionales especialmente para manejar los temas emocionales y legales, porque van de la mano. No se puede uno sin el otro. Estos temas pegan muchísimo emocionalmente y uno requiere estar fuerte para estar bien con los niños y los niños requieren estar bien para hacer su vida de niños. Y que, si bien los procesos son largos, tediosos, tengan fe, que siempre se manejen con prudencia, con respeto, siempre teniendo en cuenta el interés superior de sus hijos. Y confiar en la esperanza y en la justicia y hacer todo lo posible para el bien de sus hijos”, responde.

—¿Tú no has perdido la fe?

“No, no, no. Si no, no podría haber soportado tanto. Y quién sabe cuánto tiempo me queda, pues aún tengo procesos abiertos de años y no sé ni cuándo se van a cerrar, pero lo único que sé es que sí voy a estar siempre protegiendo a mis hijos en la manera que me toque”.

De hecho, durante estos años, Raciti tomó una decisión que resume el nivel de desesperación que asegura haber vivido: estudiar Derecho.

“Tuve que aprender para entender cómo defender mejor a mis hijos”, cuenta Marcelo, quien es licenciado en sistemas y construyó su vida profesional en México como empresario.

El deseo más profundo

Escuchar a Marcelo Raciti no es simplemente escuchar la relatoría de un pleito legal de tintes familiares; es asomarse, de golpe y sin anestesia, al abismo del dolor de un padre que ha tenido que ver lo impensable.

Cuando se le pregunta cómo quisiera que terminara esta historia, responde sin dudar: “Con justicia. Me gustaría que termine con justicia, que mis hijos estén protegidos, no sólo por mí, sino por el Estado, como debería ser... Que no nos olvidemos, como papás, como mamás, como integrantes de la sociedad, funcionarios públicos y políticos, que lo que nosotros hagamos en esta parte de su infancia es parte resultante de lo que pueden ser como adultos”.

Antes de terminar, Marcelo comparte que en abril pasado lograron un triunfo inmenso, una pequeña luz en la oscuridad: tras un año entero de terapia, su hija finalmente perdió el miedo y pidió volver a inscribirse a sus clases de dibujo y pintura. El arte, por lo pronto, ya no es para ella sinónimo de la fibra de metal.

(Claudia Hidalgo, en el Estado de México, contribuyó con información para la elaboración de este reportaje)

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  • Luis Salazar Gámez
  • Director de Ediciones Regionales en Grupo MILENIO. Periodista y comunicador con más de 25 años de trayectoria en medios nacionales y oficinas de comunicación social a nivel federal y estatal.

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