El ojo en la mano: la alquimia de las sombras de Rubén Maya

Arte

La más reciente exposición del maestro queretano, ‘Ser-Animus-Sombra’, aúna tres conceptos que se hunden profundamente en la propuesta de transformar nuestra idea misma del ser.

Obra de Rubén Maya en la exposición ‘Ser-Animus-Sombra’. (Foto: Sergio Briceño)
Sergio Briceño
Ciudad de México /

En uno de los capítulos iniciales de Nuestra Señora de París, Víctor Hugo hace una extensa y detallada descripción del laboratorio alquímico donde trabaja Claude Frollo, el lascivo preboste que enloqueció por Esmeralda, mencionando hacia el final que incluso era dueño de varios libros prohibidos, dentro de los que merecía especial atención el Picatrix, uno de los primeros estudios serios para trasladar la sabiduría de los alquimistas árabes a tierra europea.

La filigrana verbal del maestro Hugo crea una atmósfera que, me parece, corresponde con las descripciones visuales de Rubén Maya en su más reciente exposición, Ser-Animus-Sombra, tres conceptos que se hunden profundamente en la propuesta de la alquimia de transformar, mediante procedimientos asociados al calor del alma, nuestra idea misma del ser, como decía Rubén Darío: “Viendo nuestro ser mismo / miramos el abismo”. Y esto es un poco lo que ocurre con los grandes formatos de Maya mostrando seres humeantes, como salidos de esa hoguera donde Ormuz creó a Arimán al dudar, incluso un instante solo, acerca de la existencia del mal, un mal que existe en nosotros como esa flor dorada de la que habló Carl Gustav Jung.

​El propio Rubén Maya me lo confiesa en un aparte que hacemos durante el recorrido por su exposición en las galerías Pelegrín Clavé y Centenario, de la antigua Academia de San Carlos, en el Centro Histórico de la Ciudad de México. Se trata de grandes exposiciones al fuego y a la intemperie del corazón y la emoción. El propio Jung había dicho que la buena poesía solo podía manifestarse incluyendo en el discurso la raíz, los cimientos, el soporte completo de una gran torre de luz, de un faro. Y es de ahí de donde parte, parcialmente, una zona del trabajo de Maya, que se vincula contextualmente con la idea de los nahuales, pues brotan de los personajes otros tantos animales, que a su vez se unifican con otra percepción lindante en el terror.

“Son los espectros que he visto en una casa antigua que renté en Querétaro”, me dice el maestro, por lo que es posible imaginar esa mansión novohispana cargada de ectoplasmas prehispánicos, de hechizos, conjuros y ceremonias que giran de manera constante en el marco y los extremos de cada pieza, todas ellas enteramente ejecutadas al pastel, con giros nerviosos y palpitantes, con ese dejo de sombra transmutada en el abismo del ser a que hacía referencia Darío, pero aún más: las mutaciones llevan a pensar en dedos como cabellos-serpiente o en ojos que tapizan una cara, similares a los que soñaba Hildegard von Bingen.

Exposición ‘Ser-Animus-Sombra’, de Rubén Maya, en la Antigua Academia de San Carlos. (Foto: Sergio Briceño)

El conjuro magistral pasa forzosamente por el elemento nigredo, que se tuesta, literalmente, en el atanor, produciendo este aspecto cenizo, atezado, que es al mismo tiempo un vacío facial apenas llenado con un quinteto de estrellas, o una profusa pelambre a punto de convertir al hombre en un lobo. El reptil juega aquí un papel importante, porque coincide con lo dicho por Henri Michaux, en cuanto a los secretos que la tierra le brinda a la serpiente o la iguana, al garrobo o la lombriz.

Todo lo que vive en nosotros, todo lo que sale de nosotros, es la dilogía que ampara esta propuesta de Rubén Maya, donde también caben, como en las pesadillas, los híbridos mitad cerdo-mitad coyote o la mano con un ojo, llamada Mano de Fátima o Hamsa. O los cuernos en figura de brazos, lo mismo que los pies colgados sobre el torso de personajes anómalos, simulando milagritos sobre una deidad oscura, atrapada a su vez en el lento fluir de criaturas a partir de sus bocas, sus hombros o sus codos, asimilándolas así con la diosa mexica Tlaltecuhtli, la única con la capacidad de matar a los muertos.

El compás, la Luna del insomne, las dagas de amputación y fileteo, los perfiles de zanates o ticuses, esos parientes tropicales del cuervo, cierran el círculo de enigmas inframundanos de Maya, quien da como epílogo de su viaje una serie de gigantescas lágrimas, detenidas pero vivas, perfectamente redondas pero deformantes, que cubren otros tantos aspectos, ahora en miniatura, de lo que el visitante ya vio en tamaño mayor. Un viaje, pues, donde lo único que nos salva de la sombra es el morado y el azul, el ocre, el verde, el marrón, el guinda, colores todos ellos del bosque, del crepúsculo, de esa zona intermedia entre el día y la noche que los antiguos llamaban lubricán, como un preludio de la nocturnidad total que nos habita.

AQ / MCB

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