Entre altura y tierra: los espacios en el cine de Fernando Eimbcke

Los paisajes invisibles

En el cine de Fernando Eimbcke, los apartamentos se convierten en personajes que revelan la soledad, el paso del tiempo y la fragilidad cotidiana.

Fotograma de ‘Moscas’, de Fernando Eimbcke. (MUBI)
Iván Ríos Gascón
Ciudad de México /
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Como espacio restringido, un apartamento es una cápsula de tiempo. Sea un piso inmenso o la mala copia de una caja de zapatos, el área suspendida entre altura y tierra firme se reinventa, puede adoptar el atributo de una zanja o de un laberinto. Y es que, los metros cuadrados son un espejismo matemático. Cientos o decenas de medida, tres o cuatro habitaciones o una sola, con terraza, ventanales o nimias claraboyas, todos los departamentos comparten el encanto del mirador. Para un ocioso confinado entre paredes, observar el hormiguero que transita a ras de suelo, la expansión de las edificaciones colindantes, la metamorfosis cotidiana de avenidas y banquetas podría representar un sugestivo pasatiempo, si se ocupa de esclarecer la cualidad orgánica de las arterias que hay bajo sus pies.

El apartamento, al igual que quien lo habita, se consume. Sobrelleva achaques, penurias, viene a menos con la edad en grietas, rechinidos, decoloraciones o goteras. La salud se adivina por el talante del armazón que lo contiene: como en el rostro de un hombre, un edificio exhibe su decadencia.

Hay algo de triste poesía en los conjuntos habitacionales. La decrepitud del multifamiliar hace palpable la nostalgia. Cada miembro de esa tribu lleva en el vientre vidas pasadas, soledades repartidas en cuartos volantes, cristales iluminados o en penumbra. Quizás es por eso que los fotogramas de apertura de Temporada de patos (2004), de Fernando Eimbcke (las fachadas de Tlatelolco, el linde entre cielo y azoteas, el poste en que descansa una bicicleta sin rueda trasera, la marquesina con un anuncio falto de letras, las explanadas encharcadas), son un prólogo magnífico para la aventura, vacua en apariencia, de dos adolescentes que conjuran el aburrimiento dominical con la vecina y el repartidor de pizza que invaden su departamento.

En el cine de Eimbcke, el espacio no es un escenario sino el personaje principal (las aceras, baldíos y tabucos de Lake Tahoe; el hotelucho en el desierto de Club sándwich) pero en Moscas el apartamento embotella una melancólica confluencia existencial: tenemos a una mujer que marca el humor de su breve espacio en la rutina. Las pisadas que trazan el camino estrecho de la vida resignada. Esa costumbre de levantarse de la cama que, proponía Cioran, debía plantearnos la pregunta de si vale la pena el quehacer sin importancia, se resuelve a través de esta señora que se desplaza del baño a la sala a la cocina, mira por la ventana y luego batalla con las moscas que se cuelan de la calle, la única compañía que tiene en su pisito del multifamiliar Miguel Alemán, frente al Hospital 20 de Noviembre, por cierto, el primer conjunto que diseñó el arquitecto Mario Pani entre 1947 y 1949 en la colonia Del Valle.

Tenemos a un hombre con su hijo, en busca de hospedaje para estar cerca de la esposa-madre internada en la clínica, y por supuesto, los pasillos, fondas, canchas y tendajones de la unidad. Está, también, la máquina de videojuegos a la puerta de la miscelánea, añoranza de la infancia clasemediera del siglo pasado, tótem y catarsis del niño que no procesa la ausencia de su madre, enferma terminal.

Con estos elementos, Eimbcke consigue impecablemente que el espectador sienta y respire el desconsuelo del tiempo que se va. En la alfombra mullida, en los vidrios sucios, en los muebles vetustos, el tocadiscos destartalado, las cornisas y terrados del hospital que se miran desde la altura y un relato sincero, diría espontáneo, que nos muestra lo que somos. Insignificantes, al cobijo del espejismo matemático que transmite ese apartamento, donde los insectos nos definen. Después de ver Moscas, su parábola sutil, recordé esa máxima de Lichtenberg que, quizá, circunscribe los destinos: “Para la mosca que quiere escapar de la trampa no hay sitio más seguro que la propia trampa”.

AQ / MCB

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