Aproximaciones a las venas

Desde el desierto

Venimos del silencio, dice la autora de este ensayo, y regresamos a él revestidos por el rumor de nuestras venas que también son palabras que aparecen en nuestra cabeza y en nuestro corazón.

‘Sangre mineral’. (Fotografía: Paulina Peña Luna)
Mercedes Luna Fuentes
Ciudad de México /
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Hay silencios que abrazan la espalda, silencios que asedian las manos. De esta forma, la ensoñación se aproxima a tu cuerpo, busca esas vetas que se refugian bajo la piel, donde habitan el fuego y el dolor. Es allí donde la mirada evoca la claridad de la cicatriz con la que la propia sangre selló la herida. Después, podría surgir dentro del pecho esa sensación que te eleva: somos libres cuando el silencio mismo se expone ante nuestro cuerpo. Y tal vez pensemos, al mirar a ese otro cuerpo también rodeado de silencio, “tú eres lo que puedo sentir”.

Los mundos hacia los que se extiende la sangre mineral son incontables. La aproximación a la piedra, a sus vetas blancas y luminosas que resguardan caminos. O a la veta de esa misma piedra inocente que te arrojaron en la infancia y que aún hoy late en las venas. La huella de su violencia nos devuelve las pulsaciones de aquel momento en que una venda cubrió la cabeza.

El silencio dentro de las venas corporales es el fondo de un mar distinto: lo que se escucha al estar en sus adentros. Hay quienes sostienen el silencio por decisión. En él se elevan las voces quietas de las cosas. El silencio, donde se extraña tanto y no se extraña nada ni a nadie.

En ese silencio buscas y contemplas. Y acudes a una figura vestida con ropajes largos y negros que, sobre la arena, observa el mar: un azul tan oscuro en el que alguna que otra cresta blanca revela el movimiento del oleaje. El cielo muestra entonces su cuerpo sobre el mar con una bruma que se eleva hasta las alturas y se funde en nubes claras para dejar ver la luz. Ese es el silencio que Caspar David Friedrich pintó en su obra titulada Monje frente al mar (Der Mönch am Meer), ca. 1808-1810, óleo sobre lienzo, 110 × 171,5 cm, conservada actualmente en la Alte Nationalgalerie, de Berlín. La figura que por excelencia se resguarda en el silencio se dispone a observar, a prestar el oído a las olas. El mar como cuerpo.

Hay un silencio que se desdeña, donde lo terrible o lo bello acontece: es el mismo al que acudimos y es el más alto y valioso silencio, como escribió Edgar Allan Poe en este fragmento del poema “Lago” en traducción de Antonio Rivero Taravillo: “Mas cuando la noche tendía su velo / sobre ese lugar, igual que en todos, / y pasaba el místico viento / murmurando melodías, / entonces, oh, entonces despertaba / al terror del lago solitario. // Pero el terror no era miedo, / sino un trémulo goce, un sentimiento / que una mina de piedras preciosas / no me enseñaría o sobornaría / para definir. Ni el amor, aunque fuese el tuyo”.

Como este silencio, donde guardo unas palabras de Raúl Zurita.

Venimos del silencio y regresamos a él revestidos por el rumor de nuestras venas que también son palabras que aparecen en nuestra cabeza y en nuestro corazón. Con el recorrido de la sangre, esas palabras encienden algo; esa fuerza se desborda y empuja a otra sangre.

En la claridad que se da en el silencio, nuestra ánima da origen a señales como las que trazó María Zambrano: “Cuando no tengo más que vida / no puedo permanecer en ella. Solo / cuando me olvido de que estoy / viviendo es cuando de veras vivo” (fragmento del poema que lleva por título su primer verso).

Hay silencio en el espejo. Los cuerpos son sus distintos marcos, de múltiples formas, ovalados, lineales, donde se detiene la sombra o la luz. Poco a poco sus reflejos aparecen en distintas partes del cuerpo hasta asomar en el rostro: el llanto toma forma de brevísimos espejos en las mejillas. La dignidad cobra fuerza desde el mismo silencio, donde has encontrado la solución y la verdad.

Tu ser, alentado por visiones y palabras surgidas de un camino circular cubierto de telas, avanza. Dentro de ese espacio, tus rodillas se arrastran sobre pétalos antes de ser envueltas por la humedad hirviente que emana de piedras y agua. Luego cuerpos alineados alrededor, sin jerarquía. Un tambor N’dee que recuerda al latido del corazón y abre tres veces la palabra; luego, la escucha del silencio: las venas del mar y las de la piedra que llevamos dentro.

AQ / MCB

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