Armando González Torres: “Lo fragmentario es un temperamento”

Armando González Torres ha hecho del ensayo y la poesía un sistema de pensamiento en torno a la humanidad y sus entramados individuales y sociales

Armando González Torres
Marcos Daniel Aguilar
Ciudad de México /

Este mexicano, que ha reflexionado sobre la obra de filósofos y escritores de las más disímiles tradiciones, se ha enfocado a imaginar y analizar los absurdos y las contradicciones que las personas son capaces de cometer en diversos ambientes culturales. Es el caso de su más reciente publicación, Es el decir el que decide (Cuadrivio, México, 2016), en el cual echa mano de géneros breves como el aforismo, la prosa poética y la minificción como instrumentos de penetración inmediata para explorar y dar a conocer sus ideas.

¿Cuál es la forma de este nuevo libro?

Se mueve en la zona híbrida de lo que podríamos llamar “escritura a secas”. Es un tipo de imaginación y divertimento textual que no encuentra una clasificación rápida entre los géneros convencionales quizá porque me gusta poner en problemas a mis editores y a los libreros, pues a veces no saben dónde colocarlos, en qué colecciones. Es un libro de prosa fragmentaria que utiliza los más diversos recursos, desde el aforismo hasta el poema en prosa, pasando por el apunte filosófico, el apunte de lectura, la greguería y el gracejo.

¿Cuáles son los temas que elegiste para tratar estos géneros?

Está dividido en seis secciones: “Mundo animal”, sobre la relación ambivalente que tiene el individuo con los animales, que va de la mayor idolatría a ciertas mascotas domésticas, hasta la mayor crueldad hacia ciertas especies. Sobre el arte de la escritura, en donde abundo sobre un tema que he tratado en el ensayo y el aforismo: la naturaleza del acto creativo, la liberación a través del arte pero que también implica vicios que suelen aparecer cuando se liga al mercado y que tiene que ver con el simulacro y la soberbia. Hay otra sección, “La hora de las noticias”, donde analizo la forma en que se banaliza el lenguaje, se narcotiza cuando uno asiste al espectáculo de las noticias por la forma impersonal en que las mayores atrocidades llegan a relatarse. “De mí mismo a los demás” habla de la tendencia a la egolatría, el narcisismo que tanto impulsa la vida moderna con el pretexto de la sociabilidad, particularmente a través de las redes sociales. Al final hay una parte en la que confluyen las otras, “Es el decir el que decide”. Se trata de analizar la posibilidad de restituir el significado a un lenguaje cotidiano tan mediado hoy por la banalidad, y esa restitución se logra mediante la pérdida del sentido lineal, salirse del significado para restituir otro significado. Lo que hacen, precisamente, la poesía, el arte y la creación.

¿De dónde viene este sentido fragmentario?

En el pensamiento fragmentario, lo que llamamos aforismo, hay una confluencia muy peculiar entre lo más antiguo y lo más contemporáneo. El alma del pensamiento está en la escritura fragmentaria pero también en varios aspectos de la vida moderna, como el fin de las grandes ideologías y los grandes sistemas. El declive de esta idea de división estricta de los géneros literarios e incluso de los fenómenos actuales como la tendencia a la constricción que provocan algunas redes sociales como Twitter —con el requisito de los 140 caracteres—, hacen que esta escritura de la brevedad tenga un auge en la vida contemporánea.

¿Qué opinas sobre la minificción, otro género fragmentario, al que hasta hace pocos años se le consideraba menor?

La minificción es un género muy vital, y uno de los géneros más insignes dentro de estos subgéneros. Tiene una virtud: no es un texto inacabado, es un texto íntegro concentrado al máximo. Creo que el auge actual de la minificción corresponde a razones de organización, pero también a que hay un mejor ambiente para la reflexión, no solo para la minificción sino para todo el espectro de la literatura fragmentaria.

Piensas el mundo del siglo XXI desde el escepticismo. ¿Siempre lo has hecho de esta manera o es algo reciente al ver las condiciones actuales?

Hay un temperamento escéptico que es espontáneo y natural a la personalidad, pero se va ratificando en la vida cotidiana, con los absurdos, las contradicciones de la historia, los absurdos de la vida política. Estamos en el siglo XXI, en medio de utopías tecnológicas, digitales, en medio de la incomunicación, la desilusión política, el narcisismo y la explotación de la imagen. La tradición que frecuento te enseña que los problemas, los vicios, las perversiones, se replican a lo largo del tiempo. Estas reflexiones que me planteo sobre la vanidad intelectual o la futilidad de las ambiciones es algo que puedes encontrar en Marco Aurelio, que te dan un sentido del tiempo y de las proporciones que hacen moderar tu tono. Por supuesto, uno tiene que ser muy crítico de su entorno sin histrionismo, y creo que para lo que te sirve la tradición de la lucidez es para matizar tu optimismo tanto como tu pesimismo. Somos propensos a ilusionarnos con diferentes ideas políticas o desarrollos tecnológicos, a pensar que algunos de estos desarrollos van a determinar el fin de la historia. Pero en el otro extremo tendemos a pensar que cada época contemporánea es la peor de la historia. Algo que diluye a la crítica son las generalizaciones, porque al generalizar, al buscar culpables abstractos, lo que haces es diluir responsabilidades y eso es nocivo para la crítica.

¿Cuánto se está escribiendo y reflexionando sobre la historia y sobre el presente?

Creo que hay una extraordinaria vitalidad del pensamiento sobre el presente a pesar de que los incentivos sean todos en contra. Por un lado, en la academia los incentivos están sesgados al no poner al académico en el centro del debate público sino al contrario, a aislarlo y a restringir el espacio de la conversación al espacio de los especialistas, lo cual implica una emasculación en la vida pública. Y por otro lado, en el ámbito más amplio del periodismo, los incentivos que privan van hacia la banalidad, hacia el pensamiento rentable, escenográfico, que no se preocupa tanto por la búsqueda de la verdad como por la búsqueda del impacto. Esto se agrava con la enorme falta de memoria del público. Un intelectual puede incurrir en las mayores contradicciones y será sancionado por el gran público que tiene memoria de teflón. A pesar de estos factores adversos que existen para pensar el presente con equilibrio analítico y responsabilidad, en ambos ámbitos hay muchos académicos que buscan salir al espacio público y traer a la escena los temas de mayor importancia, así como hay intelectuales públicos que más que buscar el aplauso de la gayola indagan con rigor. Incurriría en omisión si menciono a algunos pero ahí están Fernando Escalante, Mauricio Tenorio y Rafael Rojas.

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