Que las monjas de la Orden de San Jerónimo, entre otras órdenes, se inconformaran con el Arzobispo de México, según el documentado artículo de Antonio Rubial García, debido a que “habiendo fallecido la monja escritora, Aguiar mandó sacar las alhajas que estaban en su celda, así como 200 pesos que tenía en depósito con Domingo de la Rea”, es testimonio de que, al morir Sor Juana Inés de la Cruz, en su celda aún habría alhajas. Por supuesto que las hubo antes y, según este dato, las siguió habiendo.
Continúa Rubial García: “La abadesa decía estar dispuesta a perder las alhajas, pero que por lo menos se les restituyera el dinero”. En estas breves líneas no nos ocuparemos de la economía y capacidad financiera de Sor Juana, de por sí muy interesante —Sor Juana, rica y famosa, aunque ella se dijera “monja pobre y sin renta”—, sino de algunos objetos de su celda, antes y después de su muerte ocurrida el domingo 17 de abril de 1695.
La certeza de la existencia de alhajas en la celda aun habiendo fallecido su dueña acentúa la veracidad del inventario de la celda de Sor Juana, dado a conocer en 1995 (publicado en 1998) por Teresa Castelló Iturbide. En dicho inventario (rescatado en el siglo XIX por el Conde de la Cortina, de manos del en aquel momento capellán del convento de San Jerónimo) había, entre otros objetos (y tampoco nos detendremos en uno de los grandes temas, ¡los libros de Sor Juana!), “una imagen del niño Jesús adornada con alhajas […] una pintura con la imagen de la Santísima Trinidad, una imagen incrustada en concha de la Virgen de Belén con el niño y San Juan Bautista”. Las imágenes corresponden al arte religioso, y de ellas Sor Juana no se desprendería (al menos, no de las aquí nombradas); en cambio, sí de algunas otras alhajas.
De este “desprendimiento” (entrecomillas, sí, puesto que en este caso Sor Juana no regala sino vende unas alhajas) tomamos nota y lo hacemos de una de sus peticiones al mismo arzobispo; se trata de una inversión económica sobre fincas del convento, en este caso, de mil cuatrocientos pesos, reunidos —informa Sor Juana— por limosnas recibidas y por “algunas alhajas —dice— que he vendido por ser superfluas a mi uso”. La petición es del 24 de marzo de 1691, a veintitrés días —primero de marzo de 1691— de haber firmado en San Jerónimo su Respuesta a la Muy Ilustre Sor Filotea de la Cruz. Como vemos, ese mismo mes de marzo de su Respuesta su autora siguió muy activa con inversiones económicas (también en su comunicación epistolar con el Obispo de Puebla, tema que tampoco aquí tratamos), con un pedido manifiesto de Sigüenza y Góngora (Sor Juana responde con una silva) y con la hechura de sus villancicos a Santa Catarina.
Dichas joyas mencionadas en 1691 (la citamos) “superfluas a mi uso” seguramente eran regalos que Sor Juana recibía, ¿se las dejarían también como prendas en empeño?, ¿como pago por algún poema que le habrían pedido por encargo? Imaginemos perlas de todos colores —el barroco extendido literalmente en sus perlas, origen de la misma palabra—, aljófares, collares, broches, dijes, brazaletes, “joyas de pecho”, anillos, relicarios, lupas, joyas de plumería indígena, de pintura enconchada, tan apreciadas por ella, entre otras joyas. Enriquezcamos la (real) fantasía imaginando la celda con adornos de joyas resguardadas por Sor Juana; además de los instrumentos con los que escribía, los libros consultados una y otra vez, los condimentos exóticos (y no) de sus guisos, “el aderezo de la cena”, su repostería, la textura de los géneros de telas y rasos que la monja acariciaba mientras buscaba la palabra exacta para una traducción del latín al castellano. Cuando era necesario vendía dichas joyas y el dinero obtenido era para personas carentes en lo económico, dentro y fuera de San Jerónimo.
El jesuita Diego Calleja se refirió a objetos de la propiedad de Sor Juana y al uso que ella les daba:
De muchos regalos continuos, y preseas ricas, que la presentaban, las religiosas pobres eran acreedoras primeras, y después personas en la ciudad necesitadas […] Las preseas, bujerías, y demás bienes, que aun de muy lejos la presentaban ilustres personajes, aficionados a su famoso nombre, todo lo redujo a dinero, conque socorriendo a muchos pobres, compró paciencia para ellos, y cielo para sí: no dejó en su celda más de solos tres libritos de devoción, y muchos cilicios, y disciplinas.
Calleja toca el punto relativo a lo que poco tiempo antes de morir dejó Sor Juana en su celda: “tres libritos de devoción, y muchos cilicios, y disciplinas”. ¿Solamente eso quedaría en su celda? Lo contradice la relación de bienes que conocimos en el año de 1995; esta relación es más amplia de lo que apunta desde Madrid el padre Calleja (publicada cinco años después de haber muerto Sor Juana), aunque en dicha relación ya no se registran “bujerías”, al decir del jesuita (ahora las llamaríamos “bisuterías”), sino objetos de una vida básica, objetos de devoción y un número reducido de libros (en proporción con los muchos que había tenido su dueña) y escritos “humanos”, esto es, poemas digamos “profanos”, y seguramente sacros también.
Volvamos a lo “superfluo” de las joyas de las que Sor Juana se fue deshaciendo mucho tiempo antes de los años noventa de su siglo y que la acercan a 1695, año de su muerte, a esas alhajas a las que ella se refiere como “superfluas a su uso”. Esta pregunta podría dar pie para seguir investigando acerca de la “joyería” del siglo XVII en la Nueva España, de origen mexicano y novohispano, a la vez que español, africano y asiático; investigar e imaginar también las alhajas que la monja escritora tendría en su celda, cómo las tenía organizadas, cuáles serían de su preferencia; si por ejemplo su medallón o escudo que, junto con el rosario, sería hecho por ella misma, por otras monjas o por artistas y artesanos de la ciudad, y de qué materiales estaría hecho. Ya el tema de las alhajas de Sor Juana —ella misma una joya— y de “otras cosas” en su celda abre y teje más collares de investigación, abordados desde el campo de la estética, la historia del arte en el siglo XVII, la literatura, lo que incluso daría lugar a más descubrimientos respecto a las relaciones entre los artistas de aquella época. ¿En dónde tendría Sor Juana guardadas sus joyas? ¿En un estante?, ¿expuestos sobre una consola? Obviamente estarían en su celda, otro “gran tema” de indagación, más allá de su ubicación geográfica de la que hay respetuosas atribuciones.
Aquí me refiero a la celda que Sor Juana compró a principios de 1692, un año de contrastes sociales y afectivos muy cercanos a ella: el 22 de abril de ese año muere en España el ex virrey Tomás Antonio de la Cerda, marqués de la Laguna, esposo de María Luisa Manrique de Lara, condesa de Paredes, tan cercanos a Sor Juana; a mediados de ese año estalla en la Ciudad de México el famoso motín del 8 de julio; se publica en España el Segundo volumen de las obras de Sor Juana Inés de la Cruz, que ella recibe ese mismo año. Comencemos con el principio de 1692.
El domingo 20 de enero de 1692, a dos meses de haberse cantado en la catedral de la Ciudad de Antequera, Valle de Oaxaca, los villancicos de Sor Juana dedicados a Santa Catarina (domingo 25 de noviembre de 1691), los últimos de su autoría y de carácter feminista —¡vaya que lo eran! —,
De una Mujer se convencen
todos los Sabios de Egipto,
para prueba de que el sexo
no es esencia en lo entendido.
¡Víctor, víctor!
[…]
Estudia, arguye y enseña,
y es de la Iglesia servicio,
que no la quiere ignorante
El que racional la hizo.
¡Víctor, víctor!
La monja jerónima solicitó al arzobispo Aguiar y Seijas comprar la celda que había sido de la madre Catalina de San Jerónimo. El motivo, dice, “por ser de conveniencia al oficio que ejerzo, y por otros motivos”. Pensemos en su oficio de contadora y archivista, y también que dicha celda fue el lugar de sus inversiones económicas y el espacio de su intelectualidad. A los cinco días —viernes 25 de enero— el arzobispo dio la licencia para dicha venta y Sor Juana se convirtió en su propietaria el sábado 9 de febrero de 1692 (a 24 años de su ingreso al convento y a 23 años de haber profesado como monja jerónima).
Se lee en el documento de venta por parte de la priora y las definidoras del convento: “vendemos en venta real a la dicha madre Juana Inés de la Cruz, que está presente, la dicha celda, que fue de la madre Catalina de San Jerónimo, con sus altos y sus bajos y lo que le pertenece”. Firman el documento las monjas de altos cargos, lo mismo que Sor Juana, “a son de campaña tañida” y ante el Escribano Real. ¿Sería una celda amueblada? De ser así, ¿con cuáles muebles u objetos se quedaría la nueva dueña y cómo se mudaría a esta celda en caso de estar viviendo en otra no de su propiedad? La madre Catalina de San Jerónimo, que había sido priora del convento, había muerto en el año de 1677. Ella y Sor Juana —empezaba su fama de villanciquera, muy joven sonetista ya profesional, “glorioso honor del Mejicano Museo”— se conocieron, convivieron en San Jerónimo durante casi una década.
Varias preguntas surgen de esta celda. ¿Estaría desocupada durante tantos años, de septiembre de 1677 a enero de 1692? ¿La habitaría otra monja? ¿Viviría allí Sor Juana antes de comprarla? De que vivía en una celda (al igual que las otras religiosas) lo confirma ella misma: “estar yo leyendo y antojárseles en la celda vecina tocar y cantar”. Hizo este comentario antes de ser propietaria de la celda que ahora formalmente es suya. El caso es que compra la celda de la madre Catalina de San Jerónimo, quien había sido priora del convento de San Jerónimo. ¿Una celda especial?
¿Qué habría dentro de ella y cómo Sor Juana acomodaría y reacomodaría de vez en cuando sus pertenencias? ¿Cuáles serían éstas, además de sus prendas personales? (por ejemplo, el hábito jerónimo de cada día, lo mismo que el de fechas especiales). Pensemos en un biombo, cofres, espejos, candeleros, un telescopio, una lupa, objetos de porcelana, de concha nácar, de vidrio, mapas, juguetes, y por supuesto imágenes, libreros y su escritorio. Las paredes de su celda quedarían tapizadas de libros, compañía sosegada, timón de sus conocimientos, respuesta a sus curiosidades.
Imaginemos esos “instrumentos músicos y matemáticos” de los que habla el Padre Calleja. Musicales, un arpa, una vihuela, un violín, una cítara, una guitarra, un clavicordio, un ¡caracol!… Imaginemos también algunos objetos matemáticos: entre muchos otros, una regla de cálculo, ¿los sólidos platónicos? (me pregunta un amigo), esto es (me entero), el tetraedro, el cubo, el octaedro, el dodecaedro y el icosaedro, asociados por el filósofo con el fuego, la tierra, el aire, el agua y el cosmos. La pluma poética de Sor Juana versa:
En lágrimas y suspiros,
alma y corazón a un tiempo,
aquél se convierte en agua
y ésta se resuelve en viento.
Y por supuesto que no podían faltar los instrumentos científicos: un telescopio, un astrolabio, un microscopio, una brújula, un barómetro, compases, reglas, lentes, relojes… Sus instrumentos, que fue coleccionando desde muy pronto, fueron sustento, objetos de observación y experimentación, que la ayudaron en su escritura de su arco triunfal, el Neptuno alegórico, de su poema filosófico, científico también: Primero sueño.
Las materialidades aquí mencionadas eran una realidad que participaba de los juegos mentales de la monja, en sus escritos intelectuales, del afecto también, en sus discursos dictados por la mente y el corazón. La cotidianidad de sus quehaceres abarcaba también sus actividades literarias, realizadas en gran medida durante la noche —“Nocturna mas no funesta de noche mi pluma escribe”—, horas en las que reflexionaba sobre el mundo, el amor, el dolor, las calamidades, los avatares de su época. El tema del dolor estuvo presente en varios de sus sonetos, de los que destaca:
Con el dolor de la mortal herida,
de un agravio de amor me lamentaba;
y por ver si la muerte se llegaba,
procuraba que fuese más crecida.
Toda en el mal el alma divertida,
y en cada circunstancia ponderaba
que sobraban mil muertes a una vida.
Y cuando, al golpe de uno y otro tiro,
rendido el corazón daba, penoso,
señas de dar el último suspiro,
no sé con qué destino prodigioso
volví en mi acuerdo y dije: ¿Qué me admiro?
¿Quién en amor ha sido más dichoso?
El soneto reúne el dolor que a su vez atisba la llegada de la muerte por pena amorosa. Y si se trata de citar versos con el tema del sentimiento —“Finjamos que soy feliz, triste pensamiento, un rato”—, del dolor y de la muerte, éstos alcanzan una gran altura poética y celestial en la voz de Cristo:
Mas ya el dolor Me vence, ya, ya llego
al término fatal por Mi querida:
que es poca la materia de una vida
para la forma de tan grande fuego.
Ya licencia a la Muerte doy: ya entrego
el Alma, a que del Cuerpo la divida,
aunque en ella, y en él quedará asida
Mi Deidad, que las vuelva a reunir luego.
Sed tengo, que el Amor, que me ha abrasado,
aun con todo el dolor, que padeciendo
estoy, Mi corazón aún no ha saciado.
¡Padre! ¿Por qué en un trance tan tremendo
Me desamparas? Ya está consumado.
En Tus manos Mi espíritu encomiendo.
Se acercaban los años noventa de su siglo, década que dibujaba la espiral de la creación de Sor Juana Inés de la Cruz, al mismo tiempo que el círculo de su vida se iba cerrando, cumpliría con el destino de todo ser vivo: el de la muerte. Curiosamente, el primer soneto que escribió fue sobre este tema, dedicado a la muerte del rey Felipe IV:
¡Oh, cuán frágil se muestra el ser humano
en los últimos términos fatales,
donde sirven aromas orientales
de culto inútil, de resguardo vano!
La temática fúnebre de su poesía contuvo el máximo dolor en sus sonetos sobre la muerte de Leonor Carreto, la ex virreina de Mancera. Uno de ellos fue:
Bello compuesto en Laura dividido,
alma inmortal, espíritu glorioso,
¿por qué dejaste cuerpo tan hermoso
y para qué tal alma has despedido?
Pero ya ha penetrado mi sentido
que sufres el divorcio riguroso,
por que el día final puedas, gozoso,
volver a ser eternamente unido.
Alza tú, alma dichosa, el presto vuelo
y, de tu hermosa cárcel desatada,
dejando vuelto su arrebol en hielo,
sube a ser de luceros coronada:
que bien es necesario todo el cielo
para que no eches menos tu morada.
Soneto fúnebre de abril de 1674. Veintiún años después —abril de 1695 —Sor Juana moriría. Antes, había hablado sobre su propia muerte, al escribir lo que considero como su propio epitafio:
Aquí arriba se ha de anotar el día de mi muerte, mes y año. Suplico, por amor de Dios y de su Purísima Madre, a mis amadas hermanas las religiosas que son y en lo adelante fuesen, me encomienden a Dios, que he sido y soy la peor que ha habido. A todas pido perdón por amor de Dios y de su Madre. Yo, la peor del mundo: Juana Inés de la Cruz.
El año de 1695 dio fe de dicho amor por sus hermanas. Cuidó de ellas y cumpliendo con su oficio de archivista fue anotando la muerte de cinco monjas, que antecedieron a la suya: lunes 10 de enero, viernes 18 de febrero, sábado 19 de febrero, domingo 20 de marzo, viernes 1º de abril. La sexta monja en morir fue Juana Ynés de la Cruz. Domingo 17 de abril de 1695. Falleció dos domingos después del Domingo de Resurrección, que celebra la religión a la que en sus últimos años Sor Juana se había entregado sin reserva.
En varias ocasiones, hemos visto con algunos ejemplos, Sor Juana escribió sobre la muerte. En su Respuesta a Sor Filotea de la Cruz (firmada el 1º de marzo de 1691), leemos:
yo tengo por muy necio al que teniendo ocasión de merecer, pasa el trabajo y pierde el mérito, que es como los que no quieren conformarse al morir y al fin mueren sin servir su resistencia de excusar la muerte, sino de quitarles el mérito de la conformidad, y de hacer mala muerte la muerte que podía ser bien.
No se sabe con exactitud si Sor Juana murió en la enfermería de San Jerónimo o en su celda, aquel lugar que fue como una especie de espejo, de escena de su época: científica, intelectual, social, cultural, literaria.
Reunir los objetos de su celda de su entorno inmediato, inventarlos también, es finalmente abrir el espacio físico de su creación, acompañar desde sus objetos la lectura de su obra, escuchar el sonido de los instrumentos, leer de cerca la memoria de los muebles, la huella, el sonido y el brillo de los instrumentos. Tal vez nos esperen nuevas sorpresas desde el corazón de la celda de Sor Juana, ¿“el “corazón por archivo”? Las cosas se parecen a sus dueños, “divina dueña” de ellas, Sor Juana Inés de la Cruz.
Sara Poot Herrera es Distinguished Professor (University of California, Santa Barbara) y Directora de UC-Mexicanistas.