Conocí a Luis Barragán en un coctel ofrecido por un amigo, Enrique Bolaños, en su apartamento de la Ciudad de México en el invierno de 1957. Yo tenía veinticuatro años y él cincuenta y cinco. El recuerdo de aquel momento es inolvidable: un hombre alto, delgado, tan fino como elegante, con unos ojos azules que te quitaban la respiración. Graciosamente calvo, era extremadamente atractivo, con una boca sensual, manos graciosas y delicadas. Vestía con sacos ingleses hechos a la medida, pantalones de franela gris, camisas de seda y corbatas tejidas de punto en azul oscuro. Para la noche, siempre prefería los trajes en color azul marino. En casa vestía batas largas de lana gruesa que recordaban a las túnicas de los monjes franciscanos.
Cuando volví a casa aquella noche, no podía dejar de pensar en él. Luis tenía un atractivo especial que me resultaba irresistible: su manera tan exquisita de hablar y moverse. Cuando me pidió mi número de teléfono, nunca imaginé que volvería a saber de él. Al día siguiente no sólo me llamó, también me envió flores. Me invitó a cenar a Passy, en la Zona Rosa, que pronto supe que se trataba de su restaurante favorito. Me probé vestidos toda la mañana, ansiosa por lucir lo mejor posible. Todavía recuerdo la emoción que sentía cuando se acercaba la hora de nuestra primera cita. En cuanto me subí al coche que manejaba su chofer, percibí de inmediato la fuerte atracción que había entre nosotros.
Durante la cena, cada vez que levantaba la mirada, él me veía con tal intensidad que yo tenía que apartarla, olvidando momentáneamente de lo que estábamos hablando. Nos quedamos en el restaurante hasta que el capitán de meseros anunció que tenía que cerrar. No nos habíamos dado cuenta de que éramos los últimos clientes. Ya era más de medianoche. Y así comenzó la conversación que continuaría a lo largo de nuestras vidas. Cenar juntos se convirtió en algo cotidiano, casi siempre en su casa. Aquella casa fue para mí una gran revelación.
Me sobrecogió su belleza. “Mi casa es mi refugio”, me dijo, “una pieza emocional de arquitectura, no una fría pieza para vivir cómodamente”. Su elegante amplitud, poética, silenciosa y misteriosa, fue el marco perfecto para nuestro primer encuentro amoroso.
Durante los meses siguientes, las citas empezaban temprano y terminaban tarde. En aquel momento nada más parecía importar, ni siquiera el propio trabajo de Luis. Era un gran amante, apasionado y sensual, pero nunca exento de visible preocupación y decoro.
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AQ