La presencia de su ausencia

Merde!

Margarita Sanz, Rosa María Bianchi
Ciudad de México /

Margarita Sanz, te extraño. No tienes idea la de veces que te busco en la cartelera teatral y no te encuentro. Por qué, no sé, pero las obras en las que trabajas se cubren del halo de tu actuación. ¿Será que de repente dejas de estar en un escenario y el teatro se entristece? Igual me pasa con Rosa María Bianchi.

Desde que las vi por primera vez en In memoriam, de Héctor Mendoza, Rosario la de Acuña era inmortal en su voz y cuerpo. Bailaban, cantaban, actuaban como hermosas mujeres que brillaban incluso en la oscuridad. No está de moda hacer loas a las actrices de este tiempo pero me importa un bledo. Son la presencia con su ausencia.

Margarita, la sutileza de tu trabajo es de una magnitud que despierta conciencias aun en almas dormidas. ¿Qué pasa, Margarita, por qué no trabajas en los escenarios? ¿Ya no hay papeles para ti, Rosa María, excelsa mujer que puede transformarse con Veronese en Mujeres soñaron caballos? ¡Qué no las desaparezca la televisión! (en Wikipedia apenas aparece su origen, el teatro).

Pertenecen a una generación de actrices que podían dominar la escena como si fueran las únicas capaces de iluminar con su arte histriónico ese espacio vacío que, con ustedes, cobraba dimensiones dionisiacas. Igual que Julieta Egurrola, Luisa Huertas, Ana Ofelia Murguía y Angelina Peláez. ¿Qué hicieron de ustedes los directores del teatro mexicano que las extinguieron en las sombras de compañías sin rumbo para el actor? Mala época para mujeres con carácter que, como ustedes, serían capaces de ofrecernos los frutos de la tierra y los excrementos del alma.

“Actuar es reaccionar activamente a estímulos ficticios”, decía Héctor Mendoza. Y tú, Margarita, hacías con los dones del sueño de tu mente que la realidad fuera tan procaz y lúdica, tan etérea y oscura como esa mancha que cubre de ilusiones a un espectador. La bendición de tu risa. La candidez de tu mirada. La sutileza en tu voz. Capaz de romper la rigidez de cualquiera porque tienes la gracia de hacernos reír como si fuera la primera vez.

De verdad no entiendo qué pasó. Se decía que eran monstruos que trabajaban por su cuenta, que ningún director podía con ellas. No. En realidad no se atrevieron a irse con los jóvenes que hoy hacen la escena contemporánea. Se quedaron en el confort de la beca estatal. No Margarita Sanz ni Rosa María Bianchi —una señora con distinción y porte de entereza que confronta al dramaturgo más difícil—. Han seguido caminos distintos. Se reciclan y, de vez en vez, aparecen fulgurantes dando clases magisteriales. Regresen. Urgen en un teatro que ha perdido la identidad de sus escasas divas que hacen que la escena tenga sentido.

No se pierdan la oportunidad de perseverar para alcanzar.

  • Braulio Peralta
  • juanamoza@gmail.com
  • Periodista, ensayista y editor. Autor de Otros nombres del arcoíris, El poeta en su tierra, diálogos con Octavio Paz, De un mundo raro, un libro de crónicas de sus personales viajes como corresponsal en España, y El clóset de cristal. Publica todos los lunes su columna La letra desobediente.

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