M+.- Basta una tormenta de media hora para que Guadalajara muestre sus costuras. Un árbol de 12 metros cae sobre un automóvil estacionado o una casa; la banqueta, que durante años permaneció levantada como una alfombra mal colocada, termina por reventarse y, a la mañana siguiente, los vecinos rodean el tronco atravesado sobre la calle con una mezcla de susto y resignación. Casi todos repiten la misma explicación: fue el viento, fue la lluvia, la tierra estaba floja. Pero no es del todo cierto.
Cada temporal, la Zona Metropolitana de Guadalajara pierde más de mil árboles. Solo en Guadalajara, durante las lluvias de 2025, la Dirección de Parques y Jardines atendió 970 reportes de emergencia: 658 correspondieron a árboles caídos y el resto, a ramas desgajadas. El gobierno tapatío destacó que la cifra fue 22 por ciento menor a la del año anterior, resultado de 12 mil 500 podas preventivas y del retiro de mil 500 árboles secos o enfermos.
Su titular sostuvo a MILENIO que un árbol sin poda adecuada es más susceptible de ser derribado por el viento. Pero el viento no tumba árboles sanos; tumba árboles que ya estaban debilitados.
César Jacobo Pereira, investigador del Departamento de Ecología Aplicada del Centro Universitario de Ciencias Biológicas y Agropecuarias (CUCBA), de la Universidad de Guadalajara (UdeG), asegura que más de la mitad de las caídas —quizá seis de cada diez— no obedecen al clima, sino a dos errores humanos que se cometen mucho antes de la tormenta: plantar la especie equivocada y hacerlo en un sitio donde nunca tuvo espacio para desarrollarse.
El inventario del arbolado metropolitano registra cerca de un millón 380 mil árboles distribuidos en ocho municipios, apenas uno por cada cuatro habitantes. Parece mucho, pero es poco. La arquitectura urbana más reciente ya comenzó a adoptar una regla que gana terreno: la del 3-30-300. Tres árboles visibles desde cada ventana, 30 por ciento de cobertura arbórea en cada colonia y un parque a no más de 300 metros de cada vivienda. Guadalajara todavía está lejos de ese objetivo y esa distancia se percibe, sobre todo, cuando el calor arrecia.
Árboles grandes, raíces pequeñas
Comprender por qué se caen los árboles es el centro del problema.
"Tenemos árboles que crecen demasiado en espacios muy reducidos. Al limitarles el espacio para desarrollar sus raíces, el sistema de anclaje se vuelve insuficiente y los hace mucho más vulnerables al viento y a las tormentas", explica el investigador.
Traducido a términos simples: un árbol se sostiene por debajo, no por arriba. Las raíces son su ancla y necesitan espacio para afianzarse. Cuando se planta un árbol que alcanzará 20 metros de altura en un cajete de apenas 60 centímetros, ese anclaje queda condenado desde el principio.
El eucalipto, una especie introducida hace décadas en la ciudad, es el ejemplo más claro. Puede alcanzar hasta 40 metros de altura con una raíz principal de apenas dos metros. Es un cuerpo gigantesco sostenido sobre una base insuficiente. Cuando el suelo se reblandece por la lluvia y llegan las ráfagas de viento, el desenlace resulta predecible.
"Yo siempre he dicho que los eucaliptos son un peligro para la ciudad".
Como sabe que retirarlos por completo es inviable, propone al menos reducir su altura.
"Hay que bajarles la altura porque, de perdida, si se caen, no vayan a causar más desastre. Si se caen, que caigan chaparritos y no sean tanto problema".
El ficus, otro clásico de las banquetas tapatías, presenta el problema contrario.
"Los ficus grandes desarrollan raíces enormes, conocidas como contrafuertes, que necesitan espacios muy abiertos. Los que se caen son los que están en camellones y banquetas, porque no tienen espacio para que esas raíces se anclen", explica Jacobo Pereira.
Confinadas en un cajete, las raíces buscan salida por el único lugar disponible: hacia la superficie. Entonces levantan banquetas, agrietan bardas y obstruyen drenajes. El mismo ficus que durante años regala sombra termina una mañana atravesado sobre la avenida.
Para banquetas de uno o dos metros de ancho, el investigador recomienda especies nativas de bajo mantenimiento. Entre ellas está la rosa morada (Tabebuia rosea), que prácticamente deja de requerir riego una vez establecida y florece durante la temporada de estiaje. También menciona la cojoba, de copa amplia y abundante sombra, que requiere únicamente podas de formación, así como el palo verde. Son especies adaptadas al clima de la región, no introducidas artificialmente.
Frente a la lluvia de oro, una especie ampliamente plantada pero exótica, propone la primavera (Roseodendron donnell-smithii), originaria de esta región.
"Al mezquite, en cambio, mejor déjenlo para espacios grandes, porque también levanta banquetas".
Sembrar con criterio
Su propuesta no consiste en erradicar los árboles existentes, sino en sustituirlos con criterios técnicos. Lo ejemplifica con uno de los árboles más emblemáticos de la primavera tapatía.
"¿Qué hacemos con la jacaranda? Pues ya está aquí. Hay que cuidarla. La ciudadanía debe hacerse más consciente. Si retiro una jacaranda, en lugar de volver a plantar otra, puedo sembrar una cojoba, un palo verde o una rosa morada".
La elección de especies nativas ofrece múltiples ventajas. Son árboles adaptados a la sequía característica de Guadalajara; sobreviven prácticamente con el agua del temporal y requieren mucho menos mantenimiento. Además, presentan mayor resistencia a plagas porque han evolucionado junto con ellas y sostienen la biodiversidad local al servir de refugio y alimento para insectos, aves y otras especies.
Las especies exóticas arrastran un problema adicional: llegan sin sus enemigos naturales. En sus lugares de origen conviven con plagas y enfermedades que mantienen controladas sus poblaciones. Aquí, en cambio, encuentran condiciones ideales para expandirse.
"Llegan aquí y, con este clima favorable, con la temperatura y la humedad, empiezan a proliferar. Esa proliferación desplaza a las especies nativas por competencia, porque las condiciones terminan favoreciendo más a las exóticas que a las propias especies locales", detalla el ecólogo.
Como ejemplo, menciona las altas palmeras ornamentales presentes en diversas colonias.
"Esas palmas altísimas, todas foráneas, se convirtieron en el hogar favorito de la cotorra argentina, un ave sudamericana que también llegó de fuera y que hoy anida en ellas como si estuviera en casa. Son dos especies invasoras haciéndose compañía sobre nuestras cabezas".
¿Y qué hacer con un ficus o un eucalipto que lleva décadas frente a una vivienda?
Para Jacobo Pereira, la respuesta comienza por abandonar la idea de derribarlo sin más.
"Es un organismo vivo. No lo podemos simplemente mutilar y tirar".
Un árbol sano no puede ser retirado por decisión arbitraria. La legislación exige un dictamen técnico que acredite el riesgo y ese procedimiento corresponde a la autoridad municipal.
Lo recomendable es reducir su altura y peso mediante mantenimiento especializado y esperar su sustitución natural. Solo cuando el ejemplar ha muerto o representa un riesgo comprobado procede el derribo, generalmente acompañado de una medida compensatoria: plantar nuevos árboles.
Ese momento, afirma el investigador, representa la oportunidad para corregir errores del pasado y sustituir especies inadecuadas por árboles nativos.
La poda también puede matar
El otro gran malentendido en la ciudad es la poda. Muchas personas creen que cortar buena parte de un árbol lo protege del viento. Ocurre exactamente lo contrario.
Cuando se elimina más de una cuarta parte de la copa y se dejan únicamente troncos y muñones sin ramas, se incurre en una práctica conocida como desmoche, prohibida por la legislación ambiental.
Jacobo Pereira explica la razón.
"Los árboles son plantas. Su organismo fotosintético es la hoja. Si tú quitas demasiadas hojas o demasiadas ramas, le quitas esa capacidad de hacer fotosíntesis y el árbol empieza a morir".
Pero el daño no termina ahí.
"Al momento de hacer una tala o un desmoche activamos más meristemos, más células totipotenciales del árbol, y muchas veces comienzan a brotar más ramas".
Esos nuevos brotes crecen con un anclaje deficiente, prácticamente adheridos a la madera superficial. Son precisamente las ramas que terminan desgajándose durante la siguiente tormenta. La poda que pretendía evitar accidentes termina provocándolos.
Lo correcto, explica el investigador, consiste en reducir la altura cuando las condiciones del sitio lo permiten, realizar podas sanitarias que no eliminen más del 25 por ciento de la copa y retirar únicamente el peso innecesario.
La reglamentación municipal establece además que cualquier poda sobre ramas de más de siete centímetros y medio de diámetro requiere autorización. Quien ofrezca ese servicio debe contar con el dictamen correspondiente.
La normativa también prohíbe plantar en banquetas cactus, magueyes y cualquier especie con espinas o sustancias tóxicas, además de definir qué árboles pueden utilizarse según el ancho disponible.
Para quienes buscan orientación técnica, existe incluso el Manual de Vegetación Urbana para Guadalajara, que describe más de un centenar de árboles, arbustos y trepadoras, junto con sus dimensiones, velocidad de crecimiento y necesidades de mantenimiento.
Los enemigos silenciosos
El muérdago es otro de los problemas frecuentes.
Se trata de una planta parásita que se instala sobre los árboles y los debilita lentamente desde el interior.
Reconocerlo no requiere conocimientos especializados.
"Si vemos un pino y de pronto empiezan a salirle flores, muy probablemente es una planta parasitaria. Sus hojas son muy distintas a las del árbol y crecen como una enredadera".
Cuando aparece, el árbol requiere una poda sanitaria antes de que el deterioro lo convierta en uno de esos ejemplares muertos que terminan desplomándose durante una tormenta.
A esta lista se suma el ganoderma, un hongo que pudre la madera desde el interior de fresnos, jacarandas y eucaliptos. El problema es que rara vez presenta señales visibles hasta que el árbol está prácticamente vencido.
La sombra también refleja desigualdad
Existe otro aspecto que pocas veces forma parte de la conversación.
La sombra tampoco está distribuida de manera equitativa.
Ana Isabel Ramírez Quintana, también investigadora del CUCBA, ha documentado que las colonias con mayor plusvalía concentran una mayor cantidad de árboles.
No siempre responde únicamente al nivel económico, sino también a la organización vecinal y al cuidado permanente del espacio público.
En contraste, el oriente de Guadalajara presenta un déficit importante de cobertura vegetal.
Tener sombra en la ciudad se ha convertido en un privilegio cada vez más escaso y el incremento de las temperaturas tampoco afecta a todos por igual.
El mapa del arbolado urbano termina revelando, como ocurre con muchos otros indicadores, un mapa de la desigualdad.
Plantar mejor, no plantar más
El Ayuntamiento de Guadalajara sostiene que ya comenzó a corregir el rumbo.
Durante 2025 anunció un programa para plantar 20 mil árboles con el objetivo de convertir a Guadalajara en la ciudad más verde de México, mediante corredores verdes, adopción vecinal y viveros especializados en especies nativas.
Para Jacobo Pereira, sin embargo, el reto sigue estando en la prevención.
"Nos falta un poco más de conciencia de prevención que de remediación".
Los primeros pasos del programa parecen darle la razón.
El primer árbol plantado públicamente para sustituir a uno enfermo fue un fresno. En la glorieta de La Normal se sembraron otros 200. Incluso dentro del listado de especies consideradas nativas, volvió a aparecer el fresno, uno de los árboles que más reportes de caída acumula temporada tras temporada.
Mientras el discurso habla de renovar el arbolado, la práctica continúa recurriendo a las mismas especies.
Sobre el uso del fresno, el investigador aclara que su permanencia en algunos listados responde a políticas forestales de hace varias décadas y no a una recomendación vigente para banquetas.
"La realidad técnica es que el fresno requiere dimensiones que las calles estrechas de Guadalajara simplemente no ofrecen. Su uso debería limitarse a parques y jardines públicos donde tenga espacio suficiente para desarrollarse".
Como alternativa, propone ampliar el catálogo hacia especies como el frijolillo, coralillo o aguacillo (Cojoba arborea), capaces de adaptarse mejor a las condiciones urbanas.
El investigador tampoco oculta su convicción.
"Siempre la recomendación es utilizar especies nativas. Tenemos muchísimas. México es un país megadiverso. Nosotros producimos únicamente especies nativas".
Quien detecte un árbol caído o en riesgo puede reportarlo al 070 o vía WhatsApp, al 33 3610 1010.
Quienes deseen solicitar un árbol para su banqueta pueden hacerlo a través del programa municipal de arbolado urbano, presentando identificación oficial y comprobante de domicilio.
Al final, todo comienza con una decisión aparentemente sencilla: elegir qué árbol plantar.
El árbol que hoy se coloca en el sitio equivocado será, dentro de veinte años, el que caiga sobre un automóvil o una casa o rompa una banqueta.
El que se plante en el lugar correcto será la sombra bajo la que alguien, que todavía no nace, esperará el camión.
MC