Mi mamá y mi papá llegaron a tener fuertes enfrentamientos durante los cuales mi mamá lloraba por las agresiones, sobre todo verbales, que él me propinaba. Así pude deducir el significado de la palabra “fiscal”. “Carolina nos fiscaliza todo el tiempo. Quiere saber todo”, le decía. Sí quería saberlo todo y, al mi padre no responderme, al decirme “Fiscal” y al haberme dado una vez una cachetada harto de mis preguntas, me llevó algunas veces al borde del delirio. Yo no preguntaba por curiosidad sino porque la incertidumbre me invadía y, entonces, me volví fiscal. “¿Cuándo te vas a ir?” “¿A qué hora vas a regresar?” “¿Cuántos días faltan para que sea domingo?” “¿Cuánto falta para Navidad?” “¿Te vas a morir?” “¿Cuándo te vas a morir?” “¿Yo me voy a morir?”
Las preguntas caían como en cascada a determinadas horas del día, sobre todo en las tardes en que la perspectiva de la noche empeoraba mi angustia. En cambio, mi mamá me respondía como mejor podía. A veces con paciencia y con la conciencia de que yo era apenas una niña. A veces apresuradamente porque ya se le hacía tarde para sus clases (en mi infancia ella eligió su giro profesional y de éste se aferró para llevar a cabo su lucha existencial, fugándose). Se le hacía tarde para llegar al grupo de alumnos de la empresa Celanese Mexicana o al Instituto Familiar y Social a enseñar Historia del Arte. O para llegar a la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM con el maestro Xavier Rojas, al que idolatraba.
A veces me respondía abruptamente, como cuando le pregunté un sábado mientras se miraba al espejo por qué iba a ir a su día de salida con mi papá, que si se iba a morir y —tajante— me contestó: “Sí, todos nos vamos a morir”. Y al poco rato se fue de cine o de coctel o de cena. Lucía preciosa, vestida de gamuza, con botas, muy bien peinada con un poco de crepé y maquillada como si fuera su propia maquillista (mi mamá quiso ser pintora y hasta la fecha pinta. Es muy habilidosa: sabe coser, cortar, dibujar y, por supuesto, utilizar el maquillaje). Siempre se ha esmerado mucho con la boca y se la pinta y delinea sin ver. Esa noche yo vi cómo se la pintó de rojo, paró la trompa y se la empolvó. Luego se puso otra capa de rojo y se la delineó con un lápiz más oscuro. Al final besó, literalmente besó, un papelito que estaba a su alcance y así retiró el exceso de brillo. Había siempre besos suyos en las cajas de medicinas y de klínex, en sobres de papel y en libretas. Era la mamá más bonita del mundo con sus ojos de luna, uno con un lunar en el cristalino. Con la nariz tan afilada que se le forma una bolita en la punta. Con la boca pintada.