La crisis de la mediana edad cambió: los hombres millennials redefinen el autocuidado

El estereotipo era casi perfecto: ese hombre que se acercaba a los 50 descubría que la juventud se le estaba yendo y reaccionaba comprándose un coche deportivo, un reloj costoso, cambiaba de look o buscaba una pareja más joven.

Los hombres, en cambio, han sido socializados con una desconexión mayor de su mundo afectivo. (Foto: especial)
Cinthya Sánchez
Ciudad de México /
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M+.- Rafael Favila va a cumplir 40 años y ya sabe algo que ningún entrenamiento puede modificar: “Por mucho que uno se cuide, el cuerpo envejece”. Las articulaciones cambian, los músculos pierden masa, uno se vuelve más lento. Lo sabe porque lleva once años escalando y unos seis en el montañismo. Aun así, sus rodillas le recuerdan los límites. Lo curioso es que asegura que hoy se siente más fuerte, más vigoroso y con mayor movilidad que cuando tenía 29. 

No descubrió la fuente de la eterna juventud. Simplemente prepara sus 40 con entrenamiento. “En una montaña no hay demasiadas posibilidades de engañarse: o llegas o no llegas. Una semana alcanzas un árbol; pero después, si entrenaste, puedes llegar al siguiente”. También duerme bien, cuida lo que come, hace estiramientos, paga gimnasios, compra suplementos, ropa deportiva y equipo especializado.

Buena parte de su dinero, tiempo y disciplina están destinados a conservar un cuerpo capaz de llevarlo hasta donde quiera llegar. Rafael se dedica a la producción. Está soltero y no tiene hijos. Dice que si esta es su crisis de los 40, al menos, viene con mejor condición cardiovascular que cuando nomás se enfiestaba.

Por décadas nos imaginamos la crisis de la mediana edad masculina de otra manera. El estereotipo era casi perfecto: ese hombre que se acercaba a los 50 descubría que la juventud se le estaba yendo y reaccionaba comprándose un coche deportivo, un reloj costoso, cambiaba de look o buscaba una pareja más joven. Cada uno de acuerdo con sus posibilidades, pero el mensaje era parecido: todavía soy joven, todavía puedo empezar de nuevo. La generación millennial llega a este momento.

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En México, unos 7.87 millones de hombres tienen entre 40 y 49 años, de acuerdo con el Censo de Población y Vivienda del Inegi. Ahora el foco de estos cuarentones está caminando hacia otro lado. Se refleja en las membresías en gimnasios, grupos de running, montañismo, suplementos y alimentación especial, terapia, coaching, nuevos retos físicos que consumen dinero, conocimiento y, sobre todo, tiempo. Tiempo para andar en una bici de alta gama o para tomarse un café en la mejor cafetera de espresso en el mercado. Porque todavía pueden hacerlo.

Rosa María Ramírez de Garay, doctora en Psicología, especialista en Psicología Social y Psicoanálisis de la UNAM, hace una precisión importante: no se trata de una crisis biológica predeterminada ni significa que todas las personas tengan que atravesarla.

 “Tiene mucho más que ver con las expectativas sociales y con el momento de la vida en el que comenzamos a hacer inventario. Qué imaginaba yo sería a los 40. Qué soy. Qué conseguí. Qué no conseguí. Y qué quiero hacer con el tiempo que todavía tengo por delante”, dice a MILENIO.

¿Existe realmente la famosa crisis de los 40?


En otros países ya salen nombres para describir estas tribus masculinas. Está el MAMIL, acrónimo para el Middle-Aged Man In Lycra: el hombre de mediana edad enfundado en licra que ha hecho del ciclismo una parte fundamental de su vida. También está el MAMIC, para el Middle-Aged Man Into Coffee, capaz de hablar de granos, molienda, temperatura y extracción con una seriedad que generaciones anteriores reservaban quizá para explicar el motor de un automóvil.

En otros países ya salen nombres para describir estas tribus masculinas. (Foto: especial)

Entre los 40 y los 50, explica Ramírez de Garay, suele aparecer la percepción de encontrarse a la mitad de la vida y con ella una serie de duelos. Para quienes tienen hijos, estos pueden comenzar a independizarse y abandonar la casa. Profesionalmente, llega la hora de comparar las expectativas juveniles con los resultados obtenidos. Y está el duelo quizá más democrático de todos:

El cuerpo joven empieza a despedirse. Ya no rinde igual. Necesita otros cuidados. Aparecen molestias que antes no existían. En México, casi 8 millones de hombres están atravesando esa década en la que todavía pueden sentirse jóvenes mientras el cuerpo empieza a enviar notificaciones que ya no se pueden silenciar.

Existe además otra carga para los hombres. La cultura ha asociado históricamente buena parte de la valía masculina con el éxito laboral y económico. Llegar a esta edad sin haber alcanzado aquello que se suponía que un hombre debía alcanzar –de acuerdo a lo que vivió la generación X o la boomer– como dinero, patrimonio, posición, familia, reconocimiento profesional puede convertirse, explica la especialista, en una fuente importante de frustración.

“Las mujeres tenemos una mayor posibilidad de hablar y de poner en palabras nuestros afectos, nuestros pensamientos, lo que nos está ocurriendo en nuestro mundo interno”, explica Ramírez de Garay, aclarando que se trata de una generalización. 

Los hombres, en cambio, han sido socializados con una desconexión mayor de su mundo afectivo. Y cuando no se habla, se actúa, es decir, se presentan infidelidades, conductas de riesgo, explosiones de ira, compras impulsivas, abuso de alcohol u otras sustancias. Exteriorizan un conflicto que no necesariamente se puede nombrar.

“El cuarentón del auto convertible en los años setenta u ochenta quizá no estaba hablando de coches. Estaba hablando de él. La diferencia es que algunas de las formas contemporáneas de actuar esa inquietud pueden resultar bastante más saludables que otras. Entre beber demasiado y subir una montaña hay una diferencia evidente. Entre una conducta autodestructiva y comenzar a hacer ejercicio también”, dice la especialista a MILENIO.
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Y ahí aparece Rafael.

Cuando Rafael Favila tenía diez años y miraba a los hombres de 40, recuerda que las aspiraciones parecían bastante claras: un automóvil, una casa, tener familia, construir patrimonio. Cumplir con aquello que socialmente significaba haber triunfado. Pero sus prioridades no resultaron ser esas. Rafael pertenece a un círculo en el que varios hombres en el mismo rango de edad siguen solteros, no tienen hijos o apenas comienzan relaciones que no necesariamente buscan formalizar. Percibe que una parte de ellos dedica más atención a los negocios, o la salud, a construir patrimonio propio y, especialmente, a desarrollar una vida que les resulte satisfactoria.

“Nos alejamos un poco de los vicios, nos alejamos un poco de los malos hábitos y prácticamente invertimos dinero y tiempo en solo cosas que nos den paz”, dice. En su caso, el dinero se va en gimnasios, ropa deportiva y equipo de escalada. Pero detrás de esas compras hay una diferencia interesante respecto al viejo símbolo masculino del coche o el reloj: el objeto por sí mismo no sirve de mucho.

El nuevo estatus, al menos para ciertos hombres, no consiste en demostrar cuánto pueden comprar, sino cuánto saben hacer. 

Rafael lleva esa idea todavía más lejos. “Si tuviera mucho dinero”, dice, “no necesariamente lo gastaría en acumular propiedades o automóviles. Prefiero invertir en cosas que me proporcionen tranquilidad”. 

Durante generaciones, cuidarse no necesariamente estuvo incluido en el catálogo de virtudes masculinas. Aguantar, sí. Resistir, también. Trabajar enfermo, soportar el dolor, no quejarse, resolver solo.

Rosa María Ramírez de Garay pone un ejemplo aparentemente sin importancia: ir al médico. 

“Todavía existen hombres que esperan hasta que el dolor resulta insoportable para pedir ayuda”.

El mandato tradicional masculino, explica, ha privilegiado el estoicismo sobre el autocuidado.

 “Una masculinidad más saludable comenzaría precisamente por desmontar esa idea”. 

Para la especialista, tendría que incluir hombres capaces de establecer mayor contacto con su mundo afectivo, cuidar de sí mismos y de los demás y, además, cuestionar los privilegios y pactos masculinos que reproducen relaciones de dominación sobre las mujeres.

Garay dice que comprar una bicicleta no convierte automáticamente a nadie en un representante de las nuevas masculinidades. Ni subir montañas. Ni hacer terapia. Ni preparar un cappuccino perfecto. “Quizá la masculinidad no cambió tanto como creemos. O quizá está utilizando algunos de sus viejos códigos como disciplina, fortaleza, desafío para construir algo diferente”.

Durante generaciones cuidarse no necesariamente estuvo incluido en el catálogo de virtudes masculinas.(Foto: especial)

Ramírez de Garay insiste en que no puede hablarse de una tendencia generalizada. México continúa siendo una sociedad con enormes carencias en atención a la salud mental y los hombres, particularmente los de estas generaciones, siguen teniendo dificultades para acercarse a espacios donde puedan trabajar con sus emociones. El autocuidado también puede ser un privilegio. Y puede convertirse, además, en otra forma de presión.

El hombre que antes debía demostrar que tenía la mejor casa o el mejor automóvil puede sentir ahora que además tiene que dormir ocho horas, comer proteína suficiente, meditar, hacer diez mil pasos, levantar pesas, correr un medio maratón, ir a terapia y tener un porcentaje de grasa corporal razonable.

Rafael no está intentando volver a tener 20 años. Está haciendo algo más difícil: descubrir qué clase de hombre quiere ser a los 50.

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HCM

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