Ubicado entre las vías del tren y la colonia Americana en Guadalajara, conocida por su plusvalía, vida cultural y nocturna, se encuentra Pueblo Quieto, un asentamiento irregular que ha sido escenario de violencia, marginación y abandono institucional, y hoy se encuentra en el camino de su desaparición.
La próxima construcción del Tren Interurbano que conectará a Guadalajara con Ciudad de México y Guanajuato acelera el desplazamiento de quienes habitan la zona, ubicada entre las avenidas Inglaterra y Niños Héroes, para la liberación del derecho de vía, un espacio que legalmente pertenece a la Federación.
Se trata de familias en situación de pobreza, quienes viven en casas de plástico, madera y cartón.
Poco a poco comienzan a dejar el área, considerada una de las más conflictivas de la capital jalisciense, en búsqueda de su lugar en la ciudad.
Tres décadas de abandono
El origen de Pueblo Quieto responde a un proceso histórico de urbanización informal que se repite en distintas ciudades del país.
“Estamos hablando de hace 30 años, más de 30 años; la gente poco a poco empieza a hacer esta aglomeración urbana que no es nueva”, explica el investigador de la Universidad de Guadalajara, David Coronado.
“Este tipo de urbanización no es nuevo; de repente, en los lechos de los ríos, la gente llega, empieza a hacer sus pequeñas casas con artículos precarios y empieza a habitar esos espacios”.
En el caso de Pueblo Quieto, se trata principalmente de personas en tránsito que, con el tiempo, fueron asentándose junto a la vía ferroviaria. Con el paso de los años, ese asentamiento creció y se densificó, generando redes internas entre quienes llevan décadas viviendo ahí y quienes llegaron recientemente, en un espacio pequeño pero altamente poblado.
Vulnerabilidad y percepción de inseguridad
La precariedad, la ausencia de servicios y la falta de definición jurídica del espacio han convertido a Pueblo Quieto en un punto de alta vulnerabilidad.
La percepción de inseguridad se ha construido con el paso del tiempo y, de acuerdo con Coronado, no es del todo infundada.
“Esta percepción de inseguridad sí tiene relación real con lo que pasa por las noches; ahí pasa cualquier tipo de cosas”, señala el especialista en violencia, tránsito de personas y desarrollo urbano.
Zona de conflicto permanente
En este contexto se han registrado diversos operativos y hechos violentos. Entre ellos, agresiones armadas, detenciones por robo, aseguramiento de drogas y motocicletas, así como intervenciones de autoridades de búsqueda ante la sospecha de fosas clandestinas.
Aunque no siempre se han localizado restos humanos, los aseguramientos de inmuebles y la presencia constante de corporaciones de seguridad han reforzado la imagen de Pueblo Quieto como un foco rojo en el mapa delictivo de Guadalajara.
Casos recientes de violencia y operativos
El 2 de agosto de 2025 fue localizado el cuerpo de un hombre sin vida y con impactos de bala dentro de un tambo. Más tarde se confirmó que se trataba de un elemento activo de la Policía de Guadalajara, quien había regresado recientemente a sus funciones tras una suspensión de 30 días y contaba con antecedentes administrativos y una carpeta de investigación por violencia familiar.
Posteriormente, el 24 de octubre de 2025, policías de Guadalajara, del estado y de la Policía Metropolitana repelieron una agresión a balazos cuando atendían un reporte de robo a un tren de Ferromex sobre la avenida Inglaterra y la calle Lluvia.
Durante el operativo fueron detenidos cinco hombres, de entre 30 y 50 años de edad, y se aseguraron 58 cajas de electrolitos presuntamente robadas.
Ya en 2026, el 26 de enero, un intenso operativo encabezado por distintas corporaciones de seguridad derivó en la detención de siete personas, así como en el aseguramiento de drogas y motocicletas sin documentos.
Agentes investigadores ingresaron a varios domicilios improvisados, señalados como generadores de violencia.
Cuatro días después, el 30 de enero, la Comisión de Búsqueda de Personas y personal forense intervinieron la zona con maquinaria pesada ante la sospecha de fosas clandestinas. Aunque no se localizaron restos humanos, se aseguraron seis inmuebles vinculados a actividades ilícitas.
Más que un problema de seguridad
Para el académico, reducir el problema únicamente a la violencia o a la ilegalidad del asentamiento es una lectura incompleta:
“Son personas, no son solo un problema de seguridad”.
Desde su perspectiva, el mayor riesgo es que un eventual desalojo se realice sin una estrategia integral y termine vulnerando derechos humanos fundamentales.
“Llegan los trascabos, llega la maquinaria, llegan las guardias y fácilmente son desplazables”, advierte, “pero eso mostraría poco aprecio por las personas”.
El reto político: reubicar sin despojar
Coronado sostiene que el nivel político tiene la responsabilidad de “soldar” las fracturas sociales que se generan en espacios como Pueblo Quieto.
“El nivel político es el encargado de soldar estas roturas sociales”.
Considera que el gobierno estatal tiene la posibilidad de convertir el conflicto en una oportunidad: planificar una reubicación gradual, realizar censos que permitan identificar quiénes tienen arraigo en la zona y garantizar acceso a vivienda digna, créditos blandos y servicios básicos.
“Son personas que no han tenido acceso a servicios, a derechos humanos, a prestaciones, a elementos que no han tenido en ningún momento de su vida”.
Dos realidades divididas por las vías
El contraste urbano es inmediato y contundente. A unos cuantos metros, Jardines del Bosque muestra uno de los paisajes más ordenados y simbólicos de la ciudad, con casas de dos y hasta tres niveles, amplias cocheras, calles arboladas y parques consolidados.
En sus accesos destacan esculturas monumentales como “El Pájaro Amarillo” y los Arcos del Milenio, además de edificios religiosos y uno de los hoteles más lujosos de Guadalajara.
Del otro lado del riel
Del otro lado de las vías, la escena cambia radicalmente. Pueblo Quieto carece de alumbrado público, servicios básicos y planeación urbana.
Decenas de personas pernoctan entre cartones, cobijas y estructuras improvisadas, en un espacio de alrededor de 500 metros sin censo oficial.
No es un pueblo y tampoco es quieto: es un territorio marcado por la precariedad y el abandono institucional.
Tensa tranquilidad en Jardines del Bosque
En Jardines del Bosque las mañanas no siempre son tranquilas. Es una colonia que envejeció con sus habitantes, donde persiste una vida barrial que contrasta con la tensión nocturna.
“Es una colonia que se ha ido haciendo de gente mayor, es decir, gente que vivió aquí toda la vida y que aquí sigue”, describe Jorge Ochoa Ruiz, vocal de seguridad del Consejo de Administración de Residentes de Jardines del Bosque A.C.
Convivir con el miedo
Para Ochoa Ruiz, vivir junto a Pueblo Quieto ha significado años de tensión. “Se ha convertido primero en una zona intransitable”. Aunque reconoce que “también hay gente de bien”, sostiene que la configuración del asentamiento facilita dinámicas delictivas.
La colonia cuenta con una patrulla propia, pero con un margen de acción limitado.
“Nuestro marco legal de acción es súper reducido”, explica. Cuando hay resistencia, deben llamar a la Policía Municipal, que —asegura— también está “súper amarrada de manos”.
¿Vulnerabilidad o riesgo?
“El dilema es distinguir entre vulnerabilidad y riesgo. ¿Cómo distingues a un indigente indigente de un indigente delincuente? Es imposible”, resume.
Desde las ventanas, dice, no se ve lo que ocurre dentro del asentamiento, pero sí sus efectos: pasos a desnivel y túneles saturados de personas, percibidos como rutas de escape.
Un conflicto con los días contados
Ante el anuncio del proyecto ferroviario, algunos vecinos consideran que es una oportunidad para intervenir de fondo, aunque ello implique la desaparición del asentamiento.
Mientras tanto, Pueblo Quieto permanece como un espacio de tensión constante: entre legalidad y supervivencia, seguridad pública y derechos humanos, marginalidad y abundancia… pero con los días contados.