Los temas de Armando Joel Dávila (Aramberri, 8 de enero de 1952- Monterrey, 14 de julio de 2015) son variados y llevan a distintos planos, de los paisajes donde se navega en tanta extensión, desde la playa, la ciudad, el pueblo o la evocación de este sitio tan nuestro, de abundancia desértica, lo que se aprecia en su antología “Beber lo invisible. Poesía reunida”, editado por la UANL.
Este volumen está conformado por cinco libros de poesía reunidos por Óscar Efraín Herrera: “A la orilla del sueño”, “El escorial y otros poemas de amor”, “La huella del relámpago”, “La palabra y la herida” y “Beber lo invisible”.
Está presente el amor en todas sus acepciones: viajes a las estrellas, instantes, ausencia, cuerpo, vida, dedicaciones a Laura, en que se intensifica el verso: “Sueño que sueñas arar caminos/ En imprevisibles tierras de lejano tiempo/ Y no hay dominio al sueño que renace/ En intempestivas oleadas de agua suelta” (pág. 13).
Están los lugares de Nuevo León, los momentos del viaje que son capturados para siempre, escenarios de los que pocas veces se atiende a la poesía, como su lugar natal, Aramberri, con rompecabezas de la infancia; o las imágenes de Monterrey, de encuentros simultáneos, huellas.
Están las palabras que se escriben en la soledad, en el diario, y a diario, en cuadernos, con el don de la elegía; utopías del deseo, invocaciones que se abren a la “blanquísima luz” que lo puede iluminar todo.
Volumen de sacrificios, heridas, fracturas de luz, en una poesía completa a la que no le falta un solo destello para emprender el vuelo.
Enseguida tres ejemplos del legado de Armando Joel Dávila del entorno poetizado, ese que nos lleva a los pasajes habituales, áridos, de esos colores que solo se dan aquí, de esa poesía que el autor hizo brotar de esta tierra.
LA SEQUÍA
La sequía impuso sus condiciones a la tierra
Con enormes garfios de viento
Con dardos de acero hirviente
Con heridas fósiles en su espalda
Los reptiles
Suspendidos en el llameante mediodía
Se precipitan sobre sí mismos
El hocico de la sequía
Devoró su cuerpo y dejó la sombra
Petrificó sus movimientos en sueños estériles
En medio de la soledad la danzante arena
Eleva su rito al dios Tláloc
Un árbol estólido espera la resurrección del agua
El desafiante cacto vela sus cuchillos
La roca se desgaja con los colmillos del tiempo
La angustia arroja sus espejos rotos:
Las cenizas de sus entrañas
Erupcionan escenarios de macilentos espejismos.
(Pág. 19)
DESTERRADO DE TU CUERPO
Solo. Convoca al mar,
la fuerza de las olas,
la llanura que esplende
en el reverberar inquieto de la noche.
Siempre el mar respira.
¡Oh, monstruo dormido!
Encierro la efímera espuma
que por el día me abraza
con su música suave,
y por la noche tus labios de sombra
remansan los olvidos
en las espaldas del agua.
(Pág. 81)
EL BOSQUE DE ARAMBERRI
Irás resbalando la mirada
por los turbios vidrios del pasado:
el paisaje seco amarillo
eleva el aullido del invierno.
La llanura pajiza rutinaria
se lamenta hasta un conjunto
de pinos cenicientos
y en el centro
un árbol de amaranto
solloza su queja
–derrotado–.
Cruda naturaleza
asiste y mata
lo que más amamos en la vida
Ese cadáver de brazos extendidos
retiene el ciclo momentáneo de la esperanza
que como trasluz de las estaciones
relampaguea un instante en la marea de los pinos.
(Pág. 109)