Para Jacqueline Maggi
Una vez tuve una mujer en La Habana
que me enseñó a ver los colores.
Yo nunca veía los colores.
Los grandes planos de color, que se empastelan uno en el otro,
se disuelven, se deshacen, se transforman
atravesados de luz.
Y yo me los perdía.
Ella vivía en el silencio y el aire.
Y me decía suavemente,
mira el dorado del mar en el crepúsculo
o el azul intenso y la espuma blanca a las ocho de la mañana,
o el plateado de la luna,
la turbulencia de la lluvia,
la transparencia del invierno
o todos los verdes atropellados en el campo.
La fugacidad del gris y el naranja que se difuminan espléndidos
en ese minuto exacto en que el sol se va.
El mundo me cambió desde entonces.
Aprendí a vivir en la luz y en el color.
Conocí la fragilidad de la permanencia.
Aprendí tal vez a pensar lentamente,
aprendí a detenerme el tiempo necesario.
Entonces comencé a abandonar la prisa y el desespero.
Después ella, como es habitual
en los que tienen un gran corazón,
siguió sola su camino.
Y yo creo que fue preferible.