DOMINGA.- Antes del escritor estaba el padre. Andrés Ramírez Bermúdez conserva los manuscritos de sus libros, algunos inéditos y poemas juveniles que nunca quiso publicar, las libretas con consultas al I Ching y varios cuadernos donde registró sueños. Los guarda cerca, “aquí como amuletos”, para cuando necesite revisar una fecha, cotejar una versión o volver a algún momento concreto de la obra de José Agustín. “Los veo poco pero los tengo aquí y a veces me asomo a ellos”, dice. Durante años fue editor de su padre y conoció varios de esos textos antes de que llegaran a los lectores. Ahora todo eso forma parte de su historia familiar
El I Ching, el antiguo oráculo chino escrito a partir de hexagramas, era parte de su vida cotidiana. El padre lo consultaba al despertar, muchas veces todavía acostado y registraba cada tirada con un orden que aún recuerda con precisión. “Sí registraba todas sus tiradas diario. En general no preguntaba nada, ese era su estilo de usar el I Ching. Lo tiraba en la mañana y decía que lo que salía de alguna manera reflejaba lo que vendría en ese día. Decía que era como el espejo del alma”, recuerda.
Cuando necesitaba resolver alguna decisión importante hacía una consulta específica, pero la práctica cotidiana no dependía necesariamente de la pregunta. Andrés lo veía leer los hexagramas, interpretar sus resultados y regresar a ellos durante el día. Así terminó aprendiendo él mismo a utilizar el libro. “Lo observaba, siempre comentaba la tirada en voz alta y comentaba los hexagramas. Así me fui haciendo asiduo a ese libro y también lo empecé a consultar desde la adolescencia”.
José Agustín llevó esa relación hasta su trabajo como escritor. Cada vez que terminaba un libro registraba la fecha y la hora exactas del punto final, volvía al I Ching y levantaba una carta astrológica de la obra. Según Andrés, creía que aquella configuración podía decir algo sobre la fortuna que tendría el libro.
José Agustín Ramírez Gómez, nacido en 1944 y ligado desde joven a Acapulco, murió el 16 de enero de 2024 después de construir una de las obras más memorables de la literatura mexicana del siglo XX. Escribió novela, cuento, teatro, guiones de cine y ensayos sobre rock e historia. Hizo periodismo. Su nombre quedó asociado a la Literatura de la Onda, esa etiqueta utilizada desde los años sesenta para agrupar a escritores que incorporaron a sus textos el habla juvenil, la música, la sexualidad, las drogas, la rebeldía familiar y una experiencia urbana que tenía poca presencia en los libros. En vida rechazó esa clasificación, consideraba que reducía una obra mucho más amplia a un fenómeno generacional.
Antes de convertirse en uno de los nombres de la contracultura, fue un escritor precoz con estudios en letras clásicas, cine y dramaturgia y entró al taller de Juan José Arreola. Su padre le hablaba de Arreola con gratitud y afecto, junto con otras figuras que consideraba decisivas en sus primeros años, como Joaquín Díez-Canedo y Rafael Giménez Siles. Contaba historias del taller, recordaba su cultura y su manera de relacionarse con los alumnos. “Se manifestaba siempre con un agradecimiento y un cariño muy auténtico”, recuerda Andrés Ramírez.
En esos años apareció La tumba (1964), publicada cuando José Agustín apenas había salido de la adolescencia, y dos años después De perfil (1966). Sus personajes escuchaban música, bebían, discutían con sus padres, tenían relaciones sexuales y cargaban con la incertidumbre de no saber qué hacer con sus vidas. Para una generación de lectores jóvenes, aquellas voces sonaban más cercanas a su experiencia que buena parte de la literatura que encontraban en las aulas.
Dentro de la casa, sin embargo, esa historia literaria convivía con otras rutinas. Sus hijos Andrés y José Agustín Ramírez Bermúdez conocieron desde lugares distintos al escritor que llevó el lenguaje de su generación a los libros y desarrolló una obra que atravesó la narrativa, el periodismo, el cine y el teatro. En la casa conocieron también al padre que trabajaba de madrugada, ponía discos y terminó abandonando la escritura después de un accidente.
Sus recuerdos permiten reconstruir esa vida familiar y observar cómo la presencia del padre sí determinó las decisiones profesionales, personales y creativas de sus hijos. Este es un perfil de José Agustín fuera del personaje público.
Los rituales y los sueños de José Agustín
En el archivo familiar también permanecen varios cuadernos de sueños, principalmente relacionados con el periodo en que José Agustín escribió Cerca del fuego (1986). Andrés explica que los cuadernos contienen la narración de lo soñado, sin interpretaciones posteriores ni comentarios que intenten explicar su significado.
La costumbre de registrar los sueños, dice Andrés, comenzó luego de que Juan Tovar, narrador y dramaturgo, le contara que su entonces esposa, la poeta y ensayista Elsa Cross, debía empezar a escribirlos porque de ahí podría surgir una novela.
José Agustín comenzó a recordarlos y anotarlos. Ese material, junto con su interés por Carl Gustav Jung y por el funcionamiento de los sueños, terminó formando parte del proceso de escritura de Cerca del fuego, novela en la que un hombre despierta sin recordar los últimos seis años de su vida y trata de reconstruir ese periodo fragmentado. La familia continúa revisando esos cuadernos y todavía no ha decidido qué parte de ellos podría convertirse algún día en una publicación.
El hijo conserva de aquellos años otra escena. Su padre se había atorado en la escritura de aquella novela y se quejaba de dolores en un brazo. Llegó a intentar escribir con una sola mano. Una noche decidió hacer un ritual frente a la familia. “Era una noche de luna, no me acuerdo si llena o cuarto creciente. Trazó un espacio, un círculo, y se puso en medio. Agarró la máquina de escribir y la levantaba. No sé qué cosas hacía. Fue un ritual que él hizo supuestamente para sacar esa sombra que lo estaba deteniendo. Estábamos ahí con él y los perros. Fue un momento especial”.
Andrés no recuerda las palabras exactas ni cada movimiento, pero sí a su padre dentro del círculo con la máquina de escribir.
Sus primeros recuerdos son más cotidianos. Vuelve a la casa de Cuautla, a los días junto a sus hermanos, a la alberca y a un padre que durante casi toda su vida prefirió escribir de noche. Hubo una temporada en que decidió modificar la rutina porque decía que ya estaba grande para trabajar hasta la madrugada. Sacaba una mesa, colocaba la máquina cerca de la alberca e intentaba escribir durante el día. Las historias sobre La tumba, Arreola, los escritores que conocía o el origen de alguna novela aparecían durante la comida o antes de dormir. Para los hijos eran conversaciones familiares antes de convertirse en referencias de la literatura mexicana.
Pero Andrés no recuerda ese instante exacto en que comprendiera que su padre era una figura conocida. La conciencia llegó poco a poco. Él y su hermano Jesús entraron al taller del padre siendo adolescentes y vieron a otros jóvenes esperar sus opiniones. Años después, cuando Andrés empezó a trabajar en Joaquín Mortiz, se encontró con escritores, editores y lectores que conocían a su padre desde hacía décadas. Algunos se acercaban con admiración y otros discutían sus posturas. Entonces comenzó a dimensionar el lado público del hombre con quien había crecido.
–A él le fascinaba salir de Cuautla, hacer presentaciones o ir al interior de la República. Le gustaba firmar libros, saber quiénes eran los lectores, por qué habían llegado a sus libros, cuál les gustaba más. Entonces sí, se lo llevaban [los lectores]. En casa no estaba un par de días o una semana. Esa parte cuando se iba era un poco triste, sabíamos que se iba por allá al mundo, pero siempre regresaba contento.
Editar a José Agustín y aprender de José Agustín
Andrés Ramírez tenía veintidós años cuando José Agustín le entregó el manuscrito de Dos horas de sol (1994). Había empezado a trabajar poco antes en Joaquín Mortiz y Planeta y todavía aprendía el oficio editorial. Su padre, que llevaba décadas publicando, decidió que él editaría la novela. “Fue el primer libro que edité en mi vida. Le aprendí muchísimo del oficio, de la revisión línea por línea del texto, de la redacción. Es de las cosas a las que más cariño les tengo porque fui su editor hasta el último libro. Hicimos, no sé cuántos, quizás diez libros juntos”.
El parentesco nunca desapareció, claro, pero José Agustín llegaba a esa etapa de su carrera con suficiente experiencia para necesitar pocas intervenciones. Andrés no recuerda grandes enfrentamientos editoriales, aunque sí conversaciones sobre pasajes, personajes y decisiones puntuales. En Dos horas de sol sugirió una modificación mínima: separar mediante un punto y aparte la última línea de la novela. Ambos probaron la opción y estuvieron de acuerdo en que funcionaba mejor. “Cada libro era distinto, porque un autor parece que es la misma persona, pero en cada libro se transforma de cierta manera. Cada libro le imprimía a la experiencia algo distinto".
En cambio, para el hijo menor, la relación con la escritura tuvo un sentido diferente. José Agustín Ramírez Bermúdez fue el último de los tres hermanos en dejar la casa familiar. Andrés y Jesús salieron de Cuautla para continuar sus estudios en la Ciudad de México y él permaneció más tiempo con sus padres.
Hizo periodismo cultural, escribió cuentos y publicó algunas piezas, pero durante años dudó de buena parte de lo que producía. El padre leía sus textos y los revisaba sin demasiadas consideraciones. “Me corregía todo. Ponía con sumo detalle: 'No, no, esto no'. Me dio muchísimos tips que se me quedaron grabados. Había estado en el taller de Arreola, había dado sus propios talleres y se la sabía de todas. Me decía: ‘Ahí la llevas’. Y con el periodismo cultural: ‘Mira, sí, así, hombre, ya’”.
José Agustín lo acompañó incluso a La Jornada para presentarlo con la sección cultural, donde posteriormente colaboró, pero escribir bajo el apellido del padre resultaba difícil. El hijo menor lo explica sin convertirlo en reproche: “La sombra de mi padre es una sombra cálida y generosa, digo yo, pero sí es bien difícil siquiera atreverse a escribir algo cuando tienes enfrente este árbol gigantesco”. Probó teatro, actuación y música. Intentó también mantenerse lejos del trabajo artístico. “Intenté de todo para alejarme. Intenté no ser artista. Pero nada funcionaba. Para lo poco que tengo algún talento o inteligencia, pues es lo que me heredaron aquí”.
La pintura terminó ofreciéndole un espacio donde se sentía menos condicionado por la comparación con su padre. En ese proceso fue importante Héctor Augusto Ramírez Gómez, hermano mayor de su padre y pintor, a quien recuerda como uno de sus maestros. De niño escuchó conversaciones entre ambos hermanos sobre literatura, política, filosofía y arte, y recibió de cada uno referencias diferentes. “Mi jefe estaba cuente y cuente novelas, nos leía de todo, nos platicaba, recitaba. Era como una enciclopedia caminante. Era como de: ‘No te vas a escapar de todo esto que hay que conocer’”. El tío lo acercó con mayor intensidad a la pintura y le habló de artistas como Caravaggio, Giotto y Leonardo da Vinci.
La lectura de José Agustín tampoco llegó mediante una obligación escolar. El escritor intentó decidir cuándo ya estaban preparados para ciertos temas. Al hijo menor le sugirió empezar por De perfil (1966), centrada en un adolescente que enfrenta tensiones familiares, con amistades, descubrimientos sexuales y la incertidumbre sobre su futuro, antes de acercarse a La tumba (1964) –“muy dark”, le dijo–, que sigue a Gabriel Guía, joven desencantado que transita entre conflictos familiares, relaciones sexuales, alcohol y una creciente sensación de vacío.
“Estaba entrando a secundaria y me vino como anillo al dedo. Después leí La tumba y pensé: ‘Está chingón, no veo por qué se asustan tanto’”. Leer al padre le permitió conocer aspectos que no siempre aparecían en la convivencia cotidiana. “Su literatura me explicó muchísimo de su ser. Cada vez lo veía más complejo, sofisticado, singular. Desde que empecé a leerlo había cosas que me fascinaban y otras que me hacían pensar: ‘Este vato es demasiado’”.
Esa relación encontró una salida concreta en La panza del Tepozteco (1992). José Agustín hijo tenía dieciséis años cuando hizo las ilustraciones de la primera edición. Décadas después volvió sobre aquel trabajo para una edición conmemorativa, produjo nuevas imágenes y revisó algunas de las originales. Su padre había sido claro desde el primer trabajo: no quería ilustraciones que repitieran lo descrito por el texto. El hijo menor terminó regresando a la obra paterna desde una práctica artística que había construido por su cuenta. Su padre alcanzó a ver parte de ese desarrollo y lo acompañó también a algunas exposiciones.
La poesía juvenil y su encuentro con Margarita Bemúedez
Andrés permaneció más cerca del trabajo editorial y, después de la muerte de su padre, continuó revisando materiales que todavía no forman parte de la obra publicada. Entre ellos aparecen cientos de páginas de poesía juvenil. José Agustín comenzó escribiendo versos durante la adolescencia y después decidió que no tenían que publicarse. Una parte corresponde a los años en que conoció a Margarita Bermúdez durante la preparatoria.
Se casaron en 1964 y permanecieron juntos durante décadas, ella sería además la madre de sus tres hijos: Andrés, Jesús y José Agustín. Para Andrés, encontrar esos textos no significa que deban editarse automáticamente. El trabajo consiste en determinar qué escribió, cuándo lo hizo, dónde pudo haber aparecido y qué decisiones tomó posteriormente sobre ese material.
–Lo que se va revelando son las fases en las que estaba. Comentarios del año ‘67 o del ‘81 permiten ver la trayectoria de una persona y cómo va transformándose, cómo va matizando ciertas cosas. No diría que haya descubierto algo súper revelador. Es un trabajo en desarrollo. Todavía puede haber alguna revelación ahí que me está esperando, que nos está esperando como familia –dice Andrés.
Los últimos años en Cuautla
En abril de 2009, José Agustín cayó de un escenario durante un acto público en Puebla. El accidente provocó lesiones graves y dio inicio a una etapa que alteró su vida cotidiana. Con el tiempo desarrolló hidrocefalia, su actividad pública disminuyó y varias de sus capacidades comenzaron a deteriorarse. Ese hombre superelocuente que podía hablar durante horas, discutir un libro, una película, una noticia, que “hablaba por los codos, opinaba de lo que fuera, que tenía un gran ánimo escénico, histriónico, eso se fue apagando”, recuerda.
El hijo menor estuvo durante buena parte de esa etapa en Cuautla y acompañó a su madre en los cuidados cotidianos. Había conocido desde niño la rutina nocturna de José Agustín. El escritor trabajaba durante la madrugada y dormía buena parte de la mañana, de modo que rara vez coincidía con sus hijos durante el desayuno. “Yo no lo vi nunca en las mañanas. No desayunábamos con él porque se levantaba tarde, ni siquiera los fines de semana”. Después del accidente comenzó a presenciar una situación distinta: el padre todavía intentaba escribir, pero cada vez podía hacerlo menos y llegó un momento en que abandonó por completo el trabajo.
–Fue un placer y un privilegio, y también fue difícil, muy complicado, como para cualquiera que haya tenido que ayudar a sus padres en la edad adulta. Yo fui quien se quedó aquí con mi jefa ayudándole en un montón de cosas. Fue disminuyendo su actividad, su ritmo de trabajo y, de pronto, dejó de escribir por completo. Mi jefa y yo nos quedamos aquí a cuidarlo –dice José Augustin hijo.
El hijo menor reconoce que antes hubo diferencias y periodos complicados, pero no quiere que esa parte termine explicando todo el vínculo. “Al final, en esos últimos quince años de su enfermedad, nos llevamos muy bien. Decidimos hacer borrón y cuenta nueva con cualquier bronca que hubiéramos tenido. Fue maravillosamente crecer con él y cada vez me doy más cuenta de lo importante que es su obra. Eso pesa muchísimo más que cualquier otra bronca”.
El cuidado terminó acercándolo nuevamente a la escritura: abrió un blog para contar parte de lo que estaba viviendo con su padre y después describió esa experiencia, medio en broma, como una forma de “psicoanálisis público”. Algunos de esos textos lo devolvieron al periodismo cultural.
En los últimos días la familia volvió a reunirse en Cuautla y la música ocupó buena parte del tiempo. Andrés recuerda esos diez días en los que buscaron discos que su padre había escuchado durante años. Sonaron The Waterboys, Notting Hillbillies, Procol Harum, Traffic, Rolling Stones y Pink Floyd. “Fisherman’s Blues”, de los Waterboys, es una de las canciones que inmediatamente lo lleva a esos días. “Fue un disco que le fascinó. En esos últimos días le pusimos muchísimo de lo que él quería oír, de lo que le gustaba, de lo que lo hacía recordar”. La música había estado presente desde la infancia, cuando les mostraba discos y hablaba de grupos nuevos.
El hijo menor recuerda esa relación como una conversación que continuó durante años: “Nos comunicábamos con él a través de las artes. Siempre era un estarse actualizando: ‘Oye, ¿ya viste esto?, ¿ya conoces esto nuevo?, ¿ya escuchaste esto?, ¿ya viste esta película?’. Él me trajo así toda la vida y después yo le estuve replicando. Mis hermanos también. La gente que más lo quería llegaba y le decía: ‘Tienes que oír esto’”. Incluso cuando la enfermedad dificultó las conversaciones, siguieron utilizando discos, películas y libros para mantenerse cerca.
José Agustín conservó algunos hábitos hasta muy cerca de la muerte. Andrés recuerda que fumaba Alas sin filtro y que fumó hasta el penúltimo día de su vida. Cuando José Luis, el sacerdote cercano a la familia, acudió a Cuautla para la unción de los enfermos, José Agustín pidió una última cerveza: una Bohemia y ambos se la tomaron juntos. El hijo menor publicó en Facebook información sobre aquella visita sin imaginar que la publicación sería retomada por los medios y terminaría convirtiéndose en una noticia sobre el estado de salud del escritor. Borró el mensaje cuando se dio cuenta del alcance que había tenido, pero la información ya circulaba.
La construcción de un archivo familiar
José Agustín murió el 16 de enero de 2024, a los 79 años. Después de la muerte, Andrés Ramírez continuó revisando manuscritos, diarios de sueños, libretas del I Ching, poemas y textos que todavía necesitan ser identificados.
La familia evalúa qué materiales podrían tener una vida editorial y cuáles pertenecen al archivo personal. Andrés evita presentar ese trabajo como la búsqueda de un secreto definitivo sobre su padre. “Estoy revisitando su vida a partir de sus experiencias y de entrevistas para tratar de entender un poco más cómo decidió todo lo que hizo. Por supuesto que me importa su literatura, pero a nivel personal estoy pensando en él como papá, como esposo, como abuelo”.
José Agustin Ramírez participa en otros proyectos relacionados con la obra mientras continúa pintando e ilustrando. Ha vuelto a trabajar sobre La panza del Tepozteco, participa en conversaciones alrededor de un posible documental y ha propuesto montar Círculo vicioso (1974) con internos de una cárcel de Cuautla, aunque el proyecto todavía no está concretado. “Me considero uno más de sus lectores y admiradores, aparte de su hijo”, dice. Después de años de intentar establecer una distancia frente a la figura paterna, no habla ahora de ocupar su lugar ni de continuar su carrera. Mantiene su propio trabajo y participa en aquello que considera necesario para que los libros sigan encontrando lectores.
Cuando se les pregunta qué hablarían hoy con su padre si pudieran volver a sentarse con él, los dos llegan a asuntos que quedaron fuera de la literatura.
Andrés querría preguntarle por la muerte, por algunas decisiones sentimentales y por Cuba, país al que José Agustín viajó siendo adolescente para participar en una campaña de alfabetización y cuya revolución influyó en su formación política. José Agustín hijo piensa en continuar las conversaciones que habrían tenido: mostrarle una película reciente, un disco nuevo y preguntarle qué piensa del mundo.
Después aparece otro tema. El padre que leyó a Jung, que consultaba el I Ching, que levantaba cartas astrológicas para sus libros y hablaba con sus hijos sobre las tradiciones espirituales, después de su muerte se le parece en sueños al menor. En uno de esos sueños recibió una llamada telefónica y apenas lograba escuchar la voz de su padre.
“Le decía: ‘casi no te escucho. ¿Dónde estás?’. Y él me decía: ‘Estoy en el centro’”. Cuando despertó, pensó primero en el centro de Cuautla y después en el de la Ciudad de México. Más tarde recordó La mirada en el centro y algunas de las conversaciones de su padre sobre Jung y el significado que atribuía a determinados símbolos. No encontró una explicación definitiva.
Tiempo después, la familia llevó las cenizas de José Agustín a Chalcatzingo, Morelos, una zona arqueológica que sus hijos conocían desde jóvenes porque su padre acostumbraba llevarlos allí.
GSC / MMM