Una primavera el gran emperador de Persia se sentía enfermo. Los médicos no pudieron explicar su mal. El todo poderoso hizo llamar al hombre más sabio de su imperio: el Gran Eunuco Patominos, quien “…conocía al mundo aunque nunca hubiera abandonado la corte”. El ilustre pensador dio su diagnóstico: “Hay muchas enfermedades, Señor, y los doctores no las ven, porque son adiestrados para tomar en cuenta solo las enfermedades del cuerpo y sus órganos.” Patominos sugirió al mandatario hacer un viaje, para aminorar su malestar. Visitar lugares diferentes, con costumbres distintas, ampliar los horizontes. El soberano visitó Europa con el deseo de “…disfrutar de lo único y olvidarse de lo múltiple…”. Se enamoró de una joven casada y al querer comprarla para su harén, él, que “…había gozado de todas las delicias que podía procurarle el sexo femenino. No le faltaba sino una cosa: el dolor que tan solo la Única es capaz de producir”. Entonces sus males añejos transmutaron en nuevos. Joseph Roth, en La noche mil dos, nos conduce a experimentar la contradicción y la complejidad como dimensiones inevitables de la existencia.
En tanto, al otro lado del océano, Nélida Piñón, en La república de los sueños, da cuenta de cómo “Eulalia comenzó a morir el martes”, durante su vida, ya larga, sus actos estuvieron dedicados a cuidar a su familia. Buscó amoldarse a su marido: “Nada… conseguía traer hasta su puerta el rostro nítido de la realidad.”, ella “… sospechó que le faltaba en la realidad un sentido realista”. Su esposo, afligido, ante la proximidad de la muerte de su compañera de vida: “Tenía la certeza de que Eulalia ya no vendría en su ayuda, como antes, para brindarle la explicación de sus actos inexplicables.” Ella, por primera vez, “Dueña de su vida, decidía dónde morir”. Todo lo humano es contradictorio, Eulalia hizo su vida suya solo al morir.
Nada ni nadie somos algo definido. Tenemos bordes, no somos una esfera concluyente. El caos ordena y destruye, la incertidumbre da alas, nos hace libres ante el determinismo de la muerte; al menos hasta hoy, mañana no sabemos. Acercarse a la comprensión de los demás desde el reduccionismo de buenos y malos, analizar los hechos desde aciertos y errores, evaluar en términos de pérdida o ganancia, o experimentar al mundo como un lugar de luces y oscuridad, garantiza sufrimiento. La polarización lastima. Reducir, simplificar, limita, provoca frustración, reactividad, violencia. La realidad rompe expectativas.
Nos olvidamos de cuánto la percepción moldea, destruye y vuelve a erigir. Las características son imposiciones de quién juzga al intentar comprender. Los adjetivos no son inherentes a las cosas, pretenden describir, dar cuenta, son aprendidos, son cultura.
Abrirse a la complejidad y al misterio vuelve más profunda y pacífica nuestra existencia.
Los conocimientos luciferino y paradisíaco
La literatura, el arte, permiten hacer consciente y experimentar la contradicción humana; la filosofía ofrece un lenguaje para pensarla. Para la modernidad el conocimiento se identifica con la luz, se aspira a un saber nítido, racional y universal, capaz de producir afirmaciones transparentes y verificables. Desde esa pretensión, parece posible explicar la totalidad de lo real. El universo se concibe como un mecanismo cuyas piezas, una vez descubiertas, tienen un orden, puede llegar el día cuando todo sea comprensible. El azar, desde esa perspectiva, parece un límite provisional del conocimiento. Se nos ofrece la ilusión de un universo parecido a un rompecabezas o mecano. Vamos descubriendo el lugar de cada pieza, como encaja y funciona en relación con las demás.
El poeta y filósofo Lucian Blaga desafió esa pretensión de alcanzar lo absoluto, para él lo humano no está en dilucidar, si no en habitar el misterio. Para Blaga hay dos modos de relacionarse con la vida: el conocimiento paradisiaco y el luciferino. En sus libros La trilogía del conocimiento, La génesis de la metáfora y el sentido de la cultura y en toda su poesía, nos regala un camino hacia la conciliación.
Para Blaga, el impulso de buscar orden, estabilidad y predicción, nace de nuestra dimensión racional y analítica; ahí se funda la ciencia. Ese conocimiento quiere explicar la realidad para orientarse en ella, ejercer control sobre lo material y asegurar así la supervivencia. Pero cuando ese afán se absolutiza, su costo puede ser el reduccionismo: al segmentar lo desconocido, simplificar lo real y estrechar los matices, los conceptos se vuelven limitantes.
Cuando un científico propone una teoría, para explicar la gravedad o disecciona la estructura del átomo, practica el conocimiento paradisiaco. La ciencia aspira a un mundo familiar, predecible, sin ambigüedades. Para ella conocer es cuestión de tiempo, estudio, disciplina, de corregir y perfeccionar. Esa es la esencia del conocimiento paradisiaco: la certidumbre.
Por otra parte, el conocimiento luciferino no busca elucidar el misterio, sino abrirlo, como hace la poesía. Lo luciferino reconoce detrás de nuestros supuestos el latido de lo inabarcable. Se sitúa en la contemplación; por eso sus vías de acceso son el arte, la poesía, la metafísica. Es un asombro consciente, no persigue respuestas definitivas, pero tampoco se conforma. Es un conocimiento creador, se expresa en el mito, la metáfora... No destruye el misterio, lo revela simbólicamente.
Para Lucian Blaga la cultura surge del conocimiento luciferino, es una respuesta creativa a lo que no podemos conocer con exactitud. La cultura nace al relacionarnos con lo desconocido: cada sociedad desarrolla una forma singular de habitar el misterio y conciliar lo en apariencia divergente. El conocimiento luciferino despierta una sensibilidad profunda, deja de ver lo externo o ajeno como amenaza. Lucian Blaga considera que el ser humano no está llamado a dominar el mundo, sino a habitarlo poéticamente, a darle sentido.
El conocimiento paradisiaco es predictivo, ofrece rutas de comprensión. En cambio, el luciferino, exige la valentía de caminar sin certezas para habitar el misterio. Es sentir, sin ver la vida como un problema o enigma a resolver. El conocimiento paradisíaco da certidumbre, el luciferino permite percibir lo inefable. Cómo usarlos de manera práctica, Lucian Blaga diría: las ciencias ofrecen teorías del funcionamiento del cuerpo humano, pero la mente, el alma, conservan un carácter insondable. Reconocer ese límite implica abandonar la ilusión del control absoluto, para ganar profundidad en nuestra relación con nosotros mismos y los demás.
Lucian Blaga, frente al cientificismo extremo, defiende la importancia del mito y la creación espiritual como formas de plenitud de la existencia. Vivir no es solo existir y asegurar la supervivencia; es gozar la vida en su espesor. Blaga no se rinde ante la ignorancia, ni glorifica el misterio de manera ingenua, busca conciliar. Reconoce en la ciencia una herramienta indispensable para la supervivencia material, pero muestra por qué la filosofía y el arte son igualmente necesarios para habitar el mundo con mayor hondura y paz. El mundo es mucho más que aquello que puede medirse. Disolver el misterio equivale a empobrecer la realidad.
El reduccionismo: semilla de polaridad y violencia
Cuando la aspiración de explicar y controlar se vuelve rígida, deriva con facilidad en reduccionismo. Desde los presocráticos hasta hoy persiste la tentación de explicar la complejidad a partir de un principio único. Esa lógica aparece al atribuir la violencia solo al trauma, la corrupción solo al ansia de poder o la precariedad a falta de voluntad para impulsar el cambio. Fenómenos complejos y extendidos rara vez admiten una causa única. Sin embargo, seguimos cayendo en la tentación de hacer juicios sumarios.
Rara vez un hecho se puede explicar desde una sola causa. Por ejemplo, los problemas sociales no surgen exclusivamente por conflictos económicos. Las interacciones entre personas, la relación entre humanidad y naturaleza, las guerras, la pobreza, son fenómenos complejos, multidimensionales, multifactoriales. Tener una explicación válida no significa poseer una verdad absoluta o totalizante. Explicar una guerra por ambición económica da elementos para entender, pero deja fuera factores decisivos como la religión, identidad, ideología, etcétera. La realidad se despliega en múltiples niveles, simultáneos, superpuestos, adyacentes, colaterales...
Saber cómo está hecho algo no equivale a comprender su funcionamiento o formas de interacción. Aceptar que siempre habrá algo fuera de nuestra comprensión —y que pueden emerger dimensiones imprevisibles— nos obliga a ser humildes, abiertos y conscientes de cuán falibles somos.
Desde esa consciencia somos más capaces de dialogar, se reduce, en parte, un deseo persistente: el de ganar una discusión, conquistar al otro, colonizar su razón e imponer una verdad. No solo los fundamentalistas justifican sus acciones en creencias, también quien pierde la capacidad de reconocer qué fácil es equivocarse.
Otra consecuencia del reduccionismo es la violencia. Surge, entre otras razones, cuando el mundo se reduce a dualidades irreconciliables: nosotros o ellos. Lo distinto empieza a percibirse como amenaza y, desde ahí, se justifica el ataque. Esa lógica adopta formas diversas: el pensamiento de suma cero, según el cual ganar exige destruir por completo al rival; la deshumanización convierte al otro en causa exclusiva de nuestros males y permite negarle valor; y la polarización afectiva, donde emociones intensas como el odio, el repudio o la envidia, impiden reconocer afinidades con los demás.
Abrirse a la complejidad y el misterio para comprender, no herir y tener paz
Si el reduccionismo empobrece la mirada y favorece la polarización, la pregunta inevitable es ¿cómo explicar lo real? Frente a ese empobrecimiento Edgar Morin propone una facultad decisiva: el pensamiento complejo. La complejidad no es lo complicado o difícil de entender; como tampoco el misterio es lo oculto e indescifrable. Morin propuso el pensamiento complejo como una forma de desarticular la simplificación extrema, combatir el reduccionismo en los procesos de conocimiento, dejar de fragmentar las disciplinas de estudio, la rigidez en la educación y la vida cotidiana, para reestructurar nuestra forma de acercarnos a nosotros mismos, a los demás y al mundo. Si de verdad queremos estar más próximos a la realidad y vivir en paz, ya no podemos echar mano de modelos lineales y deterministas. El positivismo redujo el conocimiento a leyes generales y universales y nos volvió inflexibles; el mecanicismo en la física, la lógica de causa y efecto, creer en el universo como una máquina predecible y controlable, nos condujo a dominar en lugar de comprender. No todo puede explicarse desde una sola disciplina o una fórmula matemática. Lo material, la energía, la vida, lo social, la economía y el universo entero están entrelazados en redes dinámicas, llenas de incertidumbre y contradicciones.
Si anulamos la complejidad, nuestras decisiones políticas, económicas, incluso afectivas, estarán plagadas de consecuencias lamentables. Edgar Morin propone mirar al mundo no como un conjunto de elementos, sino como sistemas interconectados. Un ser vivo no es la suma de sus órganos, la materia no es un conglomerado de átomos, ni una sociedad un conjunto de individuos. Casi todas nuestras células tienen información para funcionar y sobrevivir, pero no respondemos de forma automática a una programación. Los sistemas todo el tiempo se retroalimentan y transforman, de modos a veces impredecibles.
La cultura y la educación ofrecen un buen ejemplo. La cultura forma a quien educa y, a su vez, cada individuo al ser educado transforma ese conocimiento en interacción con su circunstancia particular: le da usos propios, introduce nuevas aplicaciones y rompe esquemas. Una empresa, un ecosistema o el cerebro humano poseen plasticidad; son sistemas, se reorganizan de manera autónoma y, al adaptarse, se modifican a sí mismos y alteran el entorno de modos insospechados. La realidad, por tanto, no puede reducirse a oposiciones simples como bueno o malo, acierto o error, pérdida o ganancia.
En el pensamiento complejo se integran la contradicción y la paradoja. Vida y muerte, razón y emoción, coexisten y se influyen mutuamente; no son excluyentes ni opuestos absolutos. Abrirse a la complejidad permite enfrentar la incertidumbre sin frustración ni violencia. No se trata solo de reunir disciplinas para tener diferentes puntos de vista, es reestructurar el modo de pensar, para reconciliar lo que tradicionalmente se ha separado.
La cibernética y la teoría de sistemas muestran redes de interacción dinámica, sincronías en el azar. El conocimiento es un proceso en constante transformación, donde la verdad funciona muchas veces como una herramienta provisional para afrontar la incertidumbre. Los seres humanos y el mundo que habitamos —y que pretendemos conocer— son inseparables; conocer es una experiencia subjetiva, aunque se aborde con rigor. La teoría del caos y la física cuántica refuerzan la idea de cuán lejos estamos de explicaciones concluyentes. El azar y la incertidumbre desempeñan un papel decisivo y abren espacio para la libertad.
El conocimiento no es algo externo por descubrir: es interacción. Tampoco nuestras circunstancias son un marco inerte donde permanecemos pasivos ante los acontecimientos. La manera de aproximamos a la realidad condiciona cómo y qué podemos conocer, también influye en lo que terminamos viviendo. Si somos corresponsables del espacio donde habitamos, conviene preguntarnos ¿hasta qué punto tiene sentido formular acusaciones? Nadie está completamente aislado o es un mero observador imparcial: influimos en los demás y, al mismo tiempo, somos influidos por ellos.
Para Morin, muchos problemas actuales provienen del pensamiento fragmentado. Un ejemplo claro es el abordaje de la salud mental por parte de la medicina pública, se atienden los síntomas, no las causas. La medicina, la psiquiatría, la psicología y la sociología aportan perspectivas valiosas para atender los problemas de la mente, pero con frecuencia trabajan de manera aislada. La psiquiatría se concentra en los neurotransmisores, la psicología en la conducta y la sociología en los factores sociales y económicos. La medicina pública no integra un modelo amplio de bienestar. Puede ofrecer atención eficaz en emergencias o para resolver aspectos muy concretos, pero aún no comprende al paciente en toda su complejidad.
Morin propuso llevar el pensamiento complejo a la educación. Eso implica dejar de enseñar las asignaturas como compartimentos estancos: la historia no se entiende sin la economía y la geografía, ni la tecnología sin la ética, la lógica y las matemáticas. Se trata de reconocer el conocimiento como un proceso en constante revisión y al error como parte del aprendizaje. Si aprendemos a mirar desde la complejidad, somos menos manipulables y más capaces de afrontar problemas como la desigualdad, los conflictos geopolíticos o el crimen desde enfoques multidimensionales. Esa propuesta está en una de las obras fundamentales de Morin: Los siete saberes necesarios para la educación del futuro.
Habitar el misterio salva
Nos dice Lucian Blaga en su poema más conocido:
Yo no aplasto la corola de milagros del mundo
ni extermino con la inteligencia
los enigmas que encuentro en mi senda,
en las flores, en los ojos, sobre labios o tumbas.
La luz de los otros
ahoga el hechizo de lo desconocido que se esconde
en las profundidades de la oscuridad,
pero yo, con mi luz
aumento el misterio del mundo.
Así como la luna con sus blancos rayos
no disminuye, sino, temblorosa,
aumenta más el secreto de la noche,
así enriquezco yo también el oscuro horizonte
con altas flores de sagrado misterio
y todo lo que es incomprensible
cambia en misterio más grande todavía
bajo mis ojos,
porque yo amo
flores y ojos y labios y tumbas.
Abrirse a la complejidad y al misterio favorece una mentalidad más flexible, tolerante y creativa. Renunciar a las acusaciones superficiales, a la búsqueda de verdades absolutas y al encierro en explicaciones reduccionistas, permite transitar mejor la incertidumbre, establecer conexiones hondas y asumir el aprendizaje como una tarea continua. Intentar comprender mejor es irrenunciable, si queremos reducir la violencia con la que hacemos juicios, simplificamos o herimos a los demás.
AQ / MCB