¿Qué imagen mental viene a nuestra mente cuando alguien menciona la palabra espiritualidad? Para unos será la de la señora que asiste a la iglesia un domingo por la mañana; para otros la de un joven que va a que le lean las cartas; uno más podría ser la chica que consulta su horóscopo, pero habrá para quienes las tres imágenes coexistan en una sola forma de creer donde no hay contradicción.
Esto no es de extrañar. Pese a que México es un país católico, donde millones se identifican con este credo, al mismo tiempo incorporan a su vida cotidiana prácticas que van de la oración a las limpias, de los cuarzos a la meditación. Este fenómeno tiene nombre: es el sincretismo religioso, la combinación de distintas teorías, actitudes u opiniones. En otras palabras, es la capacidad de mezclar creencias sin sentir que se traiciona ninguna.
Para esta Semana Santa, MILENIO consultó al especialista en pluralismo religioso, Felipe Gaytán, quien explicó por qué la fe en México siempre ha sido múltiple, qué nos dice la sociología sobre esta forma de creer y qué tan profundas son sus raíces.
Creer sin pertenecer
En entrevista para MILENIO, Felipe Gaytán Alcalá, sociólogo especialista en pluralismo religioso del Colegio de México y miembro del Sistema Nacional de Investigadores, propone explicar este fenómeno a partir de tres dimensiones del hecho religioso: la creencia, la práctica y la pertenencia. Sin embargo, aclara que no siempre van de la mano.
La distinción de estos aspectos permite separar el ser católico de practicar el catolicismo. El primero implica adoptar los preceptos de la Iglesia; en cambio, la práctica del catolicismo se refiere a una forma de vivir la fe en la que la persona se apropia de sus símbolos en el día a día, haciéndolos suyos a partir de la mezcla con otros elementos:
"Hay católicos que se dicen católicos, pero solamente por pertenencia", explica Gaytán. "Ser católico implicaría llevar todos los principios de la doctrina; el catolicismo, en cambio, es esta forma de practicar en la cotidianidad donde puedes incorporar muchas cosas".
Lo que ha cambiado en las últimas décadas no es la fe en sí, sino su forma de ejercerse. Gaytán llama a este proceso “el vaciamiento de lo religioso”: la práctica y la creencia ya no pasan necesariamente por pertenecer a una institución.
"Yo puedo tener una comunicación con Dios sin ninguna mediación [...] Entonces, la gente sigue creyendo en cuestiones energéticas, en mil cosas, pero ya no le pertenece a algo. ", señala el especialista.
Los números del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi) confirman esta tendencia. En 2010, el 82.7 por ciento de la población mexicana se declaraba católica; en cambio, para 2020, esa cifra bajó a 77.7 por ciento.
Sin embargo, el segmento que declaró no tener ninguna religión, alrededor de 9.5 millones de personas, no equivale necesariamente a ateísmo o siquiera agnosticismo. A esto se suma que al menos 3.1 millones de mexicanos se reconocen como creyentes, pero sin adscribirse a ninguna iglesia. Visto de otro modo: 10.6 por ciento de la población no forma parte de ninguna institución religiosa.
Pese a un evidente declive del catolicismo en el país, este sigue firme y presente. Pero Gaytán advierte que “los censos registran la pertenencia religiosa, pero no la creencia ni la práctica”. Es decir, incluso entre quienes se identifican como católicos, la mezcla es más común de lo que parece.
Según la última encuesta de la Red de Investigadores del Fenómeno Religioso en México, realizada en 2016, 14.3 por ciento de los católicos también cree en los ángeles como práctica paralela, 12.9 por ciento en la brujería, 6.8 por ciento en las energías y 5 por ciento en las enseñanzas del yoga.
Dos formas de mezclar la fe
El sincretismo no tiene un solo rostro. Es múltiple. Para Felipe Gaytán existe una división en dos partes bastante clara. Una que denomina sincretismo del catolicismo popular o la religión vivida y otra que identifica como el sincretismo de la nebulosa esotérica. Cada uno parte del mismo hecho, la mezcla de visiones del mundo, pero con un enfoque que responde al lugar en que toma forma.
De acuerdo con el trabajo académico del especialista, la religiosidad popular incorpora creencias que no encajan con los cánones eclesiásticos, pero que les permiten a los creyentes dar sentido a una necesidad y a los problemas que enfrentan.
Como parte de su caracterización, puntualizó que “esa religión popular viene desde la parte más mágica”; con ello se refiere a “creer que la intervención directa del culto, en este caso la imagen, el icono y todo lo demás, está presente en tu vida cotidiana”. Asimismo, su punto de partida es “pensar que colectivamente podemos solicitar la fuerza de lo sagrado”.
Entre los ejemplos propios de esta vertiente se encuentra el culto a San Judas Tadeo y el de la Santa Muerte, que es "muy popular en muchos sectores, no necesariamente en los márgenes". También el culto al Niño Pa en Xochimilco, en la Ciudad de México. Incluso mencionó un fenómeno que actualmente estudia: el angelito negro, que es el diablo vestido de charro o de vaquero.
La segunda vertiente es lo que los investigadores denominan la nebulosa esotérica, un sincretismo que se inclina más al individualismo; es energético y orientado hacia adentro. Aquí no se busca la intervención de un ente externo, sino la conexión con el propio interior. El yoga, la meditación, los cuarzos, los ángeles, el tarot y hasta la literatura de superación personal y el coaching forman parte de este universo.
“No necesariamente las respuestas o la forma en que tú estás buscando un sentido a la vida está en pedirle a un ente externo, sino en buscar en tu propio interior”, explica el doctor.
Según el Pew Research Center, que en 2024 consultó a más de 6 mil 200 adultos en seis países de América Latina, la fe en México sigue siendo relevante.
Pongamos un ejemplo. Entre los mil 042 mexicanos encuestados, el 61% de quienes no tienen afiliación religiosa afirmó creer en algo espiritual más allá del mundo material. El dato refuerza una idea clave: alejarse de la Iglesia católica no necesariamente implica dejar de creer.
Esto se entiende mejor a partir de lo que en ciencias sociales se conoce como secularización. Más que una desaparición de la religión, se trata, como explica Matthew Blanton, de la Universidad de Texas en Austin en uno de sus artículos, de “la erosión de la autoridad religiosa más que de la religión en sí”, un proceso que no elimina la creencia, sino que la vuelve más autónoma.
En ese contexto, la fe deja de pasar necesariamente por las instituciones y se abre a múltiples formas de expresión. A ello se suma una creciente diversidad en la oferta religiosa que, como señala el sociólogo Felipe Gaytán Alcalá, permite a las personas “experimentar otras formas, no solamente cristianas, sino de cualquier signo, incluso espirituales o chamánicas”.
Todavía estamos en Nepantla
Este sincretismo no nació hoy ni es exclusivo de la modernidad. Sus raíces se remontan a más de quinientos años atrás.
“No es un fenómeno nuevo [...] todo el tiempo en este país, desde su historia, se ha dado la religiosidad popular”, explicó el sociólogo.
El historiador Jean-Pierre Bastian, en su libro La mutación religiosa en América Latina, señaló que la región fue tierra de una "neocristiandad" que toleró desde el inicio una multitud de manifestaciones religiosas sincréticas.
El catolicismo que llegó con los españoles no borró a las deidades del sol, la luna y la agricultura; las encubrió y absorbió. El resultado fue una creencia fecundada por la riqueza simbólica de las civilizaciones prehispánicas.
Un episodio que es adecuado traer a la memoria para ilustrar este hecho es el que narra el fraile dominico Diego Durán, que documentó su labor evangelizadora durante el siglo XVI en la Nueva España. En una de sus crónicas, capturó el concepto de Nepantla, un vocablo náhuatl que significa “estar en medio”.
El contexto en que dicha palabra aparece es uno en el que el español reprende a un nativo que celebraba una boda, una celebración donde los viejos ídolos que el cristianismo había sustituido seguían presentes; ante esto, el hombre respondió: “Padre, no te espantes, pues todavía estamos en nepantla”. El indígena había adoptado la fe cristiana, pero no había abandonado sus costumbres. Vivía en el centro, entre lo nuevo y lo propio:
“Me dijo que, como no estaban bien arraigados en la fe, que no me espantase, de manera que aún estaban neutros, que ni bien acudían a una ley ni a la otra, o, por mejor decir, que creían en Dios y que juntamente acudían a sus costumbres antiguas y ritos del demonio.” Escribió Durán.
En ese sentido, la persona que va a misa el domingo y al tarotista el martes es heredera y continuación viva de una tradición larguísima. Como el indígena que le habló a Durán, vive entre mundos sin que eso le genere conflicto alguno. Todavía estamos en Nepantla.
La paradoja del catolicismo
Con nuevas creencias impulsadas por un mercado religioso cada vez más diverso y una tradición que tiende naturalmente a la mezcla, surge la pregunta: ¿qué lugar ocupa hoy la Iglesia católica? Para Gaytán, la respuesta es clara: la institución mantiene un papel relevante “al articular o, al menos, darle sentido a las creencias”.
Sin embargo, ese rol enfrenta tensiones. Tras más de dos mil años como eje organizador de la vida religiosa, la Iglesia se encuentra ante el reto de responder a las necesidades actuales de sus fieles.
Durante el pontificado del papa Francisco se impulsaron temas como la justicia social y la atención a grupos vulnerables, pero, según Gaytán, persiste un distanciamiento en asuntos que muchos consideran centrales, como la vida, la familia y el cuerpo.
“En esta parte sobre la interrupción del embarazo, es un tema que ellos no van a tocar; el reconocimiento de la diversidad sexogenérica les cuesta mucho trabajo y el tema de la familia, por supuesto que no lo van a aceptar. […] Es una cuestión de preceptos ideológicos”, señala.
Un análisis comparativo de los censos del Inegi de 2000, 2010 y 2020, realizado por Gaytán junto con el economista Andrade Rosas, muestra que son las mujeres quienes más se alejan de la catolicidad. El porcentaje de mujeres católicas menores de 40 años disminuyó 14 puntos en ese periodo, mientras que en los hombres la caída fue de 12.
En entrevista, detalló que el grupo que más abandona la Iglesia se concentra entre los 20 y 35 años, en buena medida por su postura frente al aborto, pero también por temas como los anticonceptivos y los escándalos de abuso sexual. El fenómeno, además, se proyecta hacia el futuro:
“Y algo que encontramos en los censos es que la mayor parte de la gente, de los niños entre 1 y 15 años, ya no se registran como católicos. Y alguien diría: ¿Pero por qué ellos no responden? Lo que responden son sus madres. Y ya no los insertan.” Abundó.
En medio de la polémica, ocurre algo interesante. Mientras la institución enfrenta dificultades para atraer a nuevas generaciones, los símbolos del catolicismo mantienen una fuerte presencia cultural. Como apunta Gaytán, existe un “revival” de la estética católica entre jóvenes que no necesariamente se identifican con la Iglesia.
La cantante española Rosalía es un ejemplo. En noviembre de 2025 lanzó su disco LUX, un álbum cargado de mística femenina, referencias a santas, iconografía mariana y alusiones a lo sagrado. Una obra artística que miles de jóvenes consumen y reproducen sin pisar una iglesia.
Por ello concluye: "Lo que no veo es una pérdida de la catolicidad en términos de sus creencias y sus prácticas”, dice Gaytán. "Esa es la gran paradoja."
¿Religión verdadera?
¿Y por qué la religión, en sus distintas formas, sigue siendo tan relevante? El investigador identifica tres razones. La primera es existencial: frente a las grandes preguntas de la vida y la muerte, la razón no alcanza sola.
La segunda tiene que ver con la incertidumbre. En un mundo marcado por pandemias, inseguridad y sucesos a escala mundial como guerras y crisis, la fe ofrece una pequeña certeza a una realidad que parece inestable.
La tercera recupera el sentido más antiguo de la palabra. Religión viene del latín religare: volver a unir. En tiempos de fragmentación y polarización, la gente busca, en la espiritualidad, una forma de conectar con los demás.
“Estamos viviendo un tema de fragmentación, de una polarización; entonces, lo que hacen algunos grupos, no las grandes iglesias, algunos grupos, es volver a ligarse. Vuelven a buscar en el tema de la fe o de la creencia, cualquiera que sea esta, tener un sentido colectivo [...] Es gente que busca tener la conexión con el otro.”
Las tres razones que expuso el doctor Gaytán me hacen pensar que, sin importar el credo, quizás el motivo por el que este fenómeno ha sobrevivido generaciones y a diversas geografías es porque esperamos que lo que creemos nos salve, ya sea de la soledad, del mundo o de la muerte.
A la vez, me remiten a las palabras que el escritor español Miguel de Unamuno hizo pronunciar a uno de sus personajes, que “Todas las religiones son verdaderas en cuanto hacen vivir espiritualmente a los pueblos que las profesan”, y que “para cada pueblo la religión más verdadera es la suya, la que le ha hecho”.
No es una mala definición para un país que lleva cinco siglos creyendo en todo a la vez. Yo me adhiero, pese a no creer en ningún Dios, a pensar que la fe más verdadera es la que México ha confeccionado a su medida.
AH