• “¿Quiere rojas o amarillas, oiga?”: el Mercado de Jamaica prepara el regreso de los muertos

Entre cempasúchil, calaveras de azúcar y calabazas en dulce, el Mercado de Jamaica se prepara para el Día de Muertos. En estos pasillos las familias descienden al inframundo de la temporada.

Ciudad de México /
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DOMINGA.– Son cerca de las doce del día. Los coches se arremolinan a la entrada del estacionamiento del Mercado de Jamaica. Los encargados reciben los billetes que la gente saca desde la ventana: ellos los miran a contraluz para ver si son falsos y, revisados, dan acceso a este universo colocado entre la tierra, el cielo y el infierno. Ante la fealdad de la avenida rematada por el Metro, cuesta trabajo recordar que esta zona, cercana al Paseo del Canal de la Viga, era una estación de uno de los paseos más hermosos de la capital que unía el centro con Xochimilco. Por este canal pasaban flores, mercancías, gente rica, gente pobre. Hoy aquí hay un vendedor que pregona: “¿Quiere rojas o quiere amarillas, oiga?”.

El vendedor se refiere, claro, al cempasúchil o la garra de león. Ahora estamos en el patio del mercado. Camiones que traen un incendio de flores provenientes de Atlixco, Puebla, se han venido a estacionar aquí y han abierto sus puertas de descarga. Desde lo más alto de la montaña de atados, el vendedor pregona sus productos de oro y terciopelo ante una audiencia embobada.

Los camiones cargados de flores provenientes de distintos estados llegan al estacionamiento del Mercado de Jamaica | Especial


Estadounidenses, japoneses y europeos
, con celular o una cámara profesional en mano, sacan fotos y dan cuenta de la turistificación del Día de Muertos. Pero no son los únicos. Acá también han venido las familias locales en busca de su arreglo de flores para el altar de la casa, para recordar al padre, la madre, la hermana o el perro que ya ha muerto.

Durante la temporada de Día de Muertos, la Ciudad de México cambia de aspecto y ritmo. Principalmente, el tráfico se hace imposible. Primero, cuerpos ensangrentados como personajes del cine de terror toman las calles en la marcha zombie. Luego, la procesión de catrinas llena el Paseo de la Reforma de gente con rostros convertidos en calaveras. Algunos panteones se engalanan: las tumbas se limpian, se lavan y los pasillos se llenan de gente. El 31 de octubre, los niños salen a pedir su calaverita. Los bares hacen su esfuerzo por organizar fiestas de disfraces y las panaderías se llenan de panes cubiertos de azúcar y, las más gourmet, de ceniza de volcán o flor de cempasúchil.

El Mercado de Jamaica conserva la tradición de Día de Muertos | Especial


En el Mercado de Jamaica, los puestos del mercado se encargan también de conservar o empujar la tradición: hay un puesto de pan de muerto cubierto con un betún blanco de ribetes azules, como si fuera una pieza de cerámica de Talavera, que sería la envidia de la chef Elena Reygadas. Se anuncia como “pan de Talavera”, algo que nunca antes había escuchado. En otro puesto se venden figuras de catrinas vestidas con trajes azules y rosas brillantes, como en una procesión hacia la discoteca de los muertos. Y esto sólo es el comienzo.

Esta es una nueva entrega de “El Día del Señor”, una serie de relatos quincenales sobre lo que hacemos los chilangos del siglo XXI cada fin de semana.

Calaveras, calabazas y cempasúchil en el Mercado de Jamaica

Catrinas de distintos diseños y tamaños abarrotan los pasillos del Mercado de Jamaica | Especial


El pasillo principal del Mercado de Jamaica se abre con la promesa de un viaje al inframundo de la temporada: el relato de la travesía de los gemelos del Popol Vuh por Xibalbá; la muerte antropomorfizada en las calaveras indígenas y europeas; la costumbre de poner ofrendas sobre las sepulturas, que viene desde la Colonia; la de representar el Don Juan Tenorio, que popularizó Maximiliano I. Esperan, en algún punto del pasillo, las calaveras revolucionarias y las canciones rancheras sobre el valor nulo de la vida. Están, en fin, las aportaciones del Halloween estadounidense, el cadáver de la novia de Tim Burton, los maquillajes como los del desfile de la película Spectre, de la saga de James Bond, o las trajineras cortadas en madera como en la cinta Coco. Y claro está, el esqueleto de Frida Kahlo, el modelo mexicano más internacional que la Coca-Cola.

Este pasillo va a cambiar en pocos días, de acuerdo con la fiesta de la temporada: en Navidad habrá nochebuenas y esferas, nacimientos y santacloses; en San Valentín, arreglos de flores de un metro de diámetro y muñequitas de Hello Kitty; en el Día de las Madres, arreglos de colores pastel y globos con mensajes.

La variedad de calabazas retratan la temporada y tradición en México | Especial


Pero hoy el puesto de calabazas parece una instalación de museo, una composición calculada de ocres, naranjas, marrones y tonos canela: la calabaza entera; la calabaza partida a la mitad, que muestra sus tripas como telarañas; la calabaza cocida en dulce, cubierta de un barniz luminoso; la calabaza en tacha, negra y jugosa.

En el puesto de papel picado, las tijeras han abierto hojas moradas, amarillas, rosas y azules para descubrir calaveras y esqueletos que bailan, o las letras de un letrero que dice: “Muere quien es olvidado”. Sobre el mostrador descansan los pliegos doblados, ordenados por tamaño y color, listos para desplegarse sobre una ofrenda. Y en el de calaveritas de alfeñique, los cráneos de azúcar con ojos de lentejuela y un arabesco en la frente se despliegan como los objetos de una joyería, junto con ataúdes diminutos, huesos y pequeños platos de frutas de mazapán pintado.

La magia negra de los comerciantes del Mercado de Jamaica

El Halloween, presente en otros eventos de CdMx, pervive con la tradición de Día de Muertos en el Mercado Jamaica | Especial

Pero, conforme se avanza, la tradición se vuelve otra cosa: las frutas cristalizadas se convierten en gomitas en forma de ojo; el papel de china es ahora papel de aluminio; las calaveritas son ahora fantasmitas y el cempasúchil también es una flor de plástico.

Detrás de cada puesto habrá siempre un esfuerzo serio por mantener viva la fiesta. Los comerciantes conocen los gustos de quienes regresan cada año; sabrán qué flores se buscan, qué objetos harán falta para completar una ofrenda. También observarán lo que cambia. Probarán un diseño, ensayarán otra manera de decorar el pan, de exagerar el tamaño de una catrina.

​Pero siempre habrá un vendedor que pregone: “¿Quiere rojas o quiere amarillas, oiga?”.

Mientas el mercado arderá de color sin consumirse, y la gente saldrá a la calle con lo necesario para mantener vivo a su difunto.


GSC


  • Guillermo Osorno
  • Guillermo Osorno es escritor y periodista. Es autor del libro Tengo que morir todas las noches. Hoy conduce el programa Por si las moscas que se transmite en Canal 22.

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