Derek Walcott: la luminosidad palpable

Con dos ensayos recordamos al poeta… y pintor de Santa Lucía (23 de enero de 1930-17 de marzo de 2017), cuya máxima proeza fue la de fundir la tradición homérica con el lenguaje y los ritmos antillanos

Enzia Verduchi
Diego José
Ciudad de México /

La sensación de leer a Derek Walcott (Santa Lucía 1931–2017) coincide con esos matices crepusculares en que una tradición poética —antigua y moderna— se anega en su esplendor trágico para permitir el nacimiento de una nueva visión, capaz de proporcionarle al idioma, a la literatura y al sentir de una comunidad un orden simbólico distinto, un referente mítico que reorganiza las formas de comprensión de la cultura, tanto de la moderna como de la antigua.

La obra de Walcott contrasta con el cosmopolitismo de una buena parte de las poéticas del siglo XX, demasiado extraterritoriales. Su lírica y su épica refrendan que nada hay más universal que la aldea ni más humano que la compleja afluente del río de la existencia. La auténtica modernidad de Walcott no proviene de la impostura estilizada del vanguardismo ni de un conservadurismo formal, sino de una conjunción mestiza entre las herencias de Homero y Dante con las raíces negras y su dicción angloantillana: una mixtura que mira el porvenir aún iluminado por los destellos de su antigüedad más palpable.

Walcott no renueva ni rompe ninguna arquitectura; reivindica el valor fundacional del lenguaje y de la poesía. Afirma: “Sabemos que los grandes poetas no desean ser diferentes, no tienen tiempo de ser originales, su originalidad solo aflora cuando han asimilado toda la poesía que han leído”. Si Joyce introduce una concepción narrativa que transforma la comprensión del hombre contemporáneo, enclavado en la temporalidad sinuosa de la ciudad moderna, Walcott reconfigura el mito adánico y su visión primaria de la experiencia del hombre, entendido como “un ser habitado por presencias, no una criatura encadenada a su pasado”.

Esta visión le permitió leer la experiencia del paisaje familiar con el hambre de un buscador de hallazgos que se sirve de una lírica sosegada, clásica y envolvente para decirle en el oído al lector su fascinante testimonio: “No tenía dónde registrar/ el avance de mi trabajo/ salvo el horizonte, ningún lenguaje/ salvo los bajíos en mi largo paseo// hasta casa, por lo que extraje toda la ayuda/ que mi mano derecha pudiera aprovechar/ de las algas cubiertas de arena/ de lejanas literaturas”.

Se suele subrayar el uso carismático del inglés de Walcott que reposa —sin resistirse ni claudicar— en las voces de una oralidad caribeña tamizada por un espíritu isabelino. La conjunción de estas dimensiones lingüísticas le otorgan una vivacidad lírica que se opone a la arqueología de la lengua como algo determinado y finito: giros, arcaísmos y amalgamas propios de los distintos dialectos y variedades lingüísticas coloniales como el patois son confrontados a una inflexión sobria y penetrante del inglés literario en que se ajusta, se permea, se rechaza y se autoafirma esa conciencia del idioma que el poeta percibe como una lucha permanente de habitar el mundo nombrándolo.

La palabra funda y establece una forma de ser en el mundo. Toda civilización impone una manera de ser a través de la palabra. Este mecanismo constituye el dictamen de la historia. Aquellos que no coinciden con las formas históricas del habla son excluidos del sistema de significación. Para Walcott, el poeta marginal, negro, en cuanto su oposición al sistema dominante de la historia, necesita descubrir un acercamiento distinto a la lengua que le permita restaurar los significados y los nombres más allá de la historia: “Hay un lenguaje enterrado y hay un vocabulario individual, y el proceso de la poesía es un proceso de excavación y autodescubrimiento. Tonalmente, la voz individual es un dialecto; configura su propio acento, su propio vocabulario y su melodía desafiando a un concepto imperial del lenguaje. […] La poesía es una isla que se desgaja del continente”.

El esfuerzo por restituir el sentido mítico del lenguaje se convierte en la gran tarea del poeta, entendiendo que su vocación implica revertir los procesos de simulación y perversión de la lengua en sus versiones oficialistas: la poesía crea vías alternas e imaginativas para poder decirnos, comprendernos e identificarnos como sociedad. Quizá, por la experiencia post–colonialista de las islas del Caribe, Walcott percibió con mayor naturalidad esta función y esta necesidad. Sin embargo, ¿en cuántos sentidos el Sur, o bien, Latinoamérica, no requiere de una profunda confrontación de los mecanismos de significación de la realidad que nos permita replicar al discurso dominante del Norte, reinventándonos? Vallejo necesitó de un lenguaje descoyuntado que pudiera decir el malestar de su época; Gelman excavó en las variaciones del lunfardo para resistirse a la imposición de los discursos militares y hablar desde la transitoriedad.

La épica de Walcott, cuyo ejemplo mayor es Omeros, representa una transgresión del relato homérico antes que una apropiación: el viaje hacia la restauración de una herencia escindida entre dos relatos atravesados por el colonialismo. Esta separación entre historia y mito como construcciones de identidad recuerda la importancia de la literatura en tanto depositaria de un sentir. Walcott nos incita a una renovación desde lo poético, en el sentido en que la poesía es la “otra respuesta” frente a una realidad fijada por lo histórico: “Para el poeta, el mundo es siempre una mañana. La historia, una noche insomne y olvidada. La historia y el asombro elemental son siempre muestro comienzo, porque el destino de la poesía es enamorase del mundo a pesar de la historia”.

Más allá de la historia —comprendiéndola e incluso cuestionando sus mecanismos narrativos que sirven para enmarcar y condicionar a una cultura—, el poeta reconoce que la lealtad de su lenguaje se ubica en la proximidad del mito, y que el mito es una construcción alternativa que apela al sentido de pertenencia desde otra certidumbre. La historia obliga y encadena a una consecución preestablecida por los hechos; el mito nos arroja desde su atemporalidad a un presente habitado por los distintos rostros del pasado, a veces angustiante, otras festivo.

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