La Pavana María Rosa

Vibraciones

(Especial)
Ciudad de México /

Mi abuela, de niña, quiso cantar ópera. Crecí escuchándola tararear el aria de libertad de Violeta en La Traviata; su voz no tenía fuerza, pero sí una expresión tierna y gran sentido de la afinación. Era una mujer que escuchaba música por la mañana, después de comer y con música se quedaba dormida.

Su compositor preferido: el francés Gabriel Fauré, cuya Pavana la hizo llorar a mi lado un sábado por la noche —de 1995 o 1996— en la Sala Nezahualcóyotl. La única vez que la vi llorar. Un llanto mudo de pocas lágrimas, que no se preocupó por limpiar, y cayeron una a una —conté 17— sobre la enroscada bufanda roja que calentaba su vientre.

Las pavanas son tan graves que a veces suenan lóbregas; música rígida y profunda, que avanza lenta y solemne. La pavana era la única danza que mi abuela bailaba. La sentía suya por española y se identificaba en ella por íntimas coincidencias idiosincráticas y ¿psicológicas?: gravedad de carácter; pensamiento denso; gusto por la claridad, el espacio vacío y los tonos definidos; repulsión por las saturaciones (cromáticas y sonoras), la algarabía, las multitudes, la velocidad y el gozo fácil.

Mi abuela bailaba con digna elegancia; movía el cuerpo en relación directa con los sonidos: sin prisas ni adornos ni sonrisas. Y desde que era viuda —mi abuelo murió en 1992— siempre bailaba sola las pavanas, con los brazos —menudos, ligeros, siempre cubiertos— extendidos hacia el aire.

En octubre de 1998, le dije a mamá: “¡Quiero comisionarle a tu amigo músico una pavana que escriba exclusivamente para abuelita, que se llame Pavana María Rosa, para piano y viola. Y se la tocamos el día de su cumpleaños; yo toco el piano y tú la viola”. Mi mamá accedió en pagarle a su amigo —el director de orquesta Tomás Alcántara Meléndez—para que compusiera la obra.

Durante unas semanas —a mis casi 12 años—, me involucré —de manera tajante, absoluta y posesiva— en cada detalle de la pavana para mi abuela. Fui con mamá al taller de su amigo compositor. Le dije que quería una obra cercana a la de Fauré en espíritu y desarrollo, solo que más breve (no más de 5 minutos), escrita para piano y viola, en donde toda la invención melódica estuviera destinada a la viola y el acompañamiento armónico al piano. Una pavana en tono menor, en tesituras medias y graves, de lenguaje claro, plenamente melódica, un tanto lóbrega, muy seria, lenta, con prolongados silencios en donde todo se sintiera importante, decimonónico y trascendente.

El 25 de diciembre de 1999 mi abuela cumplió 73 años. Esa noche, después de la cena en su casa (vivía en la colonia General Anaya), cuando mi abuela fue a la cocina a sacar el café, me senté en el piano de la sala —un piano vertical blanco que me había ocupado de mandar a afinar dos días atrás— y comencé a tocar los primeros acordes de la Pavana María Rosa. Mi mamá, de pie delante de mí, de cara a la mesa del comedor, tocó muy suavemente, de memoria, su viola; los pasajes me sonaron tan cantables que de pronto me arrepentí de no haber pedido la pavana para piano, viola y mezzosoprano y así también hacer que mi abuela la cantara. Distraído con fantasías semejantes, me equivoqué en el tempo dos o tres veces, pero mi abuela, parada en la puerta de la cocina, estaba rígida, en un estado nervioso de pasmo y sorpresa… de maravilla, como en una película.

Repetimos dos veces la pavana y cuando mi abuela supo que era una partitura creada ex profeso para ella —para celebrar su vida—, se sentó al piano, puso la partitura —que le dediqué: “Con mucho amor, tu nieto te regala la Pavana María Rosa: danza para curar el recuerdo y combatir el cansancio”— en el atril y tocó una versión que resultó encantadora por torpe y balbuceante.

  • Hugo Roca Joglar

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