La celebración de Alfredo Bryce Echenique

La guarida del viento

Alfredo Bryce Echenique sigue presente en sus personajes desmesurados y en el humor de su narrativa, universo literario que celebra la vida y la memoria.

Alfredo Bryce Echenique, 1939-2026. (EFE/ Paolo Aguilar / ARCHIVO)
Alonso Cueto
Ciudad de México /

Querido Alfredo. El hecho de que hayas partido esta semana no debe ser un obstáculo para que sigas conversando con tus amigos y tus lectores. En realidad, sabemos que los ponías en lo alto de ese altar barroco de los afectos que ha sido tu vida y tu obra. La amistad para ti era un culto. Sobre ti podría decirse lo mismo que decía Julius sobre Vilma, Arminda y Berta y otros sirvientes del palacio en Un mundo para Julius: “Qué bárbaros para querer”. Sí, creo que ese podría ser un modo de referirse a todos tus personajes, y a ti mismo, a lo largo de tu vida.

Porque la desmesura, el exceso, la variedad, formaron una clave de comprensión del mundo. La verdad, como lo dijiste varias veces, está en el cuarto de un niño que ha jugado con sus juguetes, antes de que su madre venga a ordenarlos. En ese desorden de la ternura y el asombro respira el humor de tus novelas. Los “soniditos del desayuno”, la “mermelada untada”, “el golpecito de la tacita”, es decir la “atmósfera tierna” que se apoderaba de la habitación que hace que esos sonidos despierten en ellos “infinitas posibilidades de cariño” en Un mundo para Julius. O esa lágrima que se abre camino “en la inesperada y repentina tristeza de Susan”. O la decisión de Bertha que justo antes de morir realiza un último gesto de sirvienta: poner el frasco de colonia en un lugar seguro. O cuando Arminda se pierde en la Avenida Abancay y se pregunta: “Cómo era la ciudad, ¿no?” O cuando Carlitos comprueba que él y Natalia logran “hacer el amor y el humor al mismo tiempo”. O cuando Carlitos está sentado en el Café Dominó y ve pasar a Natalia “vestida de mucha hembra para mí, desafiante y terrible, la melena rizada al viento, toda despeinada y leona”. O cuando Manongo Sterne recibe su primer cigarrillo de Tyrone Power. O cuando Jimmy sufre en toda su inocencia el abuso de un muchacho cuyo padre es el jefe de todos. O cuando Don Fermín, que tiene 31 bastones, con o sin estoque, se reta a sí mismo a duelo y pelea contra su propia sombra nocturna siempre pensando en la foto. Hay tantos ejemplos de tu capacidad por asombrarte y asombrarnos, querido Alfredo. Tus personajes no tienen límite. Viven más allá de los extremos. Tu mundo no es el de Flaubert o de Balzac sino el de Sterne o Rabelais. Has sido el último escritor de una gran generación de narradores —Vargas Llosa, García Márquez—, que crearon grandes universos narrativos. Tu lugar en esa generación estuvo más cerca de Cortázar. Pusiste en duda esos vastos universos de tus antecesores al mostrar que son relativos, gracias a la ironía. Tu obra es un final cervantino a esa gran generación.

Ahora, en esta nueva vida, tus personajes se quedan con nosotros, extendidos en esas frases largas que parecen no querer abandonarlos. Los escuchamos. Los tocamos. Los queremos. Los celebramos.

Porque escribir es un acto serio pero también es una celebración. Cuando cantabas esas habaneras (“La bella Lola”), todo era una celebración. Al contarnos tantas historias de tu juventud, también estabas celebrando. Sí, tantas historias tuyas. La de un cine al que ibas en tu infancia, con un ecran viejo y pesado. Como nunca se sabía cuándo el ecran iba a desplomarse, todas las películas que se proyectaban allí eran de suspenso. La historia de un asalto que sufriste en manos de unos muchachos en Madrid, cuando les preguntaste en medio del atraco si habían leído El Quijote. La historia de una camilla de hospital en La Habana donde aterrizaste luego de que todos los cuartos del hotel donde fuiste estaban ocupados. Eras un contador de historias nato. No importa que no fueran reales. Eran reveladoras y divertidas. Y en todo este tiempo, en tu casa de Lima, rodeado de personas llenas de cariño, pudiste seguir contándolas. Lima es como cualquier ciudad, después de todo, un paraíso de historias. Estás aquí. Tus novelas están aquí. Qué bárbaro para querer y para escribir, querido Alfredo. Qué bárbaro para recordarte.

AQ / MCB

LAS MÁS VISTAS

¿Ya tienes cuenta? Inicia sesión aquí.

Crea tu cuenta ¡GRATIS! para seguir leyendo

No te cuesta nada, únete al periodismo con carácter.

Hola, todavía no has validado tu correo electrónico

Para continuar leyendo da click en continuar.

Suscríbete al
periodismo con carácter y continua leyendo sin límite