Gloria está sentada en el sillón de su sala. La única luz prendida, tenue, azul y lejana, es la lamparita que reposa sobre el piano. Son las tres de la mañana. El cuello le huele a perfume de ciruela. Bebe tinto: una copa de metal en su mano izquierda y la botella apresada entre los muslos. Está muy fría. En su casa hay una regla inviolable: el vino debe enfriarse.
¿Temes a la muerte?
No temo a la muerte, sino a ese sufrimiento horrible que Julio plantea.
¿Despertar con tal brutalidad que tu vida se desprenda del tiempo?
Permanecer suspendida en un abismo sin vida ni muerte ni tiempo... como quedó mi maestro.
¿Eso le pasó a Balanchine? (Gloria viajó a Nueva York en cuanto supo que el coreógrafo ruso George Balanchine estaba a punto de morir. Ella tenía 49; él 79. Era abril de 1983).
Me acerqué a la cama; pero él no estaba en ese cuerpo que aún respiraba.
¿Viste su fantasma?
Sentí su presencia rondando el cuarto; sentí su horrible sufrimiento. Me quedé junto a la cama de Balanchine toda la noche.
(Balanchine le daba a Gloria clases de coreografía en el New York City Ballet a finales de los años cincuenta. Fue su única alumna. Ahí estaba también Stravinsky —era el compositor residente del teatro— y le regaló un piano a Gloria). ¿Te dijo algo?
Tomó mi mano y dijo: “Time, Time”.
¿Era su voz?
Era su voz, pero no salió de su boca, sino que me llegó desde dentro: la escuché en mi interior.
¿Como si su espíritu se hubiera confundido con el cuerpo?
Se metió en el mío en su desesperación por encontrarse.
(Gloria hizo sus primeras dos coreografías —El Mercado y Huapango— con el piano que le regaló Stravinsky. Era blanco y vertical; tuvo que sacrificar el escritorio para que cupiera en su cuarto. Tocó Sones de mariachi, de Blas Galindo, y la famosa obra de Moncayo, todas las noches de 1957 mientras imaginaba cómo cambiar de mundo esos sonidos: sacarlos del piano, tomarlos en el aire y extenderlos con su cuerpo). ¿Cuánto duró el espíritu de Balanchine dentro de ti?
Un instante, el tiempo que tardó en decir esas dos palabras...
¿”Time, Time”?
He pensado mucho sobre eso. Creo que estaba desesperado porque su espíritu llegara a tiempo para vivir la muerte de su cuerpo.
¿Y lo logró?
Sí, el fantasma salió de mí e inmediatamente el cuerpo de Balanchine abrió los ojos. Sonrió y supe que ya estaba muerto.
(La musicalidad de Gloria adquiría siempre formas inesperadas. A Stravinsky y Balanchine eso les gustaba mucho. En Huapango los movimientos se aventuran al después de la fiesta, a cuando el baile termina, se recogen las mesas y el alma, tras la noche de confeti, alcohol y risas, se siente más sola que nunca. “El folclor en el fondo es eso: la profunda tristeza del pueblo, y tú lo has comprendido; por eso tu ballet es muy hermoso”, le dijo Balanchine). ¿Y qué hiciste después de que murió Balanchine?
Regresé a México y le hice un ballet con música de Stravinsky (Homenaje a Balanchine, 1984).
¿Es la única obra que le has dedicado?
Sí, y lo hubiera ofendido.
¿Por qué?
Son seis hombres, no hay mujeres.
¿Balanchine no quería a hombres protagonizando ballets?
¡No toleraba que un hombre fuera el protagonista!
¿Los creía accesorios?
Sí, adornos para que las bailarinas lucieran.
¿Balanchine se enamoró de alguna?
Creo que un poco de mí.
¿Y tú de Balanchine?
Conmigo se mostraba como un hombre demasiado abstracto como para poder enamorarme de él.
¿Abstracto?
Amaba mi ser en movimiento, me amaba rodeada de música; amaba aquello que expresaba mi cara y mi cuerpo mientras bailaba.
¿Y fuera de la música?
Era frío, amable y distante: tenía miedo de que se rompiera el encanto.
¿Se veían después de las clases?
Sí, pero siempre bajo las mismas circunstancias: me acompañaba a mi casa. Diez minutos caminando. Me tomaba del dedo más chiquito de mi mano izquierda y así me llevaba hasta la puerta de mi departamento, como si fuera una flor en vez de una mujer. Hacía una reverencia y se iba.
¿Hablaban?
Solo de música.
¿Y sobre sentimientos?
¡Nunca!
¿Por qué se distanciaron?
No pudo soportar mi embarazo.
¿Te dijo algo?
Me dijo algo horrible: “Gloria, entonces esto del arte para ti fue un mientras en lo que alguien te hacía hijos, ¿no?”, y me hirió profundamente.
¿Qué año era?
Finales de los sesenta, poco antes de que Eduardo Mata me ofreciera fundar mi compañía de ballet en la UNAM.
¿Volviste a ver a Balanchine?
No lo volví a ver hasta el día de su muerte.
¿Y a Stravinsky?
Tampoco lo volví a ver. Supongo que Balanchine lo echó en mi contra.
¿Perdonaste a Balanchine?
Eso pensé cuando le coreografié el Homenaje, pero en realidad no fue así.
¿Lo has perdonado ahora?
Sí, y por eso quiero decírselo en una nueva coreografía íntima.
¿Sobre ustedes dos?
Sobre mi presencia en su agonía, sobre su espíritu entrando a mi cuerpo en la desesperación de perder su muerte.
(Gloria tiene un bigote de vino. La copa se ha caído. El sonido del metal contra la alfombra fue mínimo. Bastó para asustarla. Brincó como si una bomba hubiera explotado a su espalda. Está cansada. Parece triste). ¿Qué música vas a usar?
Quise algo cercano a la locura.
¿Schumann?
Su primer romance para piano y oboe.
¿Balanchine es el piano?
No, yo soy el piano; él es el oboe. Era tan dulce y yo tan violenta.
¿Por qué dices que será una coreografía íntima?
Porque aunque te digo que el significado es mi presencia en su agonía y su espíritu entrando a mi cuerpo, lo único que va a suceder es una mujer y un hombre haciendo el amor.
¿Y cómo se va a llamar?
¡El perdón!
hrjoglar@gmail.com