Todas las mañanas, cuando el sol aún se asoma tímido sobre la Laguna del Carpintero de Tampico, Pablo llega al mismo lugar. Se sienta en la misma banca, pone su grabadora de mano, selecciona sus canciones favoritas y espera.
No pasa mucho tiempo antes de que las hojas de los árboles cercanos comienzan a moverse con ese característico sonido seco. Entonces aparece él: Kevin.
Kevin no es un perro, ni un gato, ni siquiera una mascota convencional. Kevin es una iguana. Un reptil silvestre que, contra todo pronóstico, ha formado una de las amistades más peculiares y tiernas de Tampico.
¿Cómo comenzó la historia de Kevin?
Todo comenzó hace varios años, cuando Pablo, un hombre con un profundo amor por la naturaleza y los animales silvestres, empezó a alimentar a un pequeño ejemplar de iguana que apenas se asomaba entre la vegetación.
Lo que empezó como un gesto ocasional se convirtió en una rutina diaria. Hoy, Kevin ya no es aquella pequeña lagartija; es un ejemplar adulto que reconoce perfectamente a su amigo humano.
“Como si fuera domesticado”, cuenta Pablo con una sonrisa. En cuanto se sienta en la banca, Kevin baja de los árboles con sorprendente rapidez y se acerca sin temor. Pablo le ofrece fruta, principalmente mango, que se ha convertido en el platillo favorito de su amigo de sangre fría.
La escena ya es habitual para quienes frecuentan la laguna: un hombre escuchando música, una iguana comiendo tranquilamente a su lado y una paz que parece sacada de un documental. Entre ambos se ha forjado un vínculo que trasciende las barreras naturales entre especies.
Las anécdotas de Pablo y Kevin
Pero como en toda buena amistad, también hay anécdotas divertidas. Pablo solía llevar galletas para Kevin, hasta que descubrió que si el reptil se tardaba más de la cuenta, las galletas terminaban en su propia boca. “Me da antojo y me las como”, confiesa entre risas. Desde entonces, el menú se ha vuelto más tradicional: mango y otras frutas frescas.
Una amistad que sorprende a visitantes
Esta relación tan singular ha llamado la atención de paseantes y visitantes de la Laguna del Carpintero, que no dejan de sorprenderse al ver a la iguana interactuando con tanta confianza con un humano.
Para Pablo, Kevin no es solo un animal silvestre; es su pequeño amigo, una compañía silenciosa pero fiel en sus mañanas junto al agua.
En un mundo donde las conexiones parecen cada vez más digitales y complicadas, la historia de Pablo y Kevin recuerda que la amistad puede surgir en los lugares más inesperados: entre una banca de parque, una grabadora vieja y un reptil que decidió confiar en un hombre.
SJHN