La librería Rosario Castellanos se convierte en el escenario del encuentro. Entre los estantes aparece la escritora ítalo-mexicana Claudia Marcucetti Pascoli, cuyos ojos verduzcos permiten notar una expresión nerviosa. Del brazo cuelga un casco de ciclista de la misma manera que lo llevaría Bárbara, el personaje de su novela Los inválidos (Bolsillo), publicada originalmente en 2005. En ella, la protagonista huye de México —atrás deja la muerte de su madre y el peso de la ruptura con su amante— en busca de la gran novela que la consagre en los espacios más ambiciosos de la literatura hispana. El misterio se gesta y genera tensión entre los vínculos que establece la escritora ante la mirada del Otro, en la que experimenta la soledad, el distanciamiento y el erotismo.
“Mi mamá no había muerto, mi papá no era gay, nunca estuve enamorada de un torero, tal vez sí me amarraron alguna vez a una cama, pero eso es otra historia”, dice Marcucetti, quien conversa con avidez y reconoce que Los inválidos emerge de sus crisis personales. La protagonista es el espacio de ficción en el que se deforma y se reconstruye dejando ver solo sus huesos. “Siempre he escrito en esa tesitura, en voltearme a ver para comunicarme. Establecer un vínculo más profundo con lo que no es uno mismo es uno de los grandes temas de la novela contemporánea. Es el ansia de querer comunicar con el otro y relacionarnos, querer amar incluso al otro y de no poder hacerlo en la medida que uno quisiera. Fue parte de lo que viví en París. Había la intención de disfrutar, conectar y conocer, pero de pronto me la pasaba encerrada en un departamento viendo el mundo por la ventana”.
A través del cristal que la divide del París real, Bárbara debate su existencia entre la sexualidad, el placer y la insatisfacción con su entorno. Todo cambia cuando una misteriosa carta se desliza por debajo de su puerta. Así comienza a hilar para sí misma el misterio que se inyecta en el lector a través de su relación con los personajes que, de manera inconsciente, nutren la narrativa psicótica en la que lentamente se ve entramada. En esta incertidumbre, Bárbara vive alucinaciones que generan ansiedad y desconcierto en relación a un posible crimen. Para Claudia Marcucetti, la incertidumbre es una brújula que no apunta hacia ninguna dirección. “Uno se siente viejo cuando ya no tiene ganas de descubrir y yo sigo teniendo ganas de descubrir y de ir más allá. No siempre hay una línea a seguir. A veces te paras y volteas a tu alrededor y ves qué has construido o qué has destruido y haces un balance de tu vida. Entonces, navegar la incertidumbre es hermoso, las certezas están descontadas, la incertidumbre es magia”.
En la novela, los vínculos no solo aparecen como recurso en la construcción de la incertidumbre que comienza a gestar Bárbara, sino que destacan por transmitir la sensación de superficialidad. “Quizás haya un reflejo de lo que al final son muchos vínculos. Porque nos vinculamos de un modo superficial. Lo que decimos en superficie parecería irrelevante, pero dice mucho de lo que hay en profundidad. Es como la punta del iceberg de una relación. Tal vez por eso me interesa tanto este artificio, esta superficialidad de las cosas, porque ahí hay muchas respuestas a lo profundo. Hoy las relaciones se han vuelto, digamos, normas de superficialidad”.
Claudia Marcucetti no solo deja ver sus huesos, sino fibras sensibles de la soledad que la atraviesa. Su identidad aparece múltiple y en constante dualidad: por un lado, la de italiana que se siente más mexicana, y, por otro lado, la de arquitecta que siguió el llamado de la escritura. “Me siento viviendo al margen de algo. O sea, nunca me siento parte de un grupo, me siento sola. Tal vez eso venga cuando uno tiene más de una identidad y debe mediar entre quién es realmente en un mundo o en el otro. Cuando estoy aquí me siento que no soy totalmente de aquí. Y cuando estoy allá, siento que no soy totalmente de allá. Ese desplazamiento mental es constante”.
Ese desplazamiento la ha llevado a concebirse a sí misma como una inválida emocional, aunque reivindica la palabra sin culpa. “Todos tenemos invalidez de algún tipo y no debemos disfrazarla de otra cosa. Me voy haciendo mi huequito para estar en esa no pertenencia, en esa posibilidad de no ser parte de algo y definirme necesariamente”.
La protagonista persiste en la búsqueda del amor y lo que implica amar sin llegar a habitarlo de manera sólida, lo que termina por verse lejano, como una cúpula que brilla a kilómetros de distancia.
Claudia Marcucetti habla sobre el amor como un elemento que existe en su vida, que incluso es un motor, pero con el cual mantiene distancia. “Tengo una profunda pasión por vivir, pasión por ser, por hacer y sentir, pasión por la vida en general. Sobre el amor, he preferido vivir ciertas llamaradas de pasión y no construir un espacio duradero y firme. Lo sigo alabando a lo lejos. De pronto, aparece más cercano, de pronto me baño con él, de pronto hay alguien lavándome el pelo y de pronto no”.
La violencia y el poder atraviesan Los inválidos como una corriente subterránea. Se muestran como símbolo de lo que ocurre en la intimidad entre dos personas. “Los usé como símbolos para contar que uno, para estar en intimidad con otro, debe renunciar a una parte de independencia y de control sobre uno mismo”. Es una renuncia que Bárbara no logra sostener y que la ciudad de París observa indiferente desde el otro lado del cristal. Para la escritora, la violencia y el poder no son anomalías de la condición humana sino parte constitutiva de ella: “Existieron antes de esta novela y van a seguir existiendo”.
Claudia Marcucetti voltea hacia atrás para hacer el recuento de lo que ha construido y de lo que ha destruido, de lo que era la novela cuando la escribió y de lo que es ahora que la relee con otros ojos. Sin embargo, algo permanece intacto. La misma escritora que se encerraba en un departamento parisino a observar el mundo por la ventana sigue buscando, desde el margen, la manera de habitar lo que ama sin terminar de alcanzarlo. “Sigo en las mismas”, admite, mientras sonríe.
Los inválidos no es una novela que se cierra: es una que sigue haciéndose preguntas, igual que su autora.
AQ / MCB