DOMINGA.– Es 20 de febrero, sopla el viento y las miradas están puestas en la grúa que, a más de 170 metros de altura, balancea en el aire la última pieza de la cruz de la Torre de Jesucristo, el punto más alto de la Basílica de la Sagrada Familia. Ese último toque, la cereza en este pastel que diseñó Antoni Gaudí, lleva consigo el nombre de un arquitecto mexicano: Mauricio Cortés Sierra.
La Sagrada Familia es una de las obras arquitectónicas más conocidas del mundo, tanto por su estilo modernista, naturalista y gótico, como por ser la construcción que ha estado en marcha por más tiempo; 144 años y aún no hay una fecha exacta para terminarla en su totalidad. Pero en este proceso, lo que ha ocurrido hoy es un hito: las seis torres centrales del templo, incluida la más alta, la Torre de Jesucristo, se han finalizado una tras otra en un periodo de tan sólo cinco años.
Este viernes frío tiene para Barcelona, España, un significado especial, y la gente contiene el aliento mientras la grúa coloca la pieza de cinco metros de altura y 12 toneladas de peso sobre una cruz que ahora ha completado sus seis brazos.
Cuando queda asentada, el júbilo estalla: la Sagrada Familia, el edificio más alto de esta ciudad catalana, la iglesia más alta del mundo, ha alcanzado su punto más elevado. Y Mauricio Cortés Sierra, egresado de la Facultad de Arquitectura de la UNAM y arquitecto responsable del proyecto de los terminales de las torres centrales de la Sagrada Familia –es decir, los puntales de cada torre, incluida esta cruz a 172.5 metros de altura–, ve materializado el proyecto en el que ha trabajado durante los últimos diez años. Tal como lo imaginó Antoni Gaudí.
Mauricio Cortés tiene 50 años, nació en la colonia Roma de lo que entonces llamábamos Distrito Federal, y es parte de la generación marcada por el sismo de 1985. Aunque tenía 10 años, este evento repercutirá en su formación profesional años más tarde, ya que fue el detonador de una nueva conversación entre los arquitectos mexicanos para mejorar el diseño y la construcción en esta urbe con memoria de lago. “Es curioso porque justo estuve recientemente en el estudio del arquitecto Javier Marín, en la Roma, y está muy cerca de la casa donde nací, en la calle Pomona”, explica Mauricio con una sonrisa.
La conversación ocurre el 10 de febrero a 54 metros de altura, sobre las cubiertas de la nave central de la Sagrada Familia, que es donde se han montado las 14 piezas que conforman la cruz de la Torre de Jesucristo. Detrás del mexicano, el brazo superior de la cruz que veremos colocar diez días después –una mole de acero, cerámica esmaltada, onyx blanco y cristal– recibe los últimos acabados. La imagen de la Sagrada Familia alcanzando su punto más alto pronto dará la vuelta al mundo.
De la UNAM a la obra maestra de Antoni Gaudí
Mauricio Cortés estudió Arquitectura en la Universidad Nacional Autónoma de México, la UNAM, “y me gustó mucho”, afirma enfático. Mientras estudiaba, empezó a trabajar en lo suyo: en el despacho de uno de sus tíos; en el Laboratorio de Estructuras y Cubiertas Ligeras de la facultad, y también dando clases de proyectos arquitectónicos para estudiantes de tercer y cuarto semestre de la propia universidad.
“Y es curioso porque, después de algunos años, toda la geometría de la arquitectura de Gaudí en su última etapa, el paraboloide hiperbólico, toda esta geometría curvada, no euclidiana, llegó a México a través de otro arquitecto exiliado de España, Félix Candela”, explica.
La arquitectura de Candela, cuya obra más conocida en México es el Palacio de los Deportes, se caracterizó por el uso de “cascarones”, espacios con amplias líneas curvas –paraboloides, es la palabra técnica– en su estructura: el Pabellón de Rayos Cósmicos de la UNAM, la Parroquia de la Medalla Milagrosa en la colonia Narvarte, o la Capilla de Palmira en Cuernavaca, son algunos ejemplos. “Estos cascarones, con esta geometría que Gaudí había utilizado décadas antes, eran una herencia de Candela; [Fernando] López Carmona, [Juan Antonio] Tonda Magallón, otros arquitectos que fueron sus socios, eran también profesores en la UNAM. López Carmona estaba en el Laboratorio, pero yo trabajaba con otro doctor, [Juan Gerardo] Oliva Salinas, y hacía estas mismas cubiertas, pero de lona tensada”.
Una de esas obras de lona tensada diseñada por el equipo de Oliva Salinas en el que trabajaba Mauricio ganó un concurso para cubrir los patios históricos de la UNAM; en el año 2000 quedó instalada la velaria que cubre el patio del Palacio de Minería en en el Centro de la Ciudad de México, y que puede apreciarse hasta la fecha. Mauricio aún lo cuenta entre los momentos de orgullo en su carrera.
“Soy de una generación donde el diseño por computadora recién empezaba”, recuerda con un gesto nostálgico. “Esto ha cambiado mucho, se ha estandarizado la manera de enseñar la arquitectura. Por ejemplo, la gente que estudia en Italia tiene mucha especialidad para la restauración porque hay muy poca construcción nueva y todo es restaurar patrimonio u obras antiguas; pero en México había mucha investigación y obsesión por el sismo del ‘85; tanto la UNAM como el Centro Nacional de Prevención de Desastres estaban muy enfocados en eso”.
Una vez conseguido el título de arquitecto, el siguiente paso para Mauricio fue estudiar un doctorado en Proyectos Arquitectónicos, y para ello eligió la Escuela Técnica Superior de Barcelona; la mayor y más antigua escuela de arquitectura de Cataluña, en la cual también cursó sus estudios a finales del siglo XIX el arquitecto Antoni Gaudí. Mauricio llegó a Barcelona en 2002 y su elección se convertiría en destino.
Arquitecto de terminales de la Sagrada Familia
La Basílica de la Sagrada Familia comenzó a construirse en 1882 bajo la dirección del arquitecto Francisco de Paula del Villar y Lozano, con un estilo neogótico tradicional. Un año más tarde, Antoni Gaudí asumió el proyecto y éste se transformó radicalmente, dando lugar a un templo innovador –y un tanto disruptivo para la época– de líneas curvas, motivos inspirados en la naturaleza, juegos geométricos e iconografía cristiana. El diseño consta de una nave central elevada flanqueada por dos naves laterales y un amplio crucero en forma de cruz; el interior se sostiene con columnas arborescentes que distribuyen el peso del edificio hacia las bóvedas; 12 torres flanquean tres fachadas, una central y dos laterales; y al centro se elevan otras seis más altas: cuatro dedicadas a los evangelistas, una a la Virgen María, y la torre principal a Jesucristo.
Gaudí dedicó más de 40 años a esta obra, los últimos 15 trabajando en ella de manera exclusiva y obsesiva, hasta su muerte en 1926. En aquel momento sólo se había terminado una de las fachadas, la del Nacimiento –las otras dos son la Pasión y la Gloria–, y parte del ábside. Durante la Guerra Civil Española se destruyeron planos, maquetas y el taller del arquitecto; años después, discípulos y otros arquitectos reconstruyeron los diseños y reanudaron la construcción.
En las décadas posteriores se logró construir los cimientos de todas las naves, las columnas, las bóvedas y las fachadas de la nave principal, y en 2010 inició la construcción de las seis torres centrales. Aquí es donde nuestro arquitecto entra en acción: desde hace 10 años, Mauricio Cortés Sierra es responsable de los terminales, la parte superior de las seis torres más altas de la Sagrada Familia.
“En cada una de las antiguas torres, las que construyó Gaudí y las que construyó la siguiente generación, cuando acaba el cuerpo, mayormente de piedra, empieza toda la simbología y decoración con policromía [color] y elementos que identifican a quién está dedicada cada una de las torres”, explica Mauricio. “Las torres centrales siguen el mismo esquema: un cuerpo pétreo y luego un terminal policromado”. Se asignó a un arquitecto para dirigir cada una de estas torres, pero se decidió que un único equipo, con Mauricio al frente, se encargaría de todos los terminales o pináculos.
Los pináculos son la parte más visible de las torres por el colorido que los caracteriza, la marca de Gaudí. En el caso de las torres centrales, las cuatro que representan a los evangelistas tienen una figura blanca y un nombre en el pináculo. Por encima de ellas, la torre que honra a la Virgen María está coronada con una estrella luminosa de 12 picos; y la torre más alta, la de Jesucristo, remata sus 172 metros con una cruz luminosa de seis brazos, 17 metros de alto –lo que mide un edificio de cinco pisos– y 13 metros de ancho.
La primera en terminarse fue la Torre de María, inaugurada en 2021; al año siguiente se terminaron las de los evangelistas Lucas y Marcos, y en 2023 las de Mateo y Juan. Este 10 de junio, justo en el centenario de la muerte de Gaudí, se iluminará la Torre de Jesucristo y la labor de este equipo habrá terminado.
“Este año cumplo 20 de estar trabajando en Sagrada Familia”, dice Mauricio tras hacer la cuenta. Desde que estaba en primer semestre de la carrera descubrió a Gaudí y a otros arquitectos europeos gracias a los profesores que tuvo en la UNAM, “y después, en los siguientes semestres, no encontré mejores”, confiesa con una sonrisa.
Cuando más tarde llegó a Barcelona para hacer el doctorado, empezó a participar en congresos internacionales con arquitectos de todo el mundo, y en uno de ellos conoció a Jordi Faulí, el actual arquitecto director del proyecto de la Sagrada Familia –en ese entonces, adjunto al director–. Así, en 2006, un mexicano cautivado por la geometría curvada de Gaudí empezó a trabajar para la Junta Constructora de la Basílica de la Sagrada Familia.
Mauricio Cortés tras los pasos de Gaudí
Cada año, cerca de cinco millones de personas visitan la Sagrada Familia; y todo aquel que lo ha hecho, recuerda la primera vez que la vio. Para Mauricio Cortés Sierra, esa primera vez ocurrió después de graduarse de la universidad; en su mente ya estaban las fotografías de los libros de Gaudí que revisaba en las bibliotecas; la conferencia que dio Jordi Bonet, entonces arquitecto director de la obra, en la UNAM, y la geometría gaudiana que él ya entendía bastante bien.
“En aquellos años se podía subir a las torres por las escaleras y podías ir a tu aire, no con una visita pautada”, recuerda, y su relato contrasta con la situación actual. Para llegar al punto donde conversamos hemos tenido que pasar por un filtro de seguridad; subir en un ascensor montacargas hasta una altura de 30 metros; bordear el exterior de la torre de San Mateo, y de ahí subir a otro montacargas hasta esta zona sobre la nave central de la basílica, en la cual se ha implementado el área de montaje de las piezas de la Torre de Jesucristo. “La sensación era… las torres por dentro son como un laberinto”, evoca, entrecerrando los ojos. “Hay este imaginario de la catedral que siempre es como un laberinto, ¿no? Esa fue la sensación que tuve”.
Cuatro años más tarde, cuando volvió para sumarse al equipo de trabajo, la nave aún estaba llena de andamios, por lo cual su percepción del espacio no fue la que experimenta quien la visita hoy. “Fue una revelación cuando se desmontaron los andamios para la consagración de la basílica –en 2010–, que se dejó entrar toda la luz”, recuerda. “Durante años estuvimos colocando los vitrales. Iba el artista Joan Vila-Grau, hacía una acuarela, y se pintaba vitral a vitral; luego los vidrieros lo pasaban a códigos de colores y cortaban. Era un proceso de montaje lento, bueno, de fabricación muy artesanal; poco a poco se iban cubriendo los ventanales y se iba tiñendo de color la nave. Y ahora, una de las cosas que más cautivan a la gente es ver la nave con este colorido del sol; él le decía una sinfonía de color: un degradado de colores fríos en Oriente y cálidos en Poniente”.
Los vitrales que pintan con luz las entrañas de la Sagrada Familia son una característica de la obra de Gaudí, pero nada dice más el nombre del arquitecto que ese rompecabezas de textura y color llamado trencadís: una técnica decorativa que utiliza fragmentos irregulares de cerámica, vidrio o azulejos rotos para crear superficies ornamentales, formando mosaicos coloridos y resistentes que se adaptan a las curvas de su arquitectura. Si el color interior del templo se cuela por los vitrales, el del exterior se eleva al cielo con los pináculos decorados con trencadís.
Durante sus primeros años trabajando en el proyecto de la Sagrada Familia, Mauricio estuvo a cargo de los claustros, corredores cubiertos que rodean el templo con capillas en los extremos. “Es uno de los proyectos más bonitos”, explica. “El primero fue el claustro de Montserrat, que es la ampliación del primer tramo que construyó Gaudí en estilo neogótico. Tuvimos que aprender, copiando piedra por piedra del tramo de bóveda que Gaudí había hecho, para hacer tres tramos más”. En esta zona de claustros y capillas, explica, también participaron un par de arquitectos mexicanos: Javier Bermejo, de Yucatán, y Arturo Campos, de Monterrey.
“Históricamente ha habido muy poca diversidad de nacionalidades. Algún arquitecto de Nueva Zelanda, que trabajaba desde allá, o un compañero de Líbano; pero la mayoría de los arquitectos que son empleados de esta gran familia son de Cataluña, de Mallorca”, explica. “Con quienes sí interactuamos mucho son con ingenierías del mundo, de Londres, Alemania; estamos construyendo esto con unos ingenieros alemanes”, dice y señala al enorme brazo superior de la cruz a su lado.
Eso sí, recuerda: entre los escaladores, aquellos trabajadores que suben a las torres para montar y desmontar elementos, también hay algún mexicano o dos. Y otro mexicano, Javier Marín –cuyo estudio visitó recientemente en su natal colonia Roma– ha sido seleccionado para realizar un proyecto de la fachada de la Gloria, la última etapa pendiente de construcción de la Sagrada Familia.
El toque de una mano mexicana
El 8 de diciembre de 2021 una luz diferente iluminó el cielo de Barcelona. Tras una década de obras, la Torre de la Vírgen María, construida con piedra, cerámica y trencadís, y coronada por la estrella de 12 puntas a cargo del equipo de Mauricio, se encendía por primera vez ante una multitud que, con los rostros aún cubiertos por cubrebocas, y con el deseo de dejar atrás la pandemia de covid-19, ocupaba las calles aledañas a la basílica y estallaba en un grito de euforia con el primer haz de luz.
“Eran momentos difíciles porque la basílica estuvo cerrada un año con la pandemia, por lo tanto no tuvo ingresos, mientras mantenía el sueldo a los trabajadores”, señala Mauricio, recordando que la Sagrada Familia es un templo expiatorio, esto es, que su construcción se financia con los ingresos por las visitas al templo y con las donaciones de voluntarios.
“Por suerte, la producción de las piezas que llegan aquí para su instalación se inicia uno o dos años antes”, explica. “Todo se debe premontar en un terreno que tenemos a las afueras de Barcelona, para luego traer aquí grandes piezas y hacer el montaje de una manera más rápida y fácil, en lugar de montar piedra por piedra. Debido a eso, pudimos continuar con la construcción de esa torre aunque teníamos pocos recursos; fue una obra compleja”.
Parte de la complejidad también se debe al hecho de que, una vez que las piezas de la torre habían llegado a la basílica, tenían que llegar los artesanos que trabajaban con el mosaico, los que trabajaban el vidrio, los del metal y la forja. “La María”, como le llaman los trabajadores, tiene en la base del pináculo una corona con 12 estrellas de forja, antes de la gran estrella de 12 picos en la punta.
“Fue muy emotivo porque toda la ciudad tenía ganas de salir a la calle y se lo tomaron como una celebración prenavideña”, recuerda Mauricio. “Todas las calles estaban llenas de gente esperando que se iluminara la estrella acabando la misa. Yo estaba con los periodistas en un hotel, en una terraza, haciendo la cobertura en directo; pero luego quise bajarme a la calle para compartir la alegría de la gente”.
Tras la finalización de la Torre de Jesucristo, Barcelona volverá a vivir esa emoción cuando la luz de la cruz recién montada se encienda por primera vez este 10 de junio; está previsto que el papa León XIV sea quien encabece el evento. Una vez que eso ocurra, a Mauricio aún le queda un año de trabajo afinando los últimos detalles interiores de la cruz. “Gaudí dejó unas pequeñas maquetas de la estructura; sin embargo, no dejó información de cómo tenía que ser por dentro”, explica. “En un futuro habrá acceso, así que aún tenemos que acabar una escalinata de metal y vidrio, instalar un ascensor en la parte baja de la torre, y hacer todos los acabados interiores”.
Para que la Basílica de la Sagrada Familia esté terminada, falta culminar el proyecto de la fachada de la Gloria, diseñada por Gaudí para ser la entrada principal del templo. Un asunto de permisos de construcción en una zona habitacional ha retrasado este proceso, pero Mauricio confía en que, a diferencia de las tres generaciones de arquitectos que trabajaron en ella, a él si le tocará ver el final de la obra. “Habiendo trabajado 20 años para Gaudí, él es como mi jefe en el más allá”, dice riendo. “Aún aprendo cosas de él. Después, ya se verá”.
El Padrenuestro en náhuatl y maya en la Sagrada Familia
El aprendizaje es de ida y vuelta. Además de su talento como arquitecto, su capacidad para liderar equipos, de la paciencia y la visión compartida con Gaudí, Mauricio ha dejado algo de México en esta obra: un fragmento del Padrenuestro en náhuatl, que junto con otros 49 idiomas –entre los que se también se incluye el maya–, se encuentra inscrito en las puertas de bronce de la fachada de la Gloria.
“Esa fue una gestión de mi madre, conseguir el Padrenuestro en náhuatl”, relata con orgullo. “Fue con Miguel León-Portilla a la UNAM y a la Basílica de Guadalupe; encontraron una versión en náhuatl original y otra en náhuatl contemporáneo, y se escogió la segunda, para que si alguien viene, lo pueda entender”.
Así que en las puertas de la Sagrada Familia se lee la frase ma huallauh in motlahocayotzin (venga a nosotros tu reino), mientras 144 años después, con el esfuerzo y el talento de cientos de personas, y el toque de un arquitecto mexicano, el punto más alto de la basílica que soñó Gaudí acaricia el cielo de Barcelona.
GSC / MMM