Hay países que se unen por guerras. Otros, por revoluciones. México, de vez en cuando, logra reunirse alrededor de una pelota. Vivimos en un país donde ponerse de acuerdo parece imposible. Discutimos por política, por música, por quién tiene la mejor comida, por si la Ciudad de México representa o no al resto del país. Nos separan las clases sociales, los estados, las ideologías y hasta los equipos de futbol. Sin embargo, durante unas semanas del verano de 2026 ocurrió algo que parecía improbable: millones de personas veían el Mundial.
Hace unas semanas, DOMINGA contó cómo el Ángel de la Independencia volvió a convertirse en el punto de encuentro de miles de personas durante el triunfo de México sobre Corea del Sur, recuperando una estampa que parecía reservada para el Mundial de 1986. Días después, frente a Ecuador, la historia volvió a repetirse. Era la Selección Mexicana, pero también era la posibilidad –aunque fuera efímera– de sentirse parte de algo inmenso. Yo nunca había visto un Mundial así. No porque México organizara por primera vez una Copa del Mundo desde 1986, ni porque la Selección finalmente ilusionara a un país acostumbrado a la decepción. Lo extraordinario fue que el Mundial dejó de pertenecer a los aficionados y se convirtió en una conversación nacional.
Personas que nunca habían visto un partido comenzaron a aprenderse nombres de jugadores. TikTok decidió que todos debíamos saber quién era Gilberto Mora. Instagram se llenó de edits con Raúl Jiménez, memes de Don Memo y videos que explicaban alineaciones como si fueran chismes entre amigos. Por unas semanas, el algoritmo dejó de preguntarnos qué nos interesaba. Asumió que el Mundial nos interesaba a todos y tuvo razón.
Asistí al Ángel de la Independencia para ver el partido entre México y Ecuador convencida de que iba a encontrar una celebración. No estaba preparada para encontrar una ciudad completamente desbordada. Olía a cerveza caliente derramada sobre el pavimento desde horas antes; a espuma de carnaval que flotaba en el aire y se pegaba en la ropa de cualquiera que pasara cerca. A sudor. A humo de los puestos donde los elotes se cocían lentamente. Y, hacia la tarde, también empezó a oler a orines. La ciudad olía a fiesta.
Paseo de la Reforma parecía una corriente humana que desembocaba en el Ángel. Cada banqueta estaba ocupada. Los camellones habían desaparecido bajo una alfombra de personas vestidas de verde. Había niños sobre los hombros de sus papás, adolescentes con la cara pintada, señores cargando hieleras, grupos enteros envueltos en la bandera mexicana como si fuera una capa. Sonaban tambores, trompetas, vendedores ofreciendo cervezas cada cinco pasos y desconocidos abrazándose antes de que el partido siquiera comenzara.
Era imposible no contagiarse. Había algo profundamente hermoso en ver a tanta gente sonriendo al mismo tiempo. Durante unos minutos pensé que quizá eso era el patriotismo. Nada de los discursos oficiales ni las ceremonias cívicas que uno aprende en la primaria, sino esa capacidad tan extraña de alegrarte por personas que no conoces únicamente porque nacieron en el mismo país que tú. Entonces la multitud se convirtió en una pared y avanzar empezó a ser difícil. Después, imposible.
No había espacio entre un cuerpo y otro. Ya no sabías quién empujaba a quién porque el movimiento venía de todos lados al mismo tiempo. Levantar un brazo costaba trabajo. Respirar también. Nos miramos todos y entendimos que ya no la estábamos pasando bien. Nos fuimos. Terminamos afuera de un restaurante viendo el partido en una pantalla colocada junto a la entrada. Poco a poco comenzaron a llegar más personas. Eran los mismos desertores del Ángel. Cuando terminó el partido, caminamos por Insurgentes para regresar a nuestras casas. Entonces entendí que el partido apenas estaba empezando.
Internet llevó el futbol a la conversación de todos
La ciudad había cambiado de centro de gravedad; todos querían llegar al Ángel. Los coches avanzaban ondeando banderas gigantes. Los cláxones se volvieron parte del festejo. Había espuma volando de un lado a otro, bengalas pintando el cielo de rojo y bocinas que parecían competir para ver cuál lograba tocar La Chona más fuerte. La ciudad entera estaba despierta; jamás había visto algo igual. Quizá por eso este Mundial fue distinto. Porque internet hizo lo que antes parecía imposible: convirtió el futbol en una conversación de todos.
Lorena tiene 21 años y nunca había seguido un Mundial. Este sí. Y recordó la razón, recordó los memes, los edits y los videos que aparecían una y otra vez en todas sus redes sociales. Era imposible mantenerse al margen.
Fátima, de 22 años, ni siquiera vio todos los partidos. Aun así, sabía perfectamente qué estaba pasando porque el algoritmo se encargó de mantenerla informada. “Yo sí me enteraba de las cosas aunque nunca vi los partidos", me contó.
Creo que ambas representan mejor que nadie lo que ocurrió. Este fue el primer Mundial que no necesitó aficionados para convertirse en un fenómeno. Nos encontró a todos e hizo que volviéramos a disfrutar la posibilidad de emocionarnos juntos. En un país acostumbrado a despertarse con noticias de fosas clandestinas, desapariciones, violencia y corrupción, durante unas semanas el tema de conversación dejó de ser el horror cotidiano.
Por un momento discutimos alineaciones en lugar de cifras de homicidios. Nos aprendimos el nombre de un adolescente que debutó con la Selección mientras seguíamos olvidando los nombres de miles de personas que siguen sin regresar a casa. Y ahí, comenzó a incomodarme el Mundial. Mientras todos mirábamos hacia la cancha, había otras historias ocurriendo apenas unos metros más allá del Ángel. Historias que casi nadie quería mirar.
Si somos capaces de organizar la fiesta más grande que he visto en mi vida, ¿por qué nos cuesta tanto reunirnos cuando lo que está en juego no es un partido, sino el propio país? Hay una fotografía que no puedo sacarme de la cabeza. Un grupo de aficionados cubriéndose de la lluvia con una lona de las madres buscadoras. Mientras unos buscaban refugio del agua, otras llevan años buscando a sus hijos.
Durante semanas escuché la misma frase repetirse una y otra vez. “Qué bonito ver a México unido”. Y sí, era imposible no emocionarse al ver a cientos de miles de personas abrazarse con desconocidos. Había algo profundamente conmovedor en descubrir que todavía existían acontecimientos capaces de sacar a un país entero de su rutina. Fátima dijo: “El futbol deja ver lo mejor y lo peor de una sociedad”.
En el Ángel convivían dos países. Uno era el de la solidaridad espontánea: personas compartiendo agua, cargando niños ajenos para que alcanzaran a ver las pantallas, abrazando a desconocidos después de un gol, cantando el Himno Nacional con una emoción que hacía mucho no se escuchaba. El otro era el país que empujaba hasta dejar sin aire al de enfrente. El que rompía vidrios porque sí. El que orinaba sobre los monumentos. El que dejaba montañas de basura para que alguien más las recogiera al día siguiente. El que convertía la euforia en permiso para hacer cualquier cosa.
Las fiestas también dicen quiénes somos
Cada vez que una marcha feminista pinta un monumento, rompe un vidrio o bloquea una avenida, aparecen miles de voces diciendo exactamente lo mismo. “Ésas no son las formas”, “Están destruyendo la ciudad”, “¿Quién va a limpiar todo eso?”. Es un discurso que conocemos de memoria. Lo hemos escuchado cuando marchan estudiantes, colectivos ambientalistas, trabajadores o madres buscadoras. Siempre hay alguien dispuesto a recordar que la ciudad merece respeto.
Pero durante el Mundial nadie hizo esas preguntas. Al día siguiente de cada partido, Reforma amaneció cubierta de botellas, latas, espuma seca, cristales rotos y el olor penetrante de la cerveza mezclada con orina bajo el sol de la mañana. Personal de limpieza contó que nunca había visto semejante cantidad de desechos y que, aun así, tendrían que dejar la avenida lista otra vez antes del amanecer.
Las estaciones del Metrobús terminaron protegidas con tablas para evitar más daños. Comercios cerraron después de que sus ventanas fueran destruidas. Hubo personas lesionadas por las aglomeraciones y otras murieron. Sin embargo, muy pocas veces escuché decir que “no eran las formas”. La tolerancia al desorden depende, muchas veces, de quién lo provoque.
Quizá por eso el Mundial terminó dejándome una sensación tan extraña. Yo también grité los goles y caminé por Reforma con una sonrisa. También me emocioné viendo a desconocidos abrazarse como si fueran amigos de toda la vida. Lo que me cuesta entender es por qué esa capacidad de organizarnos aparece tan pocas veces cuando el motivo no es una celebración.
Celebrar siempre será más fácil que recordar. Un gol no exige nada; buscar a un desaparecido sí. Durante un mes, México volvió a creer en sí mismo. Descubrió que todavía podía reunirse, cantar, abrazarse y ocupar el espacio público con una alegría que parecía olvidada. Ojalá algún día aprendamos a reunirnos con esa misma fuerza cuando lo que haya que defender no sea una portería, sino la vida. Porque el Mundial terminó. Los desaparecidos siguen faltando.
EHR