M+.- Hay un momento específico que se repite en muchísimos cuartos de chicos veinteañeros: alguien está leyendo un libro, avanza dos páginas, siente vibrar el celular, lo desbloquea “sólo tantito”, abre TikTok y, 20 minutos después, ya no recuerda qué estaba leyendo. Abandonó el libro porque algo más rápido, brillante e inmediato le ganó la atención por unos segundos. O por una hora.
La escena explica una de las contradicciones más raras de la Gen Z. Una generación que todavía cree profundamente en el valor de los libros, pero que vive atrapada en un ecosistema diseñado para impedir la concentración. Los jóvenes siguen comprando libros y siguen viendo la lectura como algo inteligente y hasta aspiracional. Pero también sienten que leer se volvió muchísimo más difícil.
Los libros no han perdido importancia, es sólo que ahora compiten contra algoritmos entrenados para capturar el cerebro cada tres segundos.
Fátima tiene 21 años, estudia Ciencias Políticas y ama leer. Compra más libros de los que puede terminar. Tiene pilas acumuladas en su cuarto, subrayadas, dobladas, llenas de ‘post-its’. Habla de sus libros como quien habla de una colección emocional.
“El hobby de leer y el hobby de comprar libros son hobbies separados”, dice riéndose.
Hace poco leyó El invencible verano de Liliana, de Cristina Rivera Garza. Lo compró porque llevaba meses viéndolo por todos lados. Empezó a leerlo en el trayecto de regreso a su casa y terminó abandonando el libro que ya estaba leyendo para clavarse por completo en esa historia. Pero incluso ella, alguien que genuinamente disfruta leer, admite que concentrarse ya no es tan fácil.
“Me cuesta trabajo dar el empuje para agarrar el libro”, dice. “Ya cuando estoy leyendo me voy y me voy, pero empezar… cuesta mucho”. Ella cree que la razón tiene que ver con la velocidad de internet y los videos cortos. Su mente, al igual que la mayoría de su generación, está acostumbrada a cambiar de pantalla cada pocos segundos. “Vivimos en un mundo muy rápido últimamente”.
Esa sensación aparece incluso entre quienes sí tienen el hábito lector. Fátima cuenta que cuando los textos de la escuela se vuelven demasiado largos, termina usando ChatGPT para pedir “el resumen del resumen”. La frase da risa porque es brutalmente familiar. Leer algo largo, mantener la atención y sobrevivir el aburrimiento empieza a sentirse como una capacidad en extinción.
Será que perderemos, en las futuras generaciones, esa capacidad de coleccionar libros, como lo escribe Federico Bianchini en su crónica en la revista DOMINGA: “Mi cava de libros, un placer culposo que se me fue de las manos”. ¿Leer está en peligro de extinción?
¿Nuestra capacidad de atención cambió por las redes sociales?
Sara, de 20 años y estudiante de Ingeniería Industrial, también se considera lectora. El último libro que leyó fue El hombre en busca de sentido, de Viktor Frankl. Lo abrió después de que le rompieran el corazón. “En vacaciones leo por gusto”, dice. “Pero en el semestre leo por escuela y ya no me da tiempo”.
También prefiere leer en físico. Le gusta hacer anotaciones y sentir las hojas. También compra más libros de los que puede leer. Y admite que, mientras intenta concentrarse, muchas veces preferiría abrir TikTok. “No sé si todos los de nuestra generación”, dice, “pero yo sí tengo menos paciencia para leer cosas largas”. Y, aun así, cuando habla de los libros, lo hace casi como si hablara de una experiencia emocional irreemplazable. “Siento que en los libros entras a un mundo compartido”, explica.
“Las imágenes son las tuyas. El contexto que tú tienes guiado por el escritor”.
Ahí aparece otra contradicción interesante: la Gen Z consume cantidades absurdas de contenido todos los días, pero muchos siguen sintiendo que ningún formato reemplaza completamente la experiencia de leer. Porque leer implica imaginar y permanecer. Y tal vez eso es precisamente lo que se volvió difícil.
Martha, de 21 años y estudiante de Comunicación, casi no lee libros. Ni siquiera recuerda el último que terminó. “No siento que tenga tiempo”, dice. “O que vaya a encontrar uno que me guste lo suficiente”. Pero cuando se le pregunta qué sí consume a diario, responde rápido: redes sociales y contenido sobre música. Es decir que no dejó de consumir historias o información, sólo cambió el formato.
Como Fátima y Sara, Martha también siente que su capacidad de atención cambió completamente por culpa de las redes. “Nos hicieron muy impacientes”, dice. “Nos malacostumbran a tener todo súper rápido”. La diferencia es que Martha no logró construir el hábito lector que las otras dos sí. Pero las tres describen exactamente el mismo problema: la saturación mental y la culpa por no leer más.
Porque la culpa también aparece muchísimo en las conversaciones con jóvenes.
Martha cree que leer sigue siendo importante “para ser tantito menos ignorantes” en un mundo lleno de fake news. Y admite sentir presión por verse “culta” aunque no lea. Los libros siguen teniendo prestigio simbólico; siguen funcionando como señal de inteligencia o profundidad. Quizá por eso tantos jóvenes siguen comprándolos incluso cuando no tienen tiempo para terminarlos.
La lectura compite contra un algoritmo que no se acaba
Una biblioteca personal se vuelve también una versión aspiracional de uno mismo. Fátima lo explica mejor que nadie. Dice que le gusta tener libros aunque todavía no los haya leído porque quiere construir un acervo propio. Quiere poder regresar a ellos y consultarlos años después. “Ah, yo sí tengo un libro sobre caballos”, dice entre risas, aunque nunca lo haya terminado.
Los libros sobreviven así. Son acumulados en burós, subrayados, recomendados por TikTok, fotografiados para Instagram, empezados en trayectos del Metro y abandonados a la mitad por cansancio mental.
Hoy la lectura ya no compite contra la televisión, compite contra un algoritmo que nunca se acaba. La lectura se ha transformado en algo más fragmentado y muchas veces más difícil de sostener. Y aun así, entre videos de 15 segundos y el impulso constante de desbloquear el celular, los libros siguen apareciendo como uno de los pocos espacios donde todavía existe algo parecido al silencio.
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