Federico García Lorca (Granada, 1898) fue asesinado por las fuerzas rebeldes de derecha que dieron el golpe de Estado a la Segunda República española. Ian Gibson, biógrafo del poeta, dice que su fusilamiento sucedió el 18 de agosto de 1936. Tenía sólo 38 años.
Autor de obras fundamentales del español como Yerma y Romancero gitano, entre los cargos contra él estaban “ser espía de los rusos, estar en contacto con estos por radio, haber sido secretario del socialista Fernando de los Ríos y ser homosexual”, de acuerdo con Gibson.
¿De qué nos habla su muerte? A 90 años del crimen, el doctor Juan Vadillo responde: “Del fascismo. El asesinato de Lorca nos hace reflexionar hasta dónde puede llegar el fascismo para destruir la cultura, al otro, todo aquello que no corresponde con su ideología. Asesinar al más destacado poeta y dramaturgo de su época, joven y por demás prolífico es una muestra de la irracionalidad, el terror, la ignorancia, lo inhumano, la violencia y el odio de un dictador fascista, Francisco Franco, al que no le importó arrancarle a la historia de la literatura los más bellos versos que Federico se llevó con él a la tumba”.
El asesinato del escritor en medio del conflicto político y militar que derivó en la Guerra Civil española contrasta con un hecho: él nunca fue militante de ningún partido. “Sin embargo, estuvo de acuerdo con muchas de las importantes reformas sociales introducidas por el gobierno de la Segunda República española. Públicamente, decía ser partidario de los pobres y de los que sufrían. Su preocupación por la situación de la mujer fue especialmente intensa, como demuestra, por ejemplo, La casa de Bernarda Alba”, comenta el doctor James Valender, de El Colegio de México.
Profesor de literatura española moderna, dice que como verdadero artista, Lorca quiso dar expresión a su propia visión del mundo: “Y a través de sus obras esperaba compartirla con los demás, confiado en la posibilidad de hablar en ellas de algo que fuera universal en la experiencia humana. La suya era una visión marcada por una concepción trágica del amor, pero también por una profunda pasión por la naturaleza. De vivir hoy, sería portavoz de la causa de LGBT y defensor acérrimo del medio ambiente”.
Su visión social
Vadillo, académico de la UNAM, sostiene que aunque Lorca nació en una familia acomodada, era un hombre de ideas progresistas, “recordemos que su gran amigo Salvador Dalí fue admitido en París en el círculo surrealista de André Breton, y los surrealistas contemporáneos al Primer Manifiesto de este último (1924), incluyendo a Dalí, creían —en un principio— que el marxismo era el camino para liberar al hombre de las estructuras racionales. Aunque la correspondencia postal entre Dalí y Lorca no aborde el tema de la ideología política, es muy probable que el poeta granadino coincidiera con su amigo figuerense en diversas ideas de izquierda”.
El experto, que imparte una cátedra sobre la poesía de Lorca, dice que su gran amor a la cultura popular andaluza, al campo y a las clases marginadas se materializó “en una encomiable labor social: en 1932 creó la compañía de teatro universitario La Barraca, con la finalidad de recorrer los pueblos más apartados de España para llevar el teatro de los Siglos de Oro a los más humildes. También hay que destacar que recorría los pueblos andaluces en busca de coplas, refranes y requiebros de tradición oral, que él rescató y que fueron materia prima e inspiración en su proceso creativo a lo largo de toda su obra”.
Este rescate es una de sus grandes aportaciones a la lengua española, al llevar estos elementos al terreno de la poesía culta y a la literatura en general, considera Vadillo.
“Hay que añadir que la belleza y la originalidad de su poesía no solamente aportaron nuevas formas de versificación, sino, sobre todo, novedosas formas de trabajar con la materia popular para transformarla en una poesía de vanguardia. En este sentido La casa de Bernarda Alba, aunque está escrita en prosa, es un magnífico ejemplo de la adaptación y la transformación del lenguaje popular andaluz para llevarlo a una obra culta. Se trata de una manera de poetizar el habla cotidiana de los pueblos andaluces”.
Valender considera que “con su teatro, no menos que con su poesía, demostró la posibilidad de combinar los recursos más vivos y variados de la tradición popular con los experimentos más atrevidos y valiosos de la vanguardia de su tiempo”.
El experto del Colmex dice que así como su teatro resulta sumamente lírico, “su poesía tiene un fondo dramático innegable, como los poemas de su Diván del Tamarit, así como algunos de los breves que componen su Poeta en Nueva York. En el caso de su teatro tengo preferencia por dos piezas que suelen considerarse menores: La zapatera prodigiosa, que es una divertidísima reflexión sobre los problemas que los hombres y las mujeres suelen encontrar en el matrimonio y sobre su posible solución, y Amor de don Perlimplín con Belisa en su jardín, que en cierta medida retoma el mismo argumento, pero dándole un desenlace trágico”.
Para Vadillo, García Lorca “es en definitiva uno de los grandes dramaturgos de toda la historia del teatro en español. Sus dos obras dramáticas más importantes, La casa de Bernarda Alba y Bodas de sangre, están a la altura de los poemas dramáticos de Lope, el dramaturgo más importante de los Siglos de Oro”.
El experto dice que “los dos grandes” son afines en su amor por Petrarca, en su manera natural de llevar el verso al teatro “y, sobre todo, en haber asimilado la esencia de la lírica hispánica, tanto la culta como la popular, para transformarla en la poesía dramática más bella en voz de los actores”.
“Un andaluz profesional”
Valender y Vadillo coinciden en que el legado del escritor español se refleja en diversas áreas de su obra.
“Jorge Luis Borges decía de Lorca que era ‘un andaluz profesional’. Y, en efecto, en su obra hay elementos que podrían parecer costumbristas, es decir, decorativos. Pero se trata de un barniz más aparente que real. Y es que su capacidad imaginativa es tan inmensa, su vitalidad tan extraordinaria, que su obra cancela por completo cualquier viso de convencionalidad, transformando en seguida en poeta a quien la lea o la escuche”, sostiene Valender.
Agrega que para quien comprenda cómo el lenguaje poético puede enriquecer nuestra experiencia del mundo, “la obra de Lorca (como la de todo gran escritor) resulta una fuente inagotable de sorpresas y descubrimientos que nos ayudan a recordar cosas que no sabíamos haber experimentado alguna vez”.
Vadillo considera que fue un genio y un ejemplo del espíritu renacentista en pleno siglo XX, pues “en las sociedades competitivas occidentales cada vez es más difícil que los individuos puedan desarrollar su talento multidisciplinario de esta manera”.
Por eso el caso de Lorca es una excepción porque, por ejemplo, estudió guitarra flamenca, “además tocaba tan bien el piano que grabó con la cantante La Argentinita el disco Colección de canciones populares españolas con temas que él mismo seleccionó. Tenía tanto talento para la música que su amigo el gran compositor Manuel de Falla lo exhortaba para que se dedicara totalmente a este arte. De ahí que la musicalidad de sus versos en su Romancero gitano sea insuperable. Para Lorca la poesía y la música eran casi lo mismo: la primera con sus consonantes percutivas y sus vocales cantoras, y la música que nos dice todo sin decirnos nada”.
Un espíritu lúdico
“Lorca era un gran dibujante, conseguía —igual que su admirado Joan Miró— que sus dibujos emularan el trazo de un niño. Además, llegaba a sus conferencias con un estuche de guitarra que ponía sobre la mesa, entonces la audiencia pensaba que iba a tocar, pero, en cambio, sacaba del estuche los manuscritos que iba a leer”, dice el doctor Vadillo, autor de Romancero gitano. De la tradición a las vanguardias (2020).
hc