• Nudos: taller literario en Guadalajara que da voz a mentes neurodivergentes que buscan ser entendidas

Nudos nació de una incomodidad y de un diagnóstico. Su coordinadora, Hilda Elizabeth Cárdenas Amézquita, fue diagnosticada con autismo, que la impulsó a comenzar el taller

Teresa Sánchez Vilches
Guadalajara /

Hay un café en el centro de Guadalajara donde los sábados el reloj se vuelve una sugerencia y no una orden. Las sillas no combinan, las tazas se enfrían a medias y los cuadernos aparecen como objetos que alguien olvidó sobre la mesa. Ahí sucede el taller Nudos. 

No empieza a una hora precisa porque casi nadie llega puntual y eso, lejos de ser una falla, es una condición compartida. El tiempo, para muchos de quienes asisten, no es una línea sino una madeja. Se entra cuando se puede. Se habla cuando se puede. Se escribe cuando algo empuja desde adentro, pudo atestiguar MILENIO.

Nudos nació de una incomodidad y de un diagnóstico. Su coordinadora, Hilda Elizabeth Cárdenas Amézquita, llevaba años asistiendo a talleres de escritura generales, esos donde la corrección gramatical pesa más que las emociones de quien escribe y donde la lectura pública puede convertirse en una competencia de la que nadie habla. Le gustaban algunas cosas, otras no. Había acumulado la experiencia suficiente para reconocer qué la expulsaba y qué la convocaba.

En medio de ese proceso llegó, a los 36 años, un diagnóstico tardío de autismo. No fue una revelación mística sino una llave. Hasta entonces había querido crear un espacio parecido, pero algo la detenía. Le incomodaba la idea de “dar voz”. Con el diagnóstico dejó de preguntarse si tenía derecho. Pensó en comunidad. Hizo preguntas sueltas entre conocidos, tanteó intereses, dejó que la idea se anudara sola. Tres años después comenzó el taller.

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¿Cuál es el origen de nudos?

El nombre no es un recurso literario sino una obsesión antigua. Durante mucho tiempo creyó que los nudos eran un invento humano. Luego descubrió que el primer nudo es natural: ramas que se enroscan, fibras que se trenzan sin intención. El hombre, entendió, solo complejizó algo que ya existía. El nudo es la forma torcida de la materia, su resistencia a la línea recta. También es un gesto repetido con las manos.

De niña hacía nudos en las barbitas de las cobijas y la regañaban. Hoy reconoce ese impulso como stimming, ese movimiento manual que muchas personas neurodivergentes usan para regular ansiedad, pensamiento y sensación. Doblar la bolsa vacía de unas papas hasta convertirla en un nudo es una forma de ordenar lo que no se deja ordenar con palabras. Nudos, entonces, no es una metáfora elegante. Es una biografía condensada.

Hilda Elizabeth Cárdenas Amézquita, impulsora de la iniciativa, llevaba años asistiendo a talleres de escritura generales (Foto: Cortesía)

El taller está dirigido a personas neurodivergentes, un término que comenzó ligado al autismo y que con el tiempo se amplió hacia trastornos de atención, trastornos límite de la personalidad, trastornos de la conducta alimentaria, enfermedades crónicas y condiciones que comparten una experiencia común: la de haber sido etiquetadas, medicalizadas, empujadas a una normalidad ajena.

La palabra no es solo descriptiva, es política. Nombra una diferencia sin convertirla en déficit. La exclusividad del taller no responde a una idea de cierre sino de pertenencia. La inclusión, dice la también psicóloga de profesión, suele ser superficial: un gesto amable que exige máscara. Aquí no se busca ser aceptado sino habitar un lugar que no obliga a actuar.

Quien imagina un taller literario convencional se equivoca de escena. No hay correcciones ortográficas obligatorias ni una jerarquía basada en técnica. La experiencia precede a la forma. Lo que se escribe no se pule para exhibirse sino para compartirse. Los textos pueden tener faltas de ortografía y aun así ser necesarios. La violencia que ella vivió en otros talleres, esa competencia tácita por la mejor frase o la idea más brillante, se disuelve en un acuerdo implícito. Nadie compite porque nadie puede escribir desde la experiencia de otro.

¿Cómo se desarrolla el club literario?

Cada sábado el ritual se repite con variaciones. Llegan tarde. Se sientan. Se leen autores y autoras neurodivergentes que ella selecciona con semanas de anticipación. Un capítulo, a veces un libro completo. Conversan sobre lo leído, buscan coincidencias con su propia vida, diferencias, incomodidades. Las experiencias personales aparecen sin pedir turno. Ella intenta que no se desborden, pero sabe que sin esa irrupción no habría escritura. Luego vienen los textos de los participantes, escritos bajo una consigna que surge días antes, afinada por el clima del grupo y por el libro que los acompaña. Se leen en voz alta cuando alguien quiere. Nadie está obligado. Aparecen internamientos, intentos de suicidio, abortos y violencias familiares, escolares y psiquiátricas. No como espectáculo sino como materia de lenguaje. El grupo escucha. Opina. Sostiene.

Con los años comenzaron a reconocerse estilos. Hay quien escribe con una poesía que parece respiración y quien narra como si levantara un informe de sí mismo. Hay voces racionales, otras contradictorias, otras que abrazan la paradoja. Se dicen entre ellos que sigan por ahí, que vuelvan a ese tema. La cifra creció: seis en la primera edición, ocho en la segunda, ahora entre doce y catorce. El taller se realiza una vez al año, en diez sesiones de dos horas. Hilda intentó hacerlo semestral, pero la intensidad la sobrepasó. Escuchar historias ajenas exige una energía que no siempre se recupera rápido.

La diferencia entre escribir para uno mismo y escribir para otros se nota en la constancia. Muchas personas neurodivergentes postergan. Un texto privado puede quedarse en fragmento. Cuando se sabe que habrá lectura aparece una presión suave que empuja a terminar. Aun así, en el taller un texto inconcluso puede funcionar como completo. No hay un formato obligatorio. Hay una necesidad de ser oído.

Reconocimiento a distancia

Las violencias que emergen no son abstractas. Son intrafamiliares, escolares, laborales e institucionales. Curiosamente, casi no aparecen conflictos entre pares. Quizá porque el reconocimiento mutuo genera distancia respetuosa. En el acto de escribir, los participantes descubren algo elemental: poder nombrar sin que otro nombre por ellos. Decir “esto fue violencia” modifica la experiencia. Reivindican expresiones que antes les dijeron que estaban mal: no mirar a los ojos, moverse en la silla, necesitar silencio. El lenguaje escrito se vuelve un territorio donde borrar no tiene consecuencias. La ficción les cuesta más. Predomina la autoficción, la crónica, el sueño y la escritura libre. El yo aparece no como egocentrismo sino como territorio explorado por primera vez, y con permiso.

Llegan con miedo a ser juzgados. Posturas rígidas, cuerpos contenidos. Con el paso de las sesiones comienzan los movimientos involuntarios, el pie que se agita, los dedos que buscan un borde. Se cae la idea de la locura. La normalidad cambia de lugar. Hay momentos que condensan esa transformación. Conversaciones abiertas sobre dosis de medicamentos, nombres de fármacos pronunciados sin vergüenza. Lo que afuera se oculta, ahí se nombra sin ceremonia.

Las transformaciones no siempre son visibles, pero existen. Participantes que llegaron recién dados de alta de internamientos aprenden a reconocer señales propias: cuándo una psicosis se asoma, cuándo un bajón se aproxima. No es terapia, pero algo se ordena. Para Hilda, la escritura funciona como un doble mecanismo: orden de ideas y desahogo emocional. También es una herramienta política cuando se comparte. Hay sensaciones que el lenguaje apenas alcanza, como la desrealización, ese salir del propio cuerpo sin moverse. Escribirlas no las resuelve, pero las vuelve menos solitarias.

La inclusión, dice la también psicóloga de profesión, suele ser superficial: un gesto amable que exige máscara (Foto: Cortesía)

Los vínculos que se forman no siempre derivan en amistades clásicas. Son colaboraciones, apoyos prácticos, un aventón en coche, una invitación a un proyecto. Solidaridad sin etiqueta. En una ciudad grande, donde los espacios seguros para personas neurodivergentes son escasos —casi nulos—, Nudos funciona como un punto medio geográfico y emocional. Hilda vive en Tonalá y se desplaza al centro porque ahí confluyen más rutas. Sabe que harían falta talleres en las periferias, donde la violencia se normaliza y no se nombra. Ha recibido solicitudes para abrir espacios en línea desde Tepatitlán y desde la Ciudad de México. El interés crece despacio.

La escritura ayuda a dejar la carga de la etiqueta

¿Qué hace la escritura con una mente etiquetada toda la vida? Modifica la etiqueta hasta convertirla en explicación y no en carga. ¿Qué ocurre cuando alguien encuentra la palabra exacta para una sensación antigua? Primero desconcierto, luego curiosidad por quien la escribió, finalmente la certeza de no estar solo. Si el taller desapareciera, dice, la ciudad perdería una oportunidad de resignificar lo que se vive en silencio. No porque el espacio sea seguro por decreto, sino porque quienes lo habitan lo vuelven seguro. Ahí alguien puede decir que no quería levantarse esa mañana o que pensó en morirse y recibir preguntas en lugar de condenas.

Ella llegó a la escritura hace una década, con la intención inicial de estudiar filosofía y letras, y terminó en psicología. Tiene un libro publicado, un blog y colabora en una revista de ensayo. Escribir le dio algo que no tenía: una medida de valor que venía de la lectura de otros. Para quienes comparten su condición, lo más difícil no es la diferencia sino la exigencia de disimularla. Empatar ritmos ajenos cansa. Aceptar que nadie se despierta queriendo estar mal podría ser un punto de partida social más honesto que cualquier campaña de sensibilización.

Nudos que conectan a quiénes perciben el mundo diferente

La palabra que atraviesa todo esto, neurodivergencia, nombra a quienes piensan, sienten o perciben el mundo de una forma distinta a lo que la sociedad llama norma. No necesariamente habla de enfermedad ni de incapacidad, sino de otras maneras de aprender, procesar y estar. El término nació ligado al autismo y con los años se extendió hacia condiciones como el Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad, la dislexia o experiencias de salud mental históricamente estigmatizadas. Más que una categoría clínica, es una forma de decir que no todos los cerebros funcionan igual y que esa diferencia no tendría por qué convertirse en desventaja.

En ese marco, Nudos funciona como algo más que un taller literario. Se imparte de manera presencial en el Café Cali Catrina, ubicado en la calle Ghilardi 82, en la colonia Americana de Guadalajara, y se realiza una vez al año en un ciclo de diez sesiones de dos horas cada una. El costo del ciclo completo es de mil 200 pesos y las personas pueden integrarse incluso después de iniciado, porque el énfasis no está en la secuencia académica sino en la comunidad. Para mayores informes o inscripciones, se puede contactar a Hilda Elizabeth Cárdenas Amézquita al teléfono 33 3505 5151 o al correo electrónico nohildacardenas4@gmail.com.

JVO

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