En el centenario de su nacimiento, Fidel Castro continúa siendo para sus biógrafos una de las figuras más singulares de la era moderna.
El idealista que hablaba de justicia, pero construyó un sistema que negó la libertad; el insurgente que se alzó contra Fulgencio Batista para terminar convirtiéndose en dictador; el nacionalista que prometió la soberanía de Cuba, pero hizo que la isla dependiera de la Unión Soviética.
¿Quién es Fidel Castro?
Fidel: el revolucionario que amplió el acceso a la educación y la salud, mientras presidía un régimen de censura y escasez recurrente.
Castro, el defensor de los pobres cuyas políticas contribuyeron a crear privaciones crónicas, y el líder que afirmaba encarnar a la nación cubana, mientras contribuía a empujar al exilio a una parte enorme de esa misma nación.
Sus biógrafos más acuciosos, que se pueden contar con los dedos de una mano, notaron desde temprano los rasgos de una personalidad dual: el líder carismático y el calculador despiadado; el actor publicó exuberante y el hombre impenetrable en su privacidad.
“Era un héroe, pero también —y por eso mismo— su contrario. Como líder y estratega, había llegado a su límite al diseñar una política a la vez inclusiva y excluyente. Por tanto, no era ningún santo”, notó Claudia Furiati en Castro: una biografía por consentimiento. Una obra que fue resultado de años de investigación en Cuba donde accedió a material inédito.
En Fidel: un retrato crítico
En Fidel: un retrato crítico, Tad Szulc presenta a Castro como un cúmulo de contradicciones: carismático e imponente, pero también profundamente reservado, desconfiado, manipulador y emocionalmente aislado.
Szulc, quien también tuvo acceso excepcionalmente amplio al propio Castro, incluidas conversaciones grabadas, describe a Fidel como una persona “profundamente introvertida y melancólica”, que traza su evolución desde un “conspirador ruidoso e ineficaz” hasta convertirse en un revolucionario y estadista mucho más consumado.
Georgie Anne Geyer, autora de Guerrilla Prince, sostiene que “la historia que le ha sucedido a Cuba es la historia que le sucedió a Fidel Castro”.
Es decir, Cuba no sólo tuvo un gobierno encabezado por Fidel; progresivamente, el gobierno adoptó características del propio Castro: su impaciencia, su afán de riesgo, su fascinación por los grandes gestos históricos, su desconfianza por los rivales y su convicción de que él comprendía el destino de Cuba mejor que las instituciones.
“Esta es la revolución socialista y democrática de los humildes, con los humildes y para los humildes”, declaró el 16 de abril de 1961 frente al cementerio de Colón, en las honras fúnebres de los caídos durante uno de los bombardeos que precedió la frustrada invasión de Bahía de Cochinos. Fue la primera vez que proclamó el carácter “socialista de su movimiento”.
Sesenta y cinco años después de ese discurso, el centenario de su natalicio llega en uno de los momentos más sombríos para el experimento revolucionario que marcó la historia de Cuba: escasean los alimentos y las medicinas, los apagones son parte de la vida cotidiana, aumenta el desencanto de una población exhausta.
El niño de Birán
Fidel Castro Ruz nació el 13 de agosto de 1926 en Birán. Un asentamiento rural en el oriente de Cuba rodeado de las más grandes transnacionales de la fruta, la madera y la minería.
Sus padres, el migrante irregular gallego Angel (Anxo) María Bautista Castro e Argiz y la cubana Lina Ruz González, su segunda esposa, eran dueños de la próspera finca Las Manacas.
Sus biógrafos lo describen como un niño llamado cariñosamente Titín, con el carácter calmado de la madre, pero con el mal genio del abuelo Pancho. Fidel fue enviado junto con sus hermanos Ramón y Raúl a cursar estudios en un internado jesuita.
Fidel atrajo, por primera vez, la atención nacional como un joven abogado revolucionario.
Tras el fallido asalto al Cuartel Moncada en 1953, su alegato judicial, conocido como La historia me absolverá, en el cual identificó seis problemas urgentes: la tierra, la industrialización, la vivienda, el desempleo, la educación y la salud.
También, en una ironía histórica, reclamó la restauración de las libertades civiles y de la democracia política.
Desde la Sierra Maestra, la insurgencia de Castro prometía algo más que la caída de Batista. Ofrecía tierras, una mayor participación de los trabajadores en las ganancias y una república soberana, libre de corrupción y de tutela extranjera.
Tras la victoria, en enero de 1959, la Revolución avanzó con rapidez en algunas de esas promesas. Redistribuyó la tierra, redujo los alquileres, nacionalizó las principales industrias y lanzó la Campaña Nacional de Alfabetización de 1961.
La educación y la salud se convirtieron en los pilares más visibles del nuevo sistema.
Pero la democracia política no sobrevivió a la consolidación del nuevo poder. Los centros de dominio alternativos fueron desmantelados, desaparecieron los medios de comunicación independientes, los opositores fueron encarcelados o empujados al exilio y los tribunales revolucionarios llevaron a cabo ejecuciones sumarias.
El Estado de partido único instaurado por Fidel Castro permaneció incluso después de que una enfermedad lo obligara a ceder el poder a su hermano Raúl. El pacto quedó definido en términos de derechos sociales, pero sin espacio para los derechos políticos.
La ruptura con Estados Unidos endureció ese modelo. Washington consideró por décadas a Cuba como parte de su esfera de influencia. Las nacionalizaciones impulsadas por Castro, su discurso antiestadunidense y la creciente alianza con la Unión Soviética provocaron que las tensiones mutaran en una confrontación abierta.
Estados Unidos rompió relaciones diplomáticas con Cuba y permitió la fallida invasión de Bahía de Cochinos en 1961 e impuso un embargo económico que, con matices, sigue vigente.
Un año más tarde, la instalación de misiles nucleares soviéticos en la isla llevó al mundo al borde de una guerra atómica durante la crisis de los misiles de 1962.
Durante décadas circularon rumores sobre intentos de eliminar físicamente a Castro, los cuales fueron confirmados por la Comisión Church del Senado de Estados Unidos en 1975.
Además, la Comisión reveló múltiples planes de la CIA para asesinar al líder cubano. Entre ellos figuraban proyectos como cigarros envenenados, un traje de buceo contaminado con sustancias letales y una pluma con aguja venenosa, entre otros.
El historiador Louis A. Pérez Jr., es uno de los mayores especialistas en las relaciones diplomáticas entre Cuba y Estados Unidos. Sostiene que Fidel se convirtió en “un recordatorio constante de los límites del poder de Estados Unidos”.
KL