Elogio de la oscuridad: el cine frente a la era del streaming

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Las salas de cine son santuarios en los que se forjan mitos, deseos e ideales, templos del placer en cuya noche artificial buscamos respuestas que rara vez se encuentran en la luz del día.

“Las salas de cine son santuarios en los que se forjan mitos, deseos e ideales”. (ArtPhoto_studio | Magnific)
Andrea Serdio
Ciudad de México /
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“Donde hay más luz de la necesaria, todos son tinieblas”, escribió el filósofo catalán Xavier Rubert de Ventós, a quien Vicente Monroy (Toledo, 1989) cita en Breve historia de la oscuridad. Una defensa de las salas de cine en la era del streaming (Anagrama, 2025), un libro de menos de cien páginas en el que expone la necesidad y el placer de conservar espacios oscuros, íntimos, en un tiempo en el que la luz enceguece y cambia nuestra manera de relacionarnos al vivir atrapados por pantallas que nos iluminan y vigilan sin cesar.

Narrador, poeta, ensayista, programador en la Cineteca de Madrid, Monroy aventura una persuasiva idea: “En nuestra cultura, tendemos a relacionar la oscuridad con el mal, el miedo, la ignorancia y la barbarie, pero en ocasiones puede ser un refugio acogedor”. Ese refugio se encuentra, entre otros lugares, en las salas de cine que tuvieron su esplendor en el siglo XX y que en la actualidad enfrenan el antagonismo feroz de las plataformas de streaming, con “productos” que no reclaman ningún ritual ni un lugar especial para verlos; que pueden consumirse fragmentariamente a plena luz en la casa, en los restaurantes, en los aeropuertos, en el metro; no requieren demasiada concentración ni mucho menos silencio. Las salas de cine —señala Monroy, autor de Contra la cinefilia: Historia de un romance exagerado (Cultural Capital, 2020)—, son “santuarios en los que se forjan mitos, deseos e ideales, templos del placer en cuya noche artificial podemos liberar nuestras emociones reprimidas y buscar respuestas que rara vez encontramos en la luz del día”. Entre esos placeres posibles en la oscuridad de las salas enormes, ahora desaparecidas, estaban los amores clandestinos, el sexo furtivo en las últimas, solitarias, filas. También esas transgresiones se fueron con la cómplice oscuridad de los grandes cines.

Existen, desde luego, pequeñas salas, partes de conjuntos de exhibición en los que la oferta se multiplica; ellas aún nos ofrecen la posibilidad de disfrutar —en la noche artificial y el silencio— un sentido de comunidad: “las salas de cine —afirma Monroy— siguen demostrando que la oscuridad es la condición necesaria de la verdadera luz”. La luz de las luciérnagas de los rostros de los espectadores, “contagiándose unos a otros con una emoción inconfesable”.

Breve historia de la oscuridad está muy lejos de ser el libro de un fundamentalista, de un nostálgico recalcitrante. En una entrevista en El País, cuando el reportero Tom C. Avendaño le pregunta si con la desaparición de las salas y la proliferación de plataformas se puede prever la muerte del cine, Monroy responde: “Una serie de cineastas obsesionados con la muerte del cine crearon un cine nuevo. Wim Wenders, Godard, Theo Angelopoulos… Puede que haya algo de estrategia en decir que algo va a morir para inventarlo de nuevo pero esto con el cine ocurre constantemente. Incluso ahora, con las plataformas, hablamos de su muerte y, a la vez, asistimos a una época prodigiosa”.

“¿En qué sentido?”, revira el periodista, la respuesta no deja lugar a dudas: “estamos más sometidos que nunca a las reglas del mercado, del capitalismo más desbordado, pero, si nos fijamos bien, encontramos clases de cine que no se encontraban antes. Uno pequeñito, autodistribuido, hecho en redes sociales incluso, que proyectamos en instituciones como la Cineteca (de Madrid). Kamal Aljafari, cineasta de origen palestino, hace hermosísimas películas con las imágenes que quedan del cine destruido de su país. Están pasando muchas cosas y es muy bonito salir a descubrirlas”.

AQ / MCB

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