• En esta casa comenzó todo: así vivió Miguel Hidalgo antes de iniciar la Independencia

Hay una casa en Dolores Hidalgo, Guanajuato, donde el tiempo parece haberse quedado detenido.

Eleazar Bandala
Dolores Hidalgo Cuna de la Independencia /
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M+.- Las vigas de madera que sostienen el techo llevan 247 años soportando el peso de la historia. Las puertas, los patios, los pozos, la cocina, el comedor y las habitaciones todavía permiten imaginar la vida cotidiana de Miguel Hidalgo. En una de ellas están sus anteojos; en otra, los libros que leyó; en otra más, la silla donde comió junto a su familia.

Es la Casa de Hidalgo, considerada el museo más antiguo del país.

Construida en 1779 como la Casa del Diezmo, el inmueble se convirtió en hogar de Miguel Hidalgo en 1803, cuando el cura llegó a Dolores y se mudó ahí con su familia. Siete años después, en 1810, abandonaría sus habitaciones para encabezar el movimiento que cambiaría la historia de México.

Hoy, 247 años después de su construcción, la casa permanece en la esquina de Morelos #1 e Hidalgo, en la ciudad Cuna de la Independencia Nacional.

Su fachada amarilla y roja es apenas la puerta de entrada a un recorrido de nueve habitaciones en el que cada espacio conserva una parte de la historia: el despacho parroquial donde Hidalgo registraba bautismos, su biblioteca personal con 42 libros, la sala donde recibía visitas, su recámara, el comedor donde todavía se conserva una de las sillas originales y la habitación donde, de acuerdo con el relato histórico que resguarda el museo, llegó la noticia de que la conspiración había sido descubierta.

“Este espacio, que yace en Dolores, es el museo más antiguo del país”, asegura con orgullo el cronista José Alamilla Ríos.

Pero la historia de la casa comenzó mucho antes de que Miguel Hidalgo cruzara sus puertas.

Museo de Sitio Casa de Hidalgo, esquina de Morelos #1 e Hidalgo, en la ciudad Cuna de la Independencia Nacional.| Dany Béjar

Antes de Hidalgo, la Casa del Diezmo


En 1779, el cura José Salvador Fajardo terminó la construcción de la parroquia de Dolores y utilizó los materiales sobrantes para levantar una casa destinada a almacenar las semillas que la población entregaba como pago del diezmo.

“Esta casa fue construida en el año de 1779 por un cura de ese entonces, José Salvador Fajardo, quien concluyó la obra de la parroquia de los Dolores, y utilizó los materiales sobrantes de la construcción de la parroquia para construir la ‘Casa del Diezmo’”, relata con fervor el cronista.

El inmueble funcionaba como un almacén

Las semillas que los ciudadanos entregaban cada domingo al cura eran llevadas hasta la habitación número 9, donde permanecían almacenadas.

Cuando Hidalgo llegó a Dolores en 1803, tomó posesión de la casa y se mudó con su familia. Sin embargo, el diezmo siguió ocupando un lugar dentro del inmueble.

La casa que primero almacenó semillas terminó convirtiéndose en el hogar de quien pasaría a la historia como el Padre de la Patria.

Una casa que todavía sostiene 247 años de historia


El olor a madera aparece desde el momento en que se cruza la entrada.

La estructura original de nueve habitaciones y dos patios permanece prácticamente intacta. Solo ha requerido un par de intervenciones menores en paredes y pisos para preservar el inmueble.

Sus libros y objetos personales han sido sometidos a procesos de restauración y conservación bajo los criterios del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH).

Entre las piezas que permanecen en la estructura está una “madrina”, como se denomina a las vigas de madera que sostienen el techo.

De acuerdo con la asesora turística del lugar, estas vigas no han sido intervenidas desde que fueron colocadas y han soportado durante 247 años el peso de la construcción.

La fachada tiene cinco ventanas con marcos de madera y cortinas cerradas. Los colores amarillo y rojo dominan el exterior.

En la parte superior de los muros sobresalen las vigas que distribuyen el peso del techo hacia las paredes de mampostería o adobe.

Y sobre una de las paredes principales aparece una inscripción que conecta directamente la casa con el momento fundacional de México: “A la memoria del héroe D. Miguel Hidalgo y Costilla, que proclamó en esta casa la independencia de México el 16 de septiembre de 1810”.

La placa está firmada por el emperador Maximiliano de Habsburgo, quien visitó el lugar el 16 de septiembre de 1864.

Las puertas actuales no son las mismas que vio entrar y salir diariamente a Hidalgo.

Los portones originales, de madera maciza y de casi cuatro metros de altura, fueron vencidos por el tiempo. Ahora permanecen protegidos y exhibidos dentro del antiguo granero, la habitación más grande de la propiedad: 10 metros de ancho por casi 30 de largo.

Las puertas de madera no resistieron al paso de los años | Dany Béjar

La casa conserva dos patios, dos pozos, el despacho privado de Hidalgo, su recámara, la recepción, el despacho parroquial, la sala, la recámara de sus hermanas, el comedor, la cocina y el granero donde se guardaban los diezmos.

Entrar al laberinto de Hidalgo

Recorrer la casa es avanzar de una habitación a otra a través de un laberinto interior.

Los primeros siete cuartos están conectados entre sí y separados por pesadas puertas de madera.

Pequeñas placas metálicas indican al visitante dónde se encuentra: el despacho parroquial, el despacho privado, la sala, la recámara.

En el primer cuarto, Hidalgo recopilaba los bautismos realizados durante su gestión en la parroquia de Dolores.

Lo hacía sentado en una silla de madera cuyos detalles todavía pueden observarse. A un costado tiene grabada una concha, símbolo del bautizo.

La misma figura aparece sobre las puertas principales del museo.

La guía explica que muchas casas de aquella época colocaban una concha marina en la entrada para comunicar que sus habitantes profesaban la religión católica y habían sido bautizados.

Hoy esa silla es una de las pocas piezas que se han mantenido intactas.

Sus cuatro patas todavía soportan la madera antigua.

Hidalgo recopilaba los bautismos realizados durante su gestión en la parroquia de Dolores | Dany Béjar

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Los libros que Hidalgo leía

A unos metros de la entrada está el despacho privado del cura.

Mide aproximadamente 5.5 por 5 metros.

Ahí permanecen una mesa, una vieja silla de madera y, junto a ellas, la biblioteca personal de Hidalgo.

“Miguel Hidalgo conformó una gran biblioteca en la que pasaba horas leyendo ejemplares de literatura francesa del siglo XVII, lecturas que, probablemente, sembraron en él las ideas contra la injusticia y la opresión autoritaria del poder colonial”, narra la ficha técnica de la habitación.

Son 42 libros de pasta dura, desgastados por el tiempo, que fueron utilizados por el cura durante su estancia en la casa.

Ahora permanecen dentro de su librero personal.

El piso original de esta habitación fue retirado por completo y sustituido por uno nuevo a principios del año 2000. Hoy, ese piso también luce viejo y desgastado.

Frente a la mesa donde Hidalgo leía, hay una ventana con vista a la plaza principal de Dolores.

Las ventanas fueron colocadas a una altura considerable. Para abrirlas era necesario utilizar escalones que también funcionaban como asientos desde los cuales se podía observar la calle, leer o pensar.

La habitación, la cama y el “¡Agua va!”


Después del despacho aparece la sala principal, donde se recibían visitas.

Es uno de los espacios con mejor mobiliario: sillones, candeleros de plata y bronce, tapetes y cojines multicolores traídos de Oriente, además de pianos y guitarras que amenizaban las reuniones durante las colaciones de la tarde, entre juegos y charlas.

A un lado está la recámara de Miguel Hidalgo. Es un cuarto humilde.

Una ventana da hacia la calle y sobre la cama hay una figura de Jesucristo crucificado, sostenida por una base de madera y cubierta con sábanas blancas.

Hidalgo adornaba su dormitorio con dos cuadros religiosos.

A un costado de la cama estaba un jarro conocido como “aguamanil”, utilizado para lavarse la cara y el cabello.

La guía explica que muchas casas no tenían agua potable, por lo que estos recipientes se llenaban para asearse al despertar.

El agua utilizada podía arrojarse por las ventanas hacia la calle, pero había que advertir primero a quienes caminaban afuera: “¡Agua va!”.

En la habitación también hay una mesa con una Biblia, un rosario y una vela vieja, inclinada por los años.

“Eran comunes los crucifijos sobre la cama y, según las devociones del ocupante, las pinturas de santos. Los baúles se usaban desde el siglo XVII para guardar ropa de cama y otros artículos personales”, mencionó el cronista José Alamilla Ríos.

Las puertas de las habitaciones medían aproximadamente 1.70 metros de alto, por lo que todavía hoy varios visitantes tienen que agacharse para cruzarlas.

Una silla original y un comedor que todavía conserva la huella de Hidalgo.

El dormitorio de las hermanas del cura es uno de los espacios más fríos de la casa.

Tiene una cama, una ventana con vista al patio principal y réplicas de las armas utilizadas durante la Guerra de Independencia de 1810.

Durante el recorrido, MILENIO coincidió ahí con una pareja argentina, una mujer de aproximadamente 50 años y un hombre de alrededor de 45.

La mujer se acercó y comentó: “Tan aguerridos que son ustedes los mexicanos”, comenzó a decir la argentina. “Ustedes, mexicanos, tienen sangre guerrera”, mencionó antes de continuar su recorrido.

Recámara de Miguel Hidalgo es uno de los lugares más representativos del sitio | Dany Béjar

Después aparece el comedor.

Un retrato de la Virgen de Guadalupe permanece a la vista.

La mesa tiene seis sillas, pero solamente una de ellas es original: la misma en la que comió Hidalgo. Las demás son réplicas.

Detrás de paredes de cristal se conservan también los objetos históricos que requieren mayor protección. Desde 2020, las piezas comenzaron a colocarse bajo cristal para evitar que los visitantes pudieran tocarlas.

Los artículos dentro del lugar guardan años de historia y simbolismo para el país | Dany Béjar

Los anteojos que sobrevivieron a la historia


Hay una habitación que concentra uno de los momentos más importantes de la historia de México.

Ahí se conservan reliquias de Miguel Hidalgo, entre ellas sus anteojos originales, que pocas veces han sido intervenidos, además de un libro identificado como “para curas”.

Todo permanece protegido detrás de una pared de vidrio.

De acuerdo con el relato que ofrece el cronista del lugar, fue durante una noche cuando aliados del movimiento y personas allegadas al cura se reunieron en la última habitación de la casa para decidir dejar de ser sometidos por el gobierno español.

Ahí comenzó a tomar forma lo que posteriormente se convertiría en uno de los acontecimientos históricos más importantes de México.

“Es ahí donde llega la notificación de la corregidora Josefa Ortiz de Domínguez para darles a conocer, a los principales involucrados, que la conspiración había sido descubierta”, mencionó Alamilla Ríos.

La casa conserva así no solo los objetos de Hidalgo, sino el escenario donde se encontraba cuando recibió una noticia que aceleraría los acontecimientos que desembocarían en el inicio de la Independencia.

Las puertas de madera no resistieron al paso de los años | Dany Béjar

El limón de Hidalgo


La última puerta conduce al patio principal. El espacio está rodeado de árboles y vegetación.

Ahí permanece un árbol de limón que, de acuerdo con el relato del lugar, fue sembrado por el cura Hidalgo.

Ya no tiene hojas y conserva pocas ramas.

Tampoco produce limones.

Pero sigue en pie dentro de la casa, después de más de un siglo.

Los patios tienen dos pozos que eran utilizados por la familia del cura para llevar agua a la vivienda y realizar sus actividades.

La vegetación forma parte del paisaje actual del inmueble.

Los encargados riegan diariamente plantas y árboles para evitar que mueran.

El resto de los árboles fueron plantados hace algunos años, pues conforme morían los anteriores, se colocaban nuevos.

La casa cambió de función hace siglos.

Primero fue un almacén para guardar el diezmo.

Después fue el hogar de Miguel Hidalgo.

Y ahora es un museo.

Pero sus paredes siguen contando la misma historia: la de un cura que durante siete años vivió entre esos cuartos, leyó en su despacho, recibió a su familia, descansó en aquella habitación y, desde ese mismo lugar, quedó ligado para siempre al inicio de la Independencia de México.




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