Después del mediodía, cuando el sol cae con fuerza sobre el asfalto de Ciudad Madero, María Guadalupe Bley Salgado comienza su jornada entre los autos con un ramo de flores en la mano.
El crucero del “spa”, es su territorio desde hace años. Ahí aprendió a sobrevivir. Ahí también ha dejado parte de su vida. Mientras miles de madres esperan desayunos familiares, serenatas o comidas este 10 de mayo, María pasará el día trabajando como lo ha hecho desde hace nueve años vendiendo flores.
“Son sentimientos encontrados”, dice mientras se limpia el sudor. “Yo quisiera también poder festejar el Día de las Madres, descansar, estar con mi familia. Pero pues desgraciadamente o afortunadamente tengo que estar aquí todos los días”.
El 10 de mayo visto desde el crucero
Para ella, el Día de la Madre no significa descanso. Significa jornadas de hasta 48 horas sin dormir.
“Empiezo desde el 8 de mayo. Son 24 horas sin dormir, a veces hasta 48. Todo para darle una sorpresa agradable a las mamás”, cuenta.
María tiene 56 años y ser madre, asegura, es “lo más valioso”. Habla con orgullo de su hija, María de los Ángeles, pero también con la resignación de quien ha pasado años celebrando a otras mujeres mientras posterga sus propias fechas importantes.
El esfuerzo que no se detiene ni en su día
Desde lejos, el oficio parece sencillo: caminar entre carros y ofrecer ramos. Pero detrás hay una rutina agotadora. “Cuando yo empecé no había tanta competencia”, recuerda. “Ahora todo mundo quiere vender flores. Ya no es lo mismo, a mí me da sentimiento porque yo estoy aquí todo el año”, dice. “Y hay gente que nada más viene este día”.
María ha visto accidentes, insultos y situaciones peligrosas. Recuerda especialmente una fuga de gas provocada por una pipa. Pero hay otros peligros menos visibles, “creen que porque uno anda aquí vendiendo no debe tener respeto y te hacen propuestas inapropiadas”, cuenta.
La agilidad con la que hoy esquiva coches y calcula tiempos nació en 2005, cuando comenzó vendiendo ejemplares de Milenio y Express. “Un limpiador me enseñó”, recuerda entre risas. “Me decía: ‘Hay que meterle rapidez porque si no te gana el semáforo y ya no vendiste’”.
Un 10 de mayo que no siempre es descanso
Desde entonces, el crucero se volvió una escuela de resistencia. María ha envejecido ahí. Habla entonces de algo que nunca ha tenido realmente: un Día de las Madres propio. “Ojalá algún día pueda retirarme dignamente, ya quisiera irme a descansar y disfrutar un 10 de mayo”.
María camina entre los carros antes de que el tráfico vuelva a avanzar. Otra madre espera flores en alguna casa. Y ella, como cada año, seguirá ahí para venderlas.
JETL