Arthur Schnitzler y Freud van de la mano en ‘Últimas máscaras’

Entrevista

Los investigadores Claudia Kerik y Hugo. R. Miranda recogen, entre otras obras, veinte piezas cortas del teatro de Arthur Schnitzler, perseguido por el escándalo y la censura.

El escritor austriaco Arthur Schnitzler, 1862-1931. (Wikimedia Commons)
Ciudad de México /
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La recopilación del teatro breve de Arthur Schnitzler en Últimas máscaras es el más reciente fruto de la colaboración de quince años entre los investigadores Hugo R. Miranda y Claudia Kerik, representantes de dos generaciones que han sorteado las vicisitudes del mundo editorial en México.

“Schnitzler estuvo siempre dispuesto a pagar el precio de la censura”, comenta Kerik, académica desde hace 35 años en la Universidad Autónoma Metropolitana, poeta y exintegrante del movimiento infrarrealista de la década de 1970.


Últimas máscaras está segmentado en dos grandes bloques con veinte piezas en un acto, fragmentos de la Novela teatral, autobiográfica e inédita, esbozos cinematográficos y ensayos sobre el escritor que vio el fin del Imperio austrohúngaro. “Desde el teatro, Schnitzler retrató a esa Viena teatralizada, que no era real, que era pura fachada, y lo hizo de modo diferente a otros autores, como Stefan Zweig y Claudio Magris. A Schnitzler le molestaba el engaño, tenía una obsesión con la hipocresía a nivel de pareja y social. Armaba una trama para hacerte creer en ella y luego mostrar que todo estaba podrido, por lo que era atacado. El teniente Gustl es el ejemplo más ilustrativo. Fue perseguido también por ser judío. Todas las obras de Schnitzler fueron censuradas. Por La ronda y El teniente Gustl fue castigado. Por Profesor Bernhardi, obra de teatro de temática antisemita, le quitaron sus condecoraciones. Era un provocador”, añade Claudia Kerik.

El teniente Gustl fue traducido por Juan Villoro, uno más de los escritores mexicanos que se interesaron en la obra del austriaco, como Sergio Pitol, Xavier Villaurrutia y Guillermo Fernández.

Claudia Kerik (Buenos Aires, 1957) habla del precio que tuvo que pagar este proyecto que derivó en un hermoso volumen de 990 páginas, con rescate iconográfico cubierto por Hugo R. Miranda (Ciudad de México, 1988). Fue rechazado por varias editoriales institucionales, comerciales e independientes. Al final, tuvo que ser costeado por los investigadores.

Con el único apoyo de la embajada de Austria, que compró 25 de los trescientos ejemplares del tiraje, y del Foro Cultural de Austria en México, Últimas máscaras fue publicado por Ediciones del Lirio, la misma en la que Kerik, con la colaboración de su colega, dio a la luz, en 2021, a La ciudad de los poemas. Muestrario poético de la Ciudad de México moderna. “Desde La ciudad de los poemas nos enfrentamos a editoriales que nos cerraron las puertas. Fue muy difícil financiar la investigación. Igual ocurrió con Últimas máscaras. Hugo y yo tocamos puertas, pedimos ayuda, becas; nunca recibimos apoyos. Aquella antología solo puedes bajarla en línea”, expone la investigadora y académica de la UAM-I.

Portada de ‘Últimas máscaras’. (Ediciones del Lirio)

No obstante, la UAM participó en la publicación de la primera investigación sobre Schnitzler a cargo de Miranda: Fragmentos de guerra, compilación de historias que ocurren en medio de un conflicto bélico, con traducciones de Paula Sánchez de Muniain: las grandes guerras italianas del siglo XVI, las guerras napoleónicas, el levantamiento Yihetuán en China o la Primera Guerra Mundial, además de una serie de ensayos de estudiosos de Schnitzler, entre ellos de Kerik, a semejanza de Últimas máscaras, el cual contó con traducciones de María Esperanza Romero, en teatro, y Christine Hüttinger, en ensayo.

“Hemos tenido mala fortuna con las universidades. Fragmentos de guerra contó con el apoyo de la UAM porque una persona hizo llegar el proyecto al rector, a quien le pareció interesante y valioso. Así que hubo ayuda de la UAM y también del Foro Cultural de Austria. Pero para Últimas máscaras, que requería más dinero, no hubo apoyo. Encontramos muchas trabas en la UAM y en otros lugares como el Claustro de Sor Juana. Recorrimos muchas universidades”, apunta Miranda, licenciado en Filosofía por la UAM-I.

Claudia Kerik y Hugo R. Miranda. (Foto: José Juan de Ávila)

Más conocido por su aliento narrativo, como la novela en forma de monólogo La señorita Elsa (1924), el Schnitzler dramaturgo (1862-1931) quedó relegado a pesar de que obras de gran formato como Anatol o La cacatúa verde tuvieron traducciones al español desde 1921, como lo documenta Miranda en el volumen que recoge veinte piezas en un acto, precursoras del microteatro moderno, quien encontró además que la primera presentación de una obra de Schnitzler en México se llevó a cabo en 1936, gracias al poeta y crítico Armando de Maria y Campos, quien en su programa radiofónico El teatro del aire realizó una lectura dramatizada de Anatol y, meses después, de La cacatúa verde, aunque igual apunta que dos años antes Xavier Villaurrutia había registrado, ante la Dirección General de Derechos de Autor, un guión de cine titulado El solterón, inspirado en el cuento “La muerte del solterón” de Arthur Schnitzler.

Agrega que Rodolfo Usigli llevó a escena el ciclo entero de Anatol a comienzos de 1940 y destaca que quizá la aportación mexicana más significativa a las obras escénicas de Schnitzler sea la versión que hizo Alejandro Jodorowsky de La ronda, aunque no consiguió documentarla.

“El teatro de Schnitzler es prácticamente desconocido en español. Solo se conoce La ronda, famosa por el escándalo que desató, que Jodorowsky montó en los años setenta. Intentamos conseguir la adaptación para incluirla como un anexo, pero no lo logramos. Exploramos las bibliotecas de teatro, de la UNAM, del Inbal. Nos acercamos a Jodorowsky y a sus hijos, pero no hubo respuesta”, lamenta Miranda.

“Queríamos saber qué llevó a Jodorowsky a representar a Schnitzler, algo inaudito porque en México no había entonces representaciones importantes de su teatro”, interviene Kerik, para señalar que Elda Peralta, la esposa del periodista y novelista Luis Spota, tradujo la pieza.

En Últimas máscaras, Miranda se pregunta ¿por qué si Schnitzler es considerado uno de los autores seminales del teatro moderno, hay un acentuado desinterés de la colectividad iberoamericana (directores, editores, intérpretes, lectores) hacia su dramaturgia? En ese contexto, Miranda y Kerik subrayan que el objetivo del volumen es que la gente de teatro en México conozca su vasta obra y la lleve a escena.

Especialista en el teatro del absurdo, Claudia Kerik convoca a actores y actrices para que puedan sumarse a la presentación en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, el sábado 28 de noviembre, a las 19 horas, para la lectura de alguna de las piezas recopiladas en el libro.

La conversación con Laberinto parte del deslumbramiento que la obra de Schnitzler provocó en un Miranda adolescente, quien colaboró con el cineasta Jaime Humberto Hermosillo, un apasionado del escritor austriaco que tuvo el deseo de llevar La ronda a los escenarios. Miranda trabajó con Hermosillo durante dos años en la organización de su archivo digital y lo asistió en los largometrajes digitales InFielicidad y Un buen sabor de boca. Recuerda que el cineasta dirigió proyectos teatrales, entre ellos la adaptación, en 1992, de su filme La tarea (con María Rojo y Ari Telch), en El Galeón del Centro Cultural del Bosque, y, en 1994, Infidencias, de Ignacio Solares, en el Foro Sor Juana Inés de la Cruz del Centro Cultural Universitario.

“En el libro hay un ensayo del crítico Franz Blei, 'Un retrato de Arthur Schnitzler', en el que contrasta la modernidad berlinesa, representada en una prostituta, y la modernidad vienesa, representada por el propio Schnitzler”, señala Miranda, quien, cuando tenía trece años, gracias a que su mamá pudo rentar el video de la última película de Stanley Kubrick, Ojos bien cerrados (1999), inspirada en la novela corta de Schnitzler Relato soñado (1925), conoció al autor de Anatol. “Hasta que recién ingresé a estudiar Filosofía en la UAM empecé a leer obras como Relato soñado y La señorita Elsa, pero también su teatro, aunque era difícil de conseguir en español. Quizás influyó que los autores que más me interesaban eran austriacos: Ludwig Wittgenstein, Karl Kraus, Hermann Broch, Joseph Roth. Schnitzler seguía con atención a sus contemporáneos, filósofos, narradores y poetas. Eso me conectó con él. Así que, a la par de que estudiaba filosofía, comencé a leer su literatura y a adquirir todo lo que había de él en español, incluso material que no estaba traducido, solo para coleccionarlo”, cuenta Miranda.

Sobre cómo Arthur Schnitzler abordó la sexualidad, que ha despertado la curiosidad de fanáticos y detractores, por textos dramáticos como La ronda o narrativos como Relato soñado, el editor recuerda el ensayo “Horizontes invisibles en la dramaturgia de Arthur Schnitzler y Harold Pinter”, de Claudia Kerik. “En Pinter están los mismos elementos del teatro de Schnitzler, pero todo en él es escabroso, siniestro. En Schnitzler la sexualidad no es repulsiva ni repelente, ni siquiera en La ronda. Tampoco es que Schnitzler escribiera literatura erótica. Lo suyo es una sexualidad gozosa”. Pinter, de hecho, quiso hacer una adaptación de La ronda, pero el hijo de Schnitzler no la autorizó.

Kerik llama la atención sobre un contemporáneo de Schnitzler, otro vienés, Sigmund Freud. “No puedes desligar a Schnitzler de Freud, van de la mano: misma época, mismos años. Freud es quien puso sobre la mesa la sexualidad como necesidad, pero también como relación de poder: los roles, los tabúes, los secretos que guarda cada persona, cada familia. Schnitzler lo hizo de modo independiente a Freud. Se conocieron, pero se temían. Hay toda una leyenda alrededor de esa relación, y una carta de Freud a Schnitzler en la que le dice que lo admira profundamente y que ve en su literatura un correlato de sus investigaciones. Freud veía a Schnitzler como un doble”, expone la académica.

Kerik señala que gracias a Miranda conoció y se interesó por Schnitzler, en particular por su origen judío y cómo abordaba este hecho en sus obras. Subraya que en sus novelas, teatro y ensayos encontró la relación que su obra tenía con el fin del Imperio de los Habsburgo.

De vuelta a la sexualidad, la investigadora contextualiza una vez más la obra del escritor austriaco. “Schnitzler no es una reproducción de Freud o de sus descubrimientos. Fue completamente independiente, aunque compartieron un momento, lo mismo que el pintor Gustav Klimt, con quien el tema se destapa. Schnitzler observa cómo la sexualidad es usada para subir escaños o hacer algo detrás de la fachada. No es un asunto exclusivo de Schnitzler, está presente en toda la época, pero fue Freud quien soltó la bola de billar”.

AQ / MCB

  • José Juan de Ávila
  • jdeavila2006@yahoo.fr
  • Periodista egresado de UNAM. Trabajó en La Jornada, Reforma, El Universal, Milenio, CNNMéxico, entre otros medios, en Política y Cultura.

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