Carta a Benjamin Péret

Sorprendente carta inédita dirigida a Benjamin Péret que corona la estrega de esta edición

(Especial)
Leonora Carrington
Ciudad de México /

México DF 30 de diciembre de 1958. Chihuahua

Querido Zebre,

Tu carta me ha sumido en un dilema porque, como tú sabes bien, soy amante de la precisión, y no podría enviarte datos biográficos sin utilizar los métodos modernos más minuciosos. Recientemente conocí la discusión infernal que pueden ocasionar datos erróneos escritos en mi pasaporte y sobre mi acta de nacimiento, funesto documento rosa jamón.

Entonces, después de haber consultado los manuscritos sobre más de un obispo, que se encuentran en el Vaticano, tomé posesión de los siguientes cálculos indiscutibles:

(9_9–9–9–9–9–9–9–9(*) 0 0, –9, ¼,–9 = 0 0 9.), es decir: dos antílopes —una jarra de abejas salvajes multiplicada por una docena de pequeños monstruos de chocolate da el mismo resultado, extrañamente, que la inseminación artificial.

Sí, querido Zebre, no debes de menospreciarme ahora que conoces mi origen puramente científico.

Soy producto de la inseminación artificial de la siguiente manera:

Mi madre, como toda una encantadora recién casada, habiendo caído en una agonizante desesperación por culpa de la frialdad anglo–sajona de su marido, paseaba, en una noche de luna creciente, en los laboratorios que se ubicaban a un costado de las amplias y lujosas granjas que eran parte de la propiedad familiar. Estos laboratorios eran el lugar preferido de los juegos de seminarista de mi tío abuelo Julep Edgworth.

Cansada de su caminata, pesada de tanta tristeza y chocolates, de faisán relleno, de puré de ostras con crema y otros antojos con los que ella se había atiborrado para tapar el vacío producido por la frialdad de su esposo, se acostó con languidez en una máquina especial que confundió con un sofá.

Imagínate, entonces, que esta máquina especial era justo el último invento del tío Julep. El artefacto de alta precisión estaba cargado con 900 galones de secreción seminal de todos los animales machos de la propiedad. No solo de los garañones maravillosos de raza árabe, de los puercos reales, de los gallos pequeños y de los gallos grandes del platillo coq–au–vin, sino también de erizo tras erizo combinados terriblemente con murciélagos y patos corrientes. Por delicadeza no describiré las reacciones bioquímicas de mi madre.

En resumen, (resultó) en un embarazo cada vez más enorme, que alcanzó una amplitud espantosa que explotó con tanto ruido que las vibraciones se sintieron en toda la isla. Así, yo nací.

Asombrado de los resultados casuales de sus experimentos, mi tío Julep me guardó en el refrigerador especial donde otros monstruos esperaban su turno para ser inmortalizados, disecados, colocados en las vitrinas que rodeaban el departamento de mi tío. Pensaba transformarme de una manera muy artística, en tintero, (porque, después de todo, no podía negar que yo era un miembro de la familia.) Su objetivo fue frustrado por la horrible manera que tuve de aferrarme a la vida terrenal. Entonces decidieron educarme en el convento, considerando que era el lugar adecuado para mi espacio indefinido.

Tú conoces los detalles tan agitados de esta educación, según las antiguas costumbres católicas en las cuales yo participo con mi naturaleza pura pero pluri–adultera, fiel y neobarbárica. Recuerdo con cariño las flagelaciones colectivas cuando la madre superior disfrazaba a todas las monjas de Napoleón–Rey Sol, Rey Sol–Napoleón, sin variar esto jamás. En las noches de verano nos reuníamos en la cueva de la pequeña Teresa, pequeña flor carmelita, para ser testigos de los ataques de éxtasis de nuestra santa directora en su cita sobrenatural con las difuntas autoridades eclesiásticas que se presentaban en forma de pequeños changos blancuzcos con dedos ambulantes. Cuántos recuerdos. ¿Pero cómo sintetizar mis experiencias en una carta? ¿Cómo podría transmitir de una transgresión a otra transgresión cuyo final sería un dulce acto de chochera en los ocho brazos tiernos pero peludos de mi pasado?

Dejemos caer discretamente y en silencio la gran telaraña como velo de novia sobre mi difunta virginidad.

Ex opolorum pan excelsus vecribitarum. Amén.

Querido Zebre, te deseo un feliz y provechoso año de 1958, porque esta vez decidieron repetir el mismo año por falta de acontecimientos.


Te mando un abrazo grande con Chiqui y los niños.

Traducción: Valentina Ortiz

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