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Toscanadas

El funambulista Karl Wallenda.
David Toscana
Ciudad de México /

Por esos caprichos del cerebro nos brotan recuerdos espontáneos que no invocamos. Así de pronto me llegaron las imágenes de los últimos segundos de vida de Karl Wallenda. Allá en 1978 su muerte fue noticia no tanto porque nos interesara el destino de un funámbulo, sino porque hubo un video que captó su caída. En la imaginación de la gente Wallenda no era “un gran equilibrista” sino simplemente “el equilibrista que se mató”. Y es que a nadie le interesan las habilidades de alguien para caminar sobre una cuerda; si así fuera, bastaría con colocar la cuerda a medio metro del suelo. Lo que en verdad atrae es la sensación de que alguien puede sufrir un percance. Y poder verlo. Sin imágenes, la muerte de Wallenda habría sido apenas una breve nota periodística.

Ya desde entonces, la imagen iba ganando protagonismo a pasos agigantados en los medios, hasta el punto de que la propia imagen se convirtió en la noticia.

Los parlamentarios ucranianos se agarran a golpes, pero a nadie le interesa conocer el fondo político de sus pleitos, lo relevante es que podemos ver puñetazos fuera de un cuadrilátero.

Leer sobre cientos de inmigrantes ahogados da pereza, pero siempre se puede tuitear la foto de un niño muerto.

En estos días la BBC publicó como noticia destacada “A vaca se le atora la cabeza en silla en Northamptonshire”. Por supuesto había una fotografía de la infortunada vaca. Entonces pude especular sobre un diálogo entre periodista y editor.

Periodista: A una vaca se le atoró la cabeza en una silla.

Editor: ¿Tenemos imágenes?

Periodista: No, pero puedo escribir un bonito texto.

Editor: Largo de aquí.

Como amante de la palabra, tengo una lucha casi religiosa contra la dictadura de las imágenes, pero cada vez que predico al respecto me va muy mal. Apenas la semana pasada, durante un encuentro sobre escritura en Lieja, se me ocurrió decir que en mis talleres literarios prohíbo que se hable de cine. Hubo un desacuerdo universal contra mi extremismo. Y en verdad resulta cruel que a un aprendiz de escritor se le cierre la puerta del cine durante un par de horas y se le obligue a pensar a través de la palabra. Pobrecillo.

Dado que no puedo ir contra la corriente, se me ocurrió hacer un experimento que uniera imagen y palabra. Me puse a ver la final Pumas–Tigres, pero silencié por completo a los locutores. Puse en cambio la versión audiolibro de Don Quijote. Y como los equipos se fueron a tiempos adicionales y penales, me alcanzó para escuchar exactamente los doce primeros capítulos. En vez de “fulano de tal se escapa por la banda derecha y manda un centro”, oí “Todo el mundo se tenga, si todo el mundo no confiesa que no hay en el mundo todo doncella más hermosa que la emperatriz de la Mancha, la sin par Dulcinea del Toboso”. Unos correteaban monótonamente el balón, otro se enfrentaba a molinos de viento, al gallardo vizcaíno y a una turba de yangüeses. Cuando el portero de los Tigres detuvo el penal definitivo, no escuché las frases celebratorias de siempre, sino: “Sancho Panza se acomodó entre Rocinante y su jumento, y durmió, no como enamorado desfavorecido, sino como hombre molido a coces”.

Un gran partido, me dije, lleno de literatura, filosofía, sabiduría, belleza, aventuras y poesía. No en balde se habían enfrentado dos universidades.

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