Gilberto Chen Charpentier y el autorretrato de autor: más allá de la selfie

Entrevista

En entrevista, el fotógrafo habla de su libro ‘Contra viento y marea’, un ensayo visual sobre sus sismos emocionales que cuestiona: ¿cómo es pensarse delante y detrás de la cámara?

Autorretrato de la serie ‘Espejo de Obsidiana’. (Fotografía: Gilberto Chen Charpentier)
Miriam Mabel Martínez
Ciudad de México /

¿Por qué editar un libro de autorretrato fotográfico en la era de la selfie? ¿Para qué imprimir y no conformarse con publicar series infinitas de uno mismo en Instagram o Facebook? Gilberto Chen Charpentier (Ciudad de México, 1954) ha problematizado el género del retrato desde 1993, cuando ganó la VI Bienal de Fotografía con la serie Testimonio de una curación. Su indagación no es solo desde la técnica sino desde el juego social de atreverse —además de estar al frente y detrás de la cámara— a asumirse como un intermediario entre el yo y la sociedad. Sus imágenes no se limitan a exhibir, buscan profundizar lo humano a través de la experimentación formal que ha sido uno de los ejes conceptuales de su trabajo. ¿Cuándo hizo de su práctica artística un método de investigación? ¿Cuáles han sido los hallazgos? ¿Qué lo motivó a editar Contra viento y marea, desafiando la inercia de la selfie?

Contra viento y marea narra las búsquedas de una persona que ha hecho de la fotografía más que una expresión artística una forma de conocimiento filosófico. Por ello, el recorrido no es cronológico, es un paseo por la curiosidad intelectual de Gilberto Chen. No es complaciente sino confrontativo. Si bien hay una narración del paso del tiempo, tampoco es un relato visual nada más, es un ensayo que nos provoca. En estos autorretratos a partir de lo que se ve, se exalta lo que está oculto. Más allá de la huella del tiempo, atrae la exploración fotográfica de ciertos momentos personales que lo movieron de lugar. Sismos emocionales descifrados desde la fotografía.

El autorretrato ha sido un pretexto para estudiar las posibilidades formales y temáticas desde las distintas disciplinas de las bellas artes. Sin duda, es un género arriesgado y no porque se trate sobre sí mismo, sino porque exige el conocimiento técnico y la osadía del artista para descifrar más que la imagen de quién se es, las reflexiones, contextos, conceptos, historias, dolores, aciertos, cambios que nos hacen ser en y en otro momento. Intervenir, componer, crear, reescribir, imaginar. “No estamos hechos para la foto fija”, nos reta Chen, quizá esa imposibilidad es la que atrae en esta propuesta. ¿Cómo es verse y pensarse delante y detrás de la cámara? Contra viento y marea (Lépez Vela Ediciones, 2025), explora la relación-estudio-indagación-creación del autorretrato, sobre ello charlamos con Gilberto Chen Charpentier.

¿Siempre te interesó el autorretrato?

La incursión fue casual. Un día, un amigo me prestó una cabeza de maniquí antiguo, una “Carlota”, como las llamábamos. Y me pareció que ahí podía haber un tema. Luego otro amigo me prestó una casa de época vacía de la colonia Roma, me pareció que sería un buen escenario para fotografiar a la Carlota; sin embargo, cuando ya estaba ahí, en el espacio pensé que era una muy buena locación para tomar unos desnudos. Estaba yo solo y acomodé el tripié, coloqué la cámara, definí el encuadre, me puse del otro lado de la cámara y disparé. Te estoy hablando de mediados de los años ochenta del siglo pasado. Estas fotos son parte de este libro. En ese momento, me interesó la presencia humana en ese escenario y la posibilidad de hacer composiciones con la Carlota. Me dispuse a jugar con mi presencia diluida. En algunas de estas imágenes se observa la sombra yéndose, moviéndose, como entrando a otro cuerpo.

Gilberto Chen Charpentier con la “Carlota”. (Fotografía: Gilberto Chen Charpentier)

Aunque eras tú, ¿eras consciente de que eras tú?

Me interesaba más jugar con la Carlota. Quería crear ambientes. Me centré más en la corporalidad que en yo como personaje. Este fue el eje de la serie. Luego, de pronto, me enteré que tenía un tumor cancerígeno. Entonces, me pregunté: “Si soy fotógrafo, ¿qué tengo que hacer? Hasta ese momento yo salía a la calle a buscar hasta que me encontraba con “algo” y lo fotografiaba y después lo resolvía en el laboratorio. Mi visión era ortodoxa. Sin embargo, con el diagnóstico me cuestionaba ¿qué debía hacer con eso que llevaba dentro?

¿Viste una oportunidad?

Más bien entendí que mi obligación —o mi función como profesional de la lente— era hacer foto. En ese momento, estaba casado con una fotógrafa y lo primero que pensé fue que ella no debía fotografiarme, no le correspondía porque hubiera sido su visión, no la mía.

La solución era el autorretrato.

Sí. Tenía yo que ser el fotógrafo, simplemente porque era yo quien tenía el tumor. Intuía que debía hacer algo que me mostrara a mí mismo durante el proceso, porque algo me iba a pasar, no sabía qué, pero mi deber era documentarlo, no solo para que no me volviera a suceder sino para saber qué había pasado.

¿Crees que hasta ese momento había una conexión con tus orígenes como fotógrafo de deportes? En la serie con la Carlota exploras el cuerpo en la espacialidad, ante la enfermedad también era tu cuerpo como un documento de primera mano.

Podría decirse que son cuerpos en movimiento, pero lo importante era el deporte en sí. Siempre me gustó verlo y tener acceso con una cámara a la primera fila, me parecía maravilloso, pero lo importante era quién metió el gol, no quién tomó la foto. No fue hasta que entré al Consejo Mexicano de Fotografía, dirigido por Pedro Meyer —con la presencia de Aníbal Angulo, José Luis Neira y Enrique Bostelman—, cuando comprendí lo que era la foto de autor. ¿Qué era eso? Lo primero fue preguntarme si tenía algo que decir. Y eso fue lo que me empezó a mover. Me inquietó lo que uno puede hacer con la cámara.

¿Fue cuando formaste parte del grupo Six Pack?

Sí con Adrián Bodek, Vida Yovanovich, Vicente Guijosa, Carlos Contreras de Oteyza e Isaac Segal, y discutíamos sobre la foto de autor y comprendíamos el poder de la cámara…

¿Esta confrontación con la práctica te sucedió en el Consejo?

Ahí a lo que me enfrenté primero fue que había gente que tenía algo que decir. ¿Y yo, qué tengo que decir? ¿Cómo digo lo que quiero decir? Estos cuestionamientos me llevaron al ejercicio de la Carlota. Me atrajo esa cabeza que parece real y que carece de cuerpo ¿Qué puedo hacer con ella, qué quiero decir con ella? ¿Dónde están los contrapuntos de lo vivo y lo dúctil? Así fue que empecé a buscar lo que me inquietaba para luego indagar qué quería decir.

¿Cuándo comprendiste la dimensión de tus autorretratos?

Para mí fue importante desde el primer clic. Desde que decidí autorretratarme. El cómo resolverlas me llevó aproximadamente un año, porque no me quería meter al cuarto oscuro, no me era fácil revivir la enfermedad. Cuando revelé me percaté de que había encuadres chuecos, otros desenfocados… y entendí que esa, digamos, “imperfección” técnica captaba y transmitía sentimientos. Me di permiso de jugar. Por ejemplo, tenía un negativo con un rayón, de las pocas tomas del pecho sin la cicatriz. ¿Qué podía hacer? Pues lo rayé más. Me tardé en procesar, en conceptualizar. ¿Y si pongo el electro y esta imagen y le tomo una foto y luego la imprimo y luego pongo la cara y vuelvo a imprimir y revelar? Así hice muchas pruebas. Me metí a trabajar, trabajar, trabajar y los resultados me gustaban. Me permití que todo lo que pasara fuera válido porque mostraba más mis emociones. En este sentido, este trabajo es único. Hay copias de los resultados, pero los originales son los que salieron y ya. Eso también me gustó.

¿Y entonces decidiste participar en la Bienal de Fotografía?

Con este proyecto me asumí autor. Ahí estaba yo diciendo algo, lo que sentía. Para mí lo más importante era: yo no puedo permitir que esto se me olvide. Además, me pareció que no solo estaba muy bien resuelto en muchos sentidos formales sino que había logrado captar lo que traía adentro. Entré a la VI Bienal y fui uno de los tres ganadores.

Gilberto Chen Charpentier, ‘Testimonio de una curación / Rayos X tórax’. (Fotografía: Gilberto Chen Charpentier)

Después de la serie Testimonio de una curación, ¿cómo fue que seguiste haciendo autorretrato?

Al poco tiempo, tuve un accidente en la carretera rumbo a un encuentro de fotografía en Xalapa. Íbamos Patricia Mendoza, Eugenia Vargas, otra de las ganadoras de la VI Bienal, Graciela Iturbide, Elizabeth Romero y yo. A mí no me pasó nada, o eso creía hasta que llegué a mi casa y me percaté de que estaba chueco y lleno de moretones. Entonces, volví a tomar la cámara. Sentí otra vez la necesidad de documentar. Por otra parte, mi trabajo siempre es una extensión de mis preocupaciones. Por ejemplo, la serie Al filo de la navaja, donde hurgo en las razones de por qué la gente se rapa, me venía de la experiencia con la quimioterapia. A pesar de que se me cayó el pelo, nunca me rapé.

Tu obra es intimista, tus autorretratos no son nada festivos, sino más bien reflexivos, ¿por qué?

Me interesan las huellas. Hace un año me dio herpes zóster, la cara se me puso tremenda y pues ni modo que no lo fotografiara. Como se ve en el libro no son autorretratos que sean una bitácora sobre mí o un diario, como lo hizo José Luis Cuevas. No tengo ese interés ni ese rigor. Más que retratar el paso del tiempo, yo busco que el tiempo cambie. Una de las series incluidas en este libro es un juego invertido del paso del tiempo. Durante la pandemia, por ejemplo, como estaba solo y encerrado experimenté mucho. Monté una tela negra para cuando se me ocurriera algo. Tomaba fotos, al día siguiente las veía, pensaba qué le podía mejorar o no. Qué pasa si le pinto aquí o si la rompo o si le hago un efecto… como en una imagen en la que soy un cíclope. Siempre trato mucho de jugar, a pesar de que el momento captado sea doloroso.

¿Cómo decidiste hacer este libro sobre autorretrato y no sobre tus otras series?

Este proyecto es muy personal. La primera vez que lo imaginé fue cuando monté la exposición Travesuras en la travesía, en la Fototeca del INAH en Pachuca, en 2023. Exhibí 37 autorretratos. Ahí me di cuenta de que la gente conectaba y se involucraba con lo que estaba observando. Mis fotos le decían algo, había un diálogo. En ese momento, se me acercó una editora interesada en publicar un libro con esa obra. Ese interés me reveló algo. Yo he hecho libro de artista con Hely Reuter, pero es distinto. Y bueno, con esa editora no se concretó el proyecto. Tiempo después se acercó a mí Jorge Lépez, colega fotógrafo a quien conocí en el Consejo Mexicano de Fotografía y me dijo: “Oye, habría que hacer un libro de tus autorretratos”. Y nos aventamos a hacer un tiraje de 500 ejemplares. El formato lo propuso él, me gustó, ya después observé que es el mismo que utilizó Artes de México en Luz portátil. Que sea cuadrado resulta perfecto, le va muy bien tanto a las fotos horizontales como a las verticales.

¿Cuánto tiempo te llevó hacer la selección?

Debido a que es un proyecto de vida, lo tenía muy claro. Así que no me fue difícil elegir el material que reflejara mi curiosidad. Unas, por ejemplo, retratan partes del cuerpo que nunca me había visto. Asimismo, me pareció natural crear el collage “cronológico” que abre el libro…

¿Una línea de tiempo?

Empieza con una foto de recién nacido que tomó mi padre, seguida de fotos infantiles, de ésas obligatorias y que para mí son, de alguna manera, autorretratos, porque no importa quién la tome sino que es tú decisión tomarla. Siempre se toman de la misma manera, las luces ya están puestas, nomás te sientan y te dicen “a ver de frente, sonríe”. Me chocan las fotos sonriendo, porque son forzadas, pero al final uno hace lo que quiere frente a la cámara; por ello, aunque las toma otro, las considero autorretratos. Siento que esas fotos me retrataron también de verdad.

¿Sientes que tus autorretratos sintetizan tu trabajo?

Creo que logré decir algo y no todos pueden decir lo que quieren decir. Porque esta sociedad nos va quitando la capacidad de conectar. Como te había comentado, para mí la cámara vuelve una protección, un pasaporte, pero también una excusa. Cuando yo digo “sabes qué, necesito tomar fotos” y me pongo a ser fotógrafo se me olvida el mundo. Es como un paraíso. Yo disfruto mucho cuando salgo con la cámara y observo y fotografío. Esa vivencia, ese hacer es para mí muy curativo. Fotografiar me ha ido curando. Entonces resultaba natural querer hacer un libro de autorretrato.

¿Estás satisfecho con el resultado?

Sí, está lleno de detalles. Como la foto que se extiende verticalmente y que resolvimos con un suaje. Jorge y yo dialogamos mucho para encontrar soluciones editoriales a mis imágenes. Estoy contento porque el trabajo aquí reunido le dice algo a la gente, aunque sea difícil de vender. Sé que el autorretrato masculino no es tan común.

¿Te sientes vulnerable?

Si fuera así nunca hubiera experimentado. Yo me siento a gusto. Una de las motivaciones de estos autorretratos ha sido el valor testimonial, la posibilidad de que le pueda servir a alguien. Esta parte me es muy importante, al igual que la reflexión sobre la urgencia de que aprendamos a atrevernos.

AQ / MCB

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