Manuel Calzada Pérez se enteró de la existencia de María Moliner gracias a la tesis de arquitectura de Fernando Ramón, hijo de la filóloga, lexicóloga y bibliotecaria aragonesa, y el físico Fernando Ramón.
“Encontrarme con María Moliner fue un regalo porque fue encontrarme con una persona de una profundísima humanidad”, comparte el granadino sobre la autora del Diccionario del uso del español.
El arquitecto, escenógrafo y dramaturgo andaluz se encuentra en México para asistir por primera vez en el país a la puesta en escena de su obra El diccionario (2013), con la que ganó en España el Premio Nacional de Literatura Dramática y que está cumpliendo una década en los escenarios nacionales, con montaje de Enrique Singer, con la Compañía Nacional de Teatro (CNT), y Luisa Huertas de protagonista.
“Los mexicanos son quienes mejor se han portado con mi obra, estoy muy agradecido”, comparte Calzada Pérez (Granada, 1972), que ya pudo verla en España, Chile, Uruguay, Italia, Argentina y Cuba.
El drama irónico, casi de humor negro, sobre la creadora del Diccionario del uso del español, que está cumpliendo 60 años desde su primera edición en 1966 bajo el sello Gredos, tendrá una función especial este viernes 28 de agosto, a las 20:00 horas, en el Teatro de la Ciudad Esperanza Iris, en la que estará presente Calzada Pérez, quien además ofrecerá un conversatorio el sábado 29 en la Sala Nancy Cárdenas del Centro Cultural del Bosque, a las 18:00 horas, con Singer y Aurora Cano, directora de la CNT.
Es una semana en México por curioso azar con fuerte presencia de Moliner, que fue la protagonista también del conversatorio “Trazos de libertad: el brillo en la vida de María Moliner”, con el escritor Andrés Neuman, autor de la novela sobre la filóloga Hasta que empieza a brillar (Alfaguara, 2025), que se realizó en el Aula Magna del Instituto de Investigaciones Filológicas de la UNAM este jueves.
—¿Cómo un arquitecto llega al teatro y luego a un diccionario?
Pues, mire. Tiene algo que ver con que sea arquitecto, aunque ya no ejerzo, porque cuando estaba haciendo mi tesis doctoral, mi director de tesis me comentó que estaba bien estructurada, bien organizadas las notas, que metodológicamente estaba muy bien. Y que él sólo había visto una tesis hecha por un arquitecto que estuviera tan consistentemente asentada desde el punto metodológico: la tesis del hijo de María Moliner (Fernando Ramón, 1929-2017). Ese fue mi primer contacto con María Moliner, curiosamente a través de una tesis doctoral que estaba dentro del ámbito de la arquitectura.
—¿Y la literatura dramática y Moliner?
Antes de ser arquitecto, ya tenía la vocación por escribir y cuando crecí al arquitecto, mantuve esa vocación, nunca la abandoné. Y quería escribir otra cosa. Estaba escribiendo una obra sobre un personaje que se iba a demenciar y, documentándome, me encontré con el caso de María Moliner. Entonces había muy poca información, pero ya existía y sigue existiendo una muy buena página web que había hecho su familia, sobre vivencias personales de María Moliner, vista por su hijo, básicamente. Y había una biografía muy pequeñita enmarcada en un libro sobre bibliotecarios. Y, a partir de ahí, primero fue un poco la emoción de pensar que una persona que había escrito un diccionario, al final de su vida perdió las palabras. Ese fue el primer impulso que me llegó. Pero mi primer contacto con María Moliner fue con esta tesis doctoral de su hijo arquitecto, Fernando Ramón.
—¿Y por qué decidió convertirla en personaje de una obra: por el Diccionario, por la ironía de que terminó con esta enfermedad mental o por María Moliner en sí misma?
Por dos razones principales. Por una parte, por esa cruel ironía, que a mí me tocó el corazón. Y cuando una cosa me toca, a veces simplemente me toca y ya está. Y otras veces se me queda en algún sitio del cerebro y ya empiezas a documentar, a escribir, a pensar y a elaborar el personaje. Además, este personaje, como no había demasiada información, era un poquito más fácil de construir precisamente por eso, porque había información suficiente que daba los rasgos generales de María Moliner, pero tampoco te encorsetaba mucho. Y, luego también hay una voluntad en esta obra de reivindicar al personaje, cuando en España hay una polarización política muy grande, cuando yo la escribí tal vez menos. Siempre suprimimos una historia donde España se fracturó en la Guerra Civil.
“Y María Moliner, que fue una mujer represaliada, que sufrió el franquismo, sin embargo quiso juntar a las dos España. Hay un momento en El diccionario en que ella dice que un diccionario es una herramienta de todos y para todos, esa es su servidumbre, pero también su grandeza. Es decir, es un personaje que no aboga por la confrontación ni por la lucha, sino por el encuentro de las personas a través de la palabra. Y eso me pareció muy importante. Mi obra se apoya en esos dos aspectos: el momento de la emoción de una persona tan brillante que de pronto va perdiendo la memoria y se va deshilachando mentalmente; y el momento de la construcción de un proyecto de España, que es extrapolable a otros países del mundo, donde no se busque la confrontación, sino el encuentro”.
—¿El diccionario es una metáfora de la memoria para usted?
Claro que sí, de la memoria. Y de cómo se construye también la memoria. Incluso la memoria seguramente se construye de una manera involuntaria, pero no inocente. Y en El diccionario, por ejemplo, hago yo un ejercicio muy pequeño, muy reducido en la obra, de comparar definiciones del diccionario de María Moriner con el Diccionario de la Real Academia de su tiempo. Y, en efecto, pues ahí hay una construcción de la memoria en la cual María Moriner, en “dictador”, el DRAE decía que era un gobernante que tiene todos los poderes, como los gobernantes romanos, mientras que el Moliner dice que es un gobernante que asume todos los poderes sin ser el mismo responsable ante nadie.
“Y luego ella aclara que no ha dicho todo lo que pensaba, eso no funciona en un diccionario, que, repite, es una herramienta de todos y para todos; esa es su servidumbre, pero también su grandeza. El diccionario es más que una metáfora, es una demostración de cómo se construye la memoria; en este caso, no una memoria individual, sino colectiva, porque es una obra colectiva, ya no es siquiera para España, sino está hecha para todo el mundo hispanohablante. García Márquez decía del Diccionario de Moliner, que era la obra más amena, más divertida y más útil para un escritor. Y, sí, está intimísimamente relacionado con la construcción de la memoria, desde un ejercicio voluntario”.
—En El diccionario retoma la definición de libertad que apunta Moliner. Habla de un mundo polarizado, ¿cómo se puede conciliar ese concepto y ejercer la libertad en un mundo polarizado?
Pues es una pregunta que no sé si voy a ser capaz de responder bien. Me parece que la definición de libertad es, no sé si llamarlo un regalo, pero es un mandato también. Cuando escribía la obra, de pronto, buscando palabras, descubrí que en efecto había diferencias muy significativas entre el DRAE y el de Moliner. Y que en éste podíamos encontrar valores aplicables a nuestro mundo y a nuestra vida. No es sólo porque se haya polarizado, desde mi modestísima opinión, desde mi modestísima opinión, se ha perdido la responsabilidad personal frente a los derechos colectivos.
“Uno se mete en un colectivo que tiene muchos derechos y debe luchar por ellos. Me parece muy bien, porque hay muchas minorías y no minorías que están discriminadas, pero nos olvidamos de que somos ciudadanos y que tenemos obligaciones. Y ahí la definición de libertad: 'Libertad: facultad del hombre para elegir su propia línea de conducta, de la que, por tanto, es responsable'. Moliner no es inocente respecto de la libertad; es muy consciente de que es un valor muy limitado, pero muy valioso. Cualquiera que quiera escuchar esa definición, con oídos limpios, que no estén cegados con prejuicio ideológico o político, sino un ser humano sincero y honesto, tiene que reaccionar ante esa definición y decir: Y yo ante esto, ¿qué hago? ¿Cuál es mi línea de conducta? y ¿hasta qué punto quiero ser libre?”.
—¿Qué lo llevó a cerrar con esa palabra y definición El diccionario?
Cuando ves la definición de María Moliner, pues claro, la tienes que poner al final de la obra como colofón, porque, además, es colofón de la obra, un resumen también de un personaje que tiene todas las dificultades, que en la obra no se indaga, porque ella no quería indagar, ahí es un poco el respeto al personaje. Ella tiene un padre que la abandonó; en la obra se menciona mínimamente, porque ella lo mantuvo en secreto. Ella tuvo una hija que murió, su gran, gran dolor, ella lo mantuvo en secreto y yo no he querido hurgar, lo he señalado mínimamente, debe estar ahí, pero sin hurgar. Pero, es una mujer que ha sido acusada, su marido también; una mujer que ha sufrido, vivido, gozado, gozado del saber, de su trabajo, pues es una mujer que ha decido elegir su propia línea de conducta, su propia línea de conducta creativa, creó algo para todos, como es el Diccionario de uso del español, y es responsable. Debemos estar agradecidos. Es mi impresión sobre la libertad en la obra y en el mundo.
—¿Cómo se sintió usted al escribir la escena en la que María Moliner obliga a su esposo Fernando y a sus hijos a saludar y festejar a los fascistas desde su balcón?
Esa parte tiene mucho que ver con mi biografía familiar. Vengo de una familia, y creo que en España esto ocurre muchísimo, donde por una parte era de republicanos y otra parte era de franquistas. Mi abuelo, por parte de madre, sufrió un exilio interior muy acusado, que a través de mi madre he vivido de una manera intensa y consciente. Mi abuela era una persona mucho más conservadora, mi abuelo era socialista y republicano; mi abuela era gallega, pero mucho más práctica también. Mi abuela fue el soporte de la vida práctica de la familia. En ese sentido, María Moliner se convierte en mi abuela, es decir, se convierte en una persona que tiene que seguir y por el bien de sus hijos a aplaudir a Franco.
“Yo no recuerdo haber leído algo de esto en las páginas de su hijo, que es la única fuente que me parece más autorizada. Es posible que no, es posible que haya sido puramente invención mía. Es un desgarro doloroso del personaje, pero muy real de lo que fue la España de la época y muy cercano a lo que yo no he vivido, pero que me han transmitido desde un punto de vista familiar. Fue una escena relativamente fácil de escribir para mí por eso mismo, porque la historia de España y de muchas familias ha tenido momentos parecidos. Es una escena que a mí me emociona. La actriz, normalmente, en los distintos montajes que he visto, a veces tiene que guardarse la emoción, precisamente porque tiene que salir a un balcón con la mirada sonriente para dar la bienvenida a Franco. Pero, sí, es doloroso, pero es así”.
—Habló del exilio interior de su abuelo. Inmaculada de la Fuente así tituló su biografía de María Moliner: El exilio interior. La vida de María Moliner (Turner). Y en él aborda mucho la labor de bibliotecaria y de impulsora de la biblioteca pública que realizó Moliner. ¿Por qué usted se enfoca sólo a la etapa posterior, cuando ya ha sido aislada por los fascistas, por el franquismo? ¿El Diccionario del uso del español opacó otras facetas como esta de María Moliner?
Sí, hay una mención al Plan del Bibliotecas del Estado cuando ella está quemando libros, su propio Plan de Bibliotecas; son ligerísimos apuntes. Posiblemente sí, el Diccionario ha opacado esa faceta en la que Moliner tuvo una labor fundamental, pero ahí sí que estuvo mucho más acompañada, fue un proyecto mucho más de Estado y que se anclaba en la Institución Libre de Enseñanza, en toda una escuela de pensamiento que venía desde los años finales de la década de los diez y los años veinte españoles, un grupo de gente, de intelectuales y de didácticos y pedagogos. Y es muy bonito leer el Plan de Bibliotecas del Estado de María Moliner; es un folletito muy pequeño, que da unas instrucciones muy bonitas, muy precisas, muy certeras y muy vividas a los bibliotecarios.
—Una labor social y educativa muy importante para la República previa al Diccionario.
En la biografía de Inmaculada de la Fuente —cuando yo escribí El diccionario no existía—, ella recorre los pueblos con Moliner, porque ésta antes de escribir el plan de biblioteca del Estado, tuvo que organizar el Servicio de Bibliotecas Rurales, no sé si de la provincia de Valencia, y daba instrucciones en los pueblos que no había nada. Básicamente buscaba a mujeres que estuvieran interesadas en llevar la biblioteca, que a lo mejor no supieran leer, pero a lo mejor tenían más tiempo y más interés en que sus hijos sí supieran. Y entonces las instruía en lo que era la labor de la biblioteca. Y es una faceta suya muy importante, muy pequeña, en el sentido de que la hace desde lo local hasta lo general, desde ella ir a una biblioteca a ver cómo organiza los fondos, qué fondos hay, cuántos libros más se pueden llevar y a qué horas se pueden abrir a lo largo de la semana para que vayan los niños del colegio, o los mayores que sepan leer. Desde ese pequeño punto, de pronto Moliner te hace un plan de biblioteca del Estado. Era una mujer con una ambición siempre altruista, porque ella de una biblioteca del Estado no sacó nada, siempre con una ambición de mejorar la sociedad, que efectivamente sí que ha quedado un poco más al margen. Posiblemente aparezca, posiblemente alguien la rescate también en algún momento.
—¿Considera que el Diccionario fue “la mejor venganza” de Moliner de Franco y el fascismo?
Yo matizaría eso, porque en la percepción que tengo de ese personaje, y desde luego en el personaje que yo he escrito sobre María Moliner, puede mucho más la conciliación que la venganza. Yo más que decir que es la mejor venganza de María Moliner frente al franquismo, yo diría que es el mejor proyecto alternativo de María Moliner frente al franquismo. No creo que a ella le moviera la venganza. Efectivamente, tendría en su corazón un dolor de haber sido represaliada ella y su marido, seguramente tenía infinidad de amigos muertos o familiares. Esto no me extrañaría en absoluto.
“Tal vez estoy haciendo una proyección personal de mi familia, y vuelvo a mi abuelo: republicano, poeta, aparte de ser abogado; él en casa era un poeta que no publicó, tenemos nosotros las poesías en casa. Y había poesías muy llenas de odio hacia el franquismo. Sin embargo, él en su vida se comportó siempre guiado no por el odio, sino por esos principios republicanos y socialistas más puros de encuentro de los seres humanos y de igualdad entre seres humanos, mucho más que de la venganza”.
—Muy en el espíritu de María Moliner.
Mi madre, que es filóloga inglesa, fue a Inglaterra antes de terminar la carrera. Y vivía en una casa con una señora del Partido Consevador, que participaba en una especie de encuentro gastronómico todos los años para recaudar fondos para el Partido Conservador. Y mi madre, enorme cocinera, la ayudó a hacer un pastel de limón y ganaron el primer premio. Cuando se lo contó avergonzada a mi abuelo, su padre, mi abuelo le respondió que Inglaterra es una democracia, donde se puede militar en cualquier partido, por lo que ser conservador no es malo. Inglaterra es una democracia donde se puede argumentar y debatir, y el pueblo decide. Esos eran sus principios más básicos. Y, sí, yo creo que también eran los de María Moliner, con lo cual me parece que puede más en ese personaje el amor a la humanidad que la venganza. Creo que el Diccionario no está escrito con un afán de revanchismo.
—Debe de ser algo difícil de no hacer.
Por ejemplo, hicieron una ópera (María Moliner, Parera Fons y Vilanova, 2022), que me pareció un horror, donde los franquistas eran demonios con cuernos, prácticamente. Y los franquistas no eran demonios con cuernos, porque la mitad de España y más era franquista. Es decir, nos olvidamos que el franquismo también somos nosotros, nos olvidamos que los nazis también somos nosotros, en cualquier momento podemos serlo. Sí, dentro del espíritu humano, tenemos la obligación de no olvidar. Yo no soy nadie para dar grandes consignas, pero es mejor abogar por un pensamiento positivo, que no vengarse de un negativo, aunque la venganza en este caso es dulce, porque el dolor ha sido grande.
—¿Qué diría que es el mayor legado de María Moliner: su Diccionario o ella misma?
Moliner puso tantas horas, tanta vida en su Diccionario, que no podemos dividirla. María Moliner es también su Diccionario. Pero también ella misma es su Diccionario, su Plan de Bibliotecas, una mujer resiliente que a pesar de las adversidades es un ejemplo de vida. Si me pregunta a mí, personalmente, es toda ella. El ejemplo de vida que ella da, en el cual el Diccionario, que es la demostración y la prueba más evidente, pero no única, se queda corto si no lo contrastas con otros momentos de su vida: sus sufrimientos, sus alegrías, todo. De manera particular y como autor teatral, diría que ella misma. Pero, en un plano general, para la cultura hispana, claro, lo que tiene peso evidente es su Diccionario, pero es bueno que su Diccionario pueda ir acompañado por la reflexión que su propia vida nos ofrece.
—Se lo pregunto porque en México, he visto una decena de veces su obra en estos 10 años, la mayoría del público que asiste a El diccionario no tiene mucha idea ni de quién es María Moliner ni de su Diccionario, pero se conmueve con su historia e incluso llora en muchos momentos.
Fíjate, para empezar escribí una obra sobre una persona que hace un diccionario, parece un aburrimiento pero supino. Encima, le puse de título El diccionario, es un título poco comercial o poco atractivo. Pero la obra es eso: el Diccionario es el motor principal de la obra y tenía que ser ese el título. Pero, en efecto, la obra tiene la virtud de ofrecer a los actores, porque al final son los actores los que consiguen traspasar al público, un material para hacerles emocionarse y pensar un poco. Y en algún momento también esbozar una sonrisa. Eso es una virtud que yo sí que la reconozco, porque la he visto muchas veces, claro. Siempre cuando veo una obra mía lo que me interesa más allá de enfocar la perfección técnica del montaje, me interesa más cómo respira el público. Eso que me dice que ha ocurrido en México, también ha ocurrido en Chile, en España, en Cuba. Ahora voy a tener el privilegio de verlo en la principal capital de la lengua hispana, que es Ciudad de México, con lo cual me siento muy, muy, muy agradecido. Son los que mejor se han portado con mi obra, ustedes los mexicanos.
—¿Lloraba cuando la escribía? ¿Ha llorado en alguno de los montajes que ha visto en el mundo?
Escribí esta obra en un momento muy particular de mi vida. Y creo que fue una obra que me ayudó a deambular por ese momento difícil. Encontrarme con María Moliner en esa época fue un regalo porque fue encontrarme con una persona de una profundísima humanidad, y eso cuando uno está en un momento difícil, a veces te ayuda. Y lo que se dice de ir en hombros de gigantes, bueno, digamos que el principal mérito de mi obra es que tiene un gigante, que es María Moliner, que te da un material que te ofrece muchas herramientas para que esta obra pueda llegar al público, Moliner te las regala.
“Y llorar, llorar, hace tiempo que no lloro. A ver ahora en México. Pero estremecerme y que se me ponga el vello de punta sí que me ocurre en distintos momentos de la función: en la quema de los libros, en el saludo a Franco, cuando el juez está haciéndole la inquisición a María Moliner, y, sobre todo en el final cuando ella pintarrajea su Diccionario como niña pequeña. Me sigue emocionando”.
—Justo leía el nuevo libro de un ensayista mexicano, Armando González Torres, La tiranía de los quijotes. Y pensaba que María Moliner fue una suerte de Don Quijote hembra.
Sí, desde luego que su Diccionario fue una empresa quijotesca totalmente.
PCL