Danubio Torres

Danubio Torres Fierro pertenece a la etapa de efervescencia del periodismo cultural latinoamericano. 

Danubio Torres
Ciudad de México /

En su natal Uruguay colaboró en el semanario Marcha. En 1974 viajó a México y se integró a Diorama de la cultura, de Excélsior; después fue secretario de redacción en la revista Plural, y más tarde fundador de Vuelta. Durante sus años dentro del periodismo, y antes de ser parte del consejo editorial de Seix Barral o agregado cultural, conversó con algunos de los autores más notables de Hispanoamérica. En su título más reciente ½ Siglo de literatura iberoamericana (Taurus), reúne entrevistas con Onetti, Severo Sarduy, Mario Vargas Llosa, Salvador Elizondo, Octavio Paz, Adolfo Bioy Casares, Nélida Piñón, Ernesto Sabato, Carlos Fuentes y Mario Vargas Llosa, entre otros.

¿De los autores entrevistados en el libro a quiénes regresa?

Regreso a Borges. Su heroica imaginación me deslumbra. Aunque no lo entrevisté, constantemente aparece a lo largo del libro. Vuelvo también a Jaime Gil de Biedma, quien en la entrevista desarrolla una arte poética importante para la España tardofranquista y la reelaboración de la labor del poeta cuando amanecía la democracia. Su figura fue central en una generación que incluye a Carlos Barral y a José Ángel Valente. Levantó su obra sobre una gran seducción emocional y una gran capacidad moral para decir la verdad.

Gil de Biedma, poco leído en Latinoamérica…

Diría nada leído en estas tierras. Una de las cosas que podemos comprobar, si nos situamos en la región de este libro, es que la gente del boom estuvo más unida y mejor vinculada que las generaciones posteriores. Había un flujo de información que corría permanentemente. Fueron amigos por lo menos en un momento. Compartieron un sentido de la literatura, un ánimo y entusiasmo creativo.

¿Por qué no entrevistó a Borges?

Borges fue un especialista en entrevistas y cuando se gestó el libro, ya había dado demasiadas. Además lo conocí poco, me entregó su única colaboración en Plural y mientras yo estuve en la revista, Jorge Ruffinelli nos mandó una entrevista con él.

¿Julio Ramón Ribeyro?

No lo conocí. Él vivía en Europa, y en mis viajes a París nunca tuve oportunidad de tratarlo. Las entrevistas no son por elecciones estéticas, sino producto de ciertas circunstancias. Me hubiera gustado que estuviera Juan Marsé, un autor importante porque encarna la figura de un autor clásico. Cortázar tampoco está, a pesar de que hablé varias veces por teléfono solo vi una vez.

Tengo entendido que no le gusta el concepto de literatura experimental, ¿por qué?

Lo suelo decir de manera anecdótica. Entre los sucesores del boom hubo una manía por la experimentación.

En el diálogo son Salvador Elizondo le dedica un buen espacio al concepto.

Es verdad. Salvador estaba un poco hastiado y cabreado con la línea sucesoria que usaba la experimentación y el documentalismo como chapa.

No deja de ser curioso que lo dijera Elizondo…

Sí y no, porque su preocupación por el experimento como literatura era muy profunda; en él había una inteligencia constante y presente en su literatura. El hecho central en Salvador es la exhibición de una inteligencia y cómo trabaja.

¿Entre los que abusaron a quiénes ubica: Piglia o Aira?

No sabría si ubicar a ellos o no, prefiero irme por el lado de Gustavo Sainz, sin abrir un juicio estético sobre lo que hacían. Su novela La princesa de El Palacio de Hierro era ejemplar. José Agustín también lo hizo en su momento.

¿Le interesaban estos autores?

Me interesaba más Gustavo, me hice amigo suyo poco antes de que se fuera a Estados Unidos. En Plural reseñé La princesa de El Palacio de Hierro y le di la bienvenida porque me parecía interesante. Después no lo seguí demasiado. Con José Agustín me sucedió lo mismo aunque creo que logró un continuo literario.

Su entrevista con Juan Carlos Onetti fue casi telegráfica…

Sí, la hice poco antes de venirme a México. Fui a despedirme y ahí salió la idea. Juan Carlos estaba muy deteriorado físicamente por un invierno intratable. La hizo por escrito. De la charla rescato dos cosas importantes. Surgió de un clima inhóspito. Y Onetti apunta una frase que adoré. Le pregunto: “¿Qué haría Juan Carlos Onetti en Santa María, además de ejercer el papel de antipático ocasional?” La respuesta es fantástica: “Estoy ahí y firmo pasaportes”. Para un escritor es la mejor definición de la literatura, tiene mucho humor y dice una gran verdad. Él tiene su propio mapa y ahí está.

Con algunos autores habla de política y con otros de literatura. ¿Cómo definió el tema?

No había una definición previa. El rumbo se daba de manera espontánea. Carlos Fuentes o Paz, se convirtieron en referencia cada vez mayor. Incluyeron en su concepción del acto creador la opinión política. Supieron que tenían que convertirse en referencias desde el punto de vista de la evolución de las ideas. En sus casos, las conversaciones naturalmente corrieron por el lado político. Eran autores que supieron establecer un pacto con su lector. La gente sabía que en Conversación en la catedral, de Vargas Llosa, encontraría una opinión sobre el Perú más vivo. En otra entrevista Nélida Piñón me dice: “Brasil llega a mi puerta todos los días”. Ahí tenemos una manera de entender la literatura.

Pensando en una definición clásica, ¿todos los escritores incluidos en el libro podrían ser intelectuales?

No, el intelectual liberal como se le llama en Inglaterra, no es aquel circunscripto a una cuestión ideológica o política; representa algo más, un afán por sondear en el alma de la gente. Siempre tiene que estar en estado de alerta y defender una idea de la cultura humanista. No olvidemos que en buena medida el intelectual nace en el siglo XVII.

Ya hablamos de intelectuales: Vargas Llosa, Piñón, Fuentes o Paz. Pero dígame quiénes no lo eran.

Los poetas son una raza aparte. Paz era poeta, pero a la vez ensayista, era lo que Aroldo de Campos definía como un portador de cultura. Olga Orozco o Blanca Varela no son intelectuales, sino poetas. Escribir poesía es un acto de irrealidad, en cambio el intelectual necesita un fuerte contacto con la realidad. Con el libro yo pretendía hacer una especie de cartografía literaria y política de la región. La entrevista de Haroldo de Campos, por ejemplo, nos habla de la poesía concreta en Brasil, un movimiento poco conocido en el resto de la región.

En el libro se habla poco de Rulfo, quien más le alude es Elizondo. Como sabe este año se conmemorará su centenario…

Elizondo con valentía intelectual, reconoce que los textos de Juan Rulfo son más inteligentes y refinados que los suyos. En la entrevista con Onetti hago un paralelismo entre ambos, porque fueron unos apartados voluntarios de lo más mundano del mundo de las letras. No eran figuras intelectuales en el sentido del que hablamos, sin embargo fueron creadores de un peso literario indiscutible.

¿Lo buscó?

No, cuando llegué ya estaba alejado de la vida literaria. Muchas de las entrevistas fueron publicadas en Diorama de la cultura, de Excélsior, y ahí siempre había alguien que hablara de Rulfo, por ejemplo José de la Colina.

Su trabajo periodístico se desarrolló en una época donde en México se hablaba de mafias literarias. ¿Lo padeció?

Para mí fue indiferente. Al ser recién llegado y extranjero, obtuve una patente de corso para moverme con libertad. Uno de mis mejores amigos al llegar fue Carlos Monsiváis, me invitaba a tomar café y me ponía al día. Había amigos mafiosos, dicho con humor, el mayor era Alejandro Rossi, le encantaba conspirar. Sin duda Carlos Fuentes lo era a su manera.

¿Paz?

Sí, pero en otro sentido. Paz tenía una impaciencia muy clara de crear un grupo de gente pensante. En Plural reunió a un grupo de gente con ideas que pretendía provocar consecuencias en la historia. En América Latina la literatura siempre ha estado ligada a la política e historia. Después de la Segunda Guerra Mundial se reconsideró el espíritu democrático y casi todos los autores incluidos en el libro son producto de ello. Incluso a veces creyeron que tenían que tocar ciertas zonas del poder, y ahí, andado el tiempo, la cercanía al poder se reveló como algo peligroso. La creación y el poder no se llevan, son agua y aceite.

¿Les hizo daño?

Fueron conscientes de que podía haberles hecho daño. Recordemos que América Latina estaba envuelta en las dictaduras militares y el intelectual necesitaba opinar y jugársela. En este sentido quisieron convertirse en una referencia. Paz se vio como resultado de un país en proceso de renovación; entendió con legitimidad intelectual, que tenía que ser una figura importante y lo logró.

Hoy parece imposible tener ese tipo de intelectuales casi totémicos.

Sin duda. Como hablamos, había canales de comunicación con el lector, pensemos en revistas o suplementos culturales serios y ambiciosos. Desde Sur hasta Plural, pasando por Orígenes, Ciclón, Número, es decir, lugares de convergencia donde las ideas circulaban, pero con una jerarquización que hemos perdido. Las redes sociales nos dan todo y nada a la vez. No hay jerarquización alguna. La diferencia entre Harry Potter y Alicia en el País de las Maravillas es notable. Entonces se pensaba fuerte y con claridad. No sé… cuando pasamos los sesenta años nos convertimos en gruñones y sentimos que no nacimos para este mundo, es normal. Supongo que este es un momento transitorio y ya encontraremos la manera del torcerle el cuello al cisne.
  • Víctor González
  • Reportero y conductor de Noticias en Telediario y Milenio Televisión. Desde 2017 ejerciendo en medios de comunicación con la intención de informar lo que sucede en la comunidad, en la política y el día a día de la sociedad regiomontana.

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